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hispânica

Banda Hispânica (collage, Floriano Martins)

Emilio Adolfo Westphalen

Collage, Floriano Martins

 

El pájaro parado (leyendo a Emilio Adolfo Westphalen)
(Fragmentos)

Jorge Rodríguez Padrón

1

El poeta adelanta su delgadez de eremita curtido en el ayuno y el esfuerzo, ajeno a cuantos lo rodean; casi no se mueve al andar, discurre hacia dentro. En su vertical transparencia, se derrama la mirada - savia - hacia la raíz que lo exalta. Y avanza, concentrado en un punto invisible que está fuera, pero que es también interior: su rostro, de sacerdote egipcio, surcado por grietas de ríos de tiempo; sus ojos, huevos de obsidiana, son piedras o escarabajos negros, encendidos en el resplandor de un ansia que no podemos adivinar. Nada más tomar asiente ante la audiencia expectante, su cuerpo se contrae, se pliega sobre sí mismo, en un gesto ceremonioso, necesario: aislarse, como asceta o místico, en su oquedad o su noche.

Otros hablan; él mira perdido, parece mirar perdido en su soledad inmutable. En ella habita desde siempre; desde ella surge, de pronto, el asombro con que palpa, comi ciego, el libro; y lo toma para sí. Acerca el rostro - sagrado temor - a la luz de la página, como si no fuera suya; como si fuera la primera página, o la única. Recibe su aliento oblea de pan ácimo en la ofrenda, y le transmite el suyo, adelantando apenas los labios, en actitud de balbuceo permanente, para que el espíritu de la palabra se deslice - milagroso - por las comisuras, o acaso por el pliegue central del belfo, y silbe, sibile (dijo Gonzalo Rojas) como sibila o serpeinte, en el sinusoide de un enigma. ¿Es el resplandor de la palabra escrita quien le presta vida a la voz; o es ésta, su justa tesitura, la que anima lo en el libro escrito? ¿Oímos al poeta o al lenguaje?

***

Venia yo de la lectura, de mi trato fervoroso con las palabras del poeta. Venía yo de admirar la sugestiva frondosidad de aquel jardín con senderos que se bifurcan, pero construido en otro abismo; no de libros o palabras, de aire, sin apenas rozar evidencia alguna, para no quedar prendido entre las formas de aquí abajo, zarzales de palabrería. A medida que cumplía la ascensión (sueño) quedaba yo detenido; no éxtasis, mi esfuerxo se revelaba inútil a causa de mi temor a quedar desguarnecido, a no comprender. Otro debía ser el camino, pero mi torpeza era mi ceguera. La luz vino con la voz; mejor, con lo adivinado tras la voz, tras el eco del silencio posterior. En ese preciso momento (impulso, instante) de su lectura, se abrió el sentido, fue útil la enseñanza del ritual: leer como convivir, como experiencia compartida, en una agitada respiración que, poco a poco, se iba agotando. La palabra como la vida; en la palabra, la vida ("La poesía reclama nada menos que la vida", Roberto Juarroz, Poesía et Réalité). Hube de apresurarme al retorno (la lectura) desde el sonido, desde la prolongación sugerente del sonido en su vacío; que no era algo quedo (inmóvil o casi sin voz) sino explosión - expansión - de un lugar orientado hacia sucesivos y simultáneos lugares que ya no son el mundo, pues "visto desde las mil ventanas de lo imaginado, el mundo es mudable" (Gaston Bachelard, La poética del espacio).

Preciso fue discurrir (lectura, pensamiento, escritura) por la trama oculta que el poeta culmina, ese itinerario suyo hacia el hueco luminoso del cual la página (el poema) es umbral o frontera. Nada pudo ser explicado, sin embargo. Los versos - bien lo sabía Rilke - no son sentimientos, sino experiencias; para ser conocidos, han de ser vividos. De nada valen otras palabras que pretendan remendarlos; en el envite, sólo podemos ofrecer otra experiencia, otra vida: una nueva escritura queriendo ser ella misma, al margen de su objeto o frente a él, toda vez que este último resulta inalcanzable en su totalidad, incluso para el poeta que lo vio. ¿Cómo, desde su perspectiva pobre, pretenderá el lector (o, peor, el crítico) dejar otra cosa que no sea una respuesta, un rastro de su irrupción - intruso al fin - en aquel territorio?

Aún persistiendo mis dudas sobre la utilidad de este ejercicio redundante, me atrevo a decir, a dialogar conmigo mismo en la estela de silencio trágico que deja la escritura (voz) del poeta. Sólo en contadas ocasiones (ésta, una de ellas; el encuentro con la poesía de José María Eguren, otra) me ha sido dado experimentar la grandeza del discurso crítico (ser en sí mismo, por sí mismo) y caer, al propio tiempo, en la fragosidad de su miseria (siempre súbdito de su objeto). En tales casos: al concluir mi lectura, elevación y entusiasmo; al culminar mi escritura, descenso y desengaño. ¿Acaso no es ésta la experiencia única - por sola, por excepcional - de la creación literaria?

2

¿Hacia que islas navegamos? Porque apenas cruzado el límite, un lejano ecuador (¿u horizonte?), habremos de precipitarnos en el asombro primordial. No resistir. Hacerlo equivaldría a rehusar el encanto (maravilla) del descubrimiento que este viaje promete. Encantamiento de lo lejano extraño, de lo distinto: revelación. Porque a lo invisible se abre; hacia la incertidumbre se orienta. También una forma: al ser revelación, este hallazgo es visión, "forma de conocimiento en que lo humano, inaccesible, se manifiesta adecuadamente, y que más que conocimiento objetivo es expresión" (María Zambrano, El hombre y lo divino). Dejémonos arrebatar, pues, por la visión; por su apariencia y por su sentido, su sonido; arriesguémonos a habitar ese otro lado, el otro hemisferio hacia el cual nos deslizamos por la corriente de palabras y silencios. En ella se divisan promontorios, islas aguardando nuestra derrota última: figuras de la identidad más honda y compleja, también la más elemental.

Convivencia como inmersión, desprendimiento de lo que somos (el principio, encrucijada u orilla de la mística, del misterio que supone la existencia) y entrega a un espacio elemental (aire, agua, fuego, tierra) hecho - de pronto - presencia, contundencia de su forma poética (ave, río-mar, llama-luz, árbol). Totalidad - y unidad - pero en la certeza de su movimiento, de su desplazamiento; figuras de lo vivido continuo, de lo permanentemente libre, creciendo en su trama infinita: presencia que se prolonga (y nos exige salir) más allá de lo visto, en el envés de lo dicho.

Población de signos, no para ser descifrados, para ser habitados, para ser en ellos. Se altera por completo nuestra perspectiva ante el mundo: no vemos realidaddes objetivas, en su ser distinto; vemos palabras que giran (órbitas, balbuceos) y nos vemos - transeúntes - en ellas. Cada palabra, cada voz, resuena (se reproduce) en su forma; nos aleja más, nos desarraiga, de lo conocido. Y nos angustia en la pérdida. Porque - insisto - nos precipitamos, sin apoyo alguno, en el abismo anterior al lenguaje. Una revelación trágica la escritura de Emilio Adolfo Westphalen. Nada más ingresar en tan sugestivo territorio, ofrecido virgen a la exploración, todo se disgrega (dispersa), todo, en cierto modo, muere; caemos en la mitad cóncava del vacío. Este vacío, sin embargo, resulta ser el revés del viaje, no su negación. Allí comienza la verdadera singladura, una nueva existencia posible que no es duración sino comunión, en su sentido más cabal: única existencia de cuyo discurrir el individuo (poeta, lector) en su plenitud es protagonista.

Una poesía así no se escribe para nadie; no tiena finalidad, no es útil o significativa o moral: su principio, ella misma, su excentricidad. De ahí el valor del silencio westphaliano. En contra de lo que - cómodamente - se repite, nada tiene que ver con el agotamiento de (o renuncia a) la palabra, sino con la resistencia ofrecida por esa misma palabra (y su preservación) ante cualquiera de las fórmulas comunicativas explotadas por la poesía; la de Westphalen es una escritura que sólo - y ante todo - quiere ser, afirmar su presencia (imagen) o su sentido (sonido) no como medios de representación de algo, como esencia del todo. Están en el poema como absolutos: son su espacio, contienen el tiempo único de la experiencia poética. Aquel nadie resulta entonces todo; el ejercicio de la poesía no responde a una determinada finalidad, lo es en sí misma; y más, se trata de ser escribiendo. Al menos, el ejercicio puro de la poesía, en donde Westphalen se entrega y consume.

Quizá deba apresurarme a disipar otra sospecha: no se trata tampoco de una visión subjetiva, confinada a los límites del yo que habla o escribe, a las "mareas de un mar interior que sólo a su agitación corresponden" (María Zambrano, El hombre y lo divino); nos movemos en un terreno mucho más resbaladizo, porque nos hallamos - fatalmente - implicados: la propuesta poética, paso a la iniciación, ingreso en el espacio visionario; pero el iniciado debe poner de su parte, y avanzar con osadía - despojado de su hasta entonces amparadora apariencia - por donde el poeta, su guía, se arriesga. Westphalen habla desde la humildad e ignorancia de todo verdadero poeta, no desde la superioridad del oráculo: "cuando uno escribe poesía - dice - no es su propio testigo, uno no tiene ocasión de verse a sí mismo, porque si se distrae, entonces ya no logra nada". Punto de partida, la tensión interior que brota, rompe aguas y debe ser sostenida en tal inminencia; su impulso generador no admite distracciones: la huella (estela, mejor, pues discurre, se prolonga) que deja esta nueva forma de existencia (ronda de imágenes, sucesión de palabras, en la superficie de la página) no reproduce nada, ni siquiera el rostro de quien escribe (o lee); es una propuesta de nacimiento continuo, cuya vibración el lector deberá forzosamente compartir. Si no lo hace, él tampoco verá nada, no alcanzará la transparencia que es el milagro; ese reconocimiento último, decisivo, que en tal operación se dilucida:

Tal vez ellos, los poemas, sean como una puerta entreabierta que nos deja ver un poco más allá, no cual nos hace que allí hay algo que en realidad no hay.

Principio del asombro. Porque el sujeto realiza el descubrimiento, pero también lo padece, anonadado: hace la luz en los cuerpos (tenaces en su opacidad) de las cosas, de las palabras, y se encuentra entonces - decisión trágica, la suya - sin mediadores. En ese otro lado, nada cuenta la sabiduría adquirida; adviene el origen de otro conocimiento producto de aquella complicidad.

Mirar supone, pues, la primera actividad exigida por la escritura de Emilio Adolfo Westphalen, para alcanzar ese ser que busca; no el decir, en su orden o en sus signos, hacer que coincidan, en el poema, el acto de ver con el objeto visto: simultaneidad y ¿armonía? Porque habría que determinar si lo que a partir de ese instante vemos (resplandor y oscuro) no instaura la inquietud, no nos arrastra en el vértigo, no nos hace perder pie, y caer aún más (o crecer, amplitud inabarcable) en el territorio, inédito pero no hostil, allí inaugurado. Quietud del asombro, sin duda; pero de alerta, también, ante la reflexión del abismo - cielo y tierra; cima y sima:

Un hombre
Si pudiera partir en dos este sueño
Una parte para el dolor
Otra para encontrar
Aunque fuera una imagen difuminada borrada
De hombre que supiera algo más que dar unos pasos
Que mirara algo que se aleja tanto de ser un árbol
Como un pensamiento que regresa de ser un pensamiento

Dístico (díptico) del sueño, pero como despertar a la fractura de la existencia, a esa falla donde ya todo es hondura (herida) porque es saber algo más (o puede serlo, en el regreso del fondo). A medida que leemos estos poemas, habitamos este espacio, ¿no nos adentramos en el embudo espiral del infierno? ¿No es descenso - tanteo en lo oscuro - para trepar, por el perfil de sombra que somos, hasta la elevación que habremos de ser, consagrados (compartiendo el secreto) en el poema?

Porque sólo nos alcanzaremos a ver en la caída, cuando ya no queda suelo bajo nuestros pies. Enseñanza de la verdadera poesía: en vez de dejarnos instalados, acomodados, en el tiempo, abre el ámbito cósmico y nos despoja de nuestro lugar, nos obliga a consumirnos en un nuevo sitio que nos desazona, que nos incomoda; porque es imprescindible no caer en la molicie de los hábitos, en un sueño reparador. Lo vivió Dante, peregrino por sus círculos y esferas; y Ezra Pound, obstinado en crever hacia el comienzo. Lo soñó Sor Juana Inés de la Cruz, arrebatada (perdida) en el deseo de forma para su pensamiento; o el frágil frailecillo del Carmelo, encendido en su turbulenta sensibilidad nocturna y llameante (escalas hacia "donde nadie parescía"). Cayó Huidobro en el vuelo negado de su alto azor; o Rimbaud, en su temporada inolvidable. ¿No habló desde las caídas hondas de los cristos del alma, el padre Vallejo? ¿No es caída, y su resistencia asombrada, la ceniza inquietante, la devastada tierra eliotiana? De esta misma estirpe Westphalen; pero ni desde la carnalidad del sueño ni desde la raspadura ósea de la muerte. El, desde el amor; por un sendero más tortuoso si cabe; por una doblez que también es llamarada - presencia y ausencia: palabra de amor, su poesía toda.

No se piense, sin embargo, en una experiencia amorosa. Atiéndase a la palabra, en la ausencia de los amantes y sus dislates, en la presencia de una fe: el silencio. Emilio Adolfo Westphalen, el poeta callado por excelencia, será - paradoja engendradora de la palabra poética - el gran visionario, el embriagado de la mirada; sus ojos no cejan. Desde su negro brillo, desde su aovada ansiedad que amenaza sacarlos de sus órbitas, penetran el mundo (el ámbito que lo configura) y lo siembran de palabras, ritmos, círculos concéntricos perdiéndose en lo oscuro, en la lejanía. La escritura como hilos invisibles que lo anudan todo, lo hacen uno; abaten los compartimientos de la retórica y la moral, se resisten al secuestro de academias y teorías, a la mentira de todo lo visible, y se explayan en lo ilimitado: cuerpo de lo invisible, fijeza cambiante, inquietud de lo plural por hacerse, por difundirse:

Toda la noche eran unos puntos inmensos
O eran ojos o eran noches sin estrellas que me sorbían
Apagaban las madrugadas
Me deslumbra tanta noche
La muerte que mira con los ojos de los vivos

Obstinación en la noche del sentido de los místicos; en ella, el resplandor es decisivo: repetición o reflejo sucesivamente encadenados que construye un fluir tortuoso, de meandros profundos, anchas donde todo se remansa, se desnuda en una quietud que a sí misma se niega. Aquí habita Magritte.

Del surrealismo - se dice - puede haber heredado Westphalen ciertos recursos de escritura, determinadas actitudes formales del discurso verbal y visual; pero ello no pasa de ser anécdota. Es más, en sus manos, ese instrumental se altera, se contradice, es motivo de constante inversión o subversión. El surrealismo de Westphalen debe entenderse como apuesta existencial; ello es, la vida como espacio poético, antes que como tiempo, donde se resuelve la tenaz oposición sujeto-objeto, donde la sabiduría no pesa, donde el silencio sea también elocuente. Espacio cósmico sustraído a la sucesión de los hechos, que no al ámbito original de la existencia anterior a toda existencia. Como en Magritte, decía. Y como en Giorgio de Chirico. Los objetos (y sus fragmentos), planetas de un sistema, flotan en el discurso poético de Westphalen; y también las palabras, voces que desde el yo buscan el tú inalcanzable (¿amor o poesía o absoluto?): bipolaridad resuelta, no obstante, en monólogo, en una pugna entre signos elocuentes. El otro del deseo, hallado en la pesquisa pero inabordable en su realidad, no es forma sino palabra; y al serlo, todo debe sujetarse a un orden muy diferente: fundación de una nueva forma de conocimiento capaz de abolir el mundo construido y organizado de acuerdo con las leyes habituales de la razón y el pensamiento ("Yo te cedo mis dedos mis ramas / Así podrás arañar gritar y no solamente llorar / Golpear con la voz / Pero tal levedad me hiere / Me desola / No te creía de tal ánimo"): una realidad absoluta que abarque lo visible y lo invisible, que los funda y los trascienda.

(...)

3

En el poema habla siempre el lenguaje; el poeta apenas presta su voz. Al hacerlo, sin embargo, es este último quien afirma su individualidad, quien declara su acento único; pero el lenguaje no cede su posición, no renuncia a su presencia. El encuentro es, pues, una tensión dialéctica en la que cada cual resiste: si el uno propone el enigma, el otro manifiesta su deseo de vivirlo, de atravesarlo. Transparencia de la visión, opacidad del lenguaje. Entre ambos polos, el meridiano imaginario de la escritura westphaliana; en cada uno de los dos extremos, las personas que lo trazan, que lo encarnan; protagonistas - en el sentido puramente etimológico - de un viaje que circunda el orbe de la existencia individual y se traduce en apuesta por lo invisible, esa "faz en blanco que llamamos silencio o muerte o simplemente nada" (Octavio Paz, In/Mediaciones). Una tensa inquietud, o perplejidad luminosa, por el hallazgo centraba todo en el círculo mágico encendido por la palabra; el lenguaje hablaba: misterio de la poesía, su secreto ofrecido. Yo y tú, cuerpo verbal, eran representaciones del deseo. Y voz única: tránsito (transparencia) del uno en su doble, del tiempo en el espacio sucesivo desplegado a medida que se cumplía aquel itinerario. Durante las dos primeras entregas, el amor y la muerte, el amor como la muerte: abolición del límite, merodeo por esos confines y caída en su vació posterior.

Cambiemos de perspectiva (y de sentido del movimiento). Hay un largo período de silencio poético, una intensa y continuada labor crítica (poesía, artes plásticas), una animosa contribución a la andadura, siempre difícil, de algunas revistas de importancia. Lo que vino después llegaría bajo el signo de lo deleznable: escéptico convencimiento de que toda palabra es silencio, su abolición; certeza sólo de lo absoluto imposible. La voz se ha hecho escritura; y entre el lenguaje y el poeta se tiende un puente de signos para regresar del viaje. Retorno ¿hacia dónde? No hacia el principio; diversos y plurales son ahora los motivos de su sabiduría. El acto poético no culmina en el éxtasis de lo que no está, no se ve, precipitándose en el vacío cóncavo de su revés. Aquella encantada fijeza ha hecho crisis - culminación y cambio de su implícito movimiento - y el poeta mira desde la negación en que, de pronto, se encuentra; pregunta desde una sabiduría que es desencanto ante la visión y ante el lenguaje que la sustenta: no tiende a lo invisible, necesita afrontar lo visible desde el otro lado.

En esa nueva dirección, nuestra aventura. La unidad es ahora el conjunto, la progresión de una escritura que no se detiene en el trance de llegar más allá, sino que desde su encrucijada regresa, cargada de una peculiar (y frágil) sabiduría: no satisfacción por lo conseguido, temblor de haber caído en el abismo sin que haya cesado el aleteo incierto del comienzo. Pero el tiempo ja ejercido su labor: la edad es ahora la revelación, y la distancia silenciosa (e irónica) de quien a ella se entrega como destino de su palabra. La realidad no es el referente originador; es el doble alumbrado por la visión; es el doble alumbrado por la visión, y otra corriente (discurrir - tiempo - inverso) opuesta a la primera: doble perplejo y su negación, porque es motivo de ese nuevo movimiento, de ese nuevo discurso. Repitamos, pues, la operación: oigamos la voz de Emilio Adolfo Westphalen mientras lee estos poemas. Su modulación es diferente porque también ha cambiado el sentido de su escritura. Es común (y cómodo) trazar una única línea divisoria para deslindar las dos primeras entregas del poeta - alumbramiento y silencio radicales - del resto de los poemas por él escritos a partir de su reincorporación - muchos años después - al ejercicio de la poesía. Se afirma, incluso, que estos últimos "bullen bajo la frondosa vegetación de esos [...] árboles plantados, germinados y robustos desde casi cincuenta años atrás" (Edgar O’Hara, Cuerpo de reseñas), como si todos los poemas de Westphalen respondieran a un mismo ritmo de crecimiento. La evolución cierta de su escritura no puede verse en la superficie, ni en las convenciones cronológicas; se ajusta al flujo verbal que en su interior circula, su savia o su sangre; y no sólo en una dirección: describe un ansioso y disperso vuelo del cual sólo la voz - a cada variacíon - revela su sentido.

Emilio Adolfo Westphalen lee poemas de este segundo tramo de su poesía: la palabra actúa como ayuda ante la dificultad de saber; es, más bien, instrumento, no objeto en sí misma. El poeta, como buscador, más activo (y seguro) guía del discurso que personaje del mismo, se vuelve hacia las cosas desde una distancia adecuada para hallar (y dar) sentido a su experiencia. Y, de forma inmediata, favorece la relación dialógica con las imágenes (ellas son el mundo) y con el poema (pretendido lugar de encuentro con ellas). Hay una menor implicación de la voz en el ejercicio de la lectura. Más elaborada, puesto que nace como consecuencia de una reflexión previa. Es más ajena, diría. Antes, el lugar se hallaba fuera, al otro lado, y el objetivo era ingresar en él: palabra como tensión del deseo; y, como tal, riesgo. Ahora, el poeta se halla situado, es el centro de su mundo, y su pretensión es decirlo y, al decirlo, recuperar la memoria de ésa su experiencia singular, de su edad en tanto que peregrino por el lenguaje y sus secretos. Es un decir - sin embargo - mediatizado por el temor (temblor) producido por la certeza, incluso física (sustantiva oralidad de esta escritura), de que se dibuja - apenas - otra imagen deleznable:

Siempre me ha sobrecogido esta visión del auténtico poeta, asegurando poema tras poemas una visión primigenia de un mundo sellado e inaccesible, que gracias a él, de pronto, se nos abre con su misterio persistente y su belleza desolada.

Para Emilio Adolfo Westphalen, el poema sigue siendo la experiencia, aunque el sentido de esta última sea otro: en la prlongación incesante (inquietante) de su itinerario, se detiene para ver (y convivir con) el revés de la realidad abandonada, su nostalgia. Alcanzado el fondo (culminación del deseo), la única certeza es que no hay más cosa que el mundo; y escribir es descubrir que el verdadero hallasgo sólo se producirá si se acepta (principio de la ironía) la doblez - presencia, ausencia - de ese mundo.

(...)

Tras el retorno del espacio inferior, Emilio Adolfo Westphalen ha debido convivir de nuevo con las formas de este lado, con sus límites, en la sapiencia de la doblez, en la tensión de la ironía. Una experiencia purgativa. Después, ya nada será como al principio: perdido el entusiasmo del encantamiento, reconocida la dureza impenetrable del mundo, lo que vuelve - en oleadas - con la corriente del lenguaje son restos, últimos vestigios de la entrega absoluta que caracteriza el oficio de hablar, ante el vacío, de la sustancial indigencia con que el poeta ha de llegarse hasta tales confines. Emilio Adolfo Westphalen no se ha limitado a desarrollar una escritura, se ha ofrecido en ella, y por ella ha reconocido la fragilidad de su existencia como tal, y la mentida condición de su conquista. Y por eso vuelve: una prueba que da credibilidad al asombro primero.

Remanentes de naufragio o porciones de sueño, lo que parecía alcanzado, y poseído, es apenas una flagrante fragmentación, un escueto laconismo, porque se ha vivido el desengaño del regreso; porque ha debido desandarse - conscientemente ya - el camino y renunciar a lo descubierto - o someterlo a la sabiduría ("Quién rescata y salva - en qué orilla - al náufrago de las turbulencias - las tribulaciones - las absorciones en el vacío - y de los encantamientos - los arrobos - las fulguraciones de las siempre amenazantes y por tanto siempre atrayentes - resacas oníricas"). Una vez navegado (usado) el lenguaje - esa materia deleznable -, iluminar el vértice, centro mudo de una palabra esencial; porque el despojamiento ha sido desollamiento, preguntar por la palabra y su principio, sí, pero como se ha hecho con el mundo, desde el hueco hondo de aquel abismo encantado ("Cerrando los ojos se ve lo mismo: una mirada fulmínea de amor en la gloria de la culminación y el acabamiento"). Posesión y renuncia, por ver si lo perdurable puede ser, alguna vez, aprehendido en su totalidad. Síntesis de vida y muerte, en la abolición del final; pero también en la superficie de las formas, en la continuidad de la prosa, negadora del ritmo del asombro (fue la enseñanza); vida y muerte, en fin, ahora, como principio esencial del lenguaje, espacio que abarca la mirada final ante el abismo (el mar que es el morir, fantasmagoría y muerte: un destino, su incontestable presencia) y ante la acción que allí se origina, multiplicación - cubierto ya el itinerario - del silencio, de sus ecos (mar que es, también, el vivir, variedad en la voluntad de la palabra: una creación, en su constante gozo o padecimiento); es, a partir de ahora, el reto de esta palabra vuelta desde el silencio, en el silencio mismo multiplicada. Sucede, sin embargo, que llega en la vejez, cuando el azar se resiste, cuando la fuerza incontestable de cuanto ignoramos se debilita, porque todo se sabe. Westphalen, influye ahora en el poema, porque actúa desde la sabiduría. Perseguir la imposible - en la primera parte - se hace afirmación de las fases de lo posible, en la segunda, a causa de la actitud desengañada en donde se origina el discurso. Como Orfeo, el poeta: libera de las sombras el objeto deseado; pero mira hacia atrás y lo pierde. No tiene consuelo y lo reconoce.

Progresión como proyección, la escritura de Emilio Adolfo Westphalen convoca de nuevo los referentes poéticos ya conocidos ("el río detenido / atrapado en el abrazo"; "el ave escapando / A la trampa del vuelo"; "la mar trasvasada / En cada mirada"), pero sólo aquéllos que tienen que ver con un final que es un principio, con una sucesión - tiempo - que en un instante se detiene ("delirio de la muerte / olvidándose de la vida"); sólo aquellos que representan un límite que es una frontera. una luz. Nueva - y última - encrucijada (o doblez): ¿paraíso o infierno? El poema nace en la inminencia de la acción y la entrega, en el espejismo o celaje de lo intuido, en el anhelo de la consumación. Y el espacio que a partir de él se difunde es una expectativa; no aquel vacío deseado, un territorio dispuesto para acoger a quien ya sabe que ingresa en los dominios de la diosa ambarina. Encuentro con la palabra después de atravesar el tejido de signos, después de su extinción; porque se trata de lo que resta, su sombra o silencio (y como tal renovable en su ambigüedad): lo mismo da que la escritura se conforme en la síntesis rítmica de unos versos o en las escuetas líneas de una prosa; lo que importa es su nueva respiración, sus pausas o silencios, su atrevimiento al elegir qué debe ser dicho, qué debe nombrar y dar cobijo a esta nada de aire (como enseñó Shakespeare); importa su discurrir de agua: tiempo e instante, sucesión y permanencia ("Una poesía por rehacer a cada instante / Hermosas ruinas perecederas desde siempre"). Tiempo del poema que, en su revelación (milagro), se extingue; tiempo de la existencia que, en su abolición (muerte), contiene también su permanencia: "El Río sediento / Huyendo del agua". Y todo culmina en un nuevo trato con la muerte ("pórtico de renovación", que dijo José María Eguren), para atravesar la última linde y mitigar avernos, de la mano de aquellos otros dos silenciosos que vieron en la noche, que atravesaran sus caudalosas corrientes de quietud (afirmación en la negación): San Juan de la Cruz y José María Eguren.

Leamos un último poema:

Uno muere varias veces en la vida (es la experiencia común) - la primera al nacer - las otras - tarde o temprano.

Por lo demás - con ansia y sin ilusiones - entonemos el Cántico de Amor y Gloria ad vitam aeternam - aunque se presienta dudoso ese siempre - a lo más un término para subrayar lo inconocible y lo invisible (en esta vida o en otra - concluiremos por ahora).

Nos dispone para un nuevo trayecto, invistiéndonos con la sabiduría del desengaño; pero nos muestra también su flanco más débil, cómo vencerlo, vencidos. Crece la escritura desde el habla, niega el artificio de la poesía; desde el principio anterior a la palabra, ritmo y acento de la vibración afectiva, de su permanente novedad: signo impertinente ese uno irrefutable, impersonal, pero que nos señala, y singulariza la experiencia; pausas y fragmentación sucesiva del discurso, ventanas abiertas a su doble, o a su negación o cansacio, porque en su forma se debate la existencia; paréntesis de la inversión irónica impidiendo la enajenación; y ese nosotros - en fin - que es comunión en la palabra, en la experiencia que ese tejido verbal nos ilumina: antes, una sugestiva sensualidad en el desbordamiento de las imágenes; escueta afirmación - ahora - en la alternativa de la ironía.

Atendamos, por un momento, a la voz del poeta que lee desde una plenitud resignada: su palabra no surge con la veneración sacerdotal del comienzo (custodio del secreto); se ha extinguido, casi, la sensación de estar poseído, en su limitación humana, por la extrañeza (obsesión, entusiasmo) de su instrumento: es soberano ahora de su mundo, y habla desde una seguridad satisfecha, y al mismo tiempo claudicante. Ordena su orbe y su palabra, y su voz se ajusta a tal construcción, con solidez y entereza: disipado el balbuceo bilabial (sibilante), la voz es potencia gutural, rotunda; y hasta el cuerpo se yergue - seguro - por encima de la página y sus trazos: mirar un horizonte, desde el lugar de arribada, investido de la experiencia y sin el furor que lo anonadaba. Porque escribe desde una certeza que es incertidumbre, desde una confianza que contiene la desconfianza: ansia, sí, pero no ilusión como aquélla que movía a la aventura de cruzar bosques de maravilla. Aquí habitamos, simultáneamente, el asombro y la experiencia común: morir varias veces en la vida supone nacer otras tantas, sólo en la inminencia del canto, en la elevación poética (cántico) de la palabra, que transforma el tiempo todo en la eternidad de un instante: revelación, pero pasada por la experiencia, y tal vez en ella agotada. ¿No será todo sino la forma única de vivir lo invisible, de conocer lo inconocible? En esta disyuntiva, última fractura, el principio (presagio) de la perpetua danza, del continuo comienzo, del canto sin fin.

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