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Federico Rivero Scarani |
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Atmósferas, de Federico Rivero Scarani
Alfredo Fressia
Organizado en tres partes, "Cosmitologías",
"Escenas de circo" y "Atmósferas", este segundo poemario de Federico
Rivero Scarani (Montevideo, 1969) reúne 22 textos en prosa. La edición adelanta que se
trata de "Poemas en prosa", el género inaugurado (o definitivamente
establecido) por Baudelaire con sus "Petits Poèmes en Prose". Una lectura más
atenta revela sin embargo que los verdaderos poemas en prosa se encuentran en la tercera
parte del libro: las dos primeras incluyen más bien "prosas poéticas", relatos
de imaginación libre cuyo tema recurrente es el amor, a veces mítico
("Cosmitologías"), a veces patético ("Escenas de circo").
De hecho, la obra que Rivero viene creando, desde los poemas que incluyó en la edición colectiva La lira, el cobre y el Sur, 1993, y su poemario Ecos de la Estigia, 1998, se caracteriza por el recurso a varios "subgéneros" poéticos (en prosa y en verso), y también por cierta irregularidad de los resultados. Romántico, como muchos poetas uruguayos de los 90, y como el paradigmático Julio Inverso (una presencia ineludible en la poesía de Rivero), el autor potencia su necesidad expresiva con imágenes de universos, de "atmósferas" heterogéneas, frecuentemente aproximadas por una retórica naïve: la magia, la astrología, las informaciones científicas, la ciudad (el puerto, el cerro), el circo, la historia con sus personajes reales o míticos, monstruosos a veces. Las presentes Atmósferas (Vintén Editor, Montevideo, 2000) retoman efectivamente la red de esta estética. Así, los relatos mítico-siderales de la primera parte, donde Calixto y Melibea aparecen como un planeta y una estrella, o donde el "ingeniero y astrofísico de origen español Alonso Quijano" crea un satélite llamado Dulcinea, invitan al lector a incluir entre ellos a "Agamenón" y "Beatrice", textos de 1998. También las "Escenas de circo" reubican, junto al domador, el "enano Robespierre", o el "malabarista cocainómano", a un personaje como el "payaso maricón", ya presente en el libro anterior del poeta. Sin duda, la pièce de résistance de esta edición se encuentra en los poemas de "Atmósferas", que exhiben a veces el lenguaje tenso que Baudelaire, el urbano, el "citadin", entendía como lenguaje fundador de la poesía en prosa (una prosa, decía, "musical sin ritmo y sin rima, suficientemente leve y áspera como para adaptarse a los movimientos líricos del alma, a las ondulaciones de la ensoñación, a los sobresaltos de la conciencia"). No es casualidad que la ciudad -Montevideo- comparezca en varios de estos poemas, y el lector puede lamentar que no vuelva a surgir aquí con las aristas oscuras que el poeta le atribuía en 1998. Algunos poemas fracasan, es cierto, y tal vez la clave de ese fracaso expresivo esté en el trámite naïf (que Julio Inverso, destinatario póstumo de un hermoso poema de Rivero, usaba en cambio con maestría). El texto que cierra el libro, por ejemplo, incluye esta frase, que no se salva siquiera en la lectura paródica que el poema puede pedir: "Si supieras el sufrimiento, la rabia, el desasosiego que me patean los días estoy seguro que (sic) elevarías plegarias a un dios que calla pero no se inmuta porque las nubes traducen su lenguaje para aquellos que lo saben leer". El lector percibe que, por formación y por vocación, Rivero no es el poeta de la ingenuidad. La libertad de asociaciones que practica, con una gracia importante para la poesía de su generación, alcanza su plenitud cuando el poeta vigila y trabaja el idioma a fin de garantizar su misma libertad. Son poemas como "Waiting for the Heaven", "Cuando la constelación habla", "La contemplación", "Una historia del siglo XVIII ó XXI", atmósferas depuradas, que se respiran con placer porque rehusaron las sobras del lenguaje. |