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El
modernismo de Julio Herrera y Reissig entre el romanticismo y
los bordes del expresionismo
Américo Ferrari
No
hay sin duda definición del modernismo hispánico más certera y
precisa, con toda su aparente vaguedad, que la que dio Borges en
el prólogo a uno de sus libros: "esa gran libertad que renovó
las muchas literaturas cuyo instrumento común es el castellano";
si ha sido a menudo citada por los críticos[1]
es seguramente porque revela en una fórmula concisa una verdad
más o menos intuida por todos los que nos hemos aproximado a los
autores que escribieron esas literaturas, desde Martí y Valle
Inclán hasta Tablada y J. R. Jiménez, desde Silva y Gutiérrez
Nájera hasta Herrera y Eguren. Hay en los grandes modernistas
una movilidad de la expresión, una diversificación tal de las
posibilidades del lenguaje como no se había visto en el mundo
hispánico desde el movimiento barroco del siglo de oro. En este
sentido, es un intento vano el querer reducir la unidad del
movimiento modernista a la escritura y la temática o a su
parentesco con el Parnaso y el simbolismo francés: saltan a la
vista las diferencias, entre la escritura de, por ejemplo, los
Versos sencillos de Martí y la de cualquier poema de
Darío o Lugones, y es patente también que las mayores figuras
del presimbolismo y el simbolismo francés, Baudelaire, Mallarmé
y Rimbaud (en particular los dos últimos) influyeron bien poco
en nuestros primeros modernistas[2];
incluso dentro de una sola obra, como la de Darío, la movilidad
de la forma y de la temática son extremas; compárense
simplemente poemas como "Era un aire suave", "Sonatina", Yo
soy aquel que ayer no más decía, "Marcha triunfal", "Oda a
Roosevelt", "Lo fatal", "A Francisca". Por otra parte sería
igualmente absurdo querer excluir del movimiento modernista
propiamente dicho a poetas como González Prada, Silva, Gutiérrez
Nájera y Martí para relegarlos piadosamente a la penumbrosa
categoría de "precursores"; si se prescinde de la viva
diversidad del modernismo, de su libertad de movimiento, de su
ingénita tendencia a la autotransformación se elimina lo único
que le da unidad, continuidad y consistencia: el espíritu de
cambio y de búsqueda, el rechazo de la inercia espiritual que
paralizaba la cultura de origen hispánico a ambos lados del
océano en la segunda mitad del siglo XIX.
Lo que queda, en ese caso, es un residuo de Versalles,
Estambules, cisnes, marquesas, champán y adjetivos ornamentales
que con razón se declara inactual y sin razón algunos han
confundido con el modernismo[3].
La profusión de objetos "poéticos" con la que muchos de aquellos
poetas embutieron en parte sus poemas es un hecho innegable,
pero no constituye sino un aspecto, el más exterior, de un
impresionismo literario que, por más importado de Francia que
fuese, tuvo la virtud sin embargo de poner en movimiento una de
las mayores subversiones de la literatura hispánica. La poesía
impresionista-simbolista que asimilaron los modernistas
americanos se propone sobre todo sugerir por la palabra las
impresiones que deja la realidad en el poeta, fundiéndolo todo
en una vaga sinestesia de sensaciones cromáticas y musicales,
muchas veces sobre un fondo sentimental, erótico o ambiguamente
idealista; en los mejores poetas y en sus mejores poemas este
juego de correspondencias, fundido en el afán erótico y el ansia
de universalidad, llega a crear constelaciones de símbolos;
cuando no, se queda en una imaginería meramente ornamental, en
una poesía de los sentidos aureolada de sentimientos. Los
epígonos repitieron incansablemente la imaginería y los clichés
de escuela acentuando la tendencia centrífuga a la dispersión en
formas, colores y sonidos del mundo exterior absorbidos por el
alma del lírico esteta; ya a fines del primer decenio de nuestro
siglo esta producción sin creación había agotado la substancia
viva de la nueva poesía dejando en su lugar sólo formas muertas;
pero lo que hizo la fuerza y la gracia del movimiento modernista
fue precisamente - para adoptar y adaptar une expresión de
Octavio Paz - el ser "poesía en movimiento", alentada y
sostenida por la fuerza centrípeta del espíritu poético que es
ante todo el espíritu del hacer y del inventar. Es este espíritu
el que revela en el objeto poema al mismo tiempo que la unidad
de un proyecto las ambigüedades, las contradicciones, la
escisión de la subjetividad del artista que lo ejecuta, con los
conflictos y tensiones inherentes a todo lo que en este mundo se
encuentra en movimiento. Esto se ve ya en la poesía de Martí,
también en la de Darío, y rebrota con fuerza, por nuevos e
incomparables caminos, con una expresión y unos temas bien
diferentes en la obra poética de Julio Herrera y Reissig.
Herrera nació en enero de 1875, el mismo año que José Santos
Chocano, un año después de José María Eguren, 4-5 años después
de Amado Nervo, Leopoldo Lugones, José Juan Tablada y Enrique
González Martínez; murió en 1910; un año después González
Martínez pedía que se le torciera el cuello al cisne modernista,
mientras se difundía por Europa el manifiesto futurista de
Marinetti (1909) y surgía en Alemania una de las revoluciones
artísticas más considerables de este siglo, el expresionismo. Su
obra se sitúa pues en lo que podríamos llamar la segunda
generación modernista a la que pertenecen todos los poetas
arriba mentados, nacidos entre 1870 y 1875. En algunos de estos
poetas (los que vinieron después de Martí, Gutiérrez Nájera, del
Casal, Silva y Darío) la crítica ha visto una transición entre
los cánones simbolista-impresionistas generalmente atribuidos al
modernismo y las innovaciones de las vanguardias, transición que
en ciertos casos extremos parece presentarse más bien como un
vuelco. En Herrera y Reissig hay sin duda una escritura
modernista de escuela (clichés léxicos y marcos temáticos
heredados) que es más que un residuo: una profusión de objetos
modernistas de oropel y verdaderas cáfilas de personajes
mitológicos frecuentan algunos de sus poemas; pero una buena
dosis de ironía, como veremos, parece regir estos desfiles; en
lo esencial más que una manera de escribir lugares comunes, lo
que heredó el uruguayo de sus antecesores es esa gran libertad
de la que habla Borges: es ella la que determina la tendencia de
nuestro poeta a esa manera de escribir que, para la época en que
compuso la parte más importante de su obra (1900-1910), podemos
llamar "de vanguardia". De todos modos, también los primeros
poetas modernistas constituían en su tiempo ya una vanguardia y
si, como hemos apuntado, el rasgo más característico de este
movimiento es precisamente el incesante movimiento que lo
condena en cierto modo a transformarse sin cesar desde el
interior de sí mismo, podríamos decir que Herrera en 1910 es
vanguardista por ser auténticamente modernista.
Acabamos de utilizar el término "vanguardia" en su sentido
común: avance y exploración en el campo literario y artístico.
Pero "las vanguardias" o "el vanguardismo" tienen también un
sentido específico en historia de la literatura; en el umbral de
toda reflexión sobre lo que Herrera aportó de nuevo al
modernismo y a la poesía en lengua castellana hay que tratar de
elucidar el sentido de estos términos con los que suele
designarse de manera general y confusa aquellos movimientos,
experimentos y escuelas (los ismos) que desde los años
que precedieron la primera guerra mundial hasta la crisis de los
años treinta revolucionaron la creación artística en sus
diversos modos de expresión. Todos o casi todos son de origen
europeo y la América latina los adoptó y los adaptó, con el
inevitable desfase en el tiempo, sobre todo en los años de la
posguerra; sin embargo Huidobro y Borges, que estuvieron en
Europa durante la conflagración, habían ya captado estas
tendencias, contribuyendo al surgimiento del ultraísmo español
que en gran medida las difundió por América desde los años
veinte. Observemos que el modernismo fue un movimiento que,
aunque con influencia dominante del simbolismo francés y, en
algún caso como el de Martí, también de voces norteamericanas,
nació sin embargo espontáneamente en Hispanoamérica, de donde
Darío lo propagó a España[4].
Por lo demás es sabido que por debajo de la influencia
parnasianosimbolista y algunas veces meramente victorhuguesca
Darío buscó su savia en formas de la poesía española preclásica
y se inspiró también, por lo menos para los temas, en las
culturas americanas autóctonas; en cambio la adopción directa y
apresurada de modelos futuristas o cubistas por poetas como el
peruano Hidalgo o el chileno Huidobro, que quiso inventar la
poesía cubista y presurrealista de Reverdy, no tuvieron,
precisamente, futuro. Excepción hecha del surrealismo que
arraigó vivazmente en el continente americano, las múltiples
propuestas de las vanguardias europeas se agotaron lo más a
menudo en imitaciones estériles[5];
los grandes poetas, como Vallejo, Borges y el primer Neruda
tomaron seguramente de ellas los pocos ingredientes que les
podían resultar útiles para hacer su propia cocina y fueron,
cada uno, a lo suyo; lo mismo que hicieron en España García
Lorca, Aleixandre, Larrea y lo que habían hecho respecto al
modernismo Valle Inclán, Machado y Juan Ramón Jiménez. En suma,
las vanguardias europeas fueron en su época y en su suelo un
movimiento multiforme de búsqueda y de rechazos, de muchas voces
y actitudes, como lo fue en su suelo y en su época el modernismo
hispanoamericano; y como los modernistas, los vanguardistas de
Europa tenían una vocación de universalidad; todos se proponían
por diversos modos rehacer el lenguaje poético, desquiciar
modelos establecidos, conquistar otra visión de la realidad;
quizás el principal lazo entre tantas voces y actitudes haya
sido, de nuevo, el poner a la poesía en constante movimiento;
transplantada a América, la vanguardia, para poder dar forma a
una poesía original, no podía pues dejar de moverse, y así se
dasarrolló la obra de Vallejo, de Borges, de Westphalen, de
Lezama, de Paz. Es en este sentido como la obra poética de
Herrera y Reissig, antes de que surgieran los ismos,
dibuja una vanguardia por relación a un movimiento modernista
que se movía cada vez menos; sólo que este "vanguardismo"
herreriano no anuncia exactamente ningún ismo en
particular, sino que ofrece
una actitud frente al lenguaje, un fondo de representación de la
realidad y un cuestionamiento de la misma que parecen ser
comunes a diversos conatos de renovación de la poesía desde el
primer decenio de nuestro siglo. Esta actitud determina en el
poeta un tono que podríamos llamar expresionista[6].
En esta dirección nos proponemos ahondar.
Los primeros poemas de Julio Herrera y Reissig, anteriores a
1900, publicados muchos de ellos en periódicos de Montevideo
desde 1898, pueden parecer a primera vista simples ejercicios de
retórica romántica españolizante y como tales han sido
generalmente desdeñados por la crítica. Para muchos de ellos la
hinchazón del estilo, la exagerada altisonancia de los versos,
lo derramado de la expresión en general hacen fastidiosa su
lectura; algunas composiciones, como "Castelar", "Salve España",
"Canto a Lamartine", etc. resultan francamente obsoletas diez
años después de publicado Azul y cuando el modernismo
estaba ya extendido por toda América y España[7];
sin embargo, la lectura atenta de otro grupo de poemas
("Miraje", "Fosforescentes", "Nieve floral", "La cita", "Ideal")
nos incita a detenernos en ciertas estrofas y versos que o bien
reflejan la tradición modernista ("Su frente es hecha de lirio/
y de esencia de alabastro/ y de las iras de un astro/ y de las
fiebres de Sirio") o prolongan tendencias barrocas antiguas
("dame un veneno de lumbre / y serás un sol que daña"), o bien
anuncian predisposiciones y procedimientos verbales de lo que
constituirá más tarde la escritura abstractiva original del
poeta: "Vapor nacido de besos blancos", "sombras nacidas de un
sol de cielo / que hablan con signos de combustión", "cráter
formado de frenesí", "con la esencia que bate tu vuelo", "mi
amor es vuelo / y es combustible", "nieve con alas", etc.; en un
verso como "la estrella del perfume, la manzanilla" lo único que
sobra es la manzanilla; desligada de esta precisión naturalista
"la estrella del perfume" encaja totalmente en la manera
metafórica del Herrera ulterior; por otra parte el merecimiento
de estos poemas está también en que dejan traslucir un ansia de
absoluto y de idealidad, más aún, una agresión de la
subjetividad que desaloja a la realidad exterior ("un acento
nacido de un aleteo / que quien sabe no es otro que mi deseo"),
y obrará después desde el fondo de las formas simbolistas en la
mejor poesía del autor, la cual, por lo demás, conservará
siempre un marcado aspecto romántico. En todo caso, la
versificación y los temas de estos primeros poemas en general,
muestran cuán aislado estaba el poeta uruguayo, encerrado en su
"torre" de Montevideo de la poesía viva de la época y ello
destaca aún más el trabajo de pionero que hubo de hacer desde
los primeros años de este siglo.
Idea Vilariño y Alicia Migdal se han referido a la "capacidad
herreriana de trabajar en tres, cuatro o más cauces poéticos a
la vez"[8];
en efecto, en el breve espacio de tiempo (un decenio) en que
Herrera elaboró su obra las intuiciones y las formas en que
éstas se plasman más que seguir una evolución lineal se
entrecruzan, aparecen simultáneamente o alternan de manera
periódica constituyendo ciclos en los cuales se suceden
elementos impresionistas y simbolistas, románticos, barrocos y
expresionistas más que "creacionistas"[9],
que a menudo se combinan en una misma serie de poemas o incluso
en un mismo poema; pero estas "poéticas" se sostienen
generalmente en dos visiones del mundo correspondientes a dos
ritmos o maneras en alternancia: un ritmo solar, plácido y
bucólico (Los éxtasis de la montaña, Sonetos vascos) y un
ritmo nocturno, lunar, metafísico y erótico donde prosperan la
neurosis, la alucinación, la abstracción metafísica y, en los
momentos de clímax, el amor venenoso, espectral y fatal, la
atmósfera demoníaca, el sentimiento de la muerte y el vacío (La
Vida, Desolación absurda, La Torre de las Esfinges, así como
algunos poemas nocturnos de los recopilados en la edición de
Guillermo de Torre bajo el título Los maitines de la noche)[10];
las dos maneras confluyen en Ciles alucinada y La
muerte del pastor donde la paz campestre es atravesada por
estremecimientos y premoniciones de hechizos y de muerte: "de
sueño, luna y misterio", así como en varios poemas de Los
parques abandonados. Dos poemas largos se sitúan al
principio y al fin de la obra, enmarcándola: Las Pascuas del
Tiempo (1900) y Berceuse blanca, inconcluso, (1910).
Si - como dice Guillermo de Torre - Herrera y Reissig "encarna
quizá con significación más cabal la manera modernista" (o. cit.,
p. 11), son seguramente estos dos poemas los que representan
esta manera (impresionista y cromático-musical) con la mayor
nitidez de contornos, del modo más "clásico", si se puede decir,
pero con unos procedimientos, un sentido y un alcance poéticos
bien diferentes en ambos casos. En efecto, Las Pascuas del
Tiempo es una especie de catálogo o recopilación donde el
autor ha concentrado, se nos antoja exhaustivamente, los
términos, los clichés expresivos y los temas convencionales -
toda la exterioridad ornamental - que en una época sirvieron
para fabricar modernismo en serie. Desde este punto de vista,
cabría argüir que el neófito que aparentemente acababa de
descubrir el modernismo extremaba naturalmente su devoción;
puede ser, pero Las Pascuas del Tiempo es una composición
tan atestada de tópicos modernistas que se podría interpretar,
creemos, como una parodia del modernismo: uno tiene la impresión
de que una especie de ironía gobierna estos desfiles de
personajes convencionalmente mitológicos o pseudohistóricos[11],
lugares comunes y objetos de oropel. Herrera procede por la
técnica barroca de abigarramiento y relleno del verso de manera
que no quede ningún resquicio, enumerando por ejemplo
exhaustivamente todos los elementos de una serie, así los meses
y las horas en el fragmento III: "Entran: Junio, Julio, Agosto,
Setiembre, Octubre y Noviembre. / Enero, Marzo y Abril, Mayo,
Febrero y Diciembre. / (…) Y tomadas de la mano, (…) las seis,
las ocho, las nueve, las diez, las once, las doce, / la una, las
dos, las cuatro, las tres, las siete y las cinco"; parece un
gesto de humor. Sin embargo, estas enumeraciones, aunque, es
verdad, menos prolijas, podrán tener en la ulterior poética
antinaturalista de Herrera una función más precisa y eficaz que
la de rellenar versos con términos redundantes, en la medida en
que tratan el ámbito, paisaje o situación descritos con una
intención abstractiva y generalizadora, vaciando el objeto
presentado de su realidad propia para convertirlo en una especie
de prototipo representado por elementos genéricos convencionales
aplicables indiferentemente a cualquier realidad del mismo
género: ("Hay espejos, luces, cuadros, pedrería, / Bibelots,
Cupidos, oro, mármol, seda...): todo lo que se supone debe de
haber en cualquier salón elegante de época, de manera abastracta
y general. Conviene indicarlo aquí porque este procedimiento de
abstracción/desrealización adoptará, con la maduración de la
obra del poeta, múltiples formas y constituirá un eje de su
poética. Otro aspecto interesante de este primer poemario es el
humor a menudo grotesco que impregna buena parte de la
composición:
es Venus que llega: todos se desvisten, tiemblan, juran
(..........) / (ya no hay nadie que esté en calma, todos
perdieron el juicio); / todos la besan, la muerden con una furia
espantosa, / y Adonis llora de rabia... en medio de ese
desquicio. / El papa Borgia está orando (mientras pellizca a una
niña), / tan sólo un bardo protesta: Lamartine con voz airada;
etcétera. Estas visiones grotescas, esta especie de guasa a
costa del batiburrillo histórico mitológico del modernismo
convencional coexiste con representaciones en filigrana o
parodias de lugares comunes no sólo de los "objetos poéticos"
con los que trabajaba la manera modernista sino, a un nivel más
profundo, de la manera misma; entonces la propia estructura del
verso, el ritmo y la andadura melódica de la escritura de
escuela se funden con el léxico y los temas:
Misteriosas flautas, que modulan gritos
de bacantes ebrias, de hetaïras locas,
cantan las canciones de los tristes mitos,
de los besos muertos en las regias bocas.
Finas violas trinan los rondeles breves
que en la danza regia dicen los encajes,
las suaves y amables carcajadas leves
de las suaves sedas de los leves trajes.
Imitación de Darío en homenaje a Darío o también, ambiguamente,
ironía que se ejerce sobre la manera de escuela, Herrera, al
escribir "modernista" parece estar representando y describiendo,
por acumulación de elementos convencionales, un poema modernista
que puede ser cualquier poema modernista en general, como los
espejos, las luces, los cuadros, etc., hacen de su salón
cualquier salón, y sus árboles y sus montañas harán, en años
posteriores, de su paisaje cualquier paisaje. La intención
abstractiva y desrealizadora de Herrera parece estar presente ya
en Las Pascuas del Tiempo, poema sin duda lleno de
defectos, pero que quizás haya sido también subestimado en
demasía por una parte de la crítica al soslayar ésta la carga de
ironía y de humor crítico que aparentemente contiene y que, en
cierto modo, "desrealiza" también al modernismo[12].
Berceuse blanca
representa otra vertiente, bien distinta, de la poesía
impresionista y simbolista de Herrera. Es una composición
compleja, significativa de la ductibilidad de la poesía
herreriana y la variedad de sus registros, una especie de
"sinfonía" en alejandrinos modernistas en parte bastante
típicos, tanto en el ritmo y la melodía como en el léxico
(devociones azules, ángel azul, cabellera de azul negro,
exsangüe Nirvana, blanco crepúsculo, rosa desmayada, luz blanca
y de seda, etc.) y la mención de lugares y personajes
legendarios o mitológicos (Oriente, Bizancio, Leteo; Ululuma,
Loreley, Judith, Jacob, Aladino, Venus, Iris, Alceste, Gliceras,
Diótimas, Atalantas, Ifigenia, Diana...). La primera estrofa del
fragmento VII es un guiño a Darío:
¡Cómo sueña la virgen! ¿Soñará en cosas vanas,
en su hermana la rosa, desmayada en un vaso,
en el mago Aladino o en las otras hermanas
que hartarán de bombones su zapato de raso?
¿Piensa acaso en el príncipe de Golconda o de China,/ o en el
que ha detenido su carroza argentina...?
La amable e intrascendente princesa de "Sonatina" es trasladada
al lecho de la virgen durmiente, quien, en un simbolismo muy
herreriano, evoca a lo largo de todo el poema el confluir
inquietante de la vida y de la muerte, del lecho y de la fosa[13].
Se puede observar como el poeta uruguayo funde maneras
modernistas diferentes; al tono rubeniano de la estrofa citada
responde el lenguaje propiamente herreriano de la primera
estrofa del fragmento IX:
(Afuera es un motivo de Brahms sobre un exótico
panteísmo, que enuncia descriptivos efectos;
es todo un retornelo de columpio narcótico
para oboes de ranas y marimbas de insectos...)
Berceuse blanca
es sin duda el ejemplo más claro de cómo Herrera y Reissig
modifica desde adentro la escritura impresionista del
modernismo, introduciendo elementos expresionistas que alteran
la adjetivación convencional y la estructura de la imagen.
Recordemos una imagen por metonimia de Darío: "en la risa blanca
de negros esclavos"; esta imagen expresa el gesto de la risa por
la blancura de los dientes. Herrera la recoge intensificando y
condensando la expresión: "Cuántas veces mi alma pendió, muda a
tu lado, / de la dilatación perla de una sonrisa!". Algo como un
viento seco y cortante sacude el suave follaje del verso
simbolista y lo tuerce en una dirección que no era muy familiar
a Darío ni a los otros modernistas; es así como el poeta
presenta a su amada: "ojos sonámbulos de muerte", "silencio de
la abstrusa armonía", "halo espectral de heliotropo", "en sus
líneas herméticas canta la geometría", "urna blanca de
quintaesencia", "irreales tules", "sauce abstraído",
"interjección de un sabio vértigo sibilino", "ánfora pitagórica
de idealidad suprema"... Esta amada abstrusa, sonámbula,
espectral, hermética, geométrica, interjectiva, pitagórica y
abstraída como un sauce, durmiendo su futura muerte en un lecho
de "irreales tules" que es "como una magnolia narcótica de vida"
resulta algo extraña entre la cohorte de las amadas
modernistas... Este poema de la última época de Herrera y
Reissig injerta en la escritura heredada de los modernistas
nuevas relaciones de expresión que se acercan a las de las
vanguardias, aproximando aspectos de la realidad alejados e
incompatibles para la percepción común; pero no por eso deja de
cultivar la heredad modernista. Ello indica que Herrera no
"evoluciona" del modernismo a otro tipo de poesía, sino que
ensancha los límites de la expresión modernista hasta lograr una
expresión original y ambigua que había de resultar
desconcertante no sólo para sus predecesores sino para varios
poetas y críticos de su propia generación[14].
Las aportaciones estilísticas del poeta uruguayo están presentes
en su obra desde 1900, ya en germen en el poema "La Vida", y se
desarrollan en los años posteriores, sobre todo en "Desolación
absurda", en las dos series de Los éxtasis de la montaña
y en La Torre de las Esfinges, siguiendo las dos líneas
directrices ya señaladas, la diurna bucólica y la nocturna
erótica y metafísica. En efecto, si en estas dos vertientes el
tono y el tema son diferentes u opuestos, la estructura de la
imagen, el tratamiento del adjetivo y el verbo, la audacia del
lenguaje en general son muchas veces comunes porque, en ambos
casos, la palabra, en vez de limitarse a transmitir las
impresiones recibidas de la realidad exterior o los sentimientos
que tales impresiones dejan en el ánimo, parece cobrar una vida
autónoma que hace cuerpo con la vida subjetiva del poeta, sus
deseos, sus sueños o su neurosis, con las pulsiones elementales
del amor y la muerte, todo ello gobernado por un proyecto de
reducción a un orden ideal en que se expresa el dinamismo del
espíritu, su capacidad de síntesis y de abstracción. La función
de la nueva palabra poética de Herrera es proyectar este orden
subjetivo en el mundo de los objetos, subjetivando la realidad,
objetivando el yo. La intensificación de todos los recursos
expresivos del lenguaje confiere así al poema un poder de
desrealización del mundo llamado objetivo, de modo que en la
relación sujeto/objeto se produce una inversión: en el universo
poético de Herrera y Reissig lo dominante no es la traducción de
las impresiones que deja la realidad en el ánimo, sino más bien
el vertiginoso movimiento de la palabra que traduce
alucinaciones - y quizás muchas veces las induce - : así las
cosas se presentan, en La Torre de las Esfinges, como
facsímiles del mundo alucinado del poeta:
Las cosas se hacen facsímiles
de mis alucinaciones
y son como asociaciones
simbólicas de facsímiles...
Este mundo alucinado es simbólico[15]
- así lo presenta Herrera - pero su concepción y su expresión
van sin duda mucho más allá del simbolismo impresionista y sobre
todo de los modelos parnasianos que influyeron en modernistas
anteriores. La visión de Herrera y Reissig invierte la relación
sujeto-objeto de modo que predomine en el poema una percepción
anterior y primigenia de los modos y modelos del espíritu; la
realidad fenoménica aparece así, en segundo grado, como una
combinación de los signos que refieren a dichas formas; como en
Rimbaud la alucinación desplaza la realidad ("Je m'habituai à
l'hallucination simple: je voyais très franchement une mosquée à
la place d'une usine") y los "sofismas mágicos" son explicados
"con la alucinación de las palabras". Estas combinaciones
simbolizan entre sí pero, hemos dicho, en segundo grado: la
matriz de los símbolos está en la producción de las
alucinaciones, reproducidas en facsímiles por las cosas, y en la
dinámica verbal que proyecta aquéllas. De ahí el enorme poder
abstractivo del verso herreriano que cuenta con la virtud del
verbo para fundir y disolver la naturaleza en su propio
movimiento. Recuérdese la escueta declaración de Herrera: "El
Verbo es todo". El Verbo es la palabra, pero así, con mayúscula,
es también y sobre todo el Logos, el Espíritu: y en el
principio - recordemos el versículo de San Juan - era el
Verbo.
Quizá las alucinaciones del poeta Herrera y Reissig no hayan
existido sino como "alucinación de las palabras": pero es ésta
la única alucinación visible para nuestros ojos, la única que
puede comentar un crítico. Sea como fuere, el motor ideativo de
nuestro poeta parece ser una especie de idealismo panteísta, al
que él mismo alude en el subtítulo de La Torre de las
Esfinges: Psicologación morbo-panteísta; en
correspondencia, podríamos calificar las eglogánimas de
Los éxtasis de la montaña de "psicologaciones higieno-panteístas":
en ellas, como veremos, aparece la naturaleza, pero apenas como
un esquema indicador de salud y placidez que no se puede
distinguir del espíritu de bienestar y serenidad que el poeta se
propone proyectar en estos campos literalmente creados por el
"Verbo"; son "campos subjetivos" como dice en el soneto "El
genio de los campos".
Si esta visión de la realidad tiene que ver con el simbolismo
europeo, es con el de Baudelaire, de Rimbaud y de Mallarmé más
que con el impresionismo de Albert Samain, el parnasianismo de
Sully-Prudhomme (a quien va dedicado "El laurel rosa") o la
orfebrería de Théodore de Banville, quien sí influyó
visiblemente en Darío; así que, si se trata de sugerir
afinidades, parece más apropiado acercar la naturaleza del
uruguayo a las selvas de símbolos y las correspondencias
metafísicas de Baudelaire que a la vaga idealización y
poetización del paisaje de otros poetas simbolistas; y su
expresión poética al "sintaxismo" de Mallarmé, pero sobre todo,
claro está, al de Góngora[16],
seguramente más y mejor asimilado
por Herrera que el del gran simbolista francés. Herrera y
Reissig sigue siendo un simbolista, pero lo que visiblemente él
busca y aprovecha en el simbolismo es esa "elasticidad ideal"
que después exaltó Vallejo; esta elasticidad es precisamente lo
que permite a nuestro poeta ampliar el simbolismo en
psicologación panteísta y conquistar algunos territorios
fronterizos que después frecuentaron las "vanguardias".
Estos territorios se vislumbran desde el poema "La vida", larga
y desigual composición alegórica más que simbolista, que
presenta la particularidad de explicar minuciosamente las
principales alegorías en notas a pie de página y de constituir
el único texto poético del autor que nos da, en el cuerpo del
texto y en las notas, referencias autobiográficas; el poeta se
presenta con su propio nombre, Julio, y alude a la enfermedad
congénita que causó su muerte a los 35 años:
¡Oh epilepsia inconocida!
Sobre el cielo metafísico
vi un corazón de suicida
arrítmico y fraternal.
Una nota explica: "Se alude al corazón arrítmico del Poeta,
quien ha sufrido siempre de una desesperante neurosis cardíaca
que le ha hecho temer por la vida". El poema empieza con unas
estrofas de corte barroco: "Era el confín rosicler, / el mar
estaba amatista; / una fragancia a mujer / llenó el camino
sonoro / por donde el divino Toro / paseó su rubia conquista. //
Hacia el alba que madruga / surgió un corcel metafórico / y
desperté a un pitagórico / ritmo de estrella que fuga. / Fue
sobre un fondo alegórico."
El corcel es montado por Pentesilea. Sendas notas explican las
dos alegorías: "Representa este corcel simbólico el Yo
consciente y audaz del Poeta, su Numen soñador y enfermo, su
espíritu paradojal y revolucionario, su alma sedienta de
Invisible y de Verdad Religiosa...", etc. En cuanto a
Pentesilea: "Esta Amazona emblemática significa la Ilusión
Soñada, el divino Ideal, la Forma Perfecta y Armónica de la
Belleza en el Arte y en el Pensamiento, (…) el Amor puro y
metafísico que se acerca a Dios, (…) la sublime Esperanza y el
ciego instinto de la Vida". El poema entero narra - es una
manera de decir... - la porfiada persecución del ideal por el
personaje Julio, que termina abruptamente en la muerte. El yo
aparece pues como desdoblado: la Ilusión Soñada, el Amor puro y
metafísico, etc, representados por Pentesilea, cabalgan sobre el
"Yo consciente y audaz del Poeta" sobre su "alma sedienta de
Invisible" y el otro yo, el yo empirico, no consciente y
titubeante de "Julio" los persigue hacia la poesía, la verdad y
la muerte. Es de observar que Pentesilea aparece como una
entelequia que simboliza abstractamente el ideal, pero tiene
"fragancia a mujer", y todo un vocabulario y una intención
eróticos, aunque abstraídos y geometrizados, se desparraman por
el poema; el ideal de absoluto y a la vez de atracción amorosa
que simboliza la reina de las Amazonas enlazan con el tema de
Eros y Thanatos, tema romántico por excelencia: el amor y la
muerte están ya anudados en la Pentesilea de Heinrich von Kleist
y no se desanudan en la tragedia sino con la muerte del héroe y
la heroína; seguirán anudados en Novalis, en Nerval, en Leopardi
y en Baudelaire: una tendencia romántica subyacente parece
vertebrar la poesía de Herrera.
El "cielo metafísico" de "La Vida", que se descarga en la
representación de la vida perseguida como búsqueda de la muerte,
así como la atmósfera erótico-espiritual del poema, sus visiones
cósmicas, contienen en germen toda la manera metafísica de la
obra posterior, sólo que en el proceso de desarrollo de la
poesía herreriana el esquemático procedimiento de la alegoría
explicada es sustituido por un simbolismo complejo y oculto;
todo lo que en este poema de 1900 se hace explícito en la
transparencia de los emblemas se implicita y se soterra en los
poemas de la madurez (soterrarse no quiere decir cesar de
existir), en primer lugar el yo biográfico del autor, y también
la inminencia recalcada de la muerte, la sed de vida, la
ansiedad erótica: este ocultamiento en un lenguaje críptico
contribuirá a dar después a Tertulia lunática su aspecto
desconcertante, su alto grado de abstracción y de eficacia
poética que corre parejas con su aparente impersonalidad.
Otra constante en este primer poema son las audacias del léxico:
la selección de adjetivos, sustantivos y verbos se aparta del
uso de los modernistas anteriores, así como la manera de
combinar términos para formar constelaciones verbales barrocas o
expresionistas:
Anfibológico, iluso
en su cambiante sofístico,
robóle a un cometa abstruso
su cauda tendida al uso
de algún zigzag cabalístico.
Imposiblemente vaga
su testa de Esfinge aciaga
enseñoreaba hacia Osiris
el infinito irreal,
...............................
¡A su divino contacto
llenábanse de monólogos
los tenebrosos idéologos
del inconcebible abstracto!
Si se compara estos versos[17]
con Las Pascuas del Tiempo (1900) por una parte, y con
poemas más o menos contemporáneos de "La Vida" como las primeras
series de Los éxtasis de la montaña y Los parques
abandonados por otra, se ve claramente la ya mencionada
aptitud de Herrera para cambiar de registro en un breve período
de evolución o para manejar varias poéticas a la vez.
Abstruso, abstracto, irreal son adjetivos herrerianos
característicos y frecuentes, pero lo insólito no son tanto los
adjetivos en sí sino su combinación oximórica con los
sustantivos, sobre todo cuando, como en "infinito irreal" e
"inconcebible abstracto", el sustantivo es también un adjetivo;
en la misma línea encontramos "asma plutónica", "cuadrúpedo
erróneo", "ígnea mosca", "insomne volante", "reloj poeiánico...
psicofísico", "elíptico drama supersideral", "crepúsculo
fantasmal", "hornos planetarios", etc.; y en la descripción de
la atractiva Pentesilea el poeta enumera sus encantos: "¡Oh
milagro de atracción / y de curva, oh la superna /
cosmofisiologación! // A un costado del arzón / caía su augusta
pierna / ¡como una interrogación / a la geometría eterna!".
Cosmofisiologación tiene la misma estructura que la
psicologación de La Torre de las Esfinges; y la
presentación de la bella amazona como una línea curva, dechado
de fisiología cósmica cuya pierna se representa como un punto de
interrogación que interpela a la geometría, es un ejemplo de
barroco tan abstracto que no podría parangonarse sino con los
pasajes más sofisticados de Góngora o de Quevedo.
La expresión abstractiva se depura y se modula, introduciendo la
atmósfera nocturna de la neurastenia, en Desolación absurda,
un poema que empieza con una reminiscencia de Darío "("Noche de
tenues suspiros (…) / vuelan bandadas de besos / y parejas de
suspiros": Era un aire suave de pausados giros / (…) / e iban
frases vagas y tenues suspiros) y termina con una referencia
explícita a Baudelaire que se prolonga en un eco de Espronceda
procedente del poema "A Jarifa en una orgía" ("Ven, reclina tu
cabeza / (…) / sobre mi tétrica frente: Trae, Jarifa, trae tu
mano, / Ven y pósala en mi frente); de la "Canción del
pirata" de Espronceda viene seguramente también la rima de
Estambul con azul en la segunda estrofa de la primera
parte del poema; la noche que esta primera parte introduce es -
como el aire de Darío - suave: con mar, luna, céfiros, esplín y
playas lejanas, todo ello sugerido en un lenguaje remansado y
aún exento de las fuertes tensiones verbales que crearán la
noche demoniaca y angustiosa de La Torre de las Esfinges.
La adjetivación, las imágenes y las combinaciones verbales
insólitas prolongan y afinan las audacias de lenguaje de "La
Vida", tendiendo siempre a dar al ambiente evocado un trasfondo
irreal y metafísico: los suspiros del primer verso están
"platónicamente ilesos", la altura del cielo es "ontológica", la
vía láctea "supersustancial" y un monte finge "una gran
protuberancia / del cerebro universal", el campo "abre un
bostezo de hastío" "y el molino es una araña / que se agita en
el vacío"; del mismo modo la frente de la amada es "subjetiva",
su pupila es una "copa decadente" y a la amada misma, "Hada de
la neurastenia", "póstuma y marchita", "hipnótica" y "absurda",
el poeta la percibe como "mariposa nocturna" de su "lámpara
suicida". Al mismo tiempo la estructura y las articulaciones de
"Desolación absurda" son análogas a las de La Torre de las
Esfinges o las prefiguran: en ambos poemas la noche, seno de
las revelaciones como en Novalis, es el motivo recurrente y
constituye el fondo donde surge la figura femenina, erótica y
perversa y anunciadora de la muerte. El propio Herrera recalca
el origen literario de esta figura: "una hurí desesperada / del
harén de Baudelaire". Les fleurs du mal han dejado sin
duda huellas en los espacios nocturnos y erotizados de nuestro
poeta.
La "Tertulia lunática" de La Torre de las Esfinges, obra
que corona la arquitectura nocturna de Herrera y Reissig, no
nace pues como un relámpago o una iluminación: tiene detrás de
sí todo un camino poético con una etapa bien marcada en
"Desolación absurda": ambos poemas, hemos dicho, son similares
en la alternancia de la presencia de un "paisaje" nocturno (facsímil
de las alucinaciones del poeta) y de una figura femenina; en
"Desolación absurda" el "paisaje" ocupa las estrofas 1 a 5 y
11-12, la figura, "Hada de la neurastenia", las estrofas 6 a 9 y
13 a 15; en "Tertulia lunática", poema más largo y complejo,
dividido en partes numeradas y encabezadas por epígrafes en
latín, el paisaje, intensificado en un tenebroso ámbito de
aquelarre, se extiende de I a II y de IV a VI, mientras la
figura, ahora verdadera "demonia" del imperio de la noche,
aparece en las partes III, V y VII. Lo que hay entre los dos
composiciones es un notable proceso de intensificación
de la expresión y de la imagen barroca como generadora de
alucinaciones poéticas; en la culminación de este proceso
Herrera realiza indudablemente esa aspiración al vértigo y a la
embriaguez causados por "una visión que cambia de forma a cada
momento, como una serpentina en medio de la sombra": este
comentario herreriano de la poesía de Góngora, que hemos ya
citado en nota a pie de página y que fue escrito muchos años
antes del poema que comentamos, prefigura de manera cabal la
forma y el sentido de éste: de ahí deriva "la heterogeneidad de
imágenes que conforman la escenografía metafórica del texto en
su sucesión de pluralidades semánticas" subrayada por Eduardo
Espina[18],
así como lo que el mismo crítico juzga una atomización de "la
organicidad referencial"[19].
En realidad no se trata de una realidad referencial disgregada
en múltiples átomos semánticos, sino de la movilidad
serpentínica de una visión que expande un sentido
cambiante a medida que se desenrrolla sobre un fondo de sombra.
Es inútil buscar este sentido y por ende cualquier tipo de
referente fuera del ámbito interior del ánimo del poeta, de su
"Babilonia interior", de sus "oscuros naufragios", de sus
"neurastenias grises"...: "todo es tiniebla / en la conciencia
del Mundo", la realidad y la razón son espectrales y lo
que el poema convoca es efectivamente una procesión de espectros
proyectados por el sujeto en un "polo metafísico de silencio y
de cansancio" donde indefinidos "fuegos fatuos / ilustran [su]
doble vista": doble vista del poeta que a lo largo de la obra se
fija ya en la sombra, ya en la luz o en el misterioso confluir
de las dos, o, como en este caso, en la aparición de la una en
la otra (fuegos en la noche), ilustración de una aptitud general
para "ver doble"; en este poema, la vista, a su vez desdoblada
en visión del paisaje y visión del personaje, capta
alternativamente la multitud nocturna de signos de las cosas o
facsímiles impresos por las alucinaciones de su razón espectral
y una figura agigantada de mujer, también proyectada por la
imaginación poética, y que domina, electriza y erotiza todo este
pandemónium: Demonia ella misma, Mefistófela divina, Monstrua,
hiena de diplomacia, tarántula abracadabra, Molocha, Gusana,
Escorpiona y Clitemnestra... El cuerpo y el alma de la mujer
fatal se componen esencialmente de adjetivos y sustantivos :
Herrera borra toda frontera precisa entre objeto y sujeto, entre
realidad y verbo, traza simplemente para los dos la línea de un
horizonte que es "errabundo y "se pierde en hipótesis". Todo
referente exterior es un espejo que refleja las imágenes y las
devuelve al yo que las percibe y las dice. En el dominio de la
poesía, el único que interesa al uruguayo, no hay más que
alucinaciones e imaginaciones que la palabra expresa en imágenes
y al expresarlas les da existencia objetiva: es la única
existencia objetiva de la que se pueda hablar en esta obra; pero
las palabras y los ritmos en que cuajan viven en el tiempo que
separa la vida del poeta de su muerte y alcanza una
representación precisamente objetiva al cristalizar en el objeto
poema: cada palabra es una gota de agua que cae en el vaso de la
clepsidra. Una gota de agua que mide el tiempo está repleta de
realidad objetiva: el agua que en el vaso de arriba se va
vaciando, también. Quizá si se quiere encontrar un referente
seguro al universo de signos de Herrera y Reissig este referente
no sea otro que la distancia entre la vida y la muerte de un
hombre, medida por el fluir de una poesía que ya en "La Vida" se
alegorizaba como recorrido de este trayecto en pos de la
inalcanzable Pentesilea y su corcel. En La Torre de las
Esfinges lo que queda del trayecto se hace en la noche y en
la inminencia de la muerte; el personaje con "fragancia a mujer"
que guiaba al poeta hacia su muerte era en "La Vida" una
semidiosa; en el último poema es una demonia que reina en el
reino nocturno de la muerte y del amor deletéreo; pero entre el
primero y el último poema se ha producido - por la virtud de un
leguaje que se ha hecho incandescente a fuerza de tensiones -
una fusión entre el significante y el significado, entre el
decir y el querer decir que en "La Vida" se disociaban en los
nombres alegóricos y en la explicación por medio de notas del
sentido de los términos; las notas funcionaban esquemáticamente
como reveladoras de un sentido oculto. Ahora, en La Torre de
las Esfinges cada palabra poética está cargada, o encargada,
indisociablemente de ocultación y de revelación, y todas las
palabras que se suceden en el poema no parecen perseguir otro
fin que la expresión de lo que se revela ocultándose: lenguaje y
mundo in-diferentemente.
Los éxtasis de la montaña
constituyen, ya lo hemos dicho, el tramo vital y solar del
recorrido. No es el breve lapso (cuatro años a lo más) que
transcurre entre la serie de poemas diurnos y el gran poema
nocturno lo que determina la notable polaridad entre las dos
maneras poéticas. Es quizá la "doble vista" de Herrera y Reissig,
su aptitud para percibir y expresar una dualidad de ritmos que
vertebra toda su obra. Patentemente la doble mirada corresponde
a una doble afición a la luz y a la sombra, a la vida y a la
muerte, y si esta poesía caracterizada por la alternancia, a
veces la confusión, de los dos ámbitos, nos concierne tanto es
sin duda porque de manera más o menos latente todos nosotros,
sus lectores, todos los hombres quizá, compartimos de algún modo
con el poeta la doble afición y la doble mirada. Las dos series
de Los éxtasis de la montaña, que se prolongan en las
nueve composiciones de los Sonetos vascos, nos sitúan en
un ámbito campestre y solar - pero que es a menudo crepuscular
-, un lugar común, por decir así, cuya naturaleza está
constituida fundamentalmente de palabras e imágenes poéticas y
donde el autor dispone personajes, parajes y utillajes que
parecen no tener otra consistencia ni otra razón de ser que la
de constituir unos marcos vacíos para que, en complicidad, autor
y lector los llenen de poesía, como los dibujos para colorear.
Un campo imaginado en suma donde el poeta pone todo lo que
cualquier vecino de cualquier ciudad supone que debe de haber en
el campo: gentes, rebaños, eras, parroquias y collados
("La procesión"), el burgo, con su iglesia, su molino y su
venta ("El burgo"), él, los gatos y el perro, la consorte
y las moscas ("El guardabosque"); este procedimiento de
abstracción por enumeración genérica que ya hemos comentado
hablando de "Las Pascuas del Tiempo" reaparece esporádicamente
también en otras series, como por ejemplo en Sonetos vascos:
raptos galantes, curas, infantes y bandidos ("Vizcaya");
Herrera lo completa y lo realza poblando sus campos poéticos de
personajes bucólicos, pastores y pastoras, que llevan nombres
tomados de la poesía antigua o añadidos a ésta por el poeta:
Cloris, Lidé, Palemón, Luth, Cloe, Timo, Casiopea, Neith, Títiro,
Bion, Lux, Job, Fonoe, Melampo, Loth, Safo y Ceres, Edipo y
Diana, "jóvenes libres de la campiña"...; lo realza y lo
completa sobre todo amoldando su metódica subjetivación y
desrealización del "campo que le rodea"[20]
y su tratamiento barroco y expresionista del lenguaje a un marco
temático clásico que de Virgilio a Petrarca, de Petrarca a
Garcilaso y de Garcilaso a Cernuda ha permitido siempre a los
poetas esquivar la descripción naturalista del campo (ese lugar
"donde los pollos andan crudos", según la expresión humorística
de Alphonse Allais, citada con deleite por Julio Cortázar): la
égloga, la égloga que sueñan los campos subjetivos ("El
genio de los campos"). Esta égloga soñada por los campos
subjetivos o, lo que es lo mismo, por la subjetividad del poeta
enamorado de una campiña ideal, en Los éxtasis de la montaña
se mantiene siempre en equilibrio entre la ironía y el encanto.
La vida campestre que se despliega en estos versos es artificial
o bien artística; pero eso no quiere decir que el campo que
llamaremos real para llamarlo de alguna manera, la campiña de
los alrededores de Montevideo, sea, como referente, totalmente
ajeno a estos poemas. Está sin duda presente, pero sometido a la
preeminencia del sueño, de la imaginación y sobre todo del
dictado y la necesidad imperiosos de la expresión poética.
Herrera y Reissig, hombre de la ciudad[21],
hacía también sus excursiones al campo, pero llevaba a él sobre
todo su imaginación romántica de la naturaleza. Su visión del
campo es dependiente de eso que los alemanes llaman Stimmung
y que refiere en suma al acuerdo o concordancia entre la
disposición del ánimo y la presencia de un entorno; la primera
en nuestro poeta es dominante pero no creemos que por ello el
segundo quede propiamente abolido: se conserva sin duda en su
función de sustrato o referente, pero en segundo grado, como las
cosas facsímiles de "Tertulia lunática": su importancia como
"realidad" varía según las exigencias cambiantes de la
subjetividad. Dos textos en prosa son ilustrativos a este
respecto.
El primero son unas líneas de una carta a Carlos Oneto y Viana,
sin fecha: "...nada en estos últimos tiempos ha tenido la honra
de resucitar el Lázaro que llevo adentro. ¿Por qué?... Te lo
acabo de decir: ni el Cerro ni la Cuchilla de Juan Fernández son
ahora los sitios de mis observaciones. Desde tales medianías
orográficas, que simbolizan a la perfección el espíritu de
nuestra tierra, tan sólo se columbra un cementerio de campo
donde se adora morbosamente los manes de dos caudillos..." (En
J. H. R. Poesía completa y prosa selecta, o. cit., p.
294). El poeta se refiere seguramente al Cerro y a la campiña
aledaña que podía divisar desde su Torre de los Panoramas: lo
interesante es que esta campiña es percibida como un cementerio.
Al revés, en "Elogio de Minas", lugar situado a un centenar de
kilómetros de Montevideo y capital del departamento de Lavalleja,
el poeta rompe en un raudal de entusiasmo, partiendo de su
adoración y de su sueño de la Naturaleza:
Yo soy el hijo de la augusta madre; yo soy el hijo de la
Naturaleza. En su adoración me embriago horas y horas como un
sacerdote (…) En un silencio pitagórico me soñaba yo frente a
las sombrías siluetas de las montañas, como el salvaje Rousseau
o el místico Lamartine (…) Nunca pensé ver realizado este
espejismo de mi fantasía...en las campiñas de la patria cuya
belleza monótona sonríe siempre con su misma sonrisa de modestia
orográfica (…) Y he aquí que de pronto se abre un telón mágico
de panteísmo, en medio de mi vida y de mi normalidad
displicente, a pocas horas de Montevideo y bajo el mismo azul
familiar que auspició mis rápidos días (…) Una visión alpina,
uno de mis ensueños virgilianos, una página de "Joselyn", la
Egloga de rostro ingenuo y de ojos verdes, aparece, me saluda...
Realmente es eso lo que yo codiciaba: son esas toscas facciones
de la geometría, son esas grandes líneas anormales, esos grandes
lóbulos de la psique del paisaje, esa tempestad momia de sierras
que se destaca como un símbolo bajo la inmensa rotonda impávida.
Es eso mismo lo que yo adoraba en alucinación (…) Son esas
tinieblas de tierra orgullosa que asaltan espectrales los
horizontes abstractos; es ese anfiteatro severo de alturas que
sonríen en la mañana de cristal, con los mil pliegues de su
rostro venerable, a los ganados y a las chozas cándidas, y que
sueñan al crepúsculo un vago sueño violeta de metafísica
pastoril, dulce y solemne (…).
(Ibid. p. 325).
Lo que desencadena aquí el entusiasmo del poeta es que el
paisaje, "resucita[ndo] el Lázaro que llev[a] adentro",
realice
y objetive su ensueño y su imagen íntima y literaria de lo que
es o debe ser un paisaje: el aspecto y la naturaleza de este
paisaje, sus detalles principales, parecen preexistir en el alma
del poeta, en lo ya leído, soñado o imaginado, en la
alucinación: pero el brusco encuentro con el "facsímil" impreso
y exteriorizado en la geografía uruguaya le da una resonancia,
una dimensión y una profundidad particulares, en la medida en
que por fin se produce verdaderamente una "Stimmung" y el mundo
exterior coincide con el modelo íntimo del mundo y lo refleja;
estos momentos privilegiados de unión y comunión entre el alma y
el mundo han de haber dejado huellas en esas composiciones tan
singulares que son las "Eglogánimas" de Los éxtasis de la
Montaña; pero el proceso de relación ánimo / mundo en estos
poemas no es sustancialmente distinto del que da origen a La
Torre de las Esfinges; este proceso supone la fusión, en
momentos privilegiados de éxtasis poético, de las cosas de la
realidad y de un mundo subyacente en el espíritu del poeta, de
modo que las figuras del mundo exterior que emergen en el poema
aparecen como reproducciones o proyecciones de los
modelos íntimos del creador que imponen su propia dimensión a la
realidad, ya se trate de las figuras mágicas de la noche en
"Tertulia lunática" o de los parajes "alpinos" de Los éxtasis
de la montaña como los anunciaba la "descripción" de Minas:
son siempre apariciones y las cosas del mundo existente no
parecen tener otra función que darles una apariencia de
realidad, efímera en el paisaje real, perdurable en el poema.
La montaña domina en gran parte, ya desde el título, la
poesía bucólica de Herrera[22];
esta montaña agigantada, alternativamente extática,
neurasténica, plácida y soñadora, arrugada y pensativa,
consciente y dotada de alma, atenta a la "polémica agreste",
severa, etc. no tiene seguramente más relación objetiva con las
cuchillas que representan la "modestia orográfica" del Uruguay
que la necesidad o el deseo de proyectar una "visión alpina" o
"cantábrica" ("contrafuertes épicos de una Cantabria inspirada")
soñada por el poeta y explícitamente diseñada en el elogio de
Minas, de hallarle una correspondencia en el mundo exterior, de
tal manera que la realidad de las cuchillas uruguayas pueda ser
contemplada como un facsímil del "espejismo de la fantasía", de
los "ensueños virgilianos" del poeta, impreso en "las campiñas
de la patria": "Realmente es eso lo que yo codiciaba, lo que yo
adoraba en alucinación (…) Es eso, lo que yo soñaba, lo que yo
buscaba, lo que yo he encontrado en medio de vosotros":
vosotros, los valles de Minas, "¡la Ciudad Romántica de la
futura leyenda!". El poeta necesita "esa preclara limosna" del
"genio virgen" de los campos de su patria, pero - añade para
terminar - "para ser, aunque más no sea, ¡el hijo de un
momento!" ("Elogio de Minas, o. cit. pp. 325-326). Momento
efímero, el de la realidad, pero momento en que se produce la
fusión entre el espacio interior y el espacio externo, la unidad
de espíritu y materia que permite a la alucinación leerse a sí
misma en los facsímiles del mundo. Es en esa confluencia, el
ensueño del espíritu materializado en la presencia del mundo,
donde se sustenta el panteísmo idealista y romántico de Herrera
y Reissig que impregna toda su poesía. El referente en el mundo
exterior desempeña un papel sin lugar a dudas, como lo prueba el
testimonio lírico de "Elogio de Minas": pero sólo "un momento",
el momento de la instantánea fusión con el ensueño o la
alucinación. A partir de ahí la visión, las visiones de la
poesía, no tienen por qué referir a tal o cual realidad
particular, las figuras de la noche lunares y lunáticas, las
figuras femeninas y crepusculares de Los parques abandonados,
la montaña proteica, la campiña plácida y luminosa pueden
referirse a Montevideo, a Uruguay , a América, o a cualquier
otro lugar indiferentemente, el País Vasco o una Venecia irreal,
da lo mismo. Indiferentemente, porque lo que queda como motor
del poema después del momento de confrontación con la figura
real (confrontación que por lo demás no siempre tiene lugar, ni
es necesario que lo tenga), es el substrato ideal y la
alucinación poética; el referente exterior brinda a lo más un
esquema, el motivo y el contorno escuetos: el estro poético de
Herrera someterá estos esquemas y su contenido objetivo a los
más severos procedimientos de abstracción y universalización; el
método tiende, cualquiera que sea el motivo o el pre-texto del
poema, a dotar a éste de un poder de expresión que haga
presentes y visibles en las estrofas no las particularidades de
la realidad exterior, sino las obsesiones, las tensiones, los
oscuros movimientos del alma: el poeta hace el vacío en las
cosas del mundo y llena este vacío de imágenes y de tropos hasta
lograr la creación en el poema de un verdadero "cosmos
abstractivo": el instrumento de esta creación es la
intensificación al máximo de los medios de expresión por el
lenguaje.
El substrato de las representaciones poéticas de Herrera y
Reissig es romántico, como lo es también seguramente el de Darío
y ciertamente el de Vallejo; su lenguaje, con raíces en Góngora,
y su finalidad poética, tienden al expresionismo. Nos
explicamos, para terminar estos apuntes, sobre el empleo de este
término ya aplicado a la poesía herreriana por Guillermo de
Torre (cf. notas 5 y 6). Aunque se designa por expresionismo
uno de los más importantes movimientos artísticos de este siglo,
que surgió en Alemania en vísperas de la primera guerra mundial
y revolucionó las literaturas germánicas hasta bien entrados los
años veinte, el término mismo fue acuñado mucho antes de que se
aplicara al arte de los pintores y poetas alemanes. Armin Arnold
lo encuentra utilizado por primera vez en 1850 en un artículo de
una revista inglesa donde el autor se refiere a "the
expressionist school of modern painters"; en el contexto
literario la palabra "expresionista" aparece en Nueva York, en
una novela del escritor Charles de Key, The Bohemian.
A Tragedy of Modern Life
(1878).
En la novela el término no se aplica a un estilo literario sino
a un estilo de vida, un grupo de escritores que se autodenomina
"Los Expresionistas", cuyo mentor es un personaje "culto,
patético y exaltado", que hubiera podido ser la caricatura de un
futurista, según Arnold; el mismo indica que después de una
efímera aparición de "Expressionnisme" en un catálogo del Salón
de los Independientes en París, en 1901, el término reaparece
finalmente en Alemania en 1911, pero no para calificar al
expresionismo alemán, sino la obra de los pintores cubistas y
fauvistas franceses o residentes en París, entre ellos Picasso,
Braque, Derain, Dufy y Vlaminck. La calificación de
"expresionistas" aplicada a los pintores fauvistas y cubistas
recalcaba visiblemente el contraste con los "impresionistas".
Armin Arnold remacha esta interpretación recordando una anécdota
según la cual, delante de un cuadro del pintor Pechstein,
alguien preguntó a Paul Cassirer: "¿Es esto todavía
impresionismo?", y Cassirer contestó: "No, es expresionismo". El
concepto se extendió después, pero lenta y tardíamente, a los
poetas alemanes que reaccionaron contra el simbolismo y el
impresionismo literario y Arnold observa que los grandes poetas
expresionistas Georg Heym y Georg Trakl murieron en 1912 y 1914
sin que el concepto de "expresionismo" significara nada para
ellos[23].
Está claro pues que el contenido predominante en la palabra
"expresionismo", tal como empezó a utilizarse en Alemania por
los mismos años en que nacía el movimiento artístico que después
se designó con este término, es negativo en cuanto indica ante
todo un tipo de pintura, y después de literatura, que se aparta
de o se opone a los valores artísticos del impresionismo; es lo
mismo que observa Otto Mann en la introducción a una obra
colectiva sobre el Expresionismo, explicando sin embargo que el
término de "expresionistas" califica así a unos pintores que, al
apartarse del naturalismo y del impresionismo, "practicaban no
un arte de lo objetivo ni de la impresión sensorial, sino el
arte de la expresión en su máximo grado de intensidad y de
actividad", lo mismo que buscaron los poetas y "que condujo a la
constitución de una poesía expresionista"[24].
Por su parte, en el mismo volumen, Edgar Lohner dice que en la
lírica expresionista se hallan para la poesía alemana los
primeros signos de la entrada en la modernidad; el autor emplea
incluso el término "Modernismus" para caracterizar un fenómeno
de transformación de la poesía que "en Francia se dio desde
Lautréamont, Gérard de Nerval y Baudelaire", y que "apareció en
la poesía hispánica con Rubén Darío" y "en la angloamericana con
Ezra Pound, H. D. Doolittle, T. S. Eliot y William Carlos
Williams"[25].
Nos parece oportuno recalcar, en relación con el "expresionismo"
de Herrera y Reissig esta mención de Darío situado por un
crítico alemán del expresionismo entre los grandes fundadores de
las corrientes de la modernidad poética o "modernismo", desde
Lautréamont hasta el expresionismo alemán.
Herrera en efecto prolonga la modernidad de Darío, aunque
oponiéndose a lo que en ella subsiste de impresionista y
llevándola hasta los bordes del expresionismo; y es oportuno,
finalmente, recordar, en lo que concierne a la relación que
pueda haber entre poesía hispánica y expresionismo un juicio de
Kurt Pinthus; después de aludir a las afinidades y divergencias
de la poesía expresionista con el simbolismo francés y a sus
relaciones con el romanticismo alemán, dice Pinthus: "Se ha
escrito ya mucho sobre la similitud del expresionismo con las
formas del barroco:;
pero, en lo que concierne a la recurrencia de ciertos decantados
medios de expresión que traspasan los límites convencionales de
la realidad, la lógica y la causalidad, no se trata
probablemente tanto de influencia como de estados de conciencia
similares o paralelos y reacciones de rechazo a la llamada
realidad; en España, sin embargo, lo que llamamos expresionismo
estaba ya presente hace siglos en la poesía, en la forma de
aquellas asociaciones simultáneas sin coordinación lógica o
causal y domina aún hoy en las coplas y cantos populares como
por lo demás en los cantos populares de muchos otros pueblos"[26].
En esta larga tradición expresionista de la poesía hispánica
Herrera y Reissig ocupa innnegablemente un lugar destacado: su
lenguaje tiene raíces en el barroco del siglo XVII y abre
singulares perspectivas a la renovación poética del siglo XX, es
el primer expresionista de la modernidad hispánica: César
Vallejo fue uno de los que con mayor atención escucharon su voz.
No hay desde luego en Herrera el acento patético ni la visión
apocalíptica de ciertos expresionistas alemanes; en Vallejo sí:
él es quizá de todos nuestros líricos el que está más cerca del
movimiento artístico llamado expresionismo[27],
pero sus procedimientos de expresión, sobre todo en la primera
etapa de su obra, le deben mucho a Herrera; los dos arraigan muy
profundamente en la tradición expresionista hispánica indicada
por Kurt Pinthus, como en España Valle Inclán y García Lorca
entre otros.
Herrera y Reissig es originalmente un romántico, como lo fueron
en Hispanoamérica otros modernistas y más de un surrealista
después del modernismo: romanticismo subyacente y que alguna vez
se designa explícitamente como tal: El molino, en el fondo,
abrazando la luna, / inspira de romántico viejo tiempo las cosas
("El teatro de los humildes"); y es normal: el modernismo
hispánico, como el surrealismo francés, desarrollaron las
virtualidades románticas que germinaron en la poesía alemana y
anglosajona desde los últimos años del siglo XVIII pero que el
vocerío de la primera mitad del siglo XIX sofocó en gran parte
en Francia, en Italia y más aún en la poesía hispánica;
redescubrimiento de la noche, seno de las revelaciones, fusión
del espíritu y de la naturaleza, del sujeto y del objeto,
absolutización y universalización como método poético: Herrera
trabaja con temas y procedimientos que mucho antes del
advenimiento del simbolismo francés y del modernismo hispánico
dirigían la creación poética de Novalis, por ejemplo. Gran parte
de este patrimonio renace con el expresionismo germánico, pero
la voz de Herrera no está en contacto con este último, ni podía
estarlo por razones cronológicas evidentes: viene a romper en
las playas que después estos poetas poblaron; por eso nos hemos
referido en el título de este ensayo no al expresionismo
propiamente dicho (seguramente el movimiento artístico más
importante de la llamada posmodernidad), sino a "los bordes del
expresionismo"; todo conato de relacionar directamente al poeta
uruguayo con este movimiento sería a todas luces absurdo,
primero, porque es posterior a Herrera y a su poesía y
totalmente independiente de él y de ella, segundo, porque los
expresionistas escribieron en la inminencia y en la experiencia
de un desastre universal que no podía percibir directamente
Herrera en el Uruguay de principios de siglo, pero que sí los
acerca a la situación de un Vallejo, como ya lo ha observado
Paoli[28];
y finalmente, porque los expresionistas constituyeron un
movimiento polifónico que, por más diferentes y a veces
contrapuestas que fueran las voces, representaba aspiraciones,
rechazos y actitudes mancomunadas en un espacio geográfico común
y en una coyuntura histórica vivida en común; la voz de Herrera
y Reissig en el apartado Montevideo es, incluso considerada
dentro del movimiento modernista hispanoamericano, una voz
aislada y señera. Su canto podría definirse con el título de un
memorable poema del expresionista Georg Trakl: Gesang des
Abgeschiedenen. Dicho esto, no es difícil encontrar
analogías y afinidades entre el poeta uruguayo y algunos de sus
casi coetáneos cofrades germánicos; si la circunstancia
histórica y geográfica los separa, la fuerte y antigua corriente
expresionista universal a la que ya nos hemos referido los
hermana: de ella emergen tanto Herrera como los expresionistas
alemanes; Trakl era también un apartado en la muerte y un
solitario, "y un Jacob Van Hoddis - apunta Gutiérrez Girardot -
podría considerarse hermano de Julio Herrera y Reissig, autor de
poemas como la mayoría de los Maitines de la noche (…)"[29].
Herrera hizo el camino de la poesía en solitario; lo singular de
su voz, en medio del vocerío publicitario de los "ismos" que
proliferaron después de su muerte, determinó quizá el ostracismo
relativo en el que se le mantuvo por mucho tiempo, ostracismo
que pesó, por lo demás, también sobre los expresionistas
alemanes[30];
ya hemos observado que Rodó deliberadamente lo ignoraba, y más
generalmente se le clasificó como lo que sobre todo no era: un
"epígono" o un "precursor"; Julio Herrera y Reissig no pre-corre
el camino de nadie; en el silencio de su torre, escuchando la
égloga de los campos subjetivos, estudiando la ley y la medida
de la expresión poética, apartado de todo camino trillado, abre
para la poesía, en el umbral de nuestro siglo, los senderos
nocturnos desconocidos desde hacía siglos en la poesía
hispánica:
Das stille Haus und die Sagen des Waldes,
Maß und Gesetz und die mondenen Pfade der
Abgeschiedenen.
(La casa sosegada y las leyendas del bosque / medida y ley y los
senderos lunares de los apartados en la muerte).
NOTAS
[1]
Teodosio Fernández ("Borges y el modernismo: esbozo de
una poética", en Revista Iberoamericana
(146-147), Enero-Junio 1989, pp. 9-15) parte incluso de
ella para analizar las relaciones de Borges con el
modernismo y con el propio Herrera.
[2]
Estos tres poetas son sin embargo los pilares de las
revoluciones poéticas del siglo XX, como lo han
recalcado los trabajos clásicos de Hugo Friedrich (Die
Struktur der modernen Lyrik, Hamburg, Rowohlt, 1956,
1985, 1988) y de Marcel Raymond (De Baudelaire au
surréalisme, Paris, Joseph Corti, 1940, reimpr.
1972) entre otros.
[3]
Entre ellos Luis Cernuda. Véase nuestra nota "La poesía
de Julio Herrera y Reissig", Inti (5-6),
Primavera-Otoño 1977, pp. 62-71. El propio Borges, en su
época ultraísta, juzgó negativamente la poesía
modernista por esos aspectos, como lo recuerda Teodosio
Fernández ("Borges y el modernismo", o. cit., pp. 9-10).
[4]
Lo propagó a España hasta cierto punto; España ya tenía
una base modernista en la poesía de Salvador Rueda
(1857-1933), pero a Rueda le faltaba la envergadura
necesaria para ejercer la influencia que ejerció Darío;
por otra parte Miguel de Unamuno aporta al verso español
modelos y ritmos anglosajones - otra renovación de la
mayor importancia - que repercutirán fuertemente en
algunas corrientes de la poesía del siglo 20 en España,
como la de Cernuda, vehemente antimodernista, y después
(aunque no ya dependientes de la influencia unamuniana)
también en Hispanoamérica, sobre todo después de la boga
de los ismos. Recordemos que Darío y Unamuno,
lado a lado, constituyen el pórtico de la nueva poesía
española en la célebre antología de Gerardo Diego. Estas
precisiones nos parecen útiles si se quiere evaluar la
complejidad de las influencias y las afinidades que
intervienen en la trayectoria de nuestra poesía moderna.
[5]
El expresionismo es un caso aparte y, siendo subtema de
este trabajo, lo trataremos explícitamente en la última
parte del mismo; adelantemos solamente que en lo que
concierne a la poesía hispanoamericana posmodernista (de
Herrera a Vallejo) no cabe hablar de influencias del
expresionismo propiamente dicho sino de afinidades en
general; estas afinidades son visiblemente
independientes de cualquier contacto con la poesía de
los artistas alemanes que constituyeron el núcleo de
este movimiento
entre 1910 y 1925, contacto imposible en el caso de
Herrera y Reissig, sumamente improbable en César
Vallejo.
[6]
Guillermo de Torre es quizás el primero que ha
calificado de "barroca o expresionista" la manera de
Herrera y Reissig ("Estudio preliminar" en Julio
Herrera y Reissig: Poesías completas, Buenos
Aires, Losada, 1942, reimpr. 1969, p. 30), "barroca por
su estilo si no expresionista por su visión" (ibid. p.
19), subrayando: "La visión herreriana de la naturaleza,
superando el cuadro del impresionismo pictórico, al que
se plegaron los simbolistas, penetraba en las fronteras
del expresionismo" (ibid. p. 32). Seguiremos empleando
el término en el cuerpo de este ensayo, con las reservas
ya anunciadas (Cf. nota 5).
[7]
La adjetivación en estas composiciones crece como los
hongos y es agobiadoramente espontánea y banal, lo que
no deja de desconcertar en un poeta que después
declararía que un adjetivo le costaba quince días de
trabajo; casi toda la crítica se ha detenido en la
asombrosa rapidez de la revolución interna que se
produce en la obra de Herrera a partir de 1900. No
obstante, la presencia del otro tipo de adjetivación en
los poemas que citamos a continuación demuestra que esta
revolución estaba ya en gestación en el mismo momento en
que el autor daba al público sus prolijos ejercicios
románticos.
[8]
En Poesías completas y prosa selecta de Julio
Herrera y Reissig, edición de Alicia Migdal, prólogo de
Idea Vilariño, Caracas, Biblioteca Ayacucho, 1978, p.
XLI.
[9]
Jorge Luis Borges desecha con muy fundadas razones la
idea de un Herrera y Reissig precursor del creacionismo.
Refiriéndose al poeta dice: "Fue siempre muy generoso de
metáforas, dándoles tanta preeminencia que varios hoy lo
quieren trasladar a precursor del creacionismo. No es
esa su mejor ejecutoria y en el concepto intrínseco de
precursor hay algo de inmaduro y desgarrado que mal le
puede convenir. Herrera y Reissig es el hombre que
cumple largamente su diseño, no el que indica bosquejos
virtuosos que otros definirán después." ("Herrera y
Reissig", Inquisiciones, Buenos Aires, Sociedad
Editorial Proa [s.f.], p. 143). No olvidemos además que
el "creacionismo"de Huidobro se relaciona sobre todo con
la poesía cubista de Pierre Reverdy que a su vez es lo
que está más cerca en los años diez de la poesía
surrealista que emerge con este nombre en los años
veinte; asi lo reconoció el propio Breton, quien parte
de la definición de la imagen de Reverdy para exponer su
teoría y su práctica del surrealismo: "Reverdy est
surréaliste chez lui" ("Manifeste du surréalisme" en
André Breton: Oeuvres complètes, Paris, Gallimard,
1988, pp. 324 y 329). Los procedimientos
barroco-expresionistas de Herrera tienen poco que ver
con la estructura y la función de la imagen en Reverdy y
los surrealistas.
[10]
Esta serie, incluida por el crítico español en la
edición Losada (o. cit.) no figura en la la edición de
la Biblioteca Ayacucho, aunque es mencionada en la
Cronología al fin del volumen. "1900: ... De esta
fecha son algunos de los poemas de los iniciales
Maitines de la Noche "(p. 414). El ordenamiento y la
compilación en "libros" de la poesía de Herrera parecen
ofrecer muchas dificultades, ya que el poeta no hizo
publicar sino un solo libro, Los peregrinos de piedra,
que estaba en prensa cuando murió. Guillermo de Torre en
su edición ha tratado de seguir un criterio cronológico,
pero Alicia Migdal subraya lo inseguro de muchos datos
cronológicos para esta obra.
[11]
"Luis Once pide ¡Champaña!". El vino espumante de la
región de Champagne no empezó a adquirir prestigio en
Francia sino en el siglo XVI y se puede dudar de que
fuera bebida de reyes en el siglo XV: el champaña de
Luis XI es sencillamente un vino modernista, y el rey
también.
[12]
Angeles Estévez ha recalcado ya la tendencia de Herrera
a tratar con ironía los cánones modernistas tanto en el
plano del léxico como en el del desplazamiento acentual
de las palabras: "... las utiliza Herrera [palabras como
ninfeas, nenúfares o nelumbos] cuando no
es modernista - 'Naturaleza'- o cuando lo es tan
intensamente que él mismo se burla de su conversión -
'Las Pascuas del Tiempo" (El léxico de Julio Herrera
y Reissg. Concordancias de "Los Peregrinos de Piedra",
Madrid, Boletín de la Real Academia Española, 1990, p.
31); "...los más importantes [desplazamientos acentuales]
se pueden inscribir en la intención herreriana de
burlarse del modernismo, de oponerse a la armonía
dariana..." ("La ruptura de la norma acentual en la
poesía modernista: el ejemplo de Julio Herrera y Reissig",
en Epos, Revista de Filología, U.N.E.D., Madrid,
vol. III - (1987), p. 138), "Herrera, pues, convierte en
grotesco su propio mundo modernista" (Ibid., p.
136). También José Olivio Jiménez ha puesto de relieve
los aspectos irónicos y paródicos del poeta uruguayo:
"Frente a la poesía poética, el uruguayo opone
una actitud esnecialmente irrespetuosa y lúdica - donde
entran la distancia crítica, la ironía, e incluso la
parodia y la caricatura" (José Olivio Jiménez:
Antología crítica de la poesía modernista
hispanoamericana, Madrid, JHiperión, 1985, p. 392).
[13]
De manera impresionante esta presencia de la muerta en
la dormida culmina en las dos últimas estrofas del
poema: "Duerme, que cuando duermas la eterna y la
macabra,/ la insensible y la única embriaguez que no
alegra,/ y sea tu himeneo la Esfinge sin palabra,/ y el
ataúd el tálamo de nuestra boda negra,// con llantos y
suspiros mi alma ante tu fosa,/ dará calor y vida para
tu carne yerta,/ y con sus dedos frágiles de marfil y de
rosa/ desflorará tus ojos sonámbulos de muerta...". En
"y el ataúd el tálamo de nuestra boda negra", así como
en la Esfinge, está implicado todo un aspecto de la
manera herreriana del Vallejo de Los heraldos negros.
[14]
Entre ellos José Enrique Rodó, de quien no encontramos
otro comentario sobre el poeta que el que le dedica en
su diario de viaje con motivo de una velada musical en
casa de un uruguayo en Milán (24 de noviembre de 1916):
" 'El collar de Salammbó' de Herrera y Reissig.- Ojos
verdes, grises y negros-" (José Enrique Rodó, Obras
completas, edición de Emir Rodríguez Monegal,
Madrid, Aguilar, 1967, p. 1495). Es verdad que si
alguien era apto en la época para no entender la poesía
de Herrera, ese alguien era Rodó.
[15]
Sobre la persistencia del simbolismo en la obra de
Herrera véase Bernardo Gicovate: "La poesía de Julio
Herrera y Reissig y el simbolismo", en El simbolismo,
o. col., edición de José Olivio Jiménez, Madrid, Taurus,
1979, pp. 169-178. En relación con el punto que tratamos
el autor escribe: "La imaginación, aquí entre visual y
kinética, no representa el mundo como creemos que lo
conocemos, sino que crea una existencia hipotética,
independiente, aunque relacionada sutilmente al alba
posible de un día desconocido" (p. 170).
[16]
Reléanse los comentarios del poeta a la obra de Góngora
presentado como un "cometa decadentista"..."que causó
grandes perturbaciones en las esferas del Arte" (…) "La
oscuridad de su estilo fue el marco de ebenuz que hizo
resaltar la tela chillona de su imaginación, en la que
una orgía de colores, sin gradación y sin efecto
armónico causa no sé qué extraño vértigo, y produce la
rara embriaguez de una visión que cambia de forma a cada
momento, como una serpentina en medio de la sombra"
("Conceptos de crítica" [1889], en Poesía completa y
prosa selecta [o. cit.], p. 287). A la producción de
ese vértigo y de esa embriaguez aspiraba visiblemente
Herrera más de un decenio antes de que encontrara los
instrumentos adecuados para crearlos.
[17]
Los tres versos finales de la última estrofa citada se
vuelven a encontrar, con ligeras variantes, en La
Torre de las Esfinges: "Todo es póstumo y abstracto
/ y se intiman de monólogos / los espíritus
ideólogos / del Incognoscible Abstracto...".
En "La vida", los dos últimos versos ("los tenebrosos
ideólogos / del inconcebible abstracto") vienen
explicados en nota a pie de página: "La Razón avanza,
avanza hacia la Metafísica". El manuscrito de "La Vida"
está firmado y fechado en 1903 y fue publicado en 1906
(cf. nota de A. Migdal, Poesía completa, Bibl.
Ayacucho, p. 375), aunque G. de Torre, sin citar
fuentes, lo fecha en 1900. Tertulia lunática está
fechado en 1909. El poeta pues, al trabajar en un poema
importante, reincorporaba versos de composiciones
anteriores; en este caso resulta patente la filiación y
la continuidad, a seis años de distancia, entre "La
Vida" y La Torre de las Esfinges.
[18]
Eduardo Espina: "Julio Herrera y Reissig y la
no-integrable modernidad de La Torre de las Esfinges,
en Revista Iberoamericana, 146-147 (Enero-Junio
1989), p. 451.
[20]
La expresión es de Unamuno, quien declara que "la mayor
utilidad de la pintura de paisaje es embellecer con la
mirada el paisaje real" y que hay que "educar los ojos
de no pocos poetas para que los vuelvan al campo y a la
vida que les rodea..." ("Arte y cosmopolitismo", en
Ensayos, t. II, Madrid, Aguilar, 1964, p. 1192). Los
ojos del poeta Herrera y Reissig se vuelven precisamente
en la dirección opuesta. Ver una discusión sobre estos
conceptos en A. Ferrari, "La poesía de Julio Herrera y
Reissig", Inti. o. cit., p. 67-68.
[21]
Lo que no se halla por ninguna parte en la poesía de
Herrera es precisamente la ciudad que lo rodeaba y que
tenía continuamente ante los ojos. Cf. el testimonio de
César Miranda sobre lo que se veía de la célebre Torre
de los Panoramas: "...la azotea ofrecía un vasto
panorama; al sur, el río (…); al norte el macizo de la
edificación urbana; al este, la línea quebrada de la
costa (…); al oeste, más paisaje fluvial, el puerto
sembrado de steamers, y sobre él el Cerro (…)".
(Citado por Guillermo de Torre en J. H. R. Poesías
completas, "Estudio preliminar", o. cit., p. 14). Es
patente que el poeta uruguayo no tenía vocación de
descriptor de cosas vistas, sino de artífice de imágenes
y alucinaciones.
[22]
Sólo en Los peregrinos de piedra, que no reúne
sino cuarenta y dos de los setenta poemas de tema
eglógico o más o menos campestre que escribió Herrrera,
montaña(s), monte(s), sus derivados
montañeses y montaraz y sus parientes
semánticos cumbre(s), sierra y serrana
acuden 27 veces, incluídas una mención de sierra
y una de montaraz fuera de todo contexto bucólico
en "Tertulia lunática" (Angeles Estévez, El léxico de
Julio y Herrera y Reissig, o. cit., pp. 242-243, 99,
308-309). En el resto de la obra eglógica o de tema
campestre o pueblerino (los 20 sonetos de la segunda
serie de Los éxtasis de la Montaña, los nueve
Sonetos vascos y "Ciles alucinada") hemos podido
contar hasta 18 apariciones de montaña(s),
monte(s), montañés, cumbre(s),
sierra y serranía.
[23]
Armin Arnold: Die Literatur des Expressionismus.
Sprachliche und thematische Quellen, Stuttgart,
Kohlhammer, 1966, pp. 9-13.
[24]
Otto Mann: "Einleitung", en Expressionismus.
Gestalten einer literarischen Bewegung.
Herausgegeben von Hermann Friedmann und Otto Mann,
Heidelberg, Wolfgang Rothe Verlag, 1956, p. 9.
[25]
Edgar Lohner: "Die Lyrik des Expressionismus", en
Expressionismus, o. cit., p. 57.
[26]
Kurt Pinthus: Menschheitsdämmerung. Ein Dokument des
Expressionismus, Berlin, Rowohlt, 1920 y 1955, p.
13.
[27]
Sobre el expresionismo de Vallejo ver Roberto Paoli:
"¿Por qué Vallejo? Un revolucionario del idioma", en
Caminando con César Vallejo, Actas del coloquio
internacional sobre César Vallejo, Grenoble, CERPA -
Universidad Stendhal/ Editorial Perla, Lima, 1988, pp.
220-234. Es seguramente el trabajo que mejor enfoca los
vínculos del poeta peruano con la tendencia
expresionista histórica y mundial señalada por K.
Pinthus, sin excluir lo que lo acerca también al
expresionismo alemán.
[29]
Rafael Gutiérrez Girardot, "El modernismo incógnito",
Aproximaciones, Bogotá, Procultura, 1986, p. 95.
[30]
El ocultamiento de la poesía expresionista alemana no se
debe sólo a las persecuciones y los autos de fe del
nazismo; se explica también por la indiferencia con que
esta poesía fue recibida en Francia, pese a que algunos
de los expresionistas eran bilingües alemán/francés por
ser alsacianos (Yvan y Claire Goll, Ernst Stadler; los
dos primeros sobre todo trataron de propagar la poesía
expresionista en los medios artísticos franceses, sin
éxito); el propio André Breton en una carta a Lotte
Eisner, fechada en setiembre de 1954, expresa su "rabia
de que aquello [el expresionismo alemán] haya sido tan
bien ocultado en este país [Francia]. De otro modo la
evolución del arte hubiera sido muy diferente..."
(Citado por Lionel Richard: Expresionnistes allemands.
Panorama bilingue d'une génération, Paris, François
Maspero, 1974, cubierta posterior); no fue sin embargo
el tiempo lo que faltó entre 1911 y 1933 para que el
movimiento expresionista se reconociera y difundiera
fuera del mundo germánico: faltó el interés. Ello
explica al mismo tiempo la ignorancia del expresionismo
en el mundo hispánico en contraste con la boga del
surrealismo francés: no olvidemos que toda corriente
extranjera que de una manera u otra influenciaba la
literatura española hasta la segunda posguerra venía de
París o había pasado por París. Aún hoy, la edición de
1991 del Pequeño Larousse no incluye uno solo de los
grandes nombres del expresionismo: ni Trakl, ni Heym, ni
Benn, ni Stdler, ni Lasker -Schüler, y ni siquiera al
viejo pintor expresionista avant la lettre,
Edvard Munch.
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