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Dolors Alberola |
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La poesía de Dolors Alberola
Susana Quelle
El último libro de poemas de la valenciana Dolors Alberola, El
medidor de cosas, con el que ha ganado el premio "Ciudad de Miranda" de 1999, se
carcteriza por la arrasadora fuerza estética que no sólo nos deleita, sino que nos urge
más que invita a leer de nuevo los poemas para contagiarnos de ese vitalismo desaforado
en el que cualquier detalle le sirve a la voz lírica para hacer brotar de su interior un
chorro de vida del que surgen las experiencias como si de un río desbordado se tratase,
para finalment encauzarlas y hacerlas desembocar en la poesía. Aunque en "El medidor
de cosas" no se aprecia un hilo conductor entre los poemas o un tema en torno al que
se centren aquéllos, sí es notable la presencia de elementos comunes entre los diferente
textos, además de la fuerza que, como hemos señalado antes, recorre como un alarido todo
el poemario. Estos elementos son: 1) la cita que precede a cada poema y que sirve de apoyo
sobre el que se elaborarán los versos; 2) palabras que se repiten insistentemente
-sangre, muerte, dolor, amar, casa, animal, hombre, mujer, vida- y un léxico relacionado
con en sexo; y 3) la equiparación de la poesía con el dolor.
Pues no en vano Dolors Alberola distingue en la vida, en su
estado más puro podríamos decir, la fuente principal de inspiración. De ahí extrae el
irracionalismo de muchas de sus imágenes y el léxico relacionado com los animales, como
lo demuestra este breve poema en prosa -no muy abundantes en el cuerpo del libro- titulado
"El espejo": "Ya no era la piel ese reducto de pájaros y perros que
jugaban. No era el alma un gato que aprendiera a esconderse de su dueño. No era el cielo
añil, ni las ventanas huecos donde el viento lo abandonara todo. No era el mar el lago de
la vida. Un tigre sanguinario lo destruía todo. Solo quedó de mí esta mano, cargada de
palomas". Y si la locura es uno de los puntos que sobresalen en "El medidor de cosas", no menos destacable es el papel de la muerte, ante la que el personaje lírico muestra y demuestra su rabia, sobre todo en los poemas "Mar de nadas" y "No hubiera amor más grande". En el primero, el mar simboliza la muerte que nos habita y que tarde y temprano se hará dueña de nosotros. La voz lírica pretende encerrarlo en una caja -metáfora del ser humano- para dominarlo y hacerle sufrir del mismo modo en que el mar le ha causado al personaje poético un daño irreparable. El segundo de estos poemas nos presenta al padre agonizante como "el fantasma que recuerda que sí existe la muerte, que es un cáliz" por qué "...es su muerte mi muerte, es mi condena". Sin embargo, la impresión que obtenemos durante y tras la
lectura de "El medidor de cosas" es que la muerte también se puede entender
como una invitación a la vida; pero no a una vida vulgar, de la que es mejor protegerse
con una "burbuja de lodo" para mejor poder crear nuestra propia vida interior y
vivirla plenamente, con todas sus consecuencias, bien sean felices o dolorosas, como nos
muestra la autora en varios de sus poemas. En uno de ellos la voz lírica aparece en una
fiesta a la que se ofrece como el animal que sacrificarán los asistentes, con quienes
nada tiene que ver, o se ve "portadora de muchos yo" que la persiguen porque no
tuvo "esa sed de un sólo cántaro", o transformada en un ángel indolente ante
el mal. |