Clique aqui para conhecer o maior sítio de poesia da WWW! Quase 3000 poetas!

banda

hispânica

Banda Hispânica (collage, Floriano Martins)

Octavio Paz

Collage, Floriano Martins

 

Octavio Paz: conjunción y disyunción
(Notas del diario de un diálogo)

Jorge Rodríguez Padrón

Ordeno fragmentos de un tiempo: más de veinte años. Con ellos, reconstruyo mi trayectoria por un espacio: profunda vastedad del territorio poético; creación y crítica; escritura mirándose a sí misma, creciendo en la desconfianza o en la resistencia. Pero ¿hasta dónde? Por eso, mi itinerario desea ser diálogo. No preguntas que aguarden respuesta; encuentro y aproximación sucesiva, para establecer una corriente de recíproco reconocimiento. Lectura como iluminación; pero también como perplejidad, frente a lo leído y frente a quien se arriesga por los entresijos de la escritura. Proximidad del entusiasmo; distancia de la reflexión, ante una obra que solicita una actitud comulgante. ¿Cómo se ve quien en ella se contempla? ¿Qué respuesta debe dar a sus repetidas sugerencias? Conjunción y disyunción: movimiento alternativo para una trayectoria compartida, y que la enriquece, que le da sentido.

Hacia 1969

Se han atenuado los asombros de años atrás. Sin embargo, el recelo persiste. Por tercera vez en el siglo, la aventura atlántica proponía una nueva fundación ante el roquedal de nuestra autosuficiencia. Pero nos empeñamos en oir una sola voz: los acentos marcan la diferencia y la diferencia inquieta demasiado. Sucedía con la narrativa. Para la poesía, el olvido o un desconocimiento prácticamente total. Y en ese año, un libro amarillo y negro trae - en la contraportada - el rostro de su autor tallado a contraluz, dentro de un círculo: casi una máscara de piedra; solidez mineral entre negra vegetación. En el interior discurren (¿giran?) signos, trazos en la página áspera, trayectorias por el cuerpo del lenguaje. Yendo y viniendo, o hacia la tradición o hacia la aventura. No descubro entonces a un nuevo autor, tampoco leo aquellos signos como una nueva forma poética. Escucho otra voz, lejana y próxima a un tiempo. En ella me reconozco y a través de ella puedo ir, y alcanzo a ver, un poco más allá. Surge del otro lado de mi idioma e impide que las palabras petrifiquen: dichas con pasión, dispuestas con rigurosa clarividencia. Voz que remueve el poso quieto de nuestra lengua común; relación inédita entre el poeta y el instrumental prodigioso: no un servidor de las palabras; ellas son su propia existencia.

Con ésta, rememoraba yo voces no muy lejanas, despeñándose desde las escarpaduras andinas o corriendo en torrenteras - viento y agua - por el vértigo de Temuco. Sin embargo, la vitalidad era otra; la agitación, intelectual. Vencida por la enfermedad y la muerte la enjuta negrura de nervio y hueso, dilapidada por el uso la desbordada opulencia carnal, un rastro de palabras surgía en el vacío (silencio) blanco, para resplandecer insólito. Este poeta mexicano, cincelado en piedra, convivía tenaz con la tradición más próxima o más remota, en apasionada disyuntiva (¿Aguila o sol?); pero se atrevía, igualmente, al contraste con otras tradiciones, con otros ritmos (Ladera este). Voz que refutaba la seguridad de la tradición sin negarla. Escritura como experiencia de diálogo, con el mundo y con la palabra misma ("El escritor es una voz disidente, crítica"). Disidencia, no mera oposición; camino que penetra reflexivamente en la forma. Poesía como "regreso (...) a una vanguardia silenciosa, secreta, desengañada (...) crítica de si misma y en rebelión solitaria contra la academia en que se había convertido la primera vanguardia".

Desde el modernismo, el escritor hispanoamericano, se ha reconocido cosmopolita, y nos enseña a serlo. Un cosmopolitismo que supera la idea de desarraigo, para entender la poesía como voz unánime: tradiciones diversas, tiempos y espacios diferentes confluyendo en un espacio y un tiempo originales: mundo mítico del comienzo; universo del poema. Octavio Paz lo afronta desde una repetida resistencia. Gozar por pasión el objeto artístico; observarlo desde una distancia que es perspectiva crítica sobre la propia operación creadora. Síntesis fundacional, verdadera fiesta de los sentidos. La escritura - abundancia generadora de un erótico dinamismo - discurre como cuerpo ofrecido a la posesión y posesor él también. Convergencia del verbo contenido y tenso de Octavio Paz con el desbordamiento sensorial, insondable hermetismo, de Lezama Lima: los dos, comienzo. La escritura deja de ser una teoría de signos ofrecida a la interpretación, para configurarse como experiencia hecha voz; voz que - en el espacio atlántico - yo reconocía en mi insularidad original, comulgaba con ella. Convergencia y confluencia del mundo en la isla; dispersión y divergencia del horizonte - desde la isla también - en la vida, en el lenguaje.

Cercados por la presión moral y social de nuestra literatura, o víctimas del frío optimismo que la algarabía estructuralista impuso a la crítica, pocos supieron oir, en España, aquella palabra cuyo hemisferio inconsciente (fónico y gestual, rítmico o mágico) convivía, en agitado diálogo, con su otra mitad (reflexión sobre la forma del lenguaje, sobre el cuerpo del poema). Octavio Paz asume la tradición esencial de la poesía; analogía e ironía actuaban allí simultáneamente, y todo podía ser lo deseado, si bien cualquier hallazgo debía ser contradicho por aquel mismo deseo: un ejercicio fronterizo, resistente al agotamiento y abierto al abismo de lo posible. El poeta desvelaba así otro interrogante inédito en la escritura poética española: la necesaria tensión entre lo espacial y lo temporal dentro del poema. Antonio Machado proporcionó un fetiche (poesía "palavra en el tiempo") y sus seguidores lo redejeron todo a discurso: eclipse de la transparencia. El poema, para Octavio Paz, era intensidad del instante: tiempo de la revelación portentosa; pero de una revelación, también, fugaz. En su derrota estaba su victoria. Mallarmeanamente, sonido y silencio, palabra y vacío, establecen una relación rítmica primordial, y el texto deslumbra en la precisa unidad de su espacio, su cuerpo; fragmentado o ramificado en la elevación interior de su sentido ("El espacio fluye, engendra un texto, lo disipa, transcurre como si fuera tiempo"). Verticalidad que desvela las relaciones e implicaciones internas del lenguaje como experiencia (la voz se acerca, dialogante, a aquella otra, en Temperley, Buenos Aires; como antes merodeó la cálida humedad de Trocadero, La Habana); verticalidad que es, al propio tempo, circularidad o sinusoide. "Piedra de sol", el poema central. Círculo del calendario azteca, representación de su único tiempo que engloba todos los tiempos; medida y transcurso, pero también imagen y estatismo; solemnidad de una teoría de signos religiosos y burla de la figura central, enseñando irreverente su lengua.

Ritmos sucesivos y concéntricos de la espiral de signos: pozo de verticalidad esencial donde se contemplan voces y tradiciones (barroco español y surrealismo, simultaneísmo de Pound y cenizosa religiosidad de Eliot: retórica del Occidente, desnudez del Oriente): "escritura de fuego sobre jade, / grieta en la roca, reina de serpientes, / columna de vapor, fuente en la peña, / circo lunar, peñasco de las águilas, / grano de anís, espina diminuta / y mortal que da penas inmortales, / pastora de los valles submarinos / y guardiana del valle de los muertos, / liana que cuelga del cantil del vértigo, / enredadera, planta venenosa, / flor de resurrección, uva de vida,..." ¿Habla de la piedra indígena o habla de la poesía?

Circa 1975

Tras la lectura del poeta, la dimensión de las propuestas del escritor; exploración entusiasta por sus siempre inéditas e imprevistas revelaciones. Sorpresa: el entusiasmo no cegaba la reflexión, la volvía más luminosa. Necesario reflejo (doble) de la escritura poética, la aventura crítica emprendida al unísono por Octavio Paz. Razones de una identidad histórica perdida en el laberinto de soledad, raíces de la tradición literaria o nexos con la modernidad (El arco y la lira o Cuadrivio); interrogación ante un tiempo conflictivo (Postdata), diálogos con las diversas estéticas de las que se reronoce tributario o hacia las que se siente atraído (Claude Levi Strauss o el nuevo festín de Esopo, Marcel Duchamp o el castillo de la pureza...). Y siempre una actitud perpleja - poética, en el más puro sentido - para resolver todo eso en escritura. El lenguaje ("actividad vital más que ejercicio de expresión") es uno, y - poético o crítico - la misma belleza e idéntica eficacia lo animan.

Debate que también yo planteaba dentro de mi generación: resistirnos a la trampa maniquea de la ideología para abandonar la soledad acorralada en que nos debatíamos. Para que la pasión fuera eficaz tenía que ser lúcida, como (víctima de idéntica celada) descubriera el propio Octavio Paz en el libérrimo territorio del surrealismo. Leer lo sabido aplicándole el contraste de una experiencia periférica y excéntrica, y las ideas lucían sin la almidonada reverencia de la costumbre; se volvía transparente (y dinámica) toda máscara (y parálisis) de la verdad. Resultado primero de mis perplejidades, y de mi voluntad de diálogo ante los reclamos de aquella voz, mi estudio sobre Octavio Paz quiso eludir fáciles ditirambos, se originaba en paralela curiosidad inquiridora, crecía con el mismo desasosiego que generabam sus propuestas poéticas y críticas: manifestación de un examen de conciencia que prescindía de los contrarios excluyentes y prefería la mirada conciliadora de los opuestos. Así definió el escritor mexicano la incertidumbre de un mestizaje no sólo racial, integrando en su pensamiento la visión del mundo colonial: no su negación, el diálogo abierto (crítico, donde fuera menester) con aquel otro que era él mismo, y con él mismo reflejado en la imagen de ese otro. Dejar ao descubierto, aun con sus limitaciones y miserias, la identidad individual de cada uno de nuestros rostros, nos revelaba quiénes éramos en realidad.

Redactado a lo largo de 1975, mi estudio mostraba, sobre la explicación de la obra, mi posición ante ella. El principio de la transición democrática española me había obligado a establecer un espacio de silencio y reflexión ante los diversos frentes que entonces se abrían a mi actividad intelectual. No servía mi lenguaje, agotado por el compromiso moral; mi discurso poético se hallaba muy lejos de la torpe reducción provinciana en que desembocaba el Estado de las autonomías; mi independencia, a la que tampoco renuncié, no iba a ser recompensada. ¿Sobre qué materia habría de versar mi trabajo y - de modo especial - qué lenguaje necesitaban a partir de ese momento? La lectura de Octavio Paz me descubrió mi propia perspectiva (también periférica, también plural) dentro del discurso crítico de la literatura española. Como insular atlántico me hallaba a la distancia óptima para sumir la lengua como incertidumbre y para abordarla sin la reverencia negadora del riesgo que toda propuesta, si es de verdad crítica, debe correr. Y para entender, libre de prejuicios, esa voz que, desde el otro lado del idioma, me hablaba con idéntica resonancia, pero con inusitado vigor. El final de mi trabalho resultó ser también su principio: nuevos caminos - ya no exclusivamente poéticos - se ofrecián a mi exploración, y por ello mi discurso se interrumpe en el umbral de un trayecto verbal y visual: el camino de Galta, una nueva perplejidad. Invitación a "recorrerlo de nuevo (inventarlo a medida que lo recorro) y sin darme cuenta, casi insensiblemente, ir hasta el fin [...] al comenzar la caminata, tampoco sabía adónde ni me preocupaba saberlo".

Entre 1979 y 1990

Quedó en suspenso, digo. Pero - sin saberlo - yo comenzaba idéntico itinerario: retorno cauteloso a la escritura, cerrado aquela paréntesis de silencio. Vuelta y Pasado en claro, títulos que señalaban la dirección: memoria del principio vinculada a un discurrir ya cumplido; regreso por la experiencia, no su abolición, no su abolición. Lugares fundados por la huella de un tiempo no histórico; condición única de la palabra que los dice. De nuevo, el centro de un poema circular, "Nocturno de San Ildefonso", piedra de México también, pero en la gravidez de la historia. Si antes, en la espiral azteca, la palabra contenía la definición; ahora, la palabra es la estructura concéntrica que se anda y desanda alternativamente: interrogación en las volutas del barroco. Allá, el so, presencia replandeciente; aquí, un laberinto que se recorrer desde la noche hasta el clarear del día. Mi nuevo acercamiento (en 1983, aunque nunca llegara a editarse) se completó con la otra lectura de Octavio Paz. El ogro filantrópico, Tiempo nublado y Sor Juana Inés de la Cruz o las trampas de la fe: concurrencia de los dos principios; pasión cosmopolita, entusiasmo fundacional; lo poético y lo político implicándose recíprocamente. Pugna por revelar la identidad; signos en rotación que, en su movimiento, se contemplan e interrogan, dispersándose en el asombro; que, quietos, se reúnen e identifican en el instante supremo de la entrega.

Constelación que refleja el territorio poético de Hispanoamérica, más acá de las lindes establecidas por los fundadores. Animado por la apuesta paciana, abrí una puerta lateral para que (desbordada aquella tesitura) fluyera un río de voces hasta entonces represado: cauce del recelo por donde crecía la nueva tradición. Mi diálogo se diversificó, pero fue benéfico. Disyunción primera: desde aquel otro lado del idioma venían voces sin la tonalidad monocorde de la interrogación. Superada la perplejidad, las oía más libres: desnuda verticalidad de Roberto Juarroz o exploración numinosa de Gonzalo Rojas; diseminación de tiempo e imágenes en Javier Sologuren o atrevida verba, remedo irónico de los clásicos, en Carlos Germán Belli. Blanca Varela abriendo la angustia al asombro contenido de la palabra; Juan Gelman, sofocando toda reverencia en el balbuceo sísmico de sus versos; José Kozer aplicando al fervor sensual de una palabra desbordada una serenidad contemplativa o una doblez conceptual... De nuevo me sorprende el mismo principio de años atrás: la entrada del sendero de Galta, indicando el camino de mi propia experiencia. Recorrí la magia del jardín de Cambridge; me atreví a reproducir el maravilloso salto de Hanuman (acción que se cumple anulándose; desafío a la realidad, desafío al lenguaje) y - detenido en ese instante - sembré, en la inquietud de su imagem perfecta, una agitación interior en donde me reconocí y me reconcilié conmigo mismo, en la mitad del caminho de mi vida. Radicalidad del oficio de escribir, en tanto que deudora de una imprescindible conversión.

A la salida del sendero ("transparencia universal: en esto ver aquello"), mi lectura no se interrumpió, pero ya no pudo ser la misma. Hablaban allí, también, las nuevas voces; procedía multiplicar la perspectiva. Exigencia de aquello que - en mi diálogo con Octavio Paz - más me ha importado: la escritura como generadora de su propia crítica ("El escritor siempre escribe frente a algo"). ¿Era así ahora? Nueva disyunción: en esto ya no se elcanzaba a ver aquello: petrificación del discurso, renuncia a la transgresión. Ni subversión del lenguaje ni disidencia ante la realidad: prevalencia de un discurso político y claudicación ante la actividad pública. En Puertas al campo se advertía: "Lo que me inquieta es que hoy ya no es necesario esperar a que los artistas mueran: se les embalsama en vida. El peligro se llama éxito (...) Los artistas se han vuelto osos de feria, espantapájaros. Y las obras: monstruos de plástico, recortados, empacados, rotulados (...) cuya factura obedece a una concepción servil de la rebelión". Contundencia de la verdad. ¿No se apaga, en Arbol adentro, la transparencia del lenguaje poético; no es víctima de sus propios hallazgos? ¿Y nos se halla mediatizada la otra voz por una estrecha servidumbre a la complacencia: decir sólo aquello que se espera del autor?

Disyunción, también, porque se ha relajado la tensión conjuntiva entre poesía y crítica. El escritor reivindica la primera como oficio exclusivo, como destino (en 1986: "la poesía ha sido para mí no solo un oficio cotidiano y una invencible afición sino un vicio, un destinoy, en fin, un culto, una religión íntima"). Y el poema insiste en enumeraciones recurrentes, prefiere el tono sentencioso, las imágenes hechas, vaciadas por el uso, aun en su impecable corrección. Anulada toda sorpresa, el discurso poético pierde el acicate de su capacidad reveladora. Ni el lenguaje es un espacio conflictivo, ni la realización del poema resuelve especiales problemas. La crítica, desmembrada de la poesía, soslaya toda indagación reflexiva sobre ésta última, y sobre los hechos culturales que antes la implicaban. Acaso alumbramientos parciales; pero no inpiden que las propuestas se atasquen en el pozo cegado de la historia. Se opta por la simple linealidad diacrónica de los sucesos; no se da pie a la imprescindible exploración ulterior que podría animarlos. Al atenuarse toda disidencia o resistencia, no se superan los límites establecidos en las luminosas indagaciones ya conocidas.

Al final de mi itinerario, se dibuja la curva sinuosa de un interrogante. Mi identidad con su principio genera fidelidad hacia esta voz que me nombra; mi fidelidad, sin embargo, me obliga a preguntarme por la razón de esta adormecida tibieza. No se sienbran nuevos signos perturbadores: la voz, de pronto, ha dejado de oírse: ella misma es su máscara. El poeta avanza. Su rostro amable muestra satisfacción. En torno suyo, gentes que le rinden homenaje. Y así debe ser. Hora de los parabienes, a los que me sumo con regocijo. Sin embargo, el homenaje no debe ser un obstáculo más entre los obstáculos del éxito: habría que dibujar el principio de otro camino que cruce - inquietante - el cuerpo ahora complacido del lenguaje, que lo sacuda de nuevo y que lo despierte. Su destino (¿dónde?) será su sentido.

retorno ao portal da banda hispânica