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Darío Canton |
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Conversación con Darío Canton Alvaro Miranda En 1987, en Buenos Aires, pude, finalmente, conocer a Darío Canton. Su obra me resultaba conocida desde tiempo atrás (ver Revista Poética # 6 de enero-abril 1986). Sus libros de poesía me habían acompañado con su humor irónico, su tono paródico, su síntesis y su sintaxis, los virajes sorprendentes del pensamiento, su ludismo que no desdeñaba la hondura, en suma, un aporte singular a la poesía hispanoamericana. Esa escritura despertó el interés por conocer a su autor. Entonces, en un café de la calle Florida iniciamos esta conversación, continuada luego en su oficina céntrica. Fui conociendo que el entrevistado es argentino, hijo de uruguayos, filósofo, sociólogo, y fundamentalmente, poeta. A esa altura Darío contaba 61 años de edad, había realizado varias publicaciones: Corrupción de la naranja (1968), Poamorio (1969), La mesa (1972), Poemas familiares (1975), Abecedario Médico Canton (1976), todos ellos libros. Asimismo, durante algunos años había encarado la titánica tarea de distribuir al mundo sus hojas de poesía Asemal (título que nace de un anagrama de La mesa, un libro suyo). Cuando se escribe esto, ya en el año 2000, Canton ha iniciado la publicación de sus libros autobiográficos y hemos conocido ya el primer volumen: La historia de Asemal y sus lectores, un libro tan singular como los anteriores, en el cual aparecen todas las hojas de poesía editadas en su oportunidad más la correspondencia que esos "tentempié de poesía" generaron en la época, con lo que insinúa un trabajo sociológico, filosófico, aplicado a su propia materia poética. (A. M.) - Hablando de poesía: no suele aparecer la "cocina" del texto, esa idea de relación minuciosa, ilustrativa, sobre la elaboración creadora del artista a partir de elementos estimulantes que, actuando, modifican el curso de la creación. Me refiero a lo que Ud. muestra en "El cuento del poema", tres suplementos en los últimos números de Asemal sobre otros tantos poemas, y, un poco antes, en la nota "Con las manos en la mesa" incluida en la sección Taller de Hispamérica # 16. Paralelamente a ese trabajo, ¿existe una construcción teórica que acompañe la praxis del poema? ¿Hay una poética en Darío Canton? - Aparte de lo que publiqué en Hispamérica, no diría que hay una poética, realmente. Lo que figura en ese artículo es una especie de orientación general que me sirvió de guía en mis comienzos. Los ejemplos de trabajo que he dado, sin embargo, mantienen su actualidad para mí. Ahora estoy tratando de volver sobre ese material. Lo que me importa rescatar de todo eso es la idea que tengo de que uno puede ayudar a los otros que trabajan en poesía si uno "canta" claramente las limitaciones y las preferencias que tiene. Yo he aprendido no sólo de lo que me decían otras personas sino también de advertir las limitaciones de esas personas. Yo trato de decir lo que hago, lo que me gusta, así los otros conocerán mis preferencias y limitaciones, tomarán lo que les convenga de lo mío y de otros poetas y escritores, y harán su vida y su poesía. - Hay allí una idea de cierta interrelación entre poetas
proyectada a que los demás escritores se descubran en sus preferencias y limitaciones. Es
una especie de tarea solidaria, de acercamiento y aproximación. - Quizás solidaria esté bien. Cuando era adolescente y leía los suplementos culturales de los diarios argentinos, recuerdo que se hablaba con profusión de adjetivos sobre los grandes creadores pero no recuerdo haber leído jamás -y aquí puede ser que sea injusto- cómo esos grandes creadores habían logrado hacer esas obras tan maravillosas. Esa era mi curiosidad. La revelación vino para mí cuando en los E.E.U.U. pude leer bastante material vinculado con ese tema. En una Biblioteca especializada, la Lockwood Memorial Library, que guardaba manuscritos de poetas ingleses y norteamericanos, pude consultar en microfilms, cuadernos, anotaciones, y lo que encontré en ese material -de Stephen Spender, Dylan Thomas, Robert Frost, Auden y algún otro, creo recordar- es lo que ya conocía por mi experiencia: cosas borroneadas, tachadas, corregidas, hechas y rehechas. Eso fue lo que necesitaba ver: supe que estaba en lo mismo. - Esto me lleva a plantear el trabajo que realiza el poeta
con el lenguaje, la relación entre el texto creado y la materia misma de ese texto.
¿Cómo se percibe esa relación entre la creación del poema y el lenguaje que utiliza? - Yo vengo de padres uruguayos. Mi madre era de una
familia de antiguo arraigo allí, que hablaba un castellano muy exacto, sin ser el
castellano a la antigua. Se expresaba con llaneza y vivacidad. Era también muy sensible a
los aportes de la inmigración en el terreno del lenguaje. Tenía fina captación de los
matices del habla del interior, por ejemplo, las diferentes tonadas, etc.. Y era capaz,
cuando contaba algo, de reproducir las expresiones de sus personajes con sus rasgos
verbales. En ese entonces, además, había una ubicación por el nombre completo de la
persona que, aparentemente, no importa ahora. A mí me resultó gracioso leer sobre una
conversación que tenía Borges con alguien que se presentó sólo con su nombre, digamos
Rodolfo, por ejemplo, y la primera reacción de Borges fue preguntar por su apellido
porque era impensable para él -y también para mí, que soy treinta años menor- que
alguien se presentara sólo con el nombre. Ahora estos matices parecen haberse perdido:
los chicos raramente distinguen un acento, ni siquiera se dan cuenta de si es argentino o
no el que habla, tienen compañeros de los que no conocen el apellido. Yo
"heredé" esa sensibilidad auditiva y tuve, desde chico, gran curiosidad por las
palabras. Esa curiosidad persistió siempre. Había, incluso, un humor popular en las
revistas que leía, en donde todo esto es rastreable. Este rasgo, al pasar la mitad de mi
vida, llegó a asumir un papel en el texto. De ahí arranca,
- Creo que es cierto que de lo que uno hace se puede
extraer una poética, una teoría. Teoría que en algunos poetas es expresa y en el caso
de la mayoría no. Yo me incluyo en esa mayoría porque no la tengo formulada, pero otra
gente, es cierto, es capaz de leerla, de extraerla. Recuerdo que a poco de publicarse La
mesa mandé el libro a un profesor en el extranjero y respondió en su carta observando
las coincidencias que creía descubrir entre el libro y puntos de vista de Derrida y
Foucault, preguntando si los había leído previamente. Y yo no los conocía. En fin,
podía haber coincidencias porque al fin y al cabo vivimos en la misma época y podíamos
compartir muchas cosas, pero no estaban como elementos previos en mi creación. Ahora,
para definir lo mío: yo parto de cosas cotidianas, mis poemas son el resultado del mundo
en el que me muevo y eso pasa por familia, amores, el paso del tiempo, el corromperse de
las cosas, el renacer, aun cuando esto último me es más difícil. Parte de observar
cómo algo nace, crece, muere. Me interesa seguir el registro de estas evoluciones. El
poema Corrupción de la naranja, por ejemplo, lo comencé durante un verano, había
comprado fruta y no tenía heladera, así que dejé unas naranjas apoyadas en un peldaño
de la escalera que llevaba a la terraza. Al día siguiente una empezó a descomponerse y
decidí dejarla para ver cómo se daba el proceso. Una semana después agregué dos
naranjas más y estuve observándolas durante dos meses y tomando notas. Ahora, yo ya
tenía la idea de esto porque descubrí que, estando en los Estados Unidos, había anotado
como consigna para mí: registrar la descomposición de un tomate. Bueno, después fue una
naranja. - Acaso una elección más afortunada porque más allá del
registro hay ramificaciones de sugerencia que se pueden extraer: el fruto que se asocia a
la humanidad, al hombre. De modo que la corrupción de la naranja es, asimismo, la
inevitable, terrible, corrupción de la propia vida del hombre; el tema es la
descomposición de la vida humana. - Exacto. Era eso, porque yo, en ese momento, me sentía
así, por circunstancias personales. La mayoría de las cosas que tienen posibilidades de
quedar surgen, en buena medida, del azar favorecido por una disposición de uno.
Seguramente debe haber una relación mayor de la que yo mismo advierto. En fin, de este
moverme en el mundo y de aquello a lo que yo quería llegar están hechas mis cosas. - Hay incidencia filosófica en esa poética de lo cotidiano
que Ud. desenvuelve. Ahora, hay tres aspectos de su poesía que me gustaría marcar aquí:
una gran fuerza condensadora, una latencia sugerente y una firme contención sintética.
Fuerza, sugerencia y síntesis. ¿Cómo percibe la utilización de esos recursos? - Ahora que trabajo con viejos papeles míos he tenido
oportunidad de ver textos de diferentes épocas y encuentro en algunos de los del comienzo
características como las que Ud. describe, pero es algo que se ha ido agudizando con el
tiempo. Al principio tenía una forma más verborrágica de decir, más verbosa. Eso lo
fui podando por un proceso de depuración mío, ayudado por algunos amigos a quienes
mostraba mis cosas, aparte de quienes me acompañaban en la vida. Fui advirtiendo como
elemento bueno eliminar todo lo que me pareciera digresivo, incidental, superfluo. Esto se
fue dando en forma natural y ahora salen espontáneamente así. Y lo veo como algo que
hubiera hecho otro. - En ese trabajo de fuerza y potencia expresiva contenida, en
la medida que la síntesis actúa, aumenta el poder de sugerencia y la propia fuerza. Es
como una especie de círculo. La potencia se acrecienta por la síntesis. La condensación
del poema deriva, en gran parte, de ese trabajo sintético en la construcción del poema y
es notable cómo se alimentan mutuamente. - Aunque algunos comentarios que me hicieron llegar
lectores de Asemal cuando hacía "El cuento del poema" preferían versiones
menos condensadas. Se quedaban con la quinta o sexta versión, por ejemplo, de las siete
que habían sido. Eso me ha llevado a preguntarme si uno no va demasiado lejos en esa
línea que Ud. indica. - ¿Cómo se inscribe la poesía de Darío Canton en las
diferentes generaciones literarias argentinas?. ¿A qué generación se siente
perteneciente? - Cronológicamente, me inscribo en la Generación del
50, como que nací en 1928 y empecé, además, a escribir en esa década. Pero
públicamente aparecí con mi primer libro en 1964. Raúl G. Aguirre que me incluyó en la
Antología de la poesía argentina que hizo para Ediciones Fausto, cuando comentó Poemas
familiares, al pasar dijo algo así como que lo mío era una poesía que no reconocía
muchos equivalentes entre nosotros, salvo, quizás, alguna vertiente común con Nicanor
Parra. - Es una poesía atípica. Y me da la impresión que acaso
una poesía a pesar suyo. Es como que la poesía le brota naturalmente aunque Ud. no la
cuide, no la alimente. - Yo siempre quise hacer poesía, era mi meta. No sé
cómo he hecho para conseguirla pero es cierto que hay espontaneidad a la que trato de
ayudar. En estos últimos años he estado alejado de la poesía. Ahora estoy volviendo.
Por mi actividad profesional yo no tenía tiempo para hacer vida literaria. No había
conexión con gente que hiciera literatura. Y tampoco me vinculé con revistas literarias.
Como tuve una carrera exitosa como sociólogo eso contribuyó a rotularme más claramente
de cierta manera y no de otra. Ahora he vuelto a trabajar alrededor de la poesía; con la
vieja idea de "El cuento del poema" estoy armando textos míos en una especie de
autobiografía literaria. - Pero hay un poeta Darío Canton y una obra poética
singular, valiosa. Muchos de los recursos de su poesía me parecen de índole barroca:
ingenio, ironía, humor satírico, unión de lo real y lo imaginario, pero es, en todo
caso, un barroco también atípico y personal: no integra el bagaje del neobarroco actual.
Un trasvasamiento de la realidad a partir de una óptica realista, irónica, crítica, muy
efectiva, que no desdeña el humor y el sarcasmo. Y una visión ceñida, honda,
escéptica, profundamente humana. Ahora bien, ¿Cómo caracterizaría, describiría, lo
que lleva publicado? - Yo tengo dos tipos de textos: los que llamo orgánicos,
que surgen a partir de una idea matriz que después desarrollo y los libros que son
agrupamientos de poemas. Los orgánicos son: La saga del peronismo, el poema Corrupción
de la naranja, La mesa y el Abecedario Médico Canton. Salen de una idea (intuición,
sueño, pantallazo) que después exploro a fondo. Los otros son grupos de poemas
vinculados por una temática común: Poemas familiares, Poamorio, el libro Corrupción de
la naranja y todo lo que salió en Asemal, que incluye esas "familias" y alguna
otra. Poamorio es, desde el punto de vista gráfico, el menos común, como que tiene el
título en el medio y poemas en la tapa y contratapa, como un libro dado vuelta. No sé en
qué momento se me ocurrió hacerlo pero es un recurso bastante habitual en mí. Asemal es
La mesa al revés. Parte de los juegos en Abecedario...también están dados por la
inversión de palabras. - Y ¿hay reflejo de lecturas en su obra?. - No lo sé, realmente. Fui gran lector de revistas, con las que aprendí a leer en mi niñez, de cuentos de hadas, de Julio Verne, de Alejandro Dumas, del Quijote, Shakespeare entero, el Romancero, el Martín Fierro, discursos célebres (argentinos) desde la Independencia hasta el Centenario, apasionado de Unamuno en mi adolescencia, Ortega y Gasset, Alfonsina Storni, Delmira Agustini, Victoria Ocampo, Ezequiel Martínez Estrada. A Drummond de Andrade lo conocí de grande y lo sentí afín. A Parra hacia fines de la década del 60 o comienzos de la del 70 y me gustaba pero ya no cuando empezó con los Artefactos; en esta etapa ecologista actual lo perdí de vista totalmente. En Estados Unidos escuché leer a varios poetas y de Pound o de Auden me interesan sobre todo sus vertientes didácticas, ensayísticas. También recuerdo mis lecturas de autores ingleses y norteamericanos cuando aprendía ese idioma, algunos artículos de revistas de jazz y las buenas revistas argentinas de humor. Y entre lo oído, que fue mucho, las mejores letras de tango y de la música norteamericana. |