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banda hispânica |
Jorge Eduardo Eielson |
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La poesía escrita y la sobrante Sin duda Eielson es ya un artista "completo" avant la lettre. Poeta, dramaturgo, ensayista (La poesía contemporánea del Perú, 1946), novelista (El cuerpo de Giulia-no, 1971, Primera muerte de María, 1988), pintor, escultor, es el autor de los célebres Nudos plásticos, que también expresan una biografía "amarrada" entre su origen latinoamericano (español, nazca, sueco) y su residencia en Europa, especialmente en Italia, desde hace más de medio siglo. Reunir la obra "artística" de Eielson es literalmente imposible, y hasta por razones prácticas, el mundo, para él, definitivamente no fue hecho para llegar al libro mallarmeano. Proviene de ahí la sensación casi paradójica que suscita la reunión de su poesía "escrita", verbal, la que excluye los poemarios sólo "visuales" (Canto visible, o Papel, ambos de 1960), creando así una especie de museo siempre incompleto y a veces desconcertante. Efectivamente, no solamente Eielson piensa que la poesía excede a la poesía (entendiendo a ésta como un cuerpo verbal realizado dentro de una tradición literaria), sino que no vacila en tornar algunas partes de su poesía "escrita" en obras multimediales. Es el caso de por lo menos dos textos, que figuran por primera vez en la presente Poesía escrita (Editorial Norma. Bogotá. 1998): "Acto final (Obra de teatro en un acto)", 1959, y "Esculturas subterráneas" (1966-68). "Acto final" es una especie de guión sucinto, de difícil ejecución teatral, que incluye una Marilyn Monroe que desciende de su propia fotografía. Al incluirlo, Canfield consideró que se trataba de poesía dramática, lo que siempre quedará por demostrarse ya que falta a este esquema de guión, sin parlamentos, su contrapunto "físico", teatral. Las "Esculturas subterráneas" son un ejemplo exasperado de obra multimedial. Se trata de cinco "esculturas" virtuales que el autor describe y que fueron "inauguradas", en versiones escritas sobre hojas de rodoid de colores diferentes según el idioma, el 16 de diciembre de 1969 simultáneamente en París, Roma, Eningen y Nueva York (la "escultura" destinada a Lima fue postergada). Universal, artista en varios frentes, el excesivo Eielson pidió a la Nasa, también en 1969, que colocara una de sus "esculturas" en la luna, un pedido denegado por ser irrealizable en el Proyecto Apolo. Una segunda proposición del autor - que dispersaran sus cenizas en la luna por ser, según él, el cementerio ideal para los poetas - parece también de ejecución improbable. Ocurre que la versión "escrita" de un objeto multimedial, que así revela sólo una faz o una fase, traiciona la intención del creador, que queda a la espera de una complicidad que el lector "literario" no siempre tendrá condiciones de ofrecer. La presencia "meramente" literaria de esos objetos compuestos y complejos se justifica por la finalidad documental del libro, pero puede transformar en veleidades casi extravagantes lo que, en su contexto, extra-libro, forma parte de un objeto verdaderamente artístico. De los recursos plásticos del artista Eielson, comparecen en algunas zonas de su obra el dibujo con los versos ("Poesía en forma de pájaro", de "Tema y variaciones", 1950), o el vasto uso semántico del espacio en blanco. Así, el lector encuentra en esta edición, y con los debidos espacios vacíos, el extenso poema narrativo "Ptyx" (1980), que extrae su nombre del "Soneto en X" de Mallarmé, y los textos brevísimos, generalmente de dos versos centrados en la página, que constituyen "Naturaleza muerta" (1958). "La lectura correcta de estas palabras/ Dura exactamente 1 segundo y 1 décimo", o "Mi corazón sigue latiendo estúpidamente/ Desde el amanecer del 13 de abril de 1924" son algunos de esos textos de apariencia y vocación estética metalitararia. Seguidor de la filosofía zen, Eielson piensa que "la poesía/ Huye de los poetas/ Como la llama del hollín/ Y que al revés de lo que piensa fulano/ en la poesía como en la vida/ Lo principal (hay que ser inteligente)/ No es lo que se queda/ Sino lo que se va" ("Arte poética", 1965). Ese movimiento hacia la esencial, que va disolviendo el yo, que parte del cuerpo y llega a dimensiones siderales ("A veces siento el fragor de las estrellas/ En los huesos"), ese camino profundo que la poesía de Eielson recorre, el lector lo reencuentra, depurado, en la "poesía, poesía" del libro, desde el barroco "Reinos" de 1944, esa joya de la lírica postvallejiana que comparece en esta versión con tres textos nuevos, e incluye el espléndido "Último reino", cuyo nombre inspiró a la revista y la editorial argentinas. O los poemas de "Habitación en Roma", 1952, entre oníricos y cotidianos, o el metafísico "Mutatis Mutandis", 1954, o ese testimonio superior de un Via Crucis que interroga en "Noche oscura del cuerpo" de 1955. Es la verdadera poesía "literaria" de Eielson. Y es tal vez lo máximo a que puede llegar la escritura. El resto son retazos sobrantes de otra obra, "complementaria" en cierta lectura, pero irremediablemente nostálgica de otro ámbito, naufragada en el Libro. |