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banda hispânica |
Federico Rivero Scarani/Daniel Vidal Saraví |
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Poesía uruguaya: dos poetas jóvenes
Alfredo Fressia
En el primer semestre de 1998 dos jóvenes poetas montevideanos
han publicado sus primeros libros (y no sus "primeros poemas"), de estéticas
obviamente diferentes, pero emparentados por una misma visión sombría, "dark",
a veces "gótica", eventualmente postpunk. Los libros son Ecos de la Estigia
de Federico Rivero Scarani (n. 1969), y Pantallas de Daniel Vidal Saraví (n.
1965). Rivero, quien ya había publicado algunos poemas en un libro de 1993, La Lira,
el Cobre y el Sur, junto a otros dos autores, Juan Angel Italiano y Luis Brandon,
incluye en el actual Ecos... varios de aquellos textos.
Por su lado, Saraví explica que Pantallas es una reimpresión, con pocas modificaciones, de un libro de edición limitada aparecido en 1994. La actual reimpresión se debe, según el autor, a una "deuda de imprenteros". Modesto, el poeta no dice que se debe también a la vigencia de su estética, pero es evidente en ambos poetas la dificultad de acceso a la edición. Además, los dos autores advierten que su obra se encuentra a disposición del público en un número reducido de librerías. Se trata entonces de ediciones casi artesanales que se saben destinadas a una distribución limitada y, en las condiciones uruguayas, constituyen por el solo hecho de existir una especie de victoria avant la lettre. El libro de Saraví es de hecho un digno objeto editorial. Ya el de Rivero queda en deuda con el lector, no por su parquedad de recursos (papel, tipo de letras) sino porque también devasta la acentuación del idioma español, sin que esto constituya ningún inopinado efecto "estilístico". Lo interesante, frente a las consabidas dificultades del panorama editorial uruguayo, es que estas obras, de edición y tirada "artesanales", de una estética dark que no excluye lo escatológico, y que podría quererse "marginal", no se destinan en absoluto a un público restricto, o "de tribu", con sus conniventes guiñadas culturales (o de "subculturas") y con las limitaciones de los circuitos subterráneos. Más bien se trata en ambos casos de objetos artísticos que se trascienden a sí mismos y en los cuales el trabajo del idioma parece desconocer las dificultades del soporte editorial (una actitud "tradicional", sin duda diferente de la que exhibieron en los 80 varios poetas de Ediciones de UNO). Criaturas nocturnas Rivero, quien también es profesor de Literatura egresado del IPA, organiza los 55 poemas de Ecos... en cuatro partes: "Narraciones breves", "Poemas por Laura", "Dark Noir Estrada" y "La laguna virtual". Se trata de textos en prosa y en verso que documentarían momentos cronológicos diferentes de la escritura de este autor. El lector, más interesado en la unidad final y "sincrónica" del volumen, puede decepcionarse frente a muchos poemas de estructura previsible, de una sintaxis que tiende a la anáfora, de alegorías pobres que se traducen en demasiadas metáforas deudoras de la tradición retórica. Es como si el poema "Benedetti", que comienza con el verso "Uruguay: tapera de poetas", fuera una especie de merecido acápite de parte de la poesía de este libro. Felizmente, una vez descartadas las zonas "preescritas" del idioma de Ecos..., el lector puede "seleccionar" y descubrir en esta aparente y provisoria opera omnia una estética ciertamente original donde el erotismo y las aristas sombrías de la realidad (social, uruguaya) se integran con libertad al romántico mithos "gótico", "como una portada de play boy/ al lado de una cruz de bronce" ("Dark..."). Una sucesión de grupos nominales puede incluir: "Estropajo, cadáver perdido/ mugre y papeles nylon/ vereda sin limpiar/ paro, paro, paro/ reivindicaciones cocaína miami/ hambre mal entendida/ niños locos y violentos(...)", pero la verdadera obra creativa de Rivero comparece en la red del lenguaje que conjuga este oscuro registro urbano (y en particular, montevideano) con la magia, los seres míticos, ángeles u "orixás", y también ciertos atormentados personajes históricos. Se trata de un trámite que atraviesa el libro pero que alcanza momentos de un brillo raro en los poemas en prosa de la primera sección. Un personaje mítico, "el Juntaflores", "sabio como un teólogo medieval", protagoniza seis de estos textos: "Leía en el mapa oscuro el destino de las rosas para el siglo XXIV, la permanencia de los claveles en los futuros inviernos eléctricos y el auge de los jazmines cuando no existan las navidades" ("El Regreso II"). Pero el lector también encontrará a "Lady Li I" (sic), muerta bajo el Puente del Alma con Andarenvolaina Jones, o "el payaso maricón", o aun seres totalmente "históricos": Dostoievsky, el cantautor Renato Russo o Marie-Madeleine dAubray, marquesa de Brinvilliers, la envenenadora que protagonizó en París uno de los mayores escándalos policiales del Ancien Régime. Situados siempre en la noche, entre la santidad y el Infierno, los relatos incluidos en la poesía de Rivero conjugan con desparpajo segmentos de registro naïf con menciones científicas o mágicas: "El piano en arpegios blancos les proyectó el ascensor en un holograma(...)En el hall de la poesía charlaron de rugby, astrología y bioquímica. Orinaron las estrellas y las hadas de la madrugada comenzaron a tocarse los senos(...)" ("Los Mosqueteros"). "Yo soy un gris ciudadano que navega la Estigia/ y me vuelven ecos de mis antiguos días" son los versos que cierran este libro "en construcción" de Rivero, y ciertamente el lector no duda de que la navegación del poeta, tras el "gris ciudadano", traerá nuevos y bienvenidos "ecos" del idioma, depurados y sin duda "raros". El peso humano Pantallas, el libro de Saraví, quien integró el grupo "Los Malditos", se inscribe también en una estética urbana y nocturna donde la "secuencia de faroles en la avenida principal" puede suscitar "olor a caño rata meo bolsas semen" ("Cacería"). El autor organiza sus 27 poemas en tres partes: "sin", "donde" y "ellos", pero la unidad del libro se afirma sobre una claustrofóbica recurrencia de motivos ligados al cuerpo. Este, "extranjero y residente", es sin duda la gran pantalla que al mismo tiempo exhibe y ahoga. Y el tema de este libro es la materia y su peso: "Pesa este cuerpo lento. pesa triza trazo/ pesa humanamente" ("Frío humanamente"). Si toda escritura parte de una crisis, la de Saraví surge de la lucha frente a ese peso corporal. El cuerpo puede desarticularse si por un instante se altera el grado de conciencia: "puse mis ojos en la mesa/ quedé hipnotizado/ los dedos/ tuvieron un minuto desconcertante (...) la boca no tuvo más que decir no pasa nada/ (...) la nariz fue un ratón veloz en el ropero(...)" ("Soy el hombre desarticulado"). Y ya que "retazos harapos saliva pelos eso queda", el hombre puede tener "pasajes" de comunicación que dan cuenta de la claustrofobia: "Ese hombre tiene pasajes/ tiene vías de acceso indiscriminadas a la realidad" ("Ese hombre tiene pasajes"), así como "la garganta sube pega túnel nave tela" ("Menú principal"). La materia "pesa" además cuando pierde su forma y es sólo "Sustancia": "agua y sal// los puños en grietas/ el cuerpo de lado". Y en esta poesía urbana, la claustrofobia contamina también a la arquitectura, ese pesado cuerpo de piedra donde el ser habita y es habitado: "en tu cerebro hay ciudades como bloques/ siento jadeos en el piso superior/ se abre una puerta// bloques y tragaluz/ de 80 metros" ("Bloques"). El sufrimiento de esta materia enclaustrada se manifiesta en el "viaje" que busca la salida y altera la conciencia, donde pulula un bestiario vasto y "dark", si los hay. Porque la estética de Saraví también incluye ratones, oruga, sanguijuela, los obsesivos peces, incluyendo el tiburón hembra y las recurrentes escamas, moscas, sapo, serpiente, mula, murciélagos, gatos, aves de rapiña. El caballo o la ballena, que podrían pertenecer a otro registro, parecen aquí alegorías del "peso": "la calle es una ballena pestilente" ("A una hora determinada"), y el caballo dirige el propio vértigo: "¿por qué corro atado/ al cuello del caballo de espaldas atado?" ("El corredor"). No sorprende que en esta poética hubiera lugar para la enfermedad y la destrucción de la muerte. El sida comparece en una dolida y sobria elegía, casi un "llanto" por el poeta Néstor Perlongher, donde triunfa la muerte, "la hambrienta/ la sarnosa/ la malacara/ la traviesa/ la pellejera/ la hule/ la tuya" ("Formatos"). Especie de inesperada y sombría arte poética, el poema "Terminator" afirma: "soy el destructor/ en este poema yacen los héroes/ degollé sus músculos/ tuve un almuerzo/ pude escribir". Y en Pantallas Saraví escribe con la sintaxis justa, de una lógica ajena a la gramatical, pero no hermética, porque es la del idioma que el poeta va creando para huir del "peso" y edificar su única escapatoria: la del arte. |