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Benjamin Valdivia |
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Benjamin Valdivia: la huella del unicornio Alejado del ejemplo de Stendhal, quien escribió su primer novela a los 42 años, Benjamín Valdivia no se allanó tampoco al modelo extremoso de Rimbaud, quien concibió y expulsó su obra fundamental antes de la veintena. Hasta en esa condición amante del equilibrio generador, Valdivia publicó su primer libro a los 25 años: El juego del tiempo, en cuya fotografía de contraportada exhibe todavía las marcas exteriores de esa etapa juvenil (patilla larga, seguridad poderosa de la sonrisa y boinita de artista de Montmartre), si bien su escritura denota ya una de las actitudes que dominará en toda su producción posterior, tanto en verso como en prosa: la búsqueda de un rigor que ordena sin restringir la libertad del vuelo léxico y sintáctico. Y puesto que - como anota sabiamente José Lezama Lima - en poesía no es concebible la idea de acumulación experiencial, ni tampoco su correlato de madurez, pues el instante poético no es expresión agregatoria sino explosiva, resulta de sencilla constatación el hecho de que Benjamín Valdivia escribe bien desde el principio, lo mismo que hasta ahora, tanto como sencilla es la suposición de que con toda certeza seguirá haciéndolo en tal registro, pues lo suyo, sus versos, no resultan de la sistematización de los descubrimientos ni de la sobreexplotación del registro cómodo o de la novedad alcanzada: cada poema suyo, antes bien, quiere ser en sí mismo la extensión o respuesta ante el milagro de una aparición, la testificación del acto inocente de nacer, como quería también el autor de Paradiso. Hoy cumple cuarenta años, pues, Benjamín, y ya ha escrito casi de todo lo admisible en el terreno amplio de experiencia y saber a que denominamos literatura: poesía, novela, cuento, historia de las ideas y los movimientos culturales, teatro infantil y aforismos (aunque también filosofía, aunque también miradas sobre el arte plástico o fotográfico). En todos esos registros, la suma de sus libros publicados rebasa ya la decena (los escritos y guardados en el cajón rondan una cantidad similar) y el hambre, o la sed, el abandono lúcido al arrastre de la escritura, parecen no cesar ("los mismos asombros del principio / aguardan en mis ojos", dice en algún lugar). Y no es que acuda al dudoso valor de la estadística para ponderar las exploraciones valdiviescas. Sus libros valen no por ser muchos (son otros, entre nosotros, los que se envanecen de las cifras), sino por ser esclarecedores, rigurosos y provocadores si de ensayo se trata; limpios y penetrantes y entregados a lo que llamo "la música de la concisión", si a sus poemas nos referimos. Si me pusieran en el trance de tener que elegir uno de ellos como mi preferido (y resulta claro que no estoy ni estamos obligados a hacerlo), apostaría a la trampa y llevaría dos: Paseante solitario (título que, aunque sencillo, proviene, otra vez, de Lezama Lima) y su Breviario del unicornio. El uno por el anclaje nunca limitativo que sus poemas experimentan sobre ese signo al que llamamos Guanajuato; y el otro por la erudición aérea, la calidad suscitadora de sus atisbos, por su deliciosa inscripción en la tercera etapa de "El curso délfico" que imaginó el multicitado autor cubano, tanto como por la cuidada contención de sus esbozos imaginativos sobre el animal mágico y espiritual, cuyo tratamiento merecería la aprobación común de Arreola, Borges y Sir James George Frazer. Lo que cree y quiere Benjamín Valdivia lo ha descrito de manera inmejorable en su "Credo" (La luz colérica UNAM, 1998):
Yo creo en el amor matrimonial de los cisnes
perfectos, Por la peculiaridad de su voz de poeta, por la agudeza punzante de sus juicios, por su disciplina ejemplar que alienta también en la charla callejera, en la sugerencia de una lectura (comprometiendo a veces los propios ejemplares de su biblioteca), Benjamín Valdivia es nuestro Alfonso Reyes o nuestro José Emilio Pacheco, con la ventaja de que no carga para serlo con ninguna aura pesada que lo lastre o le fije algún distanciamiento. Aparte de todo eso, le debemos la invención de algunas palabras: noctifer, copala, inciensa, y algunos descubrimientos sonoros como el de un verso así: "Vago por las vacías vastedades volátiles". Y hoy festejamos sus primeras cuatro décadas. |