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Concepción Silva Bélinzon |
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Concepción Silva Bélinzon: sin tarjeta de
visita
Sílvia
Guerra
"Sus versos parecen
haber sido dictados por una voz que no es del todo de este mundo. A pesar de ser Supervielle una figura prestigiosa en el Uruguay del 40, y de tener Concepción admiradores a lo largo de su fecunda y larga vida poética, no alcanzó, sin embargo, para que se la conociera cabalmente y se la valorara en su talento. Con una poesía compleja, misteriosa y fulgurante Silva Bélinzon se adentra en esa zona extraña, aislada y huraña a la que pertenecen algunos creadores, por inherencia o por posibilidad. Concepción Silva Bélinzon nació y murió en Montevideo. Su fecha de nacimiento no es del todo clara, figurando 1903, 1905, y hasta 1915. La que se da como cierta es 1903. Vivió en la Unión, en la calle Lindoro Forteza, dirección que no se cansaba de escribir, con una letra alargada en las dedicatorias de sus libros, que todavía aparecen, cada tanto, en Tristán Narvaja. Publicó quince títulos entre "El regreso de la Samaritana", premiado por el Ministerio de Instrucción Pública en 1943, y "Los sitios abandonados" en 1979. En 1981 apareció una antología de su obra seleccionada por Marosa Di Giogio y Claudio Ross, y prologada por Arturo Sergio Visca. Con una vida dentro de los límites de su casa y con un trabajo de oficina que le insumió algunas horas durante unos cuantos años, Concepción Silva vivió -y murió- sin grandes movilizaciones aparentes. La escritura fue la aventura y el espacio del mundo en el que desarrolló la existencia. Es curioso cómo, a pesar de haber sido reconocida por críticos y poetas diversos y a lo largo de treinta años, haya sido y sea todavía una presencia "marginal" dentro de las letras uruguayas. Reconocida tempranamente por Supervielle, como decíamos al comienzo, fue admirada por Oliverio Girondo, saludada por Aleixandre, Gómez de la Serna, José Emilio Pacheco y Alejandra Pizarnik entre una larga lista de nombres con los que mantuvo asidua correspondencia. En el Uruguay, un alto muro de silencio, a veces ligeramente estremecido, rodea su obra, sin que podamos tener una clara conciencia del por qué, ni del cómo. Se le ha recriminado ser una seguidora persistente de Girondo, más aún, se la acusado de plagiarlo. Parecería imposible que Girondo, sabiéndose plagiado, enviara a Concepción una carta como la que le envió, muy conocida por otra parte, y en la que le dice : " Hubiera deseado balbucearle el deleite con que he saboreado muchos de sus poemas y decirle algo de lo que pienso sobre la maestría con que Ud. maneja una forma tan acerada como el soneto; manopla a la que ha sabido infundirle la mórbida ductilidad de un guante de cabretilla que, no sólo permite percibir las rutas y la estructura topográfica de la mano que recubre, sino todos y cada uno de sus movimientos. durante nuestras amistosas charlas con Supervielle surgía ,de pronto, algún verso suyo y sobre todo aquél de "Los altos coroneles me llaman Concepción", tan sugestivo, tan lleno de misterio y que tiene alguna similitud con los de "Acostumbrado a letras y a doctores era casi perfecta mi hermosura" del "Canto" con que ahora me abruma, porque poseen esa libertad de asociación de ideas (poéticas) que en ocasiones suele llegar hasta la arbitrariedad y que, al menos para mí, constituye uno de los mayores encantos de su poesía. ( ) Permítame ,por lo tanto, que estas líneas sean, tan sólo, el testimonio de mi emocionada gratitud y la expresión del íntimo deseo de conocerla personalmente. Le besa las manos, Oliverio Girondo." Antonio de Undarraga, quien prologó algunos de sus libros, la comparó con Emily Dickinson. Gastón Figueira, estudioso de Emily Dickinson, que fue amigo personal y que visitó a Concepción todos los domingos por más de treinta años, se refiere a este hecho afirmando que Undarraga "no habla de influencia, sino que establece un paralelo lírico" entre ambas. Por otra parte, no ha dejado de señalarse su profunda intuición poética, su "singular sentido de la musicalidad del verso", como dice Enrique Fierro en el "Diccionario de literatura uruguaya", ni sus "imágenes alucinadas" con las que se "embelezó" Alejandra Pizarnik quien encontró que "poemas como los suyos corroboran las posibilidades del lenguaje, tanta energía efectiva, tanto candor plenamente expresado". Es que leer la poesía de Silva Bélinzon es adentrarse en un mundo donde los seres y los objetos cotidianos se vuelven presencias mágicas y firmes, oblicuas y peligrosas. Entre el deslumbramiento que provoca el descubrir un mundo inmediato, posible y virtual y el ronronear oculto que traen las hojas al crecer o las hormigas devorando las migas de un festín, que siempre es para otros. Con una voz por momentos irritante, que percute sobre otra, más densa, más antigua, anterior, ascética: feroz por lo que niega, nítida en lo que no quiere, intransigente. Intransigente como pocas, y sabiendo que la intransigencia lleva a un lugar del que no se vuelve. Así que también es una voz desesperada, atravesada por la tensión que provoca la conciencia lúcida de saber qué es lo que se quiere, se espera o se busca, de manera férrea y en alto, y el alto dolor de saber que esa lucidez la lleva a la "poquedad confinada". Entre la admiración de algunos, unos pocos, y la indiferencia mayoritaria de sus contemporáneos, entre la irritación que provocaba en algunos y la fervorosa estima en otros, Concepción escribió sin tregua, ardiendo y siempre fuera del posible rebaño. A su muerte, acaecida un 2 de noviembre, día de difuntos, de 1987, unos pocos y fieles amigos acompañaron su féretro. Puede pensarse que Concepción Silva Bélinzon es de las que, en el silencio último del día, una voz "que no es del todo de este mundo" le susurra al oído, en secreto, que la está "esperando un mundo entero". |