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Pablo Neruda |
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Pablo Neruda, todavía Y es que nunca fue fácil permanecer indiferente ante Neruda. Primero los inefables y tocantes "Veinte poemas y una canción desesperada" (1924), que iban a superar el millón de ejemplares, y luego su indeleble "Residencia en la tierra" (1931-1935), para muchos de nosotros su mejor libro, conmovieron legítimamente el corazón y la mente de una generación tras otra. Y los libros posteriores a su conversión política, reunidos alrededor del ambicioso "Canto general" (1950), imaginaban haber dejado atrás ese pasado de amores existencialmente angustiosos y de conmovedoras experiencias verbales para encarnar, y encarnarse, en una causa que se imaginó mesiánica y se demostró falible, si es que no fatalmente fallida. En una obra proteica y desmedida, "de inspiración tantálica" (como bien dijo Macedonio Fernández sin aludir a ella), más al estilo de Picasso que de Braque, como es la de Neruda, y aunque todo el enorme conjunto demuestre siempre una singular habilidad, una alta capacidad literaria, son algunos poemas en especial, son algunos textos, y no siempre como suele ocurrir- aquellos que el propio autor se hubiera imaginado, los que siguen resonando para nosotros, en nosotros. Porque lo que una vez se hizo verdad encendida en la carne del poema logrado sobevive, se sobrevive, aunque todas las pruebas concretas demuestren lo contrario. Por los tiempos que corren, de absoluto predominio del mercado, sería dable sospechar que el título y el criterio de esta breve selección de tan vasto universo literario podrían encubrir un objetivo primordialmente crematístico. Pero acaso lo desmienta el hecho (toda una garantía) de que esta antología fue preparada y prologada por su compatriota Jorge Edwards, el mismo que en su biografía "Adiós, Poeta..." (1990) consiguió ofrecernos, quizá precisamente por tratarse de un discípulo antípoda, de un adicto disidente, una de las visiones más humanas y menos maniqueas del personaje que, como vimos, también fue este gran poeta. Una condición que, bien se sabe, bajo su aparente grandeza no deja de arrastrar ciertas miserias. Sin embargo, "El viaje sentimental de Pablo Neruda", la introducción de Edwards a este volumen, no alcanza a satisfacernos: puede acaso resultar informativa, pero no suficiente. Personalidades humanas del calibre de Josie Bliss, Delia del Carril y aún Matilde Urrutia, por citar sólo algunas, no se agotarán nunca en el mero hecho de haber girado alguna vez en torno al resplandor de Pablo Neruda. Por el contrario, no sólo deben haber contribuido en mayor o menor medida a solventarlo sino que, con toda seguridad, tienen también su brillo propio. Como ya lo había percibido, en forma acaso inconsciente, nuestro Enrique Molina (1910-1997), al incluir en uno de sus últimos libros uno de los textos más singulares (entre poema y reflexión) de su propia obra, "De la ubicación de la mujer en la poesía de Neruda", donde la espléndida carnalidad al mismo tiempo incluso metafísica de su erotismo viene a convertirse en una de las potencias más vivificantes que nos ha dejado -sobre todo en sus mejores momentos- el lirismo de Neruda. Porque, como no podía ser de otro modo, en una obra tan vasta no (nos) reluce todo igual. Y para demostrarlo, dentro de los mismos poemas aquí seleccionados por Edwards hay textos de inolvidable esplendor, como "Farewell", o la mayoría de los "Veinte poemas", como "Tango del viudo", todavía tan demoledoramente conmovedores como en nuestra adolescencia, pero también hay otros que, sobre todo como "Barcarola", "Oda con un lamento" o "Las furias y las penas", destacándose a mi modesto entender sobre toda la producción posterior que representa la aquí reunida, a pura fuerza de verdad y belleza, con el don logrado de la lengua viva, de la carne viva del poema logrado, fulguran sin consumirse, con su propio esplendor, más allá de intenciones y de audiencias, más allá de habilidades y de anécdotas, como el logos perdura cuando se ha vuelto llama, fénix esencial de la poesía. |