omencemos por la infancia del poeta. Usted dijo que el niño
no desaparecía nunca del corazón del hombre?.
- En mi infancia fui otro y mi aventura fue sustituirme. El poeta es el que puede
inventarse sin infancia. Mi infancia-ficción fue la época en que yo pude crearme mi
mundo y vivirlo. Mi poesía, luego, no ha sido otra cosa que la obra del niño. "The
Child is the father of the man".
Nací en 1912, pero podía cambiar de abuelos a discreción: venir por el mar como grumete
de una carabela, o remontarme por mi sangre india a los más lejanos fundadores y con
ellos derribar la selva y fundar una tierra. Tardé dos mil años de niño, desde mis
primeros trabajos con instrumentos de obsidiana, preparando el lugar. El niño conoce la
magia de los lugares. Y eso es lo que hice: lugares. Por eso mi poesía es lugareña. No
patriótica, ni nacionalista. Quería darle un lugar al hombre y ese fue mi trabajo.
Me ayudó mucho tener un padre bíblico: lleno de historia, patriarcal, ganadero y con una
inmensa biblioteca. Mi padre le regaló más de un siglo a mi niñez.
- ¿Muchas antologías dicen que usted es granadino?
- Aunque nací en Managua, la capital de Nicaragua, mi familia es de Granada, la
ciudad-puerto al Gran Lago y desde los cuatro hasta los cuarenta y seis años allí viví.
Allí estudié bachillerato con los jesuitas y luego la carrera de Derecho que no terminé
porque le tuve horror al ejercicio de la abogacía. En las riberas del Lago, junto con mi
hermano Carlos, hicimos una finca de ganadería y agricultura y tuvimos un aserrío de
madera. Por razones del mismo trabajo navegué mucho por el lago conviviendo con su
marinería. Mi lengua poética se nutrió en esa vida, tanto como mi conocimiento del
hombre nicaragüense , pero también dediqué por años mis tiempos libres a la
investigación y al estudio de nuestras culturas indígenas( sus lenguas y sus mitos) y al
de nuestro folclore.
- ¿En que momento de su vida granadina surgió la vanguardia?
- En 1929 fundamos en Granada un grupo de poetas, el movimiento literario que se
llamó "Vanguardia". Nos propusimos dos metas aparentemente contradictorias: 1)
abrirnos y asimilar las nuevas corrientes de las literaturas de Vanguardia del mundo, y 2)
Buscar y afirmar nuestra identidad nicaragüense. El primer objetivo era parte de nuestra
herencia de Rubén Darío: continuábamos su obra de desprovincialización y
universalismo. El segundo era una necesidad de pueblo joven que se volvió perentoria para
nuestra generación porque, por esos años, Nicaragua fue víctima de una intervención
extranjera. El movimiento de vanguardia nicaragüense fue, en resumen, una doble
búsqueda: de novedad y de raíces.
- ¿Además de su obra ¿qué otra huella dejó en usted el siglo que ha vivido?
- Tuvo para mí otra significación mucho más definitiva al abrir mi vida y mis
estudios literarios al mundo cultural de mi tiempo, fui marcado para siempre por mi siglo
-por el XX- uno de los más crueles, revolucionarios, contradictorio, soberbio, aventurero
y demente de la historia moderna del hombre. Este Papa que nos visita es parte de este
siglo, su antídoto, parte protagonista o mejor dicho antagonista, porque habíamos
llegado a la Luna y estábamos por llegar al Apocalipsis nuclear cuando Martirio (este
Papa es un Mártir sobreviviente), su poder de humildad y oración -un Cristo acercándose
al barco que se hundía andando sobre las aguas del tiempo- hizo milagrosamente cambiar el
curso del poder (aislarlo en escombro). No hay ninguna violencia, ningún poder en esa
destrucción imprevista del poder, salvo el misterioso e invisible vuelo de una paloma. De
un aletazo el siglo se derrumbó dejándonos en la perplejidad. Pero quienes vivimos el
siglo XX, sobre todo en el estampido brutal de su primera mitad (con dos guerras mundiales
y diez o veinte revoluciones) no hubo crimen, ambición, perversidad, extremismo de
sabiduría, extremismo de bestialidad, que no perforara nuestros seres dejándonos -como
dijo en su canto Joaquín Pasos- llenos de agujeros y de vacíos dolorosos.
- ¿Y su otra vida? ¿Cómo fundió al poeta con el periodista?
- Dirigí la revista "Vanguardia" (de 1930 al 32), "Cuadernos del
Taller San Lucas" (de 1943 a 51) y desde 1961 la revista EL PEZ Y LA SERPIENTE. He
viajado mucho por Europa y las tres Américas. Mi vida parecía pendulear entre el avión
y el arado, pero en 1954 fui llamado a dirigir el diario LA PRENSA, de Managua, junto con
Pedro Joaquín Chamorro. Me costó reconciliar al escritor con el periodista. Más
todavía tratándose de un periodismo de lucha por la libertad contra una dinastía de
dictadores. Me costó también miedos y angustias, amenazas y presiones. En 1978 mi
compañero de dirección, Chamorro, cayó asesinado. El país entero se rebeló y LA
PRENSA arreció su campaña de oposición demandando la renuncia del tirano hasta que
Somoza ordenó bombardear e incendiar sus planteles pocos meses antes de ser derribado del
poder por las armas. La desgracia de la política de Somoza crio raíces y todos los
regímenes que se han seguido han sido sensores y en no pocas ocasiones criminales. Aún
no se despejan tres o cuatro grandes crímenes políticos. Debajo de este techo roto y
hostil vive la poesía.
- ¿Cree que repetimos errores? O ¿surgen nuevas corrientes según usted?, ¿qué
es lo que pide al final de siglo?
- Hay un linaje de poetas en el pecho. Esos harán el siglo 21. Pero es triste ver,
paralelamente, qué poca profundidad encontramos a veces en los que están viviendo el
final de este negro siglo, sobre todo, poetas que aparecen inconscientes de la inmensa
catástrofe cuyo polvo ensucia todavía nuestras pestañas. Ya no es hora de jugar como
coquetería de poetas malditos (sin la elegancia de Baudelaire) a una deshumanización que
es un pozo sin fondo. El Siglo en su agonía final nos pide reparar la gran
superficialidad de sus crímenes, dándole al hombre, devolviéndole al hombre, en verdad
y en poesía, su infinita dignidad.
"Nicaragua, República de potas", no puede caer en un prosaísmo político que
juegue otra vez incesantemente con el derecho del hombre a ser hombre. Los poetas somos
los voceros de la vida y de sus derechos y el primero de todos es vencer la pobreza.