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Osvaldo Ballina |
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Apuntes al natural, de Osvaldo Ballina
Alfredo Fressia
L a carátula de este libro exhibe una callejuela, cubierta, de una ciudad italiana. Hay un puente cerrado, a modo de pasaje, y arcos, sucesivos y en perspectiva, probablemente renacentistas, que sostienen un techado que no llega a verse. Hacia el ángulo superior derecho figura el título del poemario así ilustrado: Apuntes al natural (Ed. MG. La Plata, Argentina, 2001). Como la imagen no contiene "naturaleza", uno puede pensar en las ironías y cierto gusto por las paradojas que suelen estar presentes en la obra de Osvaldo Ballina (La Plata, 1942, capital donde reside, y que parece ser la antípoda de las laberínticas ciudades medievales). El poemario, sin embargo, se llama "apuntes", es decir, se reconoce como literatura, un registro cultural ajeno a la sintaxis "natural". Son apuntes no sólo en el sentido de mostrar, "apuntar", señalar, sino en el de notas o anotaciones, acaso inútiles como la poesía.Denominar a los 28 textos del poemario (muchos en prosa) de "apuntes" no es exactamente modestia. Es más bien ir al grano de la propuesta estética que Ballina viene creando (desde su primer libro, El día mayor, 1971), que descarta el lujo de las sonoridades, el ímpetu verbal, la suntuosidad de las imágenes, y que opta por ir directo al hueso, o a la piedra de toque del enigma poético. Los textos son siempre cortos, las frases repiten su estructura (sujeto, verbo, complemento) sin meandros ni adornos aparentes. Y es con esa economía de recursos (pero no laconismo, ya que el poeta lleva publicada una obra extensa en dieciséis libros) que el autor logra el deslinde, la originalidad de su idioma poético, inconfundible en una producción más bien locuaz como la argentina. Como los arcos de la carátula, los textos también están dispuestos "en abismo", en tres partes que se van diluyendo en tamaño, y aumentando, no en su densidad, sino en el entramado temático. Después de un poema-acápite, la primera parte, "Objetos en el espacio", contiene diecisiete poemas, "La aldea" incluye siete, y un único poema de cuatro versos constituye la última parte, "Especie". Y esta vez, conviene abandonar la costumbre de comenzar a hojear, y aun a leer, por el poema final. Entre los objetos y la especie no hay poca cosa. Por lo pronto, y repetidamente, hay "riesgo", "peligro", "vértigo", el "devorarse", la "alucinación". El "natural" de este libro no está sujeto a la gravedad, no obedece a las leyes previsibles de la naturaleza. Un corazón, por ejemplo, puede salir volando ("Adiós y vuela"). La palabra humana tampoco coincide con la sintaxis del mundo, que además se recompone siempre con significados desconocidos. "El riesgo es el sentido", dice un segmento de "La madriguera", en la que puede esconderse el sol y "gritar en silencio es también un esplendor". En Ballina, como en la poesía "moderna", no hay un ser universal hegeliano, evolutivo, constituido de su propio proyecto. Más bien la conciencia y el universo se desentienden, se escinden, o negocian sentidos provisorios y en peligro: "Tomó el hábito de guardar relojes con múltiples horas del mundo. Nunca era temprano ni tarde para nada. Perdió noción de la oscuridad y de la claridad. No hubo límites ni orientación. Buen cebo para lo infinito. De eso comió" ("El hábito"). El mundo escribe ("El mundo comenzó a escribir en la madrugada") desde lo desconocido. Al poeta cabe "apuntar" en su único lenguaje, multívoco, contrapartida del idioma controlado por la razón y el interés. "El alma espera un reino que no da con su nombre", dice el último verso de este libro austero y conmovedor. Que se sepa, esa espera es también la definición misma de la poesía. Osvaldo Ballina es traductor del italiano. Su obra incluye entre otros títulos Aún tengo la vida (1975), Diario veneciano (1982), Verano del incurable (1996). |