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Banda Hispânica (collage, Floriano Martins)

Olga Orozco

Collage, Floriano Martins

 

Olga Orozco, exploradora de terrenos de otros mundos

Gerardo Beorlegui

"Estoy en búsqueda de mi identidad última, eso es lo que hago yo en mi poesía", dice Olga Orozco como tarjeta de presentación, al empezar su incursión en la "fiesta de los libros" de Guadalajara, con una conferencia de prensa matutina, en la que le llovieron preguntas, que buscaban conocer más acerca de la ganadora del Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo 1998.

La poeta argentina (Toay, La Pampa, 1920), desde temprano apareció en los pasillos de Expo Guadalajara. Le cuesta trabajo desplazarse, sortear escalones y hasta escuchar: "No tengo un oído muy límpido", reconoce ante decenas de medios de comunicación nacionales e internacionales.

Una de las invitadas de honor de la duodécima edición de la FIL 98 luce una cabellera encendida como las ideas y bromas que lanza cada vez que se lo permiten las interrogaciones de los reporteros.

El diálogo le permite repasar varios de los impulsos que le llevaron a escribir los poemarios Las muertes (1951) y En el revés del cielo (1988), donde acostumbra apelar, al igual que en el resto de sus obras, al tiempo y a la memoria, "justamente porque son dos maneras de tergiversar el tiempo", de "recurrir a la memoria" y de "hacer retroceder la realidad".

El quehacer poético para esta escritora es "doloroso", pues "yo creo que el poeta en general atraviesa zonas que son imprevisibles, inclusive, para sí mismo. La palabra atraviesa zonas anegadas, que interrumpen inclusive sus pasos, [y entonces el poeta] tiene que hacer rodeos, tiene que desechar cosas a las que estaba muy apegado". A decir por Orozco, "el alivio primero que yo siento con la poesía es cuando pongo el punto final".

Otras definiciones del hecho poético también se hacen presentes en las respuestas de la egresada de la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad de Buenos Aires, cuando dice que "la poesía es un estado de gracia, pero no es un estado de alegría tampoco, permanentemente. Hay muy pocas veces en que uno puede hacer un himno de alabanza [...] Para mí es una catástrofe de otras cosas, para un encuentro final, sí, con la fe, con la esperanza".

Y es que Orozco confiesa que ha hecho suyo "ese proverbio español que dice: 'boca que besa no canta', entonces mi poesía lo que canta es la boca que deja de besar. Claro que canta llorando", y añade: "la felicidad se cumple por sí misma, da un estado de plenitud que casi no necesita expresarse de otra manera que viviendo".

La carencia de limpidez en su oído también le hace confundir términos como sensaciones y tentaciones que le permiten hacer frases lapidarias, como aquella que las "tentaciones no envejecen nunca, al contrario, a veces se agudizan por irrealizables".

El punto álgido de la agenda de Orozco fue en la ceremonia de premiación, donde recibió un pergamino y un cheque de 100 mil dólares (alrededor de un millón de pesos), de manos de Rafael Tovar y de Teresa, presidente del Consejo Nacional para la Cultura y las Artes (CNCA).

Orozco agradeció a los patrocinadores de este galardón, así como a los miembros del jurado y hasta al propio Rulfo, "que ha de haber intervenido desde su Comala celestial, dada la veneración y la frecuencia y la proximidad que su obra y su imagen encuentran en mi vida".

La figura del narrador jalisciense ya había sido invocada desde la mañana por esta poeta argentina, con un elogio de sus creaciones literarias: "Para mí la obra de Juan Rulfo significa un monumento, inclusive un monumento a la intemperie, como nuestras propias vidas. Me parece una obra sensacional no sólo por lo que tiene de epopeya y mito, sino por lo que tiene de autenticidad.

¿La muerte es el tema que vincularía a Juan Rulfo y usted?, preguntó un reportero de la ciudad de México.

Creo que hay muchas otras cosas. Que hay una búsqueda del padre, que en él es el padre real. Para mí es el Padre Dios al que estoy buscando permanentemente. Aparte, hay una cuestión de paisaje emparentado. El pueblo donde nací era uno semejante a los lugares que atraviesa Juan Rulfo en su novela. Esa aridez, esa sensación de que todo puede ser brillante, que puede ser primavera, a través de los recuerdos, pero la realidad es áspera, hiriente.

Con una "alegría emocionada", el poeta argentino Juan Gelman, quien radica en México, fue el encargado de presentar un perfil de la vida y obra de Olga Orozco, antes de que a ésta hablara y se le entregara el Premio de Literatura Latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo 1998.

"Ella entonces explicó que nadie insistiría en este ardiente oficio de la poesía, si no fuera en espera de un milagro y se consolara con Chesterton, para quien lo verdaderamente milagroso de los milagros es que a veces se producen. Olga busca algo más fascinante que un milagro, es decir, la materia que los hace. Por eso, en su escritura no hay milagros, toda ella es milagrosa", comentó Gelman.

Por su parte, Orozco, como en la conferencia de prensa matutina, definió a los de su misma profesión: "Somos además transgresores. No aceptamos las leyes de causa y efecto, la sucesión lineal del tiempo, el disponer de un solo yo, de un solo aquí y de un solo ahora. Alteramos además la organización razonable, porque nuestro orden de valores no es el de la generalidad, porque atesoramos palabras inválidas en lugar de monedas de oro y exploramos y sembramos en terrenos que no son de este mundo".

"Me voy de aquí con la sensación de que soy la dueña de una riqueza inextinguible", reconoció la poetisa Olga Orozco, al final del homenaje que le rindieron Gustavo Segade, Miriam Moscona, Jacobo Sefamí, Elba Torres de Peralta, Julio Ortega, Elvia Macías y Ludwig Zeller.

A la premio de literatura latinoamericana y del Caribe Juan Rulfo ya no le correspondió hablar por la noche como lo hizo en la mañana y al mediodía, sino que le tocó escuchar los comentarios y teorías que sobre su trayectoria poética le hicieron amigos, críticos, editores, lectores, entrevistadores y traductores de sus más de cinco poemarios.

Siete participantes en el homenaje literario que se le rindió en el auditorio Juan Rulfo de Expo Guadalajara, donde por el hecho de que ninguno sabía sobre lo que el otro había escrito, se hicieron reiteradas referencias a su pertenencia o no a una línea surrealista, a su abuela hechicera, a la musicalidad de sus iniciales y su nombre.

Pero, también se iluminaron las rutas de sus pasos en torno a la creación poética y sus referencias a la ausencia, planteadas por Segade, quien ha sido traductor de la obra de Orozco al inglés.

Además la poetisa mexicana Miriam Moscona, quien es su fiel lectora, e incluso, se ha acercado a la escritora argentina para entrevistarla, se adentró en la capacidad que tiene ésta para relacionar esos extremos en equivalencia que son el cielo y la tierra, donde mora el hombre en medio con la palabra.

Otros como Jacobo Sefamí y Elba Torres de Peralta hicieron un recuento de sus poemarios y poemas, que "nos dejan atónitos" ante dos hechos: "el asombro del absoluto" y "la conciencia del desamparo" o también por su deseo de "encontrar ese otro lado de la transparencia divina".

El crítico peruano Julio Ortega, por su parte, tiene su propia teoría de que Olga Orozco empezó a escribir poesía, de acuerdo a lo que ella misma le planteó a un periodista, cuando aprendió a escribir su nombre, con dos oes iniciales, Olga y Oro de Ozco. La poesía de esta escritora, según el literato, "pasa por la conciencia de la agonía no sólo de la dicha".

Por último, Ludwig Zeller, en un poema dedicado a ella, afirmó que "el destino es la lava que recorre las líneas de tu mano".

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