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Banda Hispânica (collage, Floriano Martins)

María Antonieta Flores

Collage, Floriano Martins

 

María Antonieta Flores liberada del yoísmo

Juan Liscano

En su excepcional trabajo crítico sobre la lírica femenina venezolana entre 1970 y 1994, Poesía en el espejo (Fundarte, Alcaldía de Caracas, 1995), el cual debido a un repiquete de mezquindad le trajo desagradables negaciones, Julio Miranda tuvo tiempo de incluir en el parsimonioso y honesto prólogo que antecede a la selección antológica, el nombre de María Antonieta Flores (1960), cuyo primer libro, El Señor de la Muralla (1991), la situó en un plano sobresaliente de escritura y concepción histórica, psicológica y cultural, de alta fabulación poética.

En el prólogo minucioso de Julio Miranda, desde el principio de lo escrito, plantea un problema aparente: la justificación de haber incurrido en la reducción al referirse sólo a la escritura poética de mujeres, como si fuera género aparte. Y acierta. Dentro de la circunstancia de pertenecer a la misma especie, la mujer y el hombre representan polos opuestos y complementarios de energía psíquica, conformación orgánica, visión de la realidad y del mundo, funciones trascendentes. Inclusive cuando ejercen las mismas profesiones, gerencias o administraciones, los mismos actos de crear arte, las mismas formas de poder, lo hacen desde un en sí diferente. Si nos imbuyéramos del conocimiento secular antiguo, de la sabiduría del espíritu, entenderíamos la dualidad sagrada: Yin y Yan, papito y Loto, columnas Jakin y Bohas, Luna y Sol. Nos haría falta lecciones de símbología alquímica.

Miranda casi pide excusas. Más bien debía complacerse en haber iniciado una investigación del verbo poético femenino. Desde esta perspectiva renovadora, debo confesar que el asunto de la calidad escritural, de la estética del lenguaje, hubiera debido constituir el filtro indispensable y Miranda resultó muy generoso. De las 26 antologadas, por lo menos 8 están de más, sea por carecer de rasgos propios, de estilo, de conciencia de la feminidad, de calidad estética.

Y paso al objeto de esta nota: María Antonieta Flores reúne en un haz de excelencia valores trascendentes de feminidad, cultura, conocimiento, originalidad y estilo. Sus dos libros, el citado anteriormente y el ulterior, Canto de Cacería (1995) revelan su don creativo de exponer sentimientos profundos y raigales de feminidad lúcida, en una proyección, en un más allá fabulado, verdadera metáfora trascendental que reencuentra las formas del mito. El mito, como lo señaló ese renovador iluminado que es C. G. Jung, constituye una "posesión impersonal", una proyección estructural que liga lo colectivo a lo individual poniendo "más allá". Para decir "yo" se debería empezar por decir nosotros, el tiempo, el espacio, lo sagrado que nos asisten. El rito de creación se revirtió: todo es aquí, ya, yo personal, máscara de teatro. Ida Gramcko, en el prólogo a El Señor de la Muralla, señaló que la poesía de Flores estaba "liberada de yoísmo" y citó al místico sufí Jalal-uddin-Rumí: "...pues donde el amor despierta, muere el Yo, déspota, sombrío".

María Antonieta Flores sitúa la feminidad como presa del varón cazador. La dualidad es una circunferencia: cazador, cazado, presa sangrante consciente. Dentro de esa acción mítica de inmensa fuerza de fijación arquetipal, la cacería, se alza el teatro del mundo, con su variedad de personas-máscaras. Con lujo de escritura, Flores anima una visión medieval y oriental detrás de las murallas del palacio-castillo (el mundo), y una vez más es la presa de mil caras, la perdida entre murallas de pronto convertidas en megalópolis de hoy, el tiempo fluye hacia delante y hacia atrás, y el final anuncia la destrucción hollada por tres jinetes y la del joven que gustaba llevar una flor blanca en el pelo. Clásica desfloración. Estamos todos dentro de la muralla circular de la urbe-vida, los unos cantando; los otros robando o cazando, matando; algunos, enamorados de su propia imagen en el espejo; diciendo "Yo, Señor Mío, Yo, Yo,..." Los menos abriendo un boquete en la muralla, para escapar a quién sabe dónde.

María Antonieta Flores adviene a la poesía sin sexo y a la poesía con sexo, afirmando en su fabulario escrito con maestría, con un dominio pleno del hecho escritural, la esencia de la feminidad entre las luces del día y de la noche, regida por las fases de la luna, seguida por la tríada ¿serán los jinetes, Demeter, Proserpina, Hécate?, iluminada la dualidad presa y cazador, por el tercer término conciliador, la toma de conciencia de sí mismo más allá del hedonismo ególatra, del feminismo político, de la estúpida voluntad igualadora materialista y desecada, cemento armado. El juego trascendente varón y hembra es este:

"Y ese ritual de buscar las huellas, de respirar el mismo aire excitado del animal que anhelas y persigues, de establecer las marcas, de seguir y seguir con extasiada calma y en un instante tan ínfimo como tu vida decidir muerte o errar"

Sorprende la lucidez de María Antonieta Flores, la exactitud de su escritura, la facultad de asumir la esencia vital del matador y de la víctima mítica, de saber que en el mundo: "todos son vencidos, todos son caídas". Protegida por la magnificiencia de su escritura y de su sentir mítico impersonal, María Antonieta Flores podría resumir, como lo hizo Alicia Torres, como lo describe Miranda refiriéndose a Mariela Álvarez: "el deslizamiento de lo individual a lo arquetipal, frente al espejo" 

[Jornal El Universal, Caracas, 14/12/1995.]

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