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Jacobo Fijman: un ángel en el hospicio
Gabriela Bruch y
María Isabel Calo
Jacobo Fijman nació en Besarabia, Rusia, hoy Rumania, en 1898 y falleció
en 1970 en el hospicio, más precisamente en el Hospital Borda de Buenos Aires, adonde
permaneció por casi 20 años.
En 1902 viaja con sus padres a la Argentina, se instala en
Buenos Aires y luego en Río Negro. Su padre es colocador de vías de ferrocarril.
En 1907 se instala con su familia en Lobos donde cursa sus
estudios primarios y en 1917, deja a su familia y se instala en Buenos Aires donde se
gradúa como profesor de francés.
En el año 1921 se da la primera internación por problemas
mentales, pero le dan el alta después de seis meses. La segunda y definitiva internación
se da en 1942 en el Hospicio de las Mercedes (hoy Hospital Borda) en donde permanece hasta
su muerte. Durante este período escribe numerosos poemas y dibuja constantemente
El poeta y periodista Vicente Zito Lema, fue el que estuvo con
él durante su
último tiempo y es, junto con el poeta y ensayista Juan Jacobo
Bajarlía, el principal difusor de su obra, que de otro modo hubiera quedado silenciada,
ya que Fijman es un poeta olvidado hasta por sus propios compañeros de ruta.
Perteneciente a la generación del 22, se conecta con el grupo Martín Fierro y entabla
amistad con escritores y pintores de esa camada, tales como Oliverio Girondo, Pompeyo
Audivert, Leopoldo Marechal, Jorge Luis Borges, etc.
Nos dice Vicente Zito Lema, luego de más de un año de haberlo
entrevistado:
lo que más nos ha impresionado de Fijman es su humor,
corrosivo. En el sentido estricto de humor surrealista. Su autenticidad de poeta: que
trasciende hasta en los menores gestos. Que le ha determinado estas formas de vida. Estos
castigos sobre su persona. Y su bondad; más allá de los policías que lo castigaron;
más allá de los jueces que lo privaron de su libertad; más allá de los psiquiatras que
le descargaron su odio y su propia enfermedad; más allá de los que supieron de su
situación y nada hicieron, la enorme bondad de Jacobo Fijman, equilibrando tantas de
nuestras maldades, perdonándonos.
En Jacobo Fijman, la poesía es un llamado a la más honda
intimidad, a la preservación de la inocencia, a través de una música entre simbólica y
celebrante. Él se separa de sus compañeros literarios, de la generación del 22,
evadiéndose de la manía metafórica y de las combinaciones estróficas cerradas para
intentar una poesía de imágenes. Según Fijman , la imagen es la verdadera creación, es
una invención, mientras la metáfora es una mera comparación entre las cosas. La
singularidad de Fijman radica no sólo en la materia de estas imágenes, sino en la
autenticidad de su camino, según él, el más alto y más desierto.
Molino Rojo, su primer libro, que data del año
1926, es el antecedente natural, casi secreto del surrealismo argentino. Ese mismo año,
viaja a París, en donde supuestamente conoce a André Breton, quien en el año 1924,
había escrito el Primer Manifiesto Surrealista. Veamos el poema que inicia este libro: Canto
del cisne.
Demencia:
el camino más alto y más desierto.
Oficio de las máscaras absurdas; pero tan humanas.
Roncan los extravíos;
tosen las muecas
y descargan sus golpes
afónicas lamentaciones.
Semblantes inflamados;
dilatación vidriosa de los ojos
en el camino más alto y más desierto.
Se erizan los cabellos del espanto.
La mucha luz alaba su inocencia.
El patio del hospicio es como un banco
a lo largo del muro.
Cuerdas de los silencios más eternos.
Me hago la señal de la cruz a pesar de ser judío.
¿A quién llamar?
¿A quién llamar desde el camino
tan alto y tan desierto?
Se acerca Dios en pilchas de loquero,
y ahorca mi gañote
con sus enormes manos sarmentosas;
y mi canto se enrosca en el desierto.
¡Piedad!.
En Molino Rojo la música es estructurante. Así
lo comenta Fijman en una de sus conversaciones con Vicente Zito Lema: Mi poesía es
toda medida, de una manera que la acerca a lo musical. En Molino Rojo, hay una gran
influencia de la sonata de Corelli
En Hecho de Estampas, de los cantos gregorianos.
Y en Estrella de la Mañana, la medición sigue la del latín eclesiástico.
No debemos olvidar que él era violinista y que durante mucho
tiempo, se ganó la vida tocando el violín por las calles de distintas ciudades. Tocaba
para ganarse la comida del día.
La realidad del poeta, la de la desolación, la angustia, el
pavor encarnado, debe ser transformada y esta premisa es la que entre líneas nos hace
descubrir lo que en su vida Fijman ha de resolver con un gesto fundamental e irreversible,
su conversión al catolicismo. Es bautizado en 1930, en la abadía de San Benito, Buenos
Aires. El bautismo lava el espíritu, lo purifica, acepta al crucificado que con su
sacrificio, redime al mundo.
Esto se ve claramente en su segundo libro Estrella de la
Mañana, escrito en el año de su bautismo, dónde notamos la prosecución del
camino solitario que ha emprendido.
La larga dedicatoria a sus compañeros martinfierristas, parece
ser una despedida más que un homenaje.
Transcribimos los poemas VI y VII de dicho libro:
Poema VI.
Ha caído mi voz, mi última voz, que aún guarda mi nombre.
Mi voz:
Pequeña línea, pequeña canción que nos separa de las cosas.
Estamos lejos de mi voz y el mundo, vestidos de humedades blancas.
Estamos en el mundo y con los ojos en la noche.
Mi voz es fría y sucia como la piel de los muertos.
Poema VII.
Roe mi frente dura
el lobo de la media noche.
Una escondida estrella arrima su sosiego.
Entre todos los soles ya se me canta aceite de júbilos.
Siento en mis manos venir la estrella de la mañana.
Entre el primer y segundo libro, Fijman colabora con el diario
Crítica de donde es echado por Natalio Botana, en 1927 y hay otro viaje a Europa.
En el año 1931, publica su poemario Estrella de la
Mañana, cuyos poemas bordean el misterio del alumbramiento. El cisne se ha
convertido en cordero de Dios. El canto es un canto de alabanza, no exento de dolor,
soledad y muerte.
Poema XXXI.
En mi gemido
conté mi soledad envejecida; conté todas las noches de mis días.
Mis huesos cantan el misterio del mundo.
El agua perturbada de mi reposo.
Me veo en mi gemido según pavores de inocencia.
Paz, paz:
oído de mis palabras.
El ruego alcanza oído a mis palabras
carne sanada;
y hay espanto de luz en nuestras manos.
Diez años después de la publicación de este libro, como
ya dijimos, se produce la internación definitiva. Se puede entrever el conflicto que la
presencia de este loco de bondad, de este auténtico poeta provocó en los círculos
literarios. Hipocresía anidada no sólo en estos círculos, sino también en la sociedad
toda que arrojó a este hombre, a este poeta doliente en la magnitud del esplendor
poético , a un lugar de marginalidad avergonzante.
En el hospicio seguirá desarrollando su poesía, completando su
expresión artística a través del dibujo, dibujando sobre cualquier papel, servilletas y
cartones .
Jacobo Fijman supo transmitir un profundo y estremecedor mensaje
de dolor.
Cuando murió, en la morgue del hospicio, le ataron en el dedo
del pie una cartulina con su nombre y un número.
Sólo eso.
La mucha luz alaba su inocencia. |