![]() |
banda hispânica |
Emilio Adolfo Westphalen |
|
Westphalen y la epifanía de lo espontáneo
Jorge
Fernández Granados
Cuando
en 1995 el poeta peruano Emilio Adolfo Westphalen (Lima, 1911-2001) publicó una ceñida
selección de sus ensayos, conferencias y conversaciones sobre cuestiones estéticas, y
muy especialmente sobre el tema de la poesía, nos daba algunas claves para entender una
historia de afinidades y entrecruzamientos que comenzó allá por los años treinta en
Lima, en un momento privilegiado y fértil de la cultura moderna llamado Surrealismo, el
cual cundió, desde un grupo de escritores y artistas radicados en París, hacia casi
todas las capitales de Latinoamérica, llevado por viajeros, libros, cuadros y discípulos
como una silenciosa revolución que no buscaba trascender hacia el poder sino hacia el
espíritu.
César Moro y Emilio Adolfo Westphalen, junto con Carlos Oquendo de Amat, Martín Adán, Enrique Peña y Luis Valle Goicochea son las figuras centrales de esta etapa en el Perú. Moro y Westphalen, sus cabezas más eminentes, contemporáneos, pero principalmente cófrades y amigos, se conocen hacia finales de 1933 en Lima. César Moro volvía de una estancia en París de ocho años; ahí había conocido y cultivado amistad con André Breton y Paul Éluard; fue el único escritor latinoamericano -según lo afirma años más tarde el propio Westphalen en una conversación con el poeta argentino Enrique Molina- que vivió el surrealismo desde sus entrañas. Por su parte, Emilio Adolfo Westphalen acababa de publicar su primer libro, Las ínsulas extrañas, y tanto su vida como su carácter parecían lo opuesto a Moro. En éste la chispa urgente del incendio, en aquél el silencioso tallo de la atención. Sin embargo, ambos jóvenes hicieron la primera exposición surrealista que hubo en América Latina, en su ciudad natal, a mediados de la década de los treinta; luego, sostuvieron una guerra de adjetivos contra Vicente Huidobro y escribieron juntos un panfleto sarcástico (El obispo embotellado). En 1939 publicaron la efímera revista El uso de la palabra. Moro, al año siguiente, estuvo en México dedicado a la organización y a la presentación, junto con el pintor Wolfgang Paalen, de otra exposición surrealista. En esta ocasión, André Breton fue uno de los invitados. Por su lado, en Perú, Westphalen hizo una revista durante los años cuarenta que llevaba el título de Las moradas, en la que Moro siguió colaborando. Resulta curioso que, por distintas circunstancias y cada uno por su parte, estos dos surrealistas del Perú vivieran en México experiencias que pueden calificarse de decisivas para su vida: el amor y la miseria extremos. La vida literaria de Westphalen, a partir de 1940, tiene rasgos de enigma. Después de publicar sus dos primeros libros, el ya citado Las ínsulas extrañas (1933) y Abolición de la muerte (1935), guarda un prolongado silencio hasta 1971, sobre el que aclaró alguna vez, en una conferencia: "Lo sorprendente es crear, no dejar de hacerlo. Westphalen estuvo callado simplemente porque como se decía en otras épocas las Musas no tuvieron nada que ofrecerle". No obstante, durante ese periodo precisamente es cuando afina y acrecienta el cuerpo de sus ensayos y reflexiones en torno a la poética, parte medular para entender esta historia de afinidades y entrecruzamientos en la poesía hispanoamericana. En 1980 publica en México Otra imagen deleznable, un tomo que es en parte reedición de los dos primeros más un tercero, que lleva aún cierto surrealismo hasta en el título, Belleza de una espada clavada en la lengua. Circuló también un libro de poemas en prosa, Ha vuelto la diosa ambarina, publicado en 1988. Su obra poética completa -hasta ese mismo año- fue reunida en 1991 por la editorial madrileña Alianza, con el título de Bajo zarpas de la Quimera y prólogo de José Ángel Valente. A lo anterior habría que sumar algunas muy esporádicas entrevistas y ensayos aparecidos en revistas peruanas, mexicanas y españolas durante cincuenta años. Ahora vayamos un momento a esa esbelta obra poética, cuya singularidad proviene de y se ofrece como una actitud. Actitud en la que se afirma que no hay escritura sino transcripción. El poema no se trabaja sino que sucede y más que a la voluntad pertenece al devenir: se trata de una voz oída. Hay en esto quizá un vestigio del programa surrealista, acerca del cual Westphalen consignó cada vez que le fue posible su cercanía; quizá por esto no dejó de inquietarse cuando se le aderezaba de elogios en lo individual y reiteraba que eran infundados pues se dirigían a alguien que "no más transcribió impulsado por circunstancias fortuitas y una voz imperativa unos cuantos poemas en una época bastante lejana de su vida". Esto, que pareciera una estrategia de la humildad, es el sustento mismo de su idea de la poesía. La escritura tanto de Las ínsulas extrañas como de Abolición de la muerte está atravesada por las luciérnagas de Hypnos. Descargas de un imaginario peculiar que sin embargo se halla tan lejos de la escritura automática como de las visiones que tanto gustaban a otros surrealistas. Cascada de criaturas abisales y fugitivas, sus vocablos son figuraciones donde la sorpresa y un inabatible ritmo juegan de una línea a otra como las nebulosas piezas sobre el blanco y el negro de un tablero secreto de ajedrez. El ritmo es de cascada, o, mejor, de invocación, de conjuro. Son poemas que carecen de un principio y un final, pues parecen fragmentos de una sustancia única e invisible que aparece y desaparece sin la voluntad del poeta. La obra completa de Westphalen llena unas cuantas páginas, pero en ellas da suficiente testimonio de su encuentro con esa voz poética tan personal, cuyas consecuencias fueron a veces polémicas y a veces monásticas, pero, en todo caso, le marcaron la vida. En varios lugares de su obra habla de esa presencia caprichosa y terrible que reviste numerosos nombres y borra una y otra vez su rostro verdadero para reaparecer, si reaparece, reencarnada y burlona, en el poema: Hoy día he visto a la Diosa Ambarina - la misma tez de ámbar - sus ojos de llamarada y tiniebla - encarnación de la única y perennal Belleza. Su espléndida Iracundia me abrazó el alma - su Belleza funesta se cebó en mi sangre - sus desproporcionados Rencor y Odio me fueron de gloria. No soy - no seré sino sonámbulo atónito ante la Belleza tremebunda de la Diosa Ambarina. La Poesía los poemas los poetas (Universidad Iberoamericana y Artes de Mexico, 1995) es un autorretrato a través de quince textos donde un hombre habla de una vida elegida desde la juventud por la aparición de la Poesía, de sus lecturas y obsesiones, de su aventura con el Surrealismo y las escrituras de la vanguardia, así como del estrecho mundo casi provinciano donde se gestó su profunda vocación; un hombre conocedor como pocos de los crímenes y los caprichos de la Poesía, de sus hechizos y oscuridades. Humilde en extremo por cuanto se refiere a su obra y a sí mismo, comprende que todo poema es ajeno, que su misterio yace en otro sitio, que el poeta no es sino el primer lector de un advenimiento tan impredecible e inconfundible que lo turba para siempre y lo fascina, lo disloca, lo enriquece y lo confunde; no obstante, al mismo tiempo que un tesoro, su aparición lo vuelve la criatura más desamparada. Toda poética basada en el advenimiento de algo numinoso es, en su calidad de auto de fe, una epifanía. Secular, pero no por ello separado de su extraño magisterio, el poeta para Westphalen tiene que vivir la doble vida de oficiante y espectador. La Poesía, demasiado fascinante para ser dejada a un lado, pero demasiado inútil para entrar en el mundo del raciocinio productivo, vuelve a sus oficiantes seres divididos, funambulescos y desdeñosos. Westphalen nunca fue muy amigo ni de los escenarios ni de los micrófonos, y podría decirse que es un hombre antiliterario, cuya única fe verdadera radica en el más frágil de los conjuros, sobre el que se interroga en uno de sus ensayos: ¿Cómo se llega a este estado que podríamos calificar de tiernamente delirante? No ha sido nunca (a mi entender) esclarecido el fenómeno de la iniciación poética. Intuyo que son innumerables y variadas las vías que conducen - por extraviados oscuros e imprevistos caminos - al primer contacto - a la revelación primigenia. Lo cierto es que quien ha abierto los ojos y oídos a la percepción de un canto de ninfa o sirena - difícilmente podrá desprenderse de la nostalgia de sentirse nuevamente cautivado por ella. No sé si a incautos o videntes - la Poesía transformó la vida. Nos rendimos a ella - indefensos - aunque pocas veces nos llegue más que un barrunto engañoso de una voz tal vez oída o - más probablemente - tímidamente presentida. No poseemos sistema o ritual - penoso o inspirado - que nos asegure la invocación - que haga que la Poesía responda a un llamado desgarrante o cauto. Aún si por azar acude - no sabremos nunca si nos concede la inmerecida dádiva - el don tan prestamente otorgado cuanto abolido. |