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Banda Hispânica (collage, Floriano Martins)

Xavier Villaurrutia

Collage, Floriano Martins

 

Poesía y crítica de arte

Víctor Sosa

La mejor crítica de arte ha sido realizada por poetas. Si tomamos en cuenta que la poesía, además de "conversación entre personas inteligentes" - como quería Pound -, es una realidad lingüística, una creación hecha de palabras, es decir, una invención, entonces podemos entender que la crítica de arte realizada por poetas es, también una poética: una toma de posición frente al arte - a las otras artes no escriturales -, una creación que involucra reflexión e imaginación. Esta feliz hibridez tiene sus inicios con el nacimiento de la fotografía - técnica que permitió reproducir los cuadros y evitar, así, las detalladas y objetivas descripciones de la obra por parte del crítico - y, también, gracias a una figura clave para el arte y la crítica moderna: Charles Baudelaire. El poeta de Las flores del mal, le insuflará a la crítica de arte un nuevo aire vital nacido de la conjunción de reflexión e imaginación.

Xavier Villaurrutia, además de legarnos una breve pero sustancial obra poética - sobre todo la reunida en su más significativo libro: Nostalgia de la muerte - y además de su dilatada labor como dramaturgo, nos ha dejado una extensa obra crítica donde los textos sobre arte ocupan un lugar privilegiado tanto por su extensión como por su profundidad y rigor reflexivo. Su maestro natural es Baudelaire. Villaurrutia continúa la senda del poeta-crítico francés y lo cita - y así lo homenajea - en varias ocasiones. Hablando de la tradición pictórica francesa, el poeta mexicano dice: "Pensemos que sólo una gran época artística puede producir, en una cristalización preciosa, un gran crítico de arte que instaura en Francia, y para el mundo entero, el más difícil de los géneros literarios: la crítica de arte. Ya habrán pensado ustedes que hablo de Charles Baudelaire, el mejor testigo de la obra plástica de su tiempo (...)" Poco después, en otro artículo, agrega: "Vidente del arte moderno y maestro de la crítica de arte, Baudelaire reclamaba incesantemente, en 1859, la aplicación de la imaginación y la introducción de la poesía en todas las funciones del arte". Exacto. Ese es el punto de convergencia y de simpatía, de entendimiento entre Villaurrutia y su lejano maestro. En un artículo titulado Pintura sin mancha, el poeta demuestra y destaca los vínculos analógicos existentes entre la poesía y la pintura, las sutiles afinidades estéticas que, invisibles, se trazan entre un lenguaje y otro, pero, también, los menos invisibles vínculos de la forma, de la construcción que concierne a ambos lenguajes; la poesía - como ya lo sabía Mallarmé - también es una arquitectura, un objeto sobre el mundo. Veamos como lo dice Villaurrutia: "Los frutos de esta inmóvil pesca silenciosa, de esta navegación aérea o submarina del espíritu son mis poemas que no han querido ser solamente criaturas irreales, seres matemáticos o existencias musicales sino, también y sobre todo, objetos plásticos". Esa arquitectura, ese sopesar las palabras es lo que encontramos en los Nocturnos de Nostalgia de la muerte. También lo encontramos, de forma congruente, en su prosa crítica. Sin embargo, el poeta es consciente de los distintos territorios donde pisa: si la poesía y la pintura - más allá de sus propias estructuras y materiales - conectan con la transparencia de lo invisible - y con sus implícitas emociones -, el discurso crítico se encuentra supeditado al corsé de la razón: "Sería necio que yo aspirara a haceros ver lo invisible, por medio de un discurso lógico. Al artista le toca hacerlo. La lectura de un poema o la contemplación de un cuadro vivientes os darán, mejor que nada, esa consciencia de lo impensable que el razonamiento no alcanza a producir, mucho menos a entregar". El poeta, el artista, el Villaurrutia creador sale a contradecirse, sale en defensa de lo impensable y de lo invisible propios de la creación y, siempre, intocables por el bisturí de la crítica. Lo dice de manera hermosa un poco después: "Sin dejar de comprender los peligros que llevan consigo mis afirmaciones, yo pienso que el objeto de la música es hacer oír lo inaudito, expresando cuanto hay de significativo en el ruido y en el ruido que hace el silencio, y que si el fin de la poesía es hacer pensar en lo impensable, acaso el objeto de la pintura no sea otro que hacer ver lo invisible". He ahí una poética, una declaración de principios y, también, un compromiso con la acción creadora.

En un artículo sobre su amigo Agustín Lazo, Villaurrutia continúa con la analogía: "Como el poeta sus palabras, el pintor tiene sus útiles predilectos. El poeta sale a la calle y anota una frase trunca, un equívoco, un juego de palabras, un fragmento de letrero que es casi un poema: Alto quintos ruedan vuelan. Lazo alarga los sentidos y roba un par de manos, un trozo de piso, una cortina, un niño. Luego, en su taller, con ayuda de todo esto, inventa un cuadro". En esas líneas Villaurrutia esboza la poética de la modernidad que es la del fragmento, donde se impone la metonimia, la sinécdoque, el descuartizamiento de lo real para erigir, acto seguido, otra realidad con los pedazos encontrados. Del cubismo al cine de Eisenstein al surrealismo, esa fue la gramática más solicitada - o más impuesta - por los artistas del siglo XX. Villaurrutia también la utiliza en su poesía al descomponer y recomponer el sentido en el prisma del lenguaje. Recordemos: "Y en el juego angustioso de un espejo frente a otro/ cae mi voz/ y mi voz que madura/ y mi voz quemadura/ y mi bosque madura/ y mi voz quema dura".

A partir de esa conciencia de modernidad es que Villaurrutia aborda la obra de Orozco y Rivera, de Agustín Lazo y Julio Ruelas, de Tamayo y María Izquierdo, de Zalce y de Manuel Álvarez Bravo, también de la pintura francesa, de las litografías de Daumier o de los retratistas del siglo XIX. No es extraño que Villaurrutia no se haya interesado en las experiencias más radicales de las vanguardias: no dice una palabra de Kandinsky y del abstraccionismo que tenía lugar en Europa desde 1910, nada acerca de los rigores puristas del neoplasticismo, o del desenfreno futurista. Como sus amigos de Contemporáneos, Villaurrutia no fue un vanguardista, fue un moderno. Fue - dentro de esa modernidad - un mesurado; tanto su poesía como su teatro y su crítica se rigieron por el control hasta en los más inequívocos destellos inventivos. Nada de saltos espectaculares en su obra: pasos firmes, conscientes del pie y del terreno en el que pisa, avanzando, siempre, entre la reflexión y la imaginación, entre esos "pulsos de mármol helado" y el "fuego lívido que corta como el grito".

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