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banda hispânica |
Mario Raúl Sampaolesi |
| Argentina, 1955. Libros publicados: Puntos de Colapso (1998), El honor es mío (1992), La lluvia sin Sombra (1992), La Belleza de lo Lejano (1986), Cielo Primitivo (1981). Ha traducido El Cementerio Marino, de Paul Valéry (1998) e El monje loco está de regreso, de Ryokan (1992). Desde el año 1992 dirige la revista semestral de poesía Barataria. |
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Em defesa da poesia 1. Quais as tuas afinidades estéticas com outros poetas hispano-americanos? Mis afinidades estéticas tienen que ver con la búsqueda de la síntesis y del cuidado del lenguaje. También con la posibilidad que siempre ofrece la experimentación. La búsqueda de la propia identidad y de una poética personal son otras de las cualidades que considero importantes. 2. Quais contribuições essenciais existem na poesia que se faz em teu país que deveriam ter repercussão e reconhecimento internacionais? Tal vez se impone la comprobación de que la poesía esa escritura de la incertidumbre pero también de la intensidad, esa escritura del no saber, del desconocimiento, esa escritura que habla también de su contrario reafirma su realidad en una expansión hacia los márgenes, en una búsqueda constante de fuga, de escisión, de ensanchamiento de capacidad simbólica hasta su desborde, para destruir todo proceso de designación, de control, de clasificación; para evitar toda fijación de pautas, de imposiciones estéticas, en fin, para eludir ser aprisionada entre las paredes de los convencionalismos formales. Algunos de los poetas argentinos de hoy contribuyen al enriquecimiento del panorama poético con diversas exploraciones formales en este sentido. Las repercusiones y el reconocimiento no tienen que ver sólo con aspectos estéticos sino también con las posibilidades socio-culturales y económicas de cada país. 3. O que impede a existência de relações mais estreitas entre os diversos países que conformam a América Hispânica? La dinámica actual del mundo: atosigamiento de información, despersonalización de las imágenes, globalización creciente, etc. conspiran para relaciones con contenidos mayoritariamente humanistas. En cuanto a los poetas, las características propias de la creación necesidad de soledad, espacio casi secreto hacen dificultoso todo tipo de acercamiento. Sin embargo los escritores contemporáneos tenemos ese desafío ante nosotros. Apostar a relacionarnos más estrechamente. |
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Poemas
Textos Eróticos para agregar a La vida es perfecta, 16 Recostado en su diván a la manera de un emperador romano pudriéndose en su inactividad, corrompiéndose con sus excesos, Luc contempla el lujoso ardor, la emanación de energía, el poder surgente de esa colección de miniaturas, convertidas ahora por el espacio interno de su interpretación, en otro lenguaje cuya expresión se manifiesta opuesta a la palabra; una especie de movimiento envolvente, arrasador, silente. (Abre y cierra su mano derecha, su blanca y blanda mano derecha. Piensa de esta manera en la similitud del gesto con el efecto del dar y del recibir.) Intuye que la marejada de las estatuillas lo acercan a una zona prohibida, a un espacio en tinieblas donde se refugian los ejes del alma, a esos cimientos de las sensaciones de los cuales intentamos alejarnos, a los que en situaciones cotidianas no deseamos contemplar porque sabemos del peligro de su fuerza . Luc comprende esta laminación de su deseo; por un lado desea atravesar esa muralla, por el otro dicha posibilidad lo paraliza. La idea de su deseo dividido en compartimentos estancos de los cuales podría servirse a voluntad no lo satisface: su deseo contiene también su debilidad. Si el temor le impidiera el acercamiento a esa parte de su alma, a esos puntos donde se decide todo, lo único que conseguiría sería prolongar la extensión de sus imposibilidades: encontrarse otra vez frente a esa planicie árida de su alma, frente a ese desierto; multiplicarse en cantidades de Lucs de espaldas unos a otros en esa llanura sin límites, sin forestas ni faunas. Esa tierra de nadie estática, inexplorada, forma parte de su interioridad; al no entrar en ellas impune se obliga a excederse en las regiones de la fantasía y del sueño para equilibrarse; se exige un autocontrol para el cual se reconoce impotente. Fuera de allí la realidad lo asfixia de manera lenta y segura; lo aplasta contra un muro de cemento; lo deja inerme frente al asalto del jaguar, del tigre. Luc debe debería entrar, lanzarse, arrojarse hacia ese vacío, hacia esa región de eclipse; debe debería intentar el viaje, adentrarse en esa región intuída salvaje, desproporcionada, única.
La bella durmiente Recostada, abandonada, desmayada sobre el canapé de terciopelo bordó, con su vestido dorado ajustado a su cuerpo ondulante, sensual, sinuoso; un pañuelo de seda negro se anudaba a su cuello de cisne, resaltaba contra la blancura de su piel, contra la languidez de su actitud, de su sometimiento. Sus ojos celestes observaban descuidados por entre sus párpados, por entre las pestañas arqueadas de esos párpados; ella miraba desde la inclinación de su cabeza, desde la frondosidad de sus cabellos oscuros, ondulados por un viento perpetuo, como si estuvieran alimentados por tormentas, huracanes, emanaciones de sus pensamientos. Las piernas cruzadas permitían apreciar formas perfectas, placeres insospechados. Ella fingía dormir en ese ambiente cargado por el espíritu barroco de su amante, por el lujo ostentoso del dinero fácil; dinero que ella conseguiría en cantidades acordes con los placeres ofrecidos.
Recuerdos de Balbec, de Combray. Sobre la mesa del comedor, dura, rústica, franciscana, resplandecen por oposición dos platos de porcelana blanca con bordes azules, cuatro copas de cristal, dos de ellas verdes; el centro de mesa es un copón de alpaca exhausto bajo el peso abrumador de flores de lavanda, duraznos, uvas, ciruelas, flores y frutas cargadas con la potencia de su plenitud; algunas de las gotas de agua que las humedecen resbalan y caen sobre la madera, la manchan.
Los cubiertos de acero inoxidable lucen inmaculados y exactos. Un botellón de vidrio lleno de vino tinto se ubica a un costado de la vajilla; su textura se adivina aterciopelada, su sustancia roja clama por desvanecimientos; a su lado, otro botellón contiene agua helada, transparente, la misma tal vez que desearía beber o devorar el hombre perdido en el desierto. Las servilletas, una a cada lado de los cubiertos, tradicionalmente plegadas, son de color oro. La mesa, vacía salvo por los objetos, está preparada para el almuerzo. Una hora después podrán apreciarse los restos de los jugos oscuros de la carne asada sobre la superficie del plato, su grasa fría; algunas migas se acumularán cerca de la copa de vino. La fuente contendrá todavía alguna cantidad de verduras crudas (zanahorias y endibias); el botellón con agua natural prácticamente lleno; los cubiertos desordenados; las servilletas manchadas. Por todas partes se observará la abundancia de deshechos, de desperdicios: el opulento vacío de una sociedad que se devora.
Se impone una zona de deseo: consecuencia del tañido de un punto sobre el vacío. Acuclillados alrededor de un fuego, el circuito inmune de su luz enciende nuestros rostros. Convierte en desproporción la forma de la piedra. Amamos toda deformidad.
La imagen fuera de foco perturba el equilibrio de la escena: los materiales del fracaso flotan a la deriva de un río salpicado de desperdicios, contaminado por botellas, por productos químicos, por estratos de líquidos melodramáticos, por descomposiciones. Aniquilación en cenizas, en salpicaduras de tinta, en poemas.
Un poco más allá del comedor, sobre la barra de un pequeño bar semi- circular una acumulación de botellas, de alcoholes dorados, negros, rojos, transparentes, esfumados, verdes, provocan la sensación de cierta voracidad, de cierta abundancia contemporánea que hace de la posesión y la variedad una distinción, una singularidad estética. Un biombo con reproducciones de escenas venecianas permite incorporar al ambiente sensaciones arquitectónicas y acuáticas (San Marcos, el Palazzo Rezzonico, el Puente de los Suspiros, y cantidades de góndolas que surcan las aguas a la manera de Il Canaletto). Sin embargo la corrosión está allí.
Se observan lumínicos ademanes en la experimentación del amor, con reminiscencias de expulsión, de masturbación, de orgasmo. Nos interrogamos por esa cartografía hedonista con la cual se mortifica el cuerpo. Corredores húmedos de niebla, vidrios, murmuraciones; la calcinación del deseo, su consistencia modifica nuestra identidad con la desintegración, con la intolerancia, con el miedo. Geometrías, cápsulas de veneno; nuestro parricida egoísmo, su diagonal acumulación.
Ella le dice que lo ama, que lo amará siempre, que no puede vivir sin él. Ella jamás ha amado así: sin él la vida no tiene sentido; nada tiene sentido. .- ... Pero no, porque no puede. Cómo él no entiende que su vida está definida, que no puede cambiar nada, que tiene responsabilidades. Cómo pretende que ella abandone casa, hijos, familia, auto, amigos. Cómo él dice quererla y le propone estas locuras, estas ideas absurdas. .-... Ella le dice que sí, que lo ama, que jamás ha amado así.
Se reproduce un relato caníbal; incrustamos nuestro cuerpo con extraños símbolos de jade, con putrefacciones. La idea del cuerpo como recipiente, como refugio. Cuchicheos, sacrificios, flagelaciones, griteríos, voces celestiales, manipulaciones, huesos, pus; |