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Luis Alberto Crespo |
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Luis Alberto Crespo: el poeta de la oscuridad
iluminada, de la oscuridad audible, más allá de Carora
Gonzalo
Ramírez
Luis Alberto Crespo
(Carora/1941) viene desandando los pasos de Gerbasi, de Palomares, así como los de René
Char y Paul Celan, mas su poesía es desencarnada ascesis de la cual rinde una vez más
evidencias, con dos nuevas antologías de su obra: Ninguno como la espina
(Ediciones Poesía/ Valencia) que incluye poemas hasta ahora inéditos y que presagian
otro libro, y En lugar del resplandor que será editado en Colombia por el sello
Esta Tierra de Gracia, con prólogo de Gonzalo Ramírez, cedido a Verbigracia
El ensayo que sigue insiste en "la notable consistencia espiritual y no sólo formal" del autor de esa vasta obra condenada a no perecer, porque, como agrega Gonzalo Ramírez, está animada por la urgencia de "allanar la distancia inevitable que existe entre el nombre y lo nombrado", entre él y lo que le sucede "por dentro, después del cerro, después del nunca". Y lo que le sucede a Luis Alberto Crespo ahora yace En lugar del resplandor, título que corona una nueva antología, de pronta aparición, con el texto que adelantamos como prólogo y con posfacio de Alfredo Silva Estrada I Al igual que Giuseppe Ungaretti, Luis Alberto Crespo es un hijo del desierto. Esta procedencia tiene una relación estrecha con el temple tan peculiar de su palabra poética. En efecto, el desierto es ese lugar privilegiado que permite poner a prueba la calidad de un alma. Un viejo adagio griego dice: "Tierra seca: el alma más sabia y la mejor". La enseñanza que se desprende de estas palabras, tan elemental y tan profunda, resulta particularmente iluminadora al leer su poesía. Esta tiene, como pocas en nuestro país, el sello, la marca distintiva de un lugar. Hay un verso que expresa de una manera insustituible su fidelidad, compleja y nada convencional, a la comarca de sus primeros días: "Nunca se acabará en nosotros la tierra seca". Es decir: el aprendizaje interior al que ella nos obliga, ese hacer alma que el adagio griego extrae de la tierra seca, es, por definición, inacabable. Me pregunto: ¿no viene de allí la singularidad de su lenguaje, de esa palabra entrecortada e intensa, donde lo no dicho es tan importante como lo dicho, que no permite la indiferencia del lector?; ¿no será que una verdad muy antigua, el desierto como lugar de revelación de la palabra, adquiere una consistencia nueva, que no novedosa, en esta poesía? Es por ello que la poesía de Luis Alberto Crespo se asemeja, la expresión es de José María Eguren, a una confidencia milenaria. Mejor dicho: Carora le ha susurrado una confidencia milenaria, a la que el poeta ha sabido responder sin traicionarla ni traicionarse. Carora no es sólo la ciudad oriunda es, también, la ciudad electiva. Creo que esto se puede decir de otra manera y mejor: no fue él quien escogió la experiencia de decir a Carora en el poema sino que, más bien, fue escogido por ésta. Como lo dice inmejorablemente Guillermo Sucre: "no vivir siempre escogiendo: vivir lo que nos escoge". ¿No ha sido Crespo enteramente fiel a la verdad que expresa esta sentencia? Además, hay que señalar que en una poesía orientada por un acendrado apetito de absoluto, el lugar ha terminado transformándose en una incógnita, en lo desconocido. Luis Alberto Crespo ha hecho de Carora, como lo decía bellamente de Segovia María Zambrano, un lugar de la palabra. Pero de la palabra que, para seguir citando a la gran filósofa española, no puede ser usada ni utilizada; la que es consumida quedándose intacta. La que lleva en su canto el silencio, y que al ser recibida crea soledad y comunicación. La palabra. II No es posible soslayar el peso que tiene el silencio en esta poesía. Me atrevería a decir, en primera instancia, que el silencio constituye la palabra de Crespo. Si es cierto que en sus primeros libros, el arco que se abre entre Si el verano es dilatado y Novenario, el poema se convertía en la posibilidad de recuperar, a través de un empleo diestro de la verba criolla, la mirada y el habla de su infancia en Carora, sin perder la gravedad que es connatural a esta poesía desde sus inicios, a partir de Rayas de lagartija el poeta se entregó a la difícil tentativa de decir más con menos. El poema se convirtió para Crespo, literalmente, en un campo de batalla donde buscaba, y sigue buscando, aquello que María Zambrano ha caracterizado como la obsesión central de todo verdadero poeta: una palabra liberada del lenguaje. La experiencia del silencio ha sido una vía de acceso más difícil, pero más verdadera, hacia la palabra esencial. En relación con esto, vale la pena citar una nota escrita por Wittgenstein en 1931: "Lo inexpresable es tal vez el fondo sobre el que cuanto he podido expresar adquiere significado". Si algo me conmueve en esta poesía es que se ha medido con una exigencia similar a la propuesta por Wittgenstein. En Crespo, el silencio, esa experiencia extrema para todo poeta, es la única posibilidad a través de la cual la palabra adquiere legitimidad. La tendencia al enmudecimiento, ese certero diagnóstico de Paul Celan sobre la poesía contemporánea, gravita de un modo determinante en esta obra. Es posible leerla como una larga, atenta e intensa escucha de lo que la Biblia llama la voz del silencio. Es evidente, entonces, que a un poeta a quien el silencio le habla, literalmente, de un modo tan pleno, la palabra, a pesar de su notable destreza expresiva, se le da con dificultad. Sin palabras es lo verdadero, escribe Crespo, como para manifestar su imposibilidad de estar cómodo con el lenguaje. Su austeridad expresiva no es tributaria de ninguna estética del laconismo, sino que nace de una necesidad profundamente vivida y padecida. De esto se deduce la notable consistencia espiritual, y no sólo formal, de esta poesía. Creo que a Crespo se le plantea el mismo dilema que Guillermo Sucre enuncia en referencia al gran poeta cubano Cintio Vitier: ¿cómo escribir sin traicionar al silencio? Pregunta que se podría plantear, en el caso que nos ocupa, de otra manera: ¿cómo transcribir de un modo enteramente fiel su diálogo con el silencio? Y este dilema radical sólo tiene respuesta en la escritura puntual de cada poema; es allí donde el poeta, y el eventual lector, puede intuir en qué medida se ha aproximado a esa zona que lo imanta y lo fascina. Pienso, entonces que este es de aquellos poetas que escribe lo que puede, no lo que quiere. El poeta sabe que hay una palabra constitutiva e intransferible; una palabra densa de silencio; una palabra, en fin, que exige una exposición total a quien aspira a ella. Escribir poesía es entonces, para Crespo, exponerse. Estoy seguro de que él aprobaría sin reservas esta honda meditación del poeta español José Angel Valente: "La palabra va siempre con nosotros aunque callemos o sobre todo cuando callamos. Porque la palabra no destinada al consumo instrumental es la que nos constituye: la palabra que no hablamos, la que habla en nosotros y nosotros, a veces, trasladamos al decir". Es en ese a veces donde reside el riesgo y la ventura del ejercicio poético. Estimo que se reconocería, también, en estas palabras del maestro Antoni Tàpies: "Un día traté de llegar directamente al silencio". ¿No es esta la aspiración definitoria y definitiva de este poeta? III En estrecha relación con el fragmento anterior, puede decirse que la poesía de Crespo se manifiesta a través de iluminaciones fragmentarias. Mejor dicho: el poema se le da como una iluminación fragmentaria. Al elegir el fragmento como procedimiento compositivo testimonia, a la par que su inmensa devoción por el silencio, una raigal necesidad de que las palabras digan más de lo que dicen. Parafraseando lo que De Robertis decía de Ungaretti, Crespo trabaja probando y volviendo a probar, una y otra vez, la resistencia de ciertas palabras. Da la impresión que el ahondamiento pertinaz en ellas, aparte de su evidente calidad emblemática, tiene que ver con un hecho más decisivo aún: el poeta no dice esas palabras sino que, más bien, esas palabras lo dicen. Tortolita, caballo, yabo, caudero, tijúa, berbería, alazán esos vocablos encarnan el sentido último de su estar en la Tierra. Son palabras pigmentadas de infinito y, al mismo tiempo, de sed terrestre. Para el poeta, en ellas reside un doble poder de concreción y abstracción que las torna irreemplazables. Hay algo que no quiero dejar de decir: la ascética verbal que caracteriza a sus poemas no es fruto de una elección; tiendo a creer que esta -la ascética verbal- se le impone cada vez que encara ese sudario que para él es la página. Crespo se exige, en el poema, la máxima tensión expresiva y espiritual. De allí que esta sea una poesía que elude todo efectismo literario. Me parece, entonces, que nuestro poeta busca despojar hasta el límite sus medios expresivos para tratar de allanar la distancia inevitable que existe entre el nombre y lo nombrado; es a través de ese diálogo crispado entre palabra y silencio donde el poeta halla la posibilidad de ser fiel a sí mismo. Vienen en mi auxilio, en este momento, estas sabias palabras del pintor catalán Albert Rafóls Casamada: "Lo que cuenta es llevar las cosas a situaciones extremas. No quedarse a mitad de camino". Es indudable, por lo menos lo es para mí, que Crespo no se ha quedado a mitad de camino: esa palabra tan próxima al balbuceo y el sollozo, esa intensidad emotiva que sólo puede ser entredicha en el poema es, al mismo tiempo, una permanente lección de rigor y radicalidad. En el caso que nos ocupa, es visible hasta qué punto la poesía es experiencia de los límites; hasta qué punto es nuestro único aunque frágil vínculo con lo absoluto. Es visible, también, hasta qué punto poesía y literatura son dos órdenes del espíritu en permanente discordia y sujetos a exigencias cualitativamente diferentes. Eso que Juan Sánchez Peláez llama en sus mejores momentos de lucidez ebria la infinita vanidad de la literatura, no tiene nada que ver con Crespo. En este descarnado autoexamen de su poesía, Giuseppe Ungaretti sintetiza admirablemente lo que estoy tratando de decir sobre nuestro poeta: "Sus poesías representan sus tormentos formales, pero quisiera que se reconociese de una buena vez que la forma le atormenta sólo porque la exige adherente a las variaciones de su ánimo, y, si algún progreso ha hecho como artista, quisiera que indicase también alguna perfección alcanzada como hombre". Es claro, siguiendo a Ungaretti, que desligar poesía y vida sólo lo hace la crítica despistada que desconoce hasta qué punto la poesía es capaz de definir la vida de un hombre y al revés. ¿No es la obra de Crespo un riguroso ejercicio de conciliación a través del dolor, es cierto entre experiencia escrita y experiencia vivida? En verdad, pocas veces nuestra poesía ha conocido una palabra que conjugue tanta austeridad con tanta riqueza, siempre al servicio de un sentimiento del mundo intransferible. IV Un poema de Crespo nos conmueve inmediatamente, aunque no todo se haga evidente en una primera lectura. La voz del poeta nos resulta familiar y enigmática al mismo tiempo. Para éste escribir un poema es crear algo que no sustituye a la vida, sino que recupera su intensidad. Entre el poema y el lector se desarrolla un diálogo tentativo y exigente. En un poeta tan poderosamente visual, no deja de llamar la atención que sus imágenes por exceso de familiaridad nos terminan resultando desconocidas. Es cierto: aquí lo más inmediato acaba tornándose en un misterio. Lo próximo y lo lejano acaban por confundirse; el lector se halla ante una palabra que lo sitúa y, al mismo tiempo, lo deporta. Es como si el poeta no hiciera distinciones entre voluntad terrestre y voluntad de absoluto. Ambas solicitaciones lo habitan y él no puede dejar de responderles. Por eso es que creo que dentro del poeta moderno que es Luis Alberto Crespo habita una memoria arcaica. Si es cierto aquello de que un individuo se compone de muchos desconocidos, uno de esos desconocidos que habita en nuestro poeta es un primitivo que sólo puede aludir mediante imágenes a lo indecible que lo subyuga. (Actuar como un primitivo y prever como un estratega, recomendaba René Char). Como en el caso del poeta argentino Juan L. Ortiz, la poesía es para él intemperie sin fin. De esto se deduce que la belleza que irradia un poema suyo sea nada convencional, más bien podría hablarse de una belleza sombría y desolada, donde cada vocablo tiene una solidez lastimadamente carnal y, paradójicamente, una calidad alada. En verdad, le propone al lector un diálogo exigente y nada común. Se ha exigido mucho a sí mismo, y le pide al lector que reviva ese doliente trance íntimo que es el poema. ¿No haría falta una lectura abarcadora, como lo ha visto bien Julio Ortega en otro contexto, capaz de formar parte de los lapsus, las elipsis, los silencios, y hasta del tartamudeo de este tipo de trabajo poético? |