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Alfredo Fressia |
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Alfredo Fressia: dois textos críticos
René Fuentes
Gómez
1. La ironía de un poeta Hasta el momento la poesía de Alfredo Fressia ha crecido con intermitencias, sostenida por varios poemarios que con el tiempo se integraron en dos libros inevitables: Frontera móvil (Aymara, 1997) y Cuarenta poemas (Ediciones de UNO, 1989). Sin embargo, cualquier seguimiento de su obra invita a una relectura no cronológica de los libros anteriormente mencionados. Fressia, uruguayo residente en Brasil, es un poeta que avanza volviendo siempre sobre sí mismo o, mejor dicho, sobre sus textos y los perfiles temáticos y formales que se desprenden de ellos.En el Cultural, de El País, No. 422, en una reseña sobre Frontera móvil se hacía referencia a ciertas características del autor, un "hombre entre dos ciudades (...). Desde esa postura, lo dominante de la escritura de Fressia será la ironía, la autoironía, la crítica hecha desde un lugar marginal, el lugar de los que están -o eligen estar, como él mismo- fuera del juego". También se mencionaban algunos de los "no lugares" desde los cuales Fressia clarifica una soledad personal y cosmopolita, que en su caso oscila entre San Pablo (su lugar de residencia) y Montevideo (su lugar de nacimiento), entre dos lenguas y un mismo espejo donde confluye y refluye el azogue contextual de ambas ciudades. Por suerte, sin embargo, nunca se concreta una imagen definitiva del hombre que lleva a cuestas esta y otras dualidades. En Veloz eternidad, su libro más reciente, Fressia apela una vez más a la aglutinación de textos, o familias textuales -como él mismo las llama- ya publicadas, que al ser presentadas de otro modo buscan suscitar nuevos significados, y por ende una nueva interpretación. Veloz eternidad se divide en dos partes muy distintas que a la vez se complementan. La primera es "El futuro" y recoge la totalidad de un poemario homónimo (edición bilingüe, español-portugués) que fue publicado en 1998 en Lisboa. En los textos que allí aparecen la poesía en prosa y el verso libre denotan una misma sobriedad metafórica, un discurso reflexivo que se apoya básicamente en la ironía para aguijonear las minucias y grandezas de ese estado superlativo del tiempo en que "Atila, que marchó devastador entre los hunos, pasea en el futuro entre los otros, dócil, servicial, obediente", deslizándose por otro no-lugar (el futuro, visto y asumido sin asombros ni patetismo pero con una buena dosis de desidia) donde le poeta, como cualquier hijo de vecino, "ya no profirió opiniones, lo que en Montevideo tiene siempre alguna utilidad". El único reproche que se le puede hacer a esta parte del libro es su brevedad. Reproche que no es tal, si se tiene en cuanta el poder de síntesis que evidencia, y la casi exclusión del yo poético para ceder el paso a un tono mesurado y a un estilo impecable. En la segunda parte -que lleva el mismo título del libro- ya el tiempo ha alcanzado una velocidad uniforme y circular, tal vez como en la vida misma de esos micropersonajes itinerantes que Fressia recrea: el Seu Alfredo de Rua Aurora en Frontera móvil, las reconstrucciones y derivaciones de Rimbaud, Baudelaire y algunos elementos del simbolismo francés, y la sordidez nocturna que subyace en su obra desde Un esqueleto azul y otra agonía (Banda oriental, 1973). O los maniquíes, los travestis, las vidrieras, la severidad de un padre referido y un irónico señor Pi con quienes Fressia interactúa y se nombra. A quienes conocen en profundidad la poesía de Alfredo Fressia (Montevideo, 1948), Veloz eternidad sólo les deparará un poema nuevo, "Obediencia", un texto de gran aliento que ahonda en el tema amoroso sin paños tibios, de frente y de pie: se canta al amor prohibido con calidad y sin remilgos. Quienes no leyeron a Fressia o lo hicieron parcialmente tienen en este libro la oportunidad de encontrar una de las voces más representativas y destacadas de la generación del 70 de las letras uruguayas.
2. Las esencias regresivas Entre Uruguay y Brasil, entre la memoria y las circunstancias, Frontera móvil, el último libro de poemas publicado por Alfredo Fressia, es un ejercicio nosológico donde el autor plantea y esclarece su identidad. Como el barquero que rema de una orilla a otra de La Estigia, como la versión de un Sísifo rioplatense que lleva a cuestas su terruño y los hallazgos de la peregrinación, Alfredo Fressia asume y propone al lector una aventura estilística de iguales aciertos en el verso libre o de rima blanca, la prosa poética y el aforismo. Las palabras son los puntos cardinales de un itinerario que comienza en una pintoresca avenida de San Pablo y finaliza en Montevideo. Las propias cuitas del amor son carne de la escritura. Fressia va ganando en cada verso otra franja de un territorio más personal que las naciones permisibles. Sus orígenes y su presente están regidos por el afán literario. Las seis partes que componen el libro se cotejan en una estructura piramidal. La primera, "Destino Rua Aurora", sirve de base a las cinco posteriores, menos ambiciosas y más apegadas a los criterios clásicos del género. Escritos originalmente en portugués y aumentados al español, según las aclaraciones del prólogo, los poemas de la "Rua Aurora" poseen ese desenfado con el cual desde Catulo hasta Apollinaire, pasando por Rimbaud y Tagore, concibieron la poesía como un estado vibratorio donde no hay otro parámetro que el desbordamiento del discurso poético. En esa parte del libro, más que escribir, Fressia se alivia en el rigor de "dejarse decir", mezclando sus asombros de extranjero con la rutina y personajes típicos de la avenida paulista donde vive. La agilidad del cronista acompaña a estas prosas que de algún modo rinden homenaje a la sencillez populista de Manuel Bandeira y otros escritores brasileños. No siempre el resultado está a la altura del referente, pero en la conducta atípica del uruguayo que reside en Brasil y se gana la vida enseñando francés hay una contradicción legítima, el ritual de una postura literaria y humanística que alumbra con fuego propio. Textos como "Yo sé muy bien", "Me quedo horas", "¿Entonces yo no conozco mi destino?", "Ese viernes Henrique" y "Esto que comienza" son los pilares más sólidos de una poesía condimentada con pasajes anecdóticos, la crónica social y policíaca. Dicho de este modo, el lector podría suponer que Fressia quiso cocinarlo todo en una misma cazuela, pero sería un error. Porque si algún valor defiende este libro es la moderación ante los pequeños desastres cotidianos. En una de las primeras páginas, casi como un telón de boca recogido sin grandes alardes para dar inicio a la lectura, Fressia advierte: "La Av Paulista no es patética, como la Avenida São João. ¿Pathos en la Paulista? Ella, que ni siquiera es fea. Ella es tan ella que no tiene género: ella no es". La intensidad de estos poemas está en su lenguaje fraterno, un lirismo que se reverdece con las menudencias de cada confesión personal o ajena. Fressia el escritor y Fressia el Ser descrito: comparten los ámbitos, los mismos pasos por la misma calle. En la dualidad de esta imagen se transparenta uno de los rasgos más singulares de la cultura uruguaya: todo tiempo presente pertenece a una lejanía. En esta ocasión, el poeta no cambió de piel como Lautréamont ni intentó imitar a Onetti cuando desde España reconstruía con sorna los restos de una Santa María imaginaria. Su "caso" es el de un montevideano que conoce las angustias que producen los aeropuertos y los matemáticos abscesos. Un hombre de letras que guarda en el meollo de sus versos una flor deshojada con ironía en una mesa del Sorocabana. |