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Volodia Teitelboim |
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Volodia Teitelboim: "las depresiones son lujos que no me
permito" (entrevista) Marcelo Soto A los 81 años, Volodia Teitelboim tiene mejor memoria que muchos adolescentes. "En julio de 1931 asistí a mi primer mitin político. En octubre gané los juegos florales de poesía", cuenta, dando a entender que las dos grandes pasiones de su vida -la política y la literatura- tienen la misma longevidad.Por años relegada a un segundo plano, la escritura ha vuelto a protagonizar las horas de este dirigente comunista. "En verdad yo nunca dejé de escribir. Pero en los últimos años, la literatura ya no fue la amante arrinconada: ahora ella tiene más tiempo que la política, que tampoco está abandonada". Gracias a esto, Teitelboim pudo abocarse a la titánica tarea de escribir, en un tiempo relativamente corto, la trilogía biográfica de los grandes de la poesía nacional: Mistral, Huidobro y Neruda. No contento con ello, después se internó en la vida de Jorge Luis Borges. Ahora acaba de lanzar el primer tomo de sus memorias (Antes del olvido) Un muchacho del siglo veinte (Sudamericana, 441 páginas). En este libro, Teitelboim recuerda sus orígenes y sus primeros veinte años. Hijo de un inmigrante ucraniano que llegó al país "buscando el paraíso", el escritor dice que "he sido absolutamente chileno y no concibo de otra manera la existencia". MS - Usted siempre fue reacio a hablar de su vida privada, ¿se olvidó del pudor al escribir estas memorias?VT - En ellas hablo, en la medida que corresponde, de mi vida privada, incluso de mis primeros amores juveniles, que son como los de cualquier ser humano, porque mi vida en ese terreno ha sido completamente normal. Con la salvedad que en materia de amor nada es común y corriente. La rutina, creo, es un gran enemigo del amor. MS - ¿Cómo describiría su relación con las mujeres?VT - Ha sido estupenda y complicada. Pero las mujeres son la sal del mundo. De repente se puede poner muy salada... (se ríe). No concibo una reunión hermosa si no hay mujeres, no lo digo por una razón sexual, la mujer introduce fantasía y también conflicto. Siempre las estoy mirando: existe un derecho imprescriptible del hombre y la mujer que es la contemplación. Ahí trabajo la fantasía. MS - Al escribir memorias, es inevitable revivir situaciones dolorosas. Por ejemplo, la muerte de su hijastro Roberto Nordenflycht, cuando era uno de los jefes del FPMR, ¿no lo cree?VT - Es una gran tristeza que permanece y no desaparecerá nunca. Era un hijo. MS - ¿Usted no compartía su opción política?VT - Bueno, sí. El después siguió su propio camino, tomó decisiones y yo lo respeté. Claro, yo hubiera preferido algo distinto y que viviera siempre, pero la juventud decide por sí misma. MS - El lanzamiento de sus memorias coincidió con el funeral de su amigo Clodomiro Almeyda, ¿qué le parece?VT - No se ha inventado la inmortalidad, y cada vez que se muere un amigo o un contemporáneo es un golpe en la puerta. Tengo 81 años: cuatro veces 20. Soy cuatro veces joven, entonces no está en mi carácter dejarme abatir. ¿Cuánto durará? No lo sé, pero hasta ahora ha durado. Las depresiones son lujos que no me permito. A estas alturas de la vida, para mi sorpresa, pienso poco en la muerte, sabiendo que se acerca cada día. Pero me siento con cierta plenitud, por eso puedo trabajar mucho más que antes. El carné nos dice la edad que tenemos, pero por la pasión de vivir, la curiosidad y el funcionamiento de las neuronas, me siento joven. No tengo el corazón de un muchacho, pero mi espíritu es como si tuviera 20 ó 30 años. MS - Usted ha dicho que la política es su esposa; la literatura su amante. Considerando que son dos lenguajes distintos, opuestos, ¿esta relación nunca fue conflictiva?VT - Exactamente. Esa fue una de las razones por las cuales dejé de escribir. Mi poesía no podia rendir ninguna pleitesía ni aceptar servidumbres extrañas; algunos camaradas de la célula la consideraron hermética: no correspondía al interés combativo del momento. Todo se confundía con banderas rojas, puños en alto; yo nunca iba a escribir eso, y dejé de escribir porque no quería de ninguna manera convertirla en un híbrido, la iba a destruir. Evidentemente había un conflicto y de ese conflicto siempre fui consciente y por eso no acepté jamás escribir una literatura panfletaria. Podía ser panfletario al momento de escribir un artículo para el periódico, pero nunca al escribir un poema, tampoco una novela. MS - Sobre todo ahora, el lenguaje político se ha vulgarizado, ¿no?VT - Se ha vulgarizado aún más y se ha empobrecido hasta la indigencia. Es un fenómeno muy penoso. Tenemos la triste condición de ser el país de la América española que habla peor el castellano. Me apena el empobrecimiento del lenguaje en la juventud: un castellano de 10 ó 20 palabras, donde el distinguido vocablo huevón sirve para todo y se conjuga en todos los tiempos y en todas las formas. Eso dice relación con la caída de la lectura. Una persona que no lee se condena en un dominio muy restringido, es como cerrar las ventanas al mundo. No sabe lo que se pierde. Los países se salvan cuando tienen una mayoría lectora. MS - Usted conoció a Vicente Huidobro a los 16 años; venía llegando del sur, era pobre. ¿Cómo fue encontrarse con este personaje tan luminoso?VT - Fue un encuentro deslumbrante. Fue descubrir la grandeza del mundo, la belleza de la poesía, el esplendor de la revolución en todos los campos. Descubrir que allí, al frente mío, estaba un hombre de tal magnitud, superaba todas las expectativas de un muchacho provinciano, y marcó mi vida. MS - ¿Pero no había diferencias importantes?VT - Claro. Se fueron marcando con el tiempo las diferencias, que derivan del hecho que Huidobro era un ser fuera de serie. Su madre dijo alguna vez: "Su destino no era ser presidente, sino rey de Chile, y si no fuera tan loco ya lo sería". Le interesó ser un rey de la poesía. Huidobro era muy huidobrano y huidobrista. Yo tenía otro origen social, otra convicción, era militante de las juventudes comunistas, donde recibíamos diarias lecciones de humildad: el individuo no podía ponerse por encima del pueblo, tenía que servirlo. Huidobro, en un momento determinado, por rivalidades literarias -especialmente cuando vio subir a la estrella de Neruda, para él un plebeyo que venía del sur- recurrió a estratagemas para tratar de atajar esta nombradía. Yo estaba dentro de esa máquina, por lo tanto sabía lo que se hacía y no me gustó. MS - El declaró a favor de Franco, ¿verdad?VT - Sí, seis meses después de haber estado en las trincheras republicanas, llamando a los soldados franquistas a desertar. Esa inconsecuencia fue el motivo de mi alejamiento. Con el tiempo me fui arrepintiendo, no debí haber tomado una decisión tan drástica. Pude haber estado junto a él, para muchas cosas importantes: su vida le fue mostrando que no era el rey del mundo, y se convirtió en un ser entrañable, desolado y por momentos trágico. Allí nació la que para mí es la mejor poesía de Huidobro, la de sus últimos tiempos, que revela que tenía profundidad y que también conocía la hondura del sufrimiento. MS - ¿Cómo era esta vida con Huidobro, el aristócrata? ¿Era una bacanal?VT - Todo lo contrario. Huidobro era un retoño de la más vinosa oligarquía, dueño de la mayor viña de ese tiempo, pero casi no bebía, era bastante sobrio. Todo era muy frugal. El despliegue loco era el de la fantasía, de los sueños. Nadie usaba droga, la gran droga era la poesía. Hacíamos concursos para ver quién era el mejor poeta del mundo, y naturalmente la corona le correspondía al maestro Huidobro. Era un ambiente notabilísimo, que nunca ha vuelto a repetirse, que no tenía nada que ver con excesos etílicos. MS - A diferencia del Neruda joven, ¿no?VT - Neruda fue bastante alcohólico en la década del 20, pero después cuando volvió de España era medido en el consumo del trago. Nunca lo vi borracho y eso que lo veía todos los días, y nunca vi borracho a Huidobro. MS - En 1935, publica, junto a Eduardo Anguita, una polémica antología de poesía donde no estaba Gabriela Mistral. ¿Cómo fue aquello?VT - Cometimos pecados capitales como excluir a la Mistral. Pero también allí aparecieron por primera vez poetas que luego se afianzaron como Rosamel del Valle, Diaz Casanueva. Y desde luego a estos dos muchachos excedidos, Anguita y yo, les pareció muy natural incluirse, con una desenvoltura que era propia de la época, era el gesto desafiante, provocador. Anguita con su obra posterior demostró sobradamente que era una inclusión merecida, en mi caso no. MS - ¿Cuándo conoce a Gabriela Mistral?VT - La conozco después. Una delegación de las JJ. CC. hizo un viaje a EE. UU. en buque, íbamos haciendo escala en todos los puertos. Estuvimos un día en el Callao, el embajador nos invitó a Lima y allí nos encontramos con Gabriela que hacía el viaje inverso. Ella no sabía quién era yo, no me identifiqué, pues tenía esas cuentas pendientes con ella, que eran relativamente frescas. Esto fue el 38, tres años después de la antología. Ahí la admiré profundamente, se apoderó de la reunión. Era estupenda, sabrosa, con una inteligencia medio campesina, de la tierra, y con una verba arcaica, medieval, con chilenismos. Nadie quiso interrumpirla. MS - ¿Pero cuál de estos tres elefantes blancos de la literatura era el más atractivo?VT - Neruda, pero era un atractivo sin vistosidad. Era muy coloquial y muy digamos en tu propio nivel. Lo agradable, lo que te conmovía, era que sentías que estabas hablando con un igual aunque tu sabías que no era así, porque él era el gran poeta. Neruda era el sur chileno, un tanto opaco, pero consistente, sólido, entrañablemente humano. MS - ¿Le costó pasar de ser biógrafo de otros a escribir su propia biografía?VT - Sí, fue un paso que me demoré en dar, no quería hacerlo. MS - ¿Por qué?VT - Por recelo respecto de los derbordes del ego, si uno se convierte en protagonista puede ceder a las tentaciones de la autojustificación y de mirarse con ojos benévolos. Cada uno tiene su autoestima, pero yo no quería de ninguna manera convertirme en un ególatra. Por eso durante muchos años me negué a hacerlo, a pesar de que había sugerencias más o menos imperiosas en el sentido que tenía el deber de escribir algo de lo que había vivido. Mi hijo Claudio me dijo: "Te vas a llevar tus secretos a la tumba". También hubo cierta presión editorial, a la cual cedí, porque comprendí que no podía escapar a esta obligación. MS - Pero, ¿cómo ponerse a salvo de los peligros de la vanidad?VT - Convirtiéndome en un veedor, en un oidor, en un testigo. Yo no quiero hacer de estas memorias una guía de teléfono, un sumario, una crónica de acontecimientos, no es un libro de historia, tampoco una autobiografía corriente. Es una reflexión sobre la vida, los sueños, los proyectos, es también la biografía del tiempo. |