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Poemas
Primera conversación
Ángel mío que amaneces Levante,
cruzas la Cruz del Sur y nos empujas
a penetrar las tiendas en busca de alimentos,
no creas que es metáfora
la simpleza de vida que me allana.
Me precipitas fiera a comprar las legumbres,
seleccionas los vinos con tus manos,
hueles cada pescado y no te importa
no comerlo conmigo,
porque el trabajo es nuestra única promesa.
Tú estás hecho para la inspiración de mí.
Yo, ni sé por qué estoy hecha.
Trabajo en tu presencia que es ausencia.
Me desespero, lloro, devano los cabellos,
voy trenzando palabras que te adoren.
Toda velocidad de vértigo se vierte ante mi pluma.
Ángel, oh Ángel,
ayer te recordé junto a una camiseta de nylon
que sujetaba otra mano distinta
con ese precio oculto de las cosas...
Te recordé al leer la prensa en los estantes de la
calle.
Vi tu mano
cuando, al coger el metro, me equivoqué de vía.
Tu mano era un poema
escrito, cada día, en la pared.
Tu mano
se transformó en pañuelo,
en lugar que, vacío, consideró mi sed y me dio
asiento.
Ayer te vi, al llegar al hotel,
colgado en la ventana donde nunca
comprobaría el viento de la calle.
Oh Uriel de fuego, de sillar,
de piedra pedernal, de plástico ligero, de
cansancio;
porque también el ángel está hecho
por Dios para la gloria de la vida...
Ángel de la materia
El pomo de la puerta es de metal y abre.
La toalla es tejido y nos da abrigo.
La bombilla es cristal y en su vacío profundo brota
luz.
El agua nos circula por cañerías grises y mitiga.
Oh Uriel de hierro, de tela, de silencio.
Ángel de pavimento estático, tu mano
es la misericordia alegre de la mano,
tu pie se hace carril o raíl o sangre o vertedero,
tu columna sujeta los papeles de este vuelo de mí,
tu pensamiento es ala.
Oh Uriel, neón, resistencia de mí
-la leve resistencia de la vida-, la figura,
la clave ionizada, el satén.
Tan comercial tu frente.
Tan espacial tu aliento.
Tan singular tu brazo.
Tan material tu nada.
La manifestación del ángel
Te manifiestas. Llevas
palabras que paseas por las calles:
AABB, o BBBA, o Sirve a IHVH.
La Contaminación BH.
Atmósferas usadas, cinco duros.
Movimiento Letal.
VAVE.
Torreón y miseria, no los toques.
Te manifiestas, llevas
camisetas muy simples de algodón.
Con zapatillas Nike vas cruzando las calles de la
atmósfera,
contaminada, sucia de gas, de propileno,
de materias gestadas por pentágonos,
de Sida que no da esperanza alguna.
Vienes, terriblemente limpio, a mi mirada.
Te amo sin saber
ni tu constitución exacta
-polígono insuflado de amor es mi materia-,
cristal beig de murano -Italia es una bota y tú la
pisas-.
Tengo hambre de ti. Como una pizzería, tú me
muestras
la sencillez del todo en la comida.
Tu sonrisa es mi prana.
Tu boca es aloe. La comisura curva de tus labios,
mi planeta.
Oh Uriel silente en cuya lengua el tiempo
semeja la palabra de mi vida.
Oh Uriel lejano cuya mano me ahoga
-como una leve cinta de cassette se me repite,
cada vez que la beso,
inflamable y veraz e intocable-.
Oh Uriel, mi infierno, mi noche pernoctada en el
desvelo,
mi pulcritud plagada de versículos,
mi amor en el amor, mi nada toda.
Oh Uriel, te hablo porque sé que me escuchas.
Nada temo.
Las cuatro pinceladas de Miró (homenaje al absurdo)
Picasso pronunció paisaje
y tomó los colores de la mar, la sangre
y el no color, lo oscuro.
Todos tragamos sombra.
Yo veo esas mujeres dispersas en la luz.
Veo las cosas rotas.
Quiero que me apacientes las cosas esta tarde.
Pero Picasso aquí no ha pintado mujeres,
no ha tomado las casas ni ha descompuesto nada.
Picasso ha izado el blanco en el color exacto que
ya estaba,
ha dibujado en él una recta torcida
y ha dicho: esto es un mar,
esto es, levemente, la linea divisoria,
esto es geometría volcada en geometría,
esto es causalidad. La sombra la ha dibujado
arriba,
o -no recuerdo- abajo. Y este olvido mío
es la causalidad. Todo es causa y color,
pero, repito, tragamos muchas veces la ausencia de
color,
tragamos la penuria del dolor de tu mano,
tragamos, Ángel mío, la perfección de ti.
Luego, Picasso, ebrio del color de la nada
ha revuelto el pincel en la paleta
y ha tomado el azul. El azul es un buque de
amarillos
de girasol y tarde. El azul no existía antes de ser
pintado.
El azul, el que llamamos exactamente cielo, es un vacío.
El mar nunca es azul. Tu mano, Ángel azul, es del
color de un príncipe.
Picasso ha detenido, ágil, esta tarde.
Me he sentado contigo, en tu invisible forma,
delante del paisaje. Nunca fuiste invisible, ni aún
invidente fuiste
-me consta que esto es cierto-.
He mirado el azul que aún no existe
y he dicho: éste es el cielo
y un rojo amanecido me ha parecido sangre
y el rojo, oscuridad, oscuridad pequeña y existente.
En un paisaje simple cabe filosofía y sueño y
verdad
y mentira revuelta en la verdad y cabe, amplia,
tu ala que es tu mano. Esto es causalidad,
paisaje o anarquía o llamarse Picasso
con el Pablo delante o el juego de esos nombres
que propusiera Alberti.
Si ahora yo dijera: te amo a ciencia cierta,
Picasso pintaría otro reflejo del Guernica.
Todos estamos rotos, de amor estamos rotos,
troceados, grisáceos, amarillentos, pardos
en la causalidad de un todo que aún no existe
y tantas otras cosas que diría aquí,
pero me callo y miro, nuevamente, ese blanco
en el que pinta algo Diego José Francisco
o Juan Nepomuceno
María de los Remedios Crispín o Crispiniano
y no me ocurre nada. La sombra es esta nada que
me ocurre.
Tampoco -y esto es cierto- el cuadro
en el que pienso es un Pablo Ruiz.
Es un Miró, y miro.
La mirada del ángel
Miraste hacia los niños y los quisiste ángeles.
Miraste a la mujer, pretendiéndole alas.
Miraste el firmamento y pediste que Goya
te encendiese la luz en ese leve marco de la tarde.
Pero nunca miraste que eras bello,
tan delicado y frágil que mirasen
las mujeres y niños encendidos
hacia tu faz de tiempo, de tiempo sin espacio.
Sin sonido, tu mano, manteniendo el farol de
toda luz.
Y nos supimos míseros, casi culpables, fieros,
por mirar tus dos ojos que volaban,
igual que dos partículas de blanco inmaculado.
Y nos sentimos frágiles de la fragilidad de ti,
sin tener ambas alas de contacto,
sin pretender un rumbo a tus espaldas,
sin poder planear en tus mejillas
convertidos en beso. Porque tú no supiste
que íbamos a ser ajusticiados delante del farol
donde Goya encendía nuestra sangre
y te dejaba a ti, extraño, en otro lienzo
no pintado jamás en tanto trauma,
en tanto desespero de la guerra,
en tanto iluminar la oscuridad, pero con miedo,
con miedo siempre, con óleos predispuestos a la
nada
antes de macular el perfil que supimos
fuera, cautivamente, un ángel. |