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Reinaldo Arenas |
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El otro Reinaldo Arenas
René Fuentes
Gómez
Sobre todas las cosas, Reinaldo Arenas fue un narrador de
inagotables hallazgos, incluso hasta en los libros que han sido publicados después de su
muerte. También fue poeta, y en más de una ocasión dijo que su mayor aspiración era
ser recordado por la poesía implícita en sus novelas y relatos. Sin embargo, a medida
que pasan los años, se habla más del Reinaldo disidente, homosexual y exiliado maldito
que de su obra literaria. Los "roles" públicos de su personalidad y la
perpetuidad del régimen castrista son dos cortinas de humo que demoran el develamiento de
su más entrañable política como autor: mostrarle a sus lectores otra alternativa de
libertad, y otro cause más lúdico para la sensibilidad y el imaginario de los cubanos.
Si uno lee, por ejemplo, su autobiografía Antes que anochezca o su novela póstuma
El color del verano puede darse cuenta de que es muy difícil discernir entre la
ficción y el testimonio, porque él ha hiperbolizado la verdad hasta convertirla en un
terreno fértil para el desacato y las burlas más encarnizadas.
Inspiraciones furiosamente cronometradas Para comprender la tragicomedia de este hombre que -por voluntad propia y ajena- se convirtió en personaje de las circunstancias históricas y de su propia obra, quizás uno de los caminos más fiables es la poesía; genero que cultivó con paciencia, sin alardes, como si cada poema fuera otra página de un diario: espejo y cerradura de su identidad más genuina. Voluntad de vivir manifestándose (Adriana Hidalgo editora. Buenos Aires, 2001) reúne los poemas cortos que escribió durante los últimos veinte años de su vida. En el prólogo, él mismo dice: "Los textos de este libro son inspiraciones furiosamente cronometradas de alguien que ha vivido bajo sucesivos envilecimientos. El envilecimiento de la miseria durante la tiranía de Batista, el envilecimiento del poder bajo el castrismo, el envilecimiento del dólar en el capitalismo, y -como si eso fuera poco- he habitado los últimos nueve años en la ciudad más populosa del mundo, que ahora sucumbe a la plaga más descomunal del siglo XX (el sida, enfermedad que padecía en su fase terminal). Las cuatro partes de este libro son los rastros depurados de un período de tiempo que se extiende desde su radicación en La Habana en 1962 hasta su suicido el 7 de diciembre de 1990 en Nueva York; día que, por esos ajustes de cuenta que sólo el destino puede hacer, en Cuba era duelo nacional por otras razones. Cuando Reinaldo concibe la narración dentro de una perspectiva poética, como por ejemplo en la novela Celestino antes del alba o en el relato "Bestial entre las flores", simplemente apuesta a un modo directo y febril de decir las cosas. Permitiéndose hacer innumerables elipses en el argumento, burlar la censura y mostrar la verdadera esencia de sus personajes (que en éstos y en otros títulos tan importantes como El mundo alucinante, poco o nada tienen que ver con la épica revolucionaria). Pero cuando escribe versos de rima libre o se adecua a una estructura métrica y estrófica, evita metaforizar demasiado sus ideas; y las palabras llegan puntuales, como ceñidas a la necesidad de un grito o una confesión. Los poemas de la primera parte de Voluntad de vivir manifestándose pertenecen a las décadas del ´60 y del ´70, años en que fue confiscada en Cuba la propiedad privada nacional y extranjera, y quienes se quedaban en el país tenían que hacerse milicianos o integrarse de algún modo al sistema. En ese contexto escribió "Desfile", versión abreviada del relato "Comienza el desfile"; donde hay una convocatoria tumultuosa, congestionada además por los recuerdos. En el poema, por el contrario, sólo se habla de la frustración de dos amantes separados por una realidad agobiante: "Pero he aquí la ruta 32 no pasa. /¡Está desviada por la llegada de Brezhnev! /me grita el adolescente furioso, patéticamente enjaezado /con los aperos de la época". Como oposición a la rigidez y la escasez, uno de ellos imagina una posible dicha lejos allí: "Al anochecer, sin embargo, tomaríamos un tren para Marruecos /o Amberes /(no ando muy bien en geografía), /desayunaríamos en Burdeos o en Quién Sabe Dónde". Y, del mismo modo que en Celestino... se repite la letanía de un hacha que corta una y otra vez, aquí "Hay niebla. /Hay niebla. /Y se oye más allá del mar el canto de una sirena de motor /tan imposible ya como las homéricas". Con un sentido del humor más diabólico, "Aportes" es una divertida comparación entre los sacrificios pasados por Carlos Marx y los de un cubano común en los tiempos del socialismo: "Carlos Marx no conoció la retracción obligatoria, /no tuvo por qué sospechar que su mejor amigo/ podría ser policía, /ni, mucho menos, tuvo que convertirse en policía. (...) Que yo sepa /no sufrió un código que lo obligase a pelarse al rape /o a extirpar su antihigiénica barba. /Su época no lo conminó a esconder sus manuscritos /de la mirada de Engels. /(Por otra parte, la amistad de estos dos hombres/ nunca fue ´preocupación moral´ para el estado.)". Y los últimos versos terminan de confirmar que el título del poema no es más que una rotunda ironía: "Todo eso que Carlos Marx pudo hacer ya pertenece a nuestra prehistoria. /Sus aportes a la época contemporánea han sido inmensos." Estos textos guardan un vínculo directo con la propuesta estética de Delfín Prats; otro poeta holguinero que fue muy amigo de Reinaldo, y que desde su primer libro (Lenguaje de mudos, Premio David, 1968) marcó a la joven poesía cubana de entonces con un modo muy especial de disentir, de mezclar y encubrir el aguijonazo crítico con sutilezas ambientalistas y amaneramientos. Un modo "fastidioso" de expresarse -que desde mucho antes- ya tenía en Virgilio Piñera a un maestro, basta recordar poemas como "Vida de Flora" (1944) o "Palma negra" (1962). Cuba y la noche La segunda parte de Voluntad de vivir... es un conjunto de sonetos que fueron escritos entre 1969 y 1980, o sea: desde la publicación de la segunda novela de Reinaldo hasta su partida al exilio. La comparación explícita de ese período de su vida con el infierno descrito por Dante no se fundamenta básicamente en claves alegóricas ni en referencias circunstanciales, sino por el choteo y la burla hacia la muerte física y el acoso progresivo de la muerte cívica que Reinaldo padecía. La luna es invocada en varios textos como un testigo incólume, a quien el poeta confía sus cavilaciones. Y la sátira esperpéntica de Quevedo y la sencilla gravedad de Manrique y Martí son algunas de las compañías poéticas que sustituyen al Virgilio de La divina comedia; presencias que no se corporizan pero que constantemente aparecen mezcladas o parafraseadas y puestas en juego con un nuevo vigor: "¿Qué es la vida? ¿Un folletín? /¿Una especie de emblema azucarado? /¿Un estornudo dado en el trajín / de la cola para optar por un candado?". En otros sonetos hay un epígrafe funciona además como pie forzado en el primer cuarteto: "Sólo el afán de un náufrago podría /remontar este infierno que aborrezco. /Crece mi furia y ante mi furia crezco /y solo junto al mar espero el día." "Mi amante el mar" es intenso y extenso desahogo con un encabezado epistolar, donde la rima libre y la prosa poética alternan en varias estrofas; también es el único texto de la tercera parte y un posible embrión de Otra vez el mar, novela que Reinaldo perdió y rescribió varias veces hasta su publicación en 1982. Los poemas de la cuarta sección ilustran los últimos años de su vida. "Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche" dice Martí en uno de sus más polémicos y citados versos, y Reinaldo lo repite reconociéndose en un mismo dolor. Curiosamente, estos escritores tan diferentes, paradigmas además de posiciones políticas irreconciliables, vivieron con un siglo de diferencia en Nueva York. Y los dos, por su sentido del deber (moral en Martí, hedonista en Reinaldo), fijaron en la noche una zona de búsqueda para los códices de una territorialidad y un compromiso de pertenencia que sólo son delimitables por la percepción humana de la poesía. Esa búsqueda, por encima de sus defensores y detractores, a Reinaldo Arenas le permitió asumir la muerte "como algo cotidiano a lo que apostamos /un cuerpo espléndido o toda nuestra suerte". |