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Banda Hispânica (collage, Floriano Martins)

Guillermo Degiovanangelo

Collage, Floriano Martins

 

Poemas sinfónicos, de Guillermo Degiovanangelo

Alfredo Fressia

Hay mucho de desafío, explícito o paradójico, en este nuevo libro de Guillermo Degiovanangelo (ciudad de Canelones, 1956). Inscritos en el romanticismo desde su título, los cuarenta poemas del conjunto son, o se denominan "Músicas", e incluyen un vasto diálogo con la naturaleza, las estaciones, las horas del día. Hay "Música para el otoño", "...para una noche de garúa", "...para el amanecer" o "...para caminar en la niebla". Desde los acápites, el poeta recuerda la característica poético-pictórico-musical del "espíritu romántico", y naturalmente, del Poema sinfónico. La experiencia no es simbolista, como se podría sospechar, sino vocacionalmente romántica y diacrónicamente fechada. Cierta cita de Schumann sugiere la síntesis de poesía, pintura y música, y Degiovanangelo agrega: "mi mayor placer es pintar con palabras lo me dicta la música".

El primer desafío reside en la opción por ese sitio estético, pasado, "suranné" para muchos, ese locus que navega hacia una sensibilidad que demasiados lectores ya no compartirían. Sabidamente, la soledad es esencial a la creación romántica, y es en ella (en los "recónditos rincones/ de mi memoria", dice el último poema, "Música para escribir") donde este poeta encuentra su isla desierta y su alimento. Ciertamente la aventura entrañaba demasiados riesgos, y de hecho, muchas veces el poeta fracasa. No faltan aquí "los violines/ de la primavera" ni los "cascabeles del otoño", es decir, una retórica (la del genitivo gastado, por ejemplo) que acepta sumergirse en una tradición de sinfonías demasiado oídas, donde el gesto de reto puede mutarse en un juego de meras concesiones.

Como una especie de programa, "Música para escribir" afirma este otro desafío: "Me guardo bien de/ que no me queden/ dos versos con la misma/ métrica/ o uno que rime/ con otro;/ no está en la tonadita/ la fuerza de la poesía/ sino en las imágenes enroscadas en el poema". Es cierto, la poesía no está necesariamente en la "tonadita", el metro fijo, las sonoridades estentóreas o lujosas. Pero el autor de Poemas Sinfónicos (Ediciones del Pescador-Edigraf. Canelones, 2000) sabe que no hay poesía sin la otra música, la otra "tonadita" que es una brújula del idioma, especie de destino que le impide la caída en la prosa. Y efectivamente, muchos textos de Degiovanangelo ganarían si se presentaran bajo la forma de prosa poética, con la belleza de las estampas.

Porque también es cierto que por momentos el autor logra "la fuerza de la poesía" en ciertas imágenes "enroscadas en el poema". Es el lado "pictórico" que exhibe al verdadero artista que hay en este "extraño sinfonista" en busca de su expresión más personal. Así, por ejemplo, "el día es un perro mojado/ (...) empapado de ensueños", las lombrices, "piolines oscuros que la tierra guardaba", o los pinos, que "elevaban su estatura/ como tubos de un/ imponente órgano", o esa mención de "las grandes parvas/ de alfalfa" que "descansan al sol/ como dorados elefantes". Esa fina intuición de las imágenes se diluye con frecuencia en una sintaxis que parece desconocerlas y tiende a la prosa. Pero es también el anuncio certero de un poeta que, acaso con menos desafíos a la sensibilidad de su tiempo, lograría el instrumento exacto para su "sinfonía".

Guillermo Degiovanangelo ha publicado los poemarios Poesía Instrumental, Poemas de amor contra Albertina y otras lluvias (ambos de 1991), la novela Descubrimiento de la melancolía (1994) y los cuentos de Campo de maíz con vuelo de tordos (1998) y Al salir la luna (1999).

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