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Vicente Gerbasi |
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Memoria ardiente, poesía de Vicente Gerbasi
Fernando
Arbeláez
F ue sin duda una demostración de afecto por Colombia la designación de Vicente Gerbasi como agregado cultural de Venezuela en Bogotá a mediados de este siglo. Era amigo intimo del presidente Rómulo Betancur y uno de los poetas más representativos de su patria en ese momento. Había compartido con é la clandestinidad y, así, conocía muy cerca su extraordinaria calidad humana y había vivido su vigilancia de poeta. De esta manera entendimos el gesto presidencial porque no sólo era su amigo muy querido sino también un valor muy alto de la inteligencia venezolana. Pronto la generosidad de Vicente hizo de su casa un centro de reuniones en las que la fraternidad y el fervor por la poesía nos unió por el resto de la vida. Siempre añoramos nuestros años febriles en aquellos encuentros en un bar de Caracas o en un bar de Jerusalén en donde meditaba sobre los olivos de eternidad para alimentar su soledad de transeúnte diplomático. Pocos días antes de su muerte, cuando Fernando Charry y yo fuimos a despedirlo, con palabras entrecortadas por el tiempo que se le iba, nos pidió colaboración para su revista en donde siempre recibió nuestros trabajos con alegría y afecto.Vicente Gerbasi fue transparencia y claridad en su amistad y en su poesía. Desde los poemas iniciales en los que confrontó el enigma de la sangre y el paisaje con una positiva expresión de la que surgía una conciencia de lo histórico, que arrancó desde unas profundidades a las que se llegan cuando se abren inmensas grietas en muy oscuras moradas del alma. Así avistaba ese secreto intimo en el absurdo proyecto de la vida y esa confrontación de una realidad superior frente a la cual nos encontramos irremediablemente derrotados. Por esto su lirismo tuvo siempre connotaciones místicas, un ansia de totalidad de la que no excluyo ninguna cosa, ningún ser, en la santidad del verbo. Fue la suya una lucha contra la opacidad de la materia, contra la furia de la inercia. En ella encontraba su libertad para imponer la magia de lo espiritual, glorificando cada visión con la cercanía de lo absoluto. Dotado de una severidad cuidadosamente disimulada, buscó las leyes de la alabanza de las cosas en casi todos sus poemas. Encontró siempre la palabra justa para encumbrar la apasionada intensidad con que miraba el mundo. Al releer sus versos he soñado en un lago tranquilo, en una luminosa transparencia que nos va relatando el paisaje con inesperados matices, con un encuentro y un adiós de la belleza perfecta. Y más allá esa sombra inevitable de la soledad y de la muerte. Con la dulzura del agua, la meditación de Gerbasi en las palabras más simples nos conduce al relámpago y de repente "el alma como un trueno retumba como un sótano del cielo". "No sollozo, estoy atónito". Dice la lucidez de su espíritu. Sin embargo su inspiración no cesa de poner amor en cada palabra y despierta en nosotros los más íntimos pensamientos. Una memoria ardiente se consume en cada una de sus claras imágenes, en donde una desgarradura o un enigma nos enfrenta a la crueldad del tiempo. Poesía viviente desde el principio hasta el fin. Desde su gran poema Mi padre el inmigrante hasta sus Diamantes fúnebres. Sin un lugar para el olvido, pues cada palabra convida a un mundo que va a nacer. Y la visión total de un hombre justo que desde su soledad miraba las cosas que lo rodearon con todo cl amor posible, con la entrega del amor, con la necesidad del amor. Así llegaba a su alma un fugaz recuerdo: "Amapolas, alegría del tiempo, paciencia de Dios. Joyas". |