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Banda Hispânica (collage, Floriano Martins)

Julieta León

Collage, Floriano Martins

 

Arena del desierto, de Julieta León

Rafael Rattia

Es un hermosísimo poemario escrito por la poeta Julieta León, bellamente editado en los Talleres de la Editorial Cantaclaro, gracias a la loable iniciativa de Editorial Tregua, a través de su afortunada Colección Muestrario del Caracol.

Poco sé, en verdad, de la autora de ARENA DEL DESIERTO, sólo apenas que es Licenciada en Filosofía y Letras y que ostenta a su favor la envidiable tutoría poética y literaria de grandes voces de la poesía venezolana tales como Elí Galindo, Eleazar León y Rafael Cadenas.

Dice la escueta noticia biográfico-intelectual que la poeta tiene en su haber obras tales como: Tomo la Calle, Del Puerto a la Alameda, Romanas, Eterna Sed, Cartas Echadas y Las aguas borran los senderos. Empero, me voy a referir a ARENA DEL DESIERTO, pues estimo que este libro es emblemático y revelador de lo que significa la sostenida trayectoria poética de la escritora.

ARENA DEL DESIERTO se inaugura justamente por donde debe empezar toda auténtica propuesta poética; por el yo, por los misterios insondables del yo. ¿Acaso la poesía no es una indagación obsesiva, terca e indeclinable de la búsqueda denodada de los enigmas del yo?.

Un poema intitulado de manera asaz elocuente: BIOGRAFÍA, desnuda la esencia del ser que habita la casa nómada y mudable del poeta (la imaginación) desde una temporalidad pretérita, esto es; desde un ayer melancólico invencionado que sirve para tomar distancia suficiente y darle paso a un sujeto lírico que se explicita y dialoga con el lector desde un posteridad imaginada.

En este magnífico poema inaugural, Julieta León dice, con inusual énfasis, que su verdadero oficio desempeñado en su tránsito por la tierra fue el de poeta.

La escritora expresa su poesía como si estuviera muerta y el lector, leyéndola obviamente, se imagina como si la voz de la poeta viniera desde un ignoto y escalofriante féretro capaz de expresar exquisitas verdades de un delicado y sutilísimo cinismo. ¿Acaso la palabra de origen griego kaenicos no traduce una verdad perruna?. Dice la escritora de sí misma:

 

Le gustaban los perros
los tenía
de cerca de muy cerca
(dormía con ellos)

La poeta instala en la hoja límpida, blanquecina e inmaculada una poesofía kaenica a la que hay que buscarle raíces parenterales con la filospfía griega antigua.

Esta escritora postula una especie de poesía programática de la vida cotidiana pero es tal la fuerza sugerente de su estro que el lector se eleva y alcanza cimas de altísimas sensibilidades posibilitando una percepción siempre distinta de un mismo y único hecho vivencial. Nada más leer BIOGRAFÍA nos proporciona la medida de un ars poética anclada en una visión sui géneris de lo elemental.

Julieta León realiza espléndidas descripciones al entregar al lector escenas contentivas de un singular erotismo. La poesía de Julieta León prodiga entusiasmos que no se borran fácilmente de la memoria imaginística del lector.

Hay un poema en ARENA DEL DESIERTO titulado SALOMÉ que dibuja un amor-pasión que alcanza cimas verdaderamente paroxísticas infrecuentes en el quehacer poético contemporáneo venezolano. Veamos:

 

me da fiebre cuando miro tus pechos
y tus tobillos de rosa.
O este otro verso de fiero ardor pasional:

ámame
dame el vino de tus muslos
y que después se abra la tierra.

La poeta exterioriza emociones que sólo pueden decirse mediante la plasticidad metafórica de la palabra poética. Si leemos atentamente podemos advertir que los poemas evitan al máximo la adjetivación innecesaria y solo queda en cada lectura que hacemos una síntesis ustantivada de proposiciones temáticas esenciales.

 

por ti
mi carne
es sólo carne de deseo

El poema se gesta siguiendo una intuición fundada en arrebatos libidinales recreando una simbología macro-cósmica. Ejemplo de ello es este texto:

 

Sólo aguardo
la noche
para que ella se deshoje
sobre mis piernas
para que se derrame
con sus estrellas por mi cuerpo.

A esta relación simbiótica que empalma al Individuo con el Universo la llamaba el filósofo latón relación micro-macro-cósmica y a la reconciliación final entre ambas entidades antropo-cósmicas las denominaban los griegos antiguos con el nombre de Apocatástasis. Leo ARENA DEL DESIERTO y veo claramente que la autora se afana en una búsqueda cosmológica profunda; leo pacientemente, con el debido detenimiento que exige el texto poético y reparo en un rasgo definidor del libro: la escritora va proponiendo a lo largo de las páginas una indagación de lenguaje que coloca sus acentos en aspectos esenciales de la humana existencia. Una búsqueda desasosegada de inusitados brillos del lenguaje revela una voluntad metafísica cercana a cierta santidad trascendental se advierte tras cada lectura de los ceñidos textos que van rielando ante nuestros ojos ávidos de lectores.

Esta poesía de Julieta León es, a no dudarlo, una poesía de la desmesura, un canto desbordado de hybris que se solaza en las fronteras del sentido. Sí, no hay razones para ocultarlo: León escribe una poesía orgiástica que supera con creces las expectativas estéticas que se forma el lector cuando aborda las primeras páginas de ARENA DEL DESIERTO.

En el Canto VIII está escrito todo de una manera contundente y definitiva:

 

Triste es llegar
para siempre
a cualquier parte.

Menester es repetirlo hasta cuando sea necesario. Leer ARENA DEL DESIERTO es atravesar un largo, extenso y dilatado camino que no se agota en sí mismo. El regocijo (goce, disfrute y placer) de leer este poemario estriba, entre muchas otras razones, en que su lectura es la metáfora por antonomasia de una travesía, de un viaje cuyo sentido es su permanencia.

Muchos versos y fragmentos semejan una ruta autotélica que encuentra su sentido en su propio devenir, en su propio sentido textual.

Julieta León enuncia una poesía a ratos, surrealista, a ratos erótica, a ratos histórica, pero siempre bajo el prisma de mucha indagación psicológica. En este mismo Canto VIII el lector acucioso no dejaría de advertir una sonora impronta witmaniana cuando la poeta exclama:

 

Porque salgo
como de costumbre
a saludar el sol
y a las estrellas
y un aroma de ámbar
y magnolias impregna
la mañana
y la detiene.

Me impresiona, debo confesarlo, y me sumerjo en una grave felicidad cuando leo que la escritora dice que viene de un reino donde las piedras cantan. ¿Dónde fue que leí alguna vez, -Rabindranath Tagore o Rudyard Kipling- algo sobre "las piedras sentimentales"?.

En síntesis, luego de leer ARENA DEL DESIERTO, concluyo - conclusión nada concluyente, por supuesto- en que debajo del ruido y la estridencia, debajo de la vocinglería y la fealdad retoricista que tanto prolifera por ahí com el nombre de poesía, hay una poesía digna de ser leída, disfrutada y vivida. Más allá del fatuo oropel sintáctico-verbal, tan abundoso en este tiempo de escasez literaria que signa nuestro momentum poético venezolano, logro confirmar voces auténticas y dignas de confrontarse con lecturas críticas de parte de los lectores exigentes de poesía que por fidelidad radical todavía permanecemos en los bordes peligrosos de la vigilia y el vértigo.

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