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Dolors Alberola |
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Dolors Alberola, El ángel de la nada
Mauricio Gil Cano
«Desinterés, egoísmo, tierna piedad, crueldad, sufrimiento de
los contactos, pureza en la orgía, mezcla de un violento gusto por los placeres de la
tierra y desprecio de los mismos, ingenua amoralidad, no se engañen: estos son los signos
de lo que llamamos angelismo y que todo poeta verdadero posee, escriba, pinte, esculpa, o
cante. Pocas personas lo admiten, pues pocas personas sienten la poesía.» Con semejante
rotundidad construye Jean Cocteau una teoría del angelismo muy apartada de las
convencionales estampas de primera comunión. No incluye el prodigioso escritor galo la
lista de los angélicos, pero insiste: «sólo ellos cuentan para mí; sólo ellos me
conmueven, y si reconozco cierto valor en otros, sólo ellos son para mí dignos del
nombre de poetas».
He conocido a dos ángeles de características cocteaunianas. Uno, en Cartagena de Indias: Raúl Gómez Jattin. Se suicidó en mayo de 1997. Outro en Andalucía, perpetuo desterrado en busca del paraíso. Se trata de Dolors Alberola, autora, entre otros títulos, de Cementerio de nadas. La sacerdotisa del verso Pilar Paz Pasamar nos ha descrito a Dolors como un torrente. Escritora fecunda, mujer prolífica, madre de familia numerosa y de innumerables gatos, Dolors es autora de una vasta obra donde toca los temas más diversos. No se amilana ante la física o el esoterismo, el arte contemporáneo o la filosofía, el amor o la muerte. Para Juan José Téllez, Alberola domina «el compás interior de aquellos que conocen los secretos del ritmo». Refiriéndose a este Cementerio de nadas, Téllez há destacado ese difícil equilibrio entre la emoción y el orden que contiene la obra. El libro se abre con un poema realmente impresionante, introducción al cementerio donde nada hay, donde nadie habita, sólo -y ya es mucho- la memoria de aquellos que consagraron su vida al intelecto, o al arte, confundidos con restos anónimos, rescatados ahora del olvido por la palabra vivificadora de la poeta. La primera parte, de este volumen distinguido con el Premio Carmen Conde, es una galería de enterramientos célebres. Pitágoras, Darwin, Einstein, los dadaístas, García Lorca, Margarita Xirgú, Picasso, Agatha Christy, Borges son algunos de los nombres famosos que reposan en este mausoleo de palabras. En la segunda parte, la autora ahonda en el misterio de la muerte. Ya bajo tierra, sus sílabas son larvas que brotan lascivas. Parece que van a lanzarse prestas a devorar la carroña, pero de ellas aflora un amor a la vida que prevalece, invitándonos a trascender la ceniza con sobrecogedora belleza. La seductora nada pone fin a toda angustia, reconforta como la idea de Dios, antagónicos absolutos que completan el círculo. La palabra como revelación, la poesía como conocimiento, el libro de Alberola, donde coinciden la intuición angélica con el rigor del alquimista, es muestra de una extraordinaria lucidez, vigilia del condenado que asume, con dignidad y esperanza, el designio de los dioses. |