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hispânica

Banda Hispânica (collage, Floriano Martins)

Jorge Fernández Granados

Ciudad de México, 1965. Poeta. Ha publicado La música de las esferas (Castillo, 1990), El arcángel ebrio (UNAM, 1992) Resurrección (Aldus, 1995), El cristal (Era, 2000) y Los hábitos de la ceniza (Joaquín Mortiz, 2000); así como el volumen de cuentos El cartógrafo (CNCA, 1996). Fue becario del Centro Mexicano de Escritores (1988-89) y del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes (1992-93 y 1997-98). En 1995 obtuvo el premio internacional de poesía Jaime Sabines y en 2000 el Nacional de Poesía Aguascalientes.

Collage, Floriano Martins

 

Em defesa da poesia

1. Quais as tuas afinidades estéticas com outros poetas hispano-americanos?

Incontables, seguramente. Además han variado a lo largo de los cinco libros que he publicado. Las que reconozco en este momento, sin embargo, son las de José Lezama Lima, Gonzalo Rojas, José Ángel Valente y Antonio Gamoneda.

2. Quais contribuições essenciais existem na poesia que se faz em teu país que deveriam ter repercussão e reconhecimento internacionais?

Cierto reconocimiento no creo que le falte a la poesía de México, aunque hay algunos poetas del siglo XX que bien valdría la pena conocer más ampliamente, además de Octavio Paz y Jaime Sabines, como por ejemplo los del grupo Contemporáneos, en especial José Gorostiza, o a Rubén Bonifaz Nuño, Francisco Cervantes, Gerardo Deniz o José Carlos Becerra. Creo que la poesía de México se caracteriza por su sutileza y su rigor. No es una poesía de visibles revueltas pero sí de cifradas y finas rebeliones. Hay en ella tal vez un pródigo cruce de caminos (lo europeo, lo indígena, lo latinoamericano, lo norteamericano) que le otorgan la particular riqueza y complejidad que la hace muy digna de conocerse. Diría que, en el contexto hispanoamericano, la de México es una poesía que medita.

3. O que impede a existência de relações mais estreitas entre os diversos países que conformam a América Hispânica?

La distancia, en primer lugar. América Latina es una suma de grandes regiones unidas por la lengua pero separadas por muchos kilómetros. A este respecto creo que las nuevas tecnologías de la comunicación están cambiando hasta cierto punto la situación. El otro factor es el idioma. Aunque el español y el portugués tienen más afinidades que diferencias, es una barrera sobre todo en el campo de la literatura, donde las palabras, como objetos físicos y fonéticos, son de extrema importancia.

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Collage, Floriano Martins

 

Poemas

 

Jaguar

Mitra. Su amartillada garra tiene un costado seducido por la elegancia de la muerte. El fondo de sus ojos es un ascua y en él se demora el aviso de otra ley: para que algo sea creado, algo debe ser destruido. Todo lo que nace mata. Ordena alumbramientos su emboscada ira, su total simiente predadora. El metal de su mandato brilla en las dos pupilas que miran en la transparencia de la mica los propios colmillos de su boca. Oficia, con un salto, el eslabón entre lo que emerge y lo que desaparece. Afina el dibujo de venideras faunas con la chispa del olfato. La travesía de una zarpa que edifica enrarecidos orbes con esa súbita sangre que gotea sobre la piedra.

Hipodeugon

El plenilunio en las hojas del tamarindo cabizbajea el ánimo arrumacoso del hipodeugon. Una engominada lengua le complica la masticación (músculo pez naranja) hasta los confines del tedio. No come, sólo pasea guijarros en la boca. Se admite su pertenencia a alguna protoespecie alada, o por lo menos en posesión de membranas dactilares que fueron capaces del salto o del planeo. Su gran caparazón demora las doraduras del solsticio a manera de un erradizo peñasco. Merodea los alpistes de la luz -que no come otra cosa- y recolecta claridades cuando la dialidad empina la solana a plomo. A caballo entre los reinos del árbol y del paquidermo, su pesada osamenta fue alguna vez omnívora. Hoy, sintetiza luz y bebe agua de los cenotes tranquilos. Vive por ello de día un siglodeoro de retozado lustre, pero a la noche espesa y malhumorea y enmigraña. Tiene algo de nao bocarriba el hipodeugon, hierático, majestuosamente horizontado, con la espaciosa fornitura del oso. Su sangre atomiza el tiempo y exaspera toda prisa cuando da nueve pasos a lo largo de una mañana, rectos y bélicos, pastor del trote horal del arcoiris. El ojal de sus párpados es breve, hipnotizado, como guión incidental de un pensamiento fino.

Escarabajo

Ni idea de qué lo trae, con su botez que arrastra un lingote verdinegro demasiado espeluznante para el vuelo. La lluvia esponja su aplomo expedicionario o puede que ronque el huracán en sus antenas, hoy que divaga de la selva a la terraza con la fiesta de su cuerno. Una trizadura a medianoche en el plafón nos sobresalta. Hélitros. Respirada esmeralda sobre su lomo colora el neón con desajustes, rehilete de aletazos, tortura -juzga el bicho- con saltos y gritos de mala navegación, de amurallado estrellamiento. Corpulencia de cuervo y hábitos de mosco ajunta este blindaje unicornado decidido a patalear por sus arboladuras, por sus guaridas vegetales. Ya con la noche a sorbos, lo miramos pesar en una mesa su corpacho vuelto. Maravilla. Rinoceronte escarabajo que, como el albatros, es gigante de los cielos pero poco vuela en este reino bajo techo. Su brazo de agonía va hilvanando los asombros en un corro, hasta que los funerales tienen tibia la cerveza.

Lagarto

Camina como un dragón caído que fue despojado del fuego y de las alas. Sobreviviente de una raza de gigantes, hoy luce el agazapado apetito de la demora, el lento, hastiado zigzaguear de un pesimista. Es una piedra en el centro del desierto. Hay otro tiempo detrás de sus ojos (ágata). Sólo parece esperar la noche de un interminable crepúsculo. Su sangre necesita al sol para recordar que vive. No conoce la tibieza ni la piedad. El mundo que aún habita derrocó su dinastía y él aborrece a este enfriado planeta como se aborrecen dos viejos y silenciosos enemigos. Aseguran que su carne, a pesar de todo, es curativa. En el mediodía del mundo, sus rascacielos huesos fueron la formidable forma de la fuerza. Hoy son pequeños y casi están extintos. Ya no lanzan fuego: de su hocico asoma sólo una tensa lengua roja que tiene menos del dragón que de la salamandra; pero sus pupilas aún conservan el brillo prehistórico del ámbar, y parecen mirarnos desde el fin del mundo.

Piraustas

Mariposas blancas que viven en el fuego. Quienes las han visto encienden a altas horas de la noche una fogata y esperan su llegada con paciencia venatoria. Contemplan las lenguas espirales de la invocación. No siempre aparece, justo en medio de la hoguera, el diminuto planeo de una pareja. Quienes las custodian suelen tener un irisado, intermitente resplandor en los ojos y no es extraño que la temperatura de sus cuerpos se eleve un poco durante el día. El insomnio suele visitarlos. Suficiente no se asienta de las piraustas. Acaso la combustión las aviva, acaso las inventa. Sugiere el corazón que se trata de pensamientos recónditos del fuego. Vibraciones, avisos, tatuajes de la lumbre en el pecho de la oscuridad o recuerdos despertados por el crepitar de una llama. Sus delgadas alas blancas, por el contrario, hacen pensar en la caída de las hojas o en la escarcha de una nevada que la gravedad ya no somete (copos de entonces, nieve de un antes). De cualquier forma, los escasos cultivadores de esta especie están de acuerdo en que se trata de tímidos fantasmas enamorados de la lumbre. Sólo en el fuego respiran, sólo para el fuego viven, y cuando la llama se extingue las piraustas también mueren.

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