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Banda Hispânica (collage, Floriano Martins)

María Antonieta Flores

Collage, Floriano Martins

 

La poesía de María Antonieta Flores: El desierto florece en la espera

Moraima Guanipa

Una vieja servidumbre condena al poeta a padecer la desolada tarea de forjar un mundo con un material tan precario e inasible, pero al mismo tiempo duradero y concreto como son las palabras. Y es a la palabra en su dimensión poética a la que María Antonieta Flores recurre en sus solitarios y constantes rituales de creación, en cuya criba la poesía alcanza por igual la corporeidad de lo sensual y el inasible aliento de lo simbólico.

¿De qué materiales está hecha esta poesía? Diría que del dolor, de la espera, del deseo. Nada de aquello que le da forma a la condición humana escapa de estas redes con las cuales María Antonieta Flores ha forjado una sólida trayectoria entre los poetas de las últimas generaciones de la poesía venezolana. Con estudios de maestría en Literatura Latinoamericana en la Universidad Pedagógica Experimental Libertador (UPEL) y una larga presencia en la crítica y el ensayo, esta poeta se ha convertido en una voz de personales registros dentro del quehacer cultural venezolano, tanto por su trabajo crítico como por su producción poética.

La poesía de María Antonieta Flores abreva en fuentes antiguas y nuevas. De éstas nacen textos que parecen sacados de otros tiempos, transmutados en imágenes de palpitante presente. Así se muestran sus poemas de El señor de la muralla (Ediciones UCV, 1991), estructurado a la manera de antiguos relatos que bien pueden emparentarse con Las mil y una noches y las sentencias poéticas y misteriosas del I Ching. Una poesía que es "corola pura de otro tiempo", como bien escribió la recordada Ida Gramcko.

La búsqueda expresiva de la autora presta atención a esas corrientes poco reconocidas de nuestro imaginario colectivo: el ámbito mítico que se nos impone como un fatum, aun en tiempos donde la banalidad parece ganarle batallas al silencio reflexivo. Bien puede percibirse esta riqueza del relato mítico transmutado en decir poético, cuando releemos las páginas de Canto de Cacería, libro con el cual María Antonieta Flores obtuvo el Premio Augusto Padrón de Maracay (1994). Asistimos desde la palabra a un ritual de caza, de persecuciones, de huidas y de trampas, donde no hay vencedores ni vencidos, "y todos son vencidos/ y todos son caídas". La caza como espejo de la vida y sus señales de cambios y vencimientos. ¿Somos nosotros la presa? ¿Somos nosotros el cazador? ¿Quién nos tiende la trampa? ¿Quién nos abate en la huida?

Pero también encontramos un decir que se vuelve tránsito por la ciudad. Nacida en Caracas, María Antonieta Flores sabe de la aventura de las grandes ciudades, con sus señales anómicas y la amenaza palpable de la soledad del ser humano ante una "polis" disgregada. Ella misma, goza y padece al mismo tiempo, una ciudad que no da descanso ni regala las posibilidades para el encuentro. Este ritmo, sordo y acechante, es el ritmo de Presente que no en ausencias (Fundarte, 1995). Es la ciudad que nos habita como un paisaje íntimo, que sirve de escenario para el juego amoroso de la seducción y de las ausencias, donde la palabra nos descubre una certidumbre: "nos marca la geografía de la distancia y desapego".

En su poesía reconocemos el talante expresivo de una voz ganada a la hondura y a la comunicación de una palabra que es palpitación secreta, apenas insinuada en la limpidez verbal de sus textos. Un libro como Agar (Ediciones del Gobierno de Carabobo, 1996), reafirma esta hondura y este existir por y desde las palabras. El título del libro, remite al nombre y a la historia de una esclava egipcia, tomada como mujer por Abraham, a quien ésta le da un hijo, Ismael. La primera huida de Agar hacia el desierto, su encuentro con el Angel de Jehová que le señala la fuente de agua y anuncia su gestación, son el eje "narrativo" de este poema. Pero la historia bíblica recogida por el Génesis, apenas si está insinuada en el texto poético, porque Agar, el poema, nos llega como la metáfora del dolor del destierro, de la renuncia y de la sed amorosas.

La vivencia del amor como una experiencia límite, se encuentra en estos poemas donde la voz femenina va de la dulzura al llanto: "más ciego que el dolor/ mis pasos/ mi cautivanía/ el amor". De la humedad a la aridez: "un instante en la palma de mi mano/ cada punta de mi dedo ungida por tu deseo/ el collar de esclava cae/ tiembla esa nube roja/ el desierto se detiene". Del placer sensual al dolor atroz de lo irrecuperable; "que la piel se me cayó a pedazos/ y los huesos se me blanquearon en la desesperación/ hasta que me hallaste/ hasta que sólo pude responder lo que sabíamos:/hacia uno/ hacia tí".

Agar es la consciencia del tránsito y de la pérdida es la noción de la renuncia a la propia identidad: "en este destierro/ la ventisca borra mis pasos/ la huida traga mi nombre". Cuando amamos, parece decirnos María Antonieta Flores, experimentamos la claudicación de nuestra voluntad, de nuestra identidad: somos esclavos rendidos ante un amo dulce y terrible.

¿Y, acaso, la experiencia amorosa no tiene mucho de ser y de destierro?. Somos expulsados del universo cuando dejamos de participar en las gravitaciones de quien amamos. Cómo no darle la razón a lo escrito por Marguerite Yourcenar: "necesitamos el amor para que nos enseñara el dolor".

La voz de Agar es la voz de la amante. De alguna manera, todos somos Agar, rendidos, cansados en una huida sin pozos, buscando aplacar antiguas ardentías de amor. El desierto y su inmensidad delimitan y conmesuran el espacio donde tiene lugar el espacio del amor y de la vida, del dolor. La inmensidad del desierto que nos ofrecen estos poemas aluden a lo que Gastón Bachelard define con justicia como "la inmensidad interior de una palabra", esas llaves "del doble universo del cosmos y de las profundidades del alma humana".

Con fiel y puntual reiteración, María Antonieta Flores ha sabido dejar inscrito en el poema esta certeza: en cada hombre hay un ser derrotado, un hijo de la estirpe humana condenado a penar en castigo por su existencia. Abandonados por los dioses, los seres humanos parecemos destinados -cual titanes- a trabajos interminables: ser devorados incesantemente por el amor y por el miedo; a padecer de hambre y de sed hundidos en aguas que no podemos beber y frente a festines que no podemos tomar; sostener el peso del mundo sobre nuestras cabezas.

La escritura imaginaria de los mitos parece reescribirse en cada uno de nosotros: "Mutilado y muy de triste/¿a cuál de los silencios me condenas?/ He de devorarme las visceras en trabajo interminable/ sin un cuervo/ y sin los dioses", nos confía la voz poética en Los trabajos Interminables (Grupo Editorial Eclepsidra, 1998).

La alusión a los antiguos mitos griegos, a la lucha entre dioses y titanes, aquellos hombres primigenios cuyos ardides fueron castigados con tareas interminables, no es nueva en una escritura que, como la de María Antonieta Flores, ha sabido reescribir, asimilar y personalizar ese caudal mítico que atraviesa nuestra cultura. Un baño mítico no es sino su manera de actualizar y traer al presente, de convertir en metáfora historias siempre vivas: testimonios de amor, de vida y muerte.

En Los trabajos Interminables, vuelve el tema amoroso a plantarse en el centro de la escritura poética. Amar es estar condenado. "El amor es un castigo. Somos castigados por no haber podido quedarnos solos", escritió Marguerite Yourcenar. Y María Antonieta Flores ofrece en su poesía el testimonio de este padecer, la constancia de una pena que nos devora, como Ticio desentrañado en menguante y creciente: "aceptaba la condena/ el suplicio era en mí llevado con silencio/ se había escapado con sus leves alas la esperanza y sabía yo/ de todos los males de la tierra".

Como Prometeo, el titán devorado incesantemente por el ave, a nosotros nos despedaza el amor, nos consume con su filoso pico de espera y de deseo: "allí está el amor/oculto y prohibido/ ajeno/ cerrado/ y siempre llama".

Una voz dolida y adolorida comparte los misterios de su desgarradura, la honesta y honda tarea de mirarse hondo, de hurgarse, de hacerse trizas mientras se espera por una mirada o por una caricia: "si me dieras un poco de silencio/ tan solo/ un poco/ y me oyeras/ si escucharas el sonido de las astillas de vidrio haciéndose/ polvo/ en mi sangre/ y lo más cercano al rumor/ que oculta la desesperación"... Estamos, pues, en el terreno del pudiera, del podría. Libro de la espera, Los trabajos interminables es deseo vuelto escritura, acechanza del otro largamente esperado y deseado, el otro que nos completa y plena: "¿podré?/ y ya sé que podrá usted/ ahora que estoy sin mirarte/ ¿qué haré?/ la sal enmudece en el deseo/ una astilla de este amor que me detiene/ y pregunto:/ ¿podría usted?"...

Añico, astilla, piel arrancada, bolero, tango y ópera son estos versos sin concesiones, donde la palabra misma se horada y se lacera, se anima y se embellece en un discurrir verbal que no conoce las fronteras del tiempo, que nos deja la sombra de un ser en amor vivo: ..."y ella va sola/ devorada en el camino/ donde la muerte anda allí/ y se ha ido sin irse quien nunca estuvo ni existe".

Una prolongada sed, una expulsión de los recintos de nuestras certidumbres, una caminata hacia lugares de dulzura y de dolor, de soledad y de encuentro, es esta poesía del deseo y de la espera que nos entrega María Antonieta Flores.

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