| Aurelio Arturo: poeta del paraíso
perdido
María Mercedes
Carranza
Quienes lo conocieron, sus amigos como Rafael Maya, Álvaro Mutis,
Fernando Charry Lara y Mario Rivero, hablan de alguien "muy parco en su
conversación, casi monosilábico", tímido, de hablar "apagado y
monótono" y con un "aire vago de dandysmo de Harvard de los años veinte",
que su corbatín -"siempre en el clásico estampado paysley"- y sus
trajes se empeñaban en señalar.
Así era la persona de Aurelio Arturo, un poeta del todo
desconocido por el público dentro y fuera de Colombia, que ha gozado, sin embargo, de un
buen prestigio entre los escritores e intelectuales del país desde hace varias décadas y
hoy es uno de los más respetados entre las nuevas generaciones de poetas y cuya
influencia sobre algunos de los más jóvenes es notoria.
Sus datos biográficos son escuetos: nació en 1906 en La
Unión, pequeño pueblo de Nariño; se trasladó de joven a Bogotá, donde vivió toda su
vida. Estudió derecho, fue magistrado de los tribunales superiores Militar y del Trabajo;
se vinculó a la embajada de Estados Unidos como traductor; murió en Bogotá en 1974.
Obra y vida parcas
Su trayectoria dentro de la poesía colombiana es bien singular,
pues su obra no tiene vínculo con ninguno de los grupos generacionales del momento. Más
bien aparece como puente entre la generación de 'Los Nuevos' y la de 'Piedra y Cielo',
sin tener ninguna característica de la una o de la otra. Tampoco está en sintonía con
las corrientes vanguardistas del momento en América Latina. Además, su obra es sumamente
breve, pues en el lapso de 33 años publica tan solo 31 poemas, los cuales constituyen su
obra canónica, ordenada y autorizada por él mismo.
La vida literaria de Arturo es tan parca como su persona y su
biografía. De manera oficial comienza en 1932, cuando Rafael Maya le publica los primeros
poemas en las páginas literarias del periódico El País; en 1942 la revista de la
Universidad Nacional saca a la luz el poema Morada al sur que dará el título a su
único libro; la colección Cántico, dirigida por Jaime Ibáñez, publica un
cuadernillo con 13 poemas en 1945.
En 1936 recibe el 'Premio Nacional de Poesía Guillermo
Valencia' por su libro Morada al sur, gracias a lo cual por fin se publica. En
1977, el Instituto Colombiano de Cultura edita el libro Obra e imagen, preparado
por Arturo antes de morir, el cual lleva 31 poemas y que se considera como su obra
completa.
Treinta y un poemas, de los cuales 14 componen el libro maestro
de Arturo, Morada al sur. Y digo maestro porque, en verdad, es una obra de calidad
que, además, abre nuevos derroteros para la poesía que se escribe después. Según es
fácil establecer, ese conjunto de poemas fue escrito en épocas muy diferentes: 1931,
1934, 1942 y 1960.
Sin embargo, Morada al sur tiene una unidad temática y
estilística que los críticos, como Danilo Cruz Vélez, han dividido en dos ciclos: uno
dedicado a la infancia y otro amoroso. Aunque ambos ciclos no se excluyen entre sí, el
que recrea la infancia es el determinante.
Para Arturo, esta es el paraíso perdido que, metafóricamente,
se encuentra en el sur, en su Nariño natal. Ese paraíso está encarnado de manera
rotunda en la naturaleza: todo se asimila a ella, hasta "Este verde poema, hoja por
hoja, / lo mece un viento fértil, auroeste; / este poema es un país que sueña, / nube
de luz y brisa de hojas verdes". Incluso, según lo ha observado Eduardo Camacho
Guizado, Arturo llega a naturalizar lo humano, es decir a fundir la tierra con el hombre y
con la mujer.
Contemplación serena
La naturaleza de Morada al sur es rumorosa,
"mestiza", nocturna, "de celestes follajes", vientos eternos,
"estrellas murmurantes", fragancias y "hierbas mágicas". Y la
realidad es hermosa: "es dulce la vida" y también "la vida es bella",
"la tierra es buena", el "viento fiel", el "sol generoso",
la "noche balsámica". En suma, se trata de una poesía idealizante, que remueve
esa experiencia de paraíso que todos llevamos dentro, muy adentro. Se trata también de
una contemplación serenísima del mundo circundante, como si fuera la primera mirada del
hombre hacia ese mundo, hacia los otros y hacia sí mismo.
Es una poesía que se asemeja a un soliloquio, como escrita en
duermevela. En este sentido, el poeta parece ser un niño milenario en un despertar
enigmático y medio sonámbulo, cifrando los hábitos de la noche, las hablas del agua, la
enajenación del boscaje, el rumor de la yerba. Conocimiento es recuerdo y el poeta es la
conciencia del recuerdo de un paraíso perdido.
Pareciera como si instalado en la ciudad hubiera vivido
añorante siempre de días y noches que quiere recuperar contando una historia: "te
hablo de días circuidos en los más finos árboles. Te hablo de vastas noches
alumbradas". No cabe duda de que su deuda con Saint-John Perse es considerable, sobre
todo con aquel hermoso poema Para celebrar una infancia.
Y también -quién lo creyera- hay ecos de Barba Jacob, según
lo han advertido con sagacidad Mario Rivero y Fernando Arbeláez. De ese Barba también
añorante de la infancia, de los cantos de la niñera y de paisajes evocadores. Pero en su
caso, Arturo ennoblece lo cotidiano, con palabras muy meditadas y medidas para entregar
una poesía diáfana, sin smog, musical y plácida. |