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Enrique Bacci |
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La luz ese río, de Enrique Bacci
Alfredo Fressia Este segundo poemario de Enrique Bacci, autor nacido en Paso de los Toros, contiene varias sorpresas. La primera, y más materialmente evidente, reside en la calidad del producto editorial, que exhibe un cuidado y una sensibilidad infrecuentes en demasiadas ediciones nacionales. Las "Ediciones de IntegrArte", de la ciudad natal del poeta, que también habían publicado su poemario anterior, La flor difícil, de 1999, logran una presentación sobria y de buen gusto, con páginas de colores diferentes y en tonos pastel. Se trata sin duda de una explícita opción del autor para estos treinta poemas, gereralmente breves, donde un río "de oeste a este", pero sin otra situación geográfica explícita, y la luz, con todos sus colores, constituyen el motivo recurrente del discurso. No solamente Bacci descarta aquí cualquier "localismo", sino que además destierra, o casi, a la primera persona. Algunos momentos pueden aproximarse, es cierto, a un "nosotros", o a un "tú" con su "yo" implícito. Pero el discurso permanece autónomo respecto a una posible biografía o a la anécdota personal, y el color aquí es todo menos "local". También puede sorprender el idioma de este libro, situado en las antípodas del de la generación de los 90, el grupo de (buenos) poetas que no huyeron de la imagen estridente, la aproximación insólita, los ritmos evidentes, sincopados. En la poesía de Bacci, una oposición como luz y sombra, por ejemplo, comparece con esta discreción: "El árbol/ solo el árbol/ es a la luz sombra de la tierra/ viento de lejos" (El árbol"). Un efecto semejante ocurre con la díada palabra-silencio: "La sequía/ nada/ en el agua// El silencio/ nada/ da/ con la palabra/ antes del gesto" ("Antes del agua"). En esta poesía del río, del movimiento hacia el mar, inevitablemente manriqueano, la búsqueda por la autonomía del idioma poético no excluye en absoluto la conciencia de un existir, que también va hacia "el morir". Al poeta cabe ver y relevar los signos, como en el poema de Hölderlin que sirve de acápite, y no crear la mera alegoría, ya garantizada por la tradición, citable además: "Se amanece de lluvia se nace río/ se nada del dolor y esa luz tibia./ Verde aún el grito se vive de extrañar/ te duele se nace y revive/ en la tierra de nadie el oscuro río". La aventura estética de La luz ese río (Ed. de IntegrArte. Paso de los Toros, 2000), poéticamente iniciada en el libro de 1999, que brilla por su originalidad, y por cierta soledad en el comienzo emblemático de este siglo, somete la obra anterior de Enrique Bacci (la novela El fundador de cimientos, 1988, los cuentos de La sed de los toros, 1998) a la relectura propuesta por Gerardo Ciancio en el prefacio de La flor difícil. Urge una reedición y una mejor difusión de esa obra. |