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José María Eguren |
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Una luminosa estela de sombra La obra poética de Eguren es la luminosa estela de sombra que deja este andarin (y peregrino) impenitente que, día a día, se traslada, en larga marcha, en libre marcha, desde Barranco al Centro, que anda apresurado, "con urgencia de partir, siempre en trance de fuga". Camina su cuerpo menudo y quebradizo sin detenerse nunca; circula su mirada ("dos puntos de melancolía") por un espacio "silencioso y secreto, conciso y circular", poblado de formas y figuras, que él ha descubierto caminando. Fluye su escritura como movimiento que no concluye en el estatismo perplejo de un hallazgo (detención ante el abismo); pero tampoco se pierde en las afueras inalcanzables de lo misterioso (olvido o enajenación). El poeta, enteco y destartalado, regresa puntualmente a Barranco, después de haber recorrido Lima "con su andar de cuerda". "Cuando la sombra cae y se han oscurecido los matices amables, en las vísperas del camino negro, donde no se vuelve, herido de la vida implacable, aparece la niña de la cera simbólica, la lámpara de mi tarde; con la piedad creciente, con la piedad florida, como la luz de un sueño; la Esperanza" (La esperanza). "Como la luz de un sueño". Cuando la poesía -como la luz- se agota en lo inefable (y lo refrenda), comienza la prosa (creciente y florida: valor dinámico de los adjetivos verbales; capacidad potencial): No la negación de la poesía; ni su contrario (la narración). Sino aquella prorsa evocada por el chileno Gonzalo Rojas, escritura "más larga y sigilosa", que con la poesía (versa) piensan, al unísono, "su pensamiento de muchachas desde un fulgor / inmemorial sin miedo a / morir". Paso, pues, al otro lado. Y decisivo. Atrevido (y juvenil) salto al vacío, cuando el poeta se reintegra a su morada interior. Por ese espacio cerrado y propio se aventura el escritor para mirar desde él lo que en él, apenas antes, se reflejaba: resplandor y visión. Mirar para llenar, con la expansión (epifanía) de la mirada, tanto desconsuelo. Hilar, despojado ya de la pasión oscura, el tejido maravilloso que en los extremos de la poesía quedara interrumpido. Pero el salto no es locura; tampoco festín de lo irracional. Orden interior y serenidad; también una - particular - sabiduría. Nunca el azar. Necesidad de un sólido equilibrio que dé sustento a aquella materia poética de la disgregación. Edificio que al arraigar en el abismo abierto y en la expansión luminosa del lenguaje, debe acatar otras leyes: no capricho sin brida; forma precisa y complementaria donde la belleza (exactitud de la mirada y de la palabra) se cumple a plenitud. San Juan de la Cruz - otro frágil andarín de su órbita -, tras alcanzar los extremos del éxtasis, cuando la sensualidad llameante del amor estalla en voz enajenada (en olvido), se explaya - serenidad de la razón - por la prosa de sus comentarios. Se dicen freno a la explosión luminosa de su palabra nocturna; explicación y guía para no iniciados; derrota de la poesía que, ante el obstáculo de lo inefable, retorna a la sensatez de lo denotativo. Pero esa prosa no viene a anular el resplandor poético; éste la ha exigido como su imagen simultánea. No es consecuencia del hermetismo o la indefinición en la que aquélla ha querido habitar, sino espejo donde se expande y multiplica el misterio, donde la contención se torna análisis igualmente luminoso. No hay explicación. El poeta, una vez reconocidos los principios los eleva a categoría de cuerpo verbal: no sus metáforas o sus imágenes, ellos mismos siendo materia de la escritura y generando, al propio tiempo, otro movimiento, otra sucesión. Paralelo sorprendente, la prosa de José María Eguren, que no por casualidad lo ocupa durante las últimas etapas de su vida como escritor; cuya densidad poética y filosófica (ello es, su riesgo estético), nunca enemiga de su transparencia reveladora, tampoco ha de ser considerada como mera anécdota. No se ha atenuado la inquietud creadora; se reviste (o inviste) de rigor, que es cosa bien distinta. "Eguren - como dice Ricardo Silva Santisteban - trata de captar el desenvolvimiento psicológico de la naturaleza y el arte, escogiendo el medio de aprehensión cartesiano". Peculiaridad; sin embargo, en la prosa de Eguren. Su objeto no es la poesía de ia cual procede, sino que se abre a una pluralidad (goce estético; reflexión intelectual), a partir de aquellas iluminaciones poéticas suspendidas en el temblor del hallazgo último, con el deseo de la plenitud entonces apenas vislumbrada en el instante revelador: equilibrio (también totalidad) de la escritura como oficio y como experiencia mayor ("Una palabra que llega justa es como una confidencia milenaria, como un secreto transmitido de generación en generación"). Los "motivos" egurenianos sustentan su originalidad en que, si en ellos la razón se pone al servicio de la pura estética (su teórico contrario), ésta última se integra, a su vez, en el discurso intelectual, encarna en sus formas verbales y mentales. En el poema - instante o relámpago - la visión se abría, movida por el ritmo, pero la palabra resultaba insuficiente para hacer perdurable aquella revelación; en el "motivo", tal y como lo entiende José María Eguren, ese mismo instante que entonces era final; al dispersarse analíticamente, provoca una cadencia de visiones que se expanden; en ascensión arborescente; hasta determinar no un tiempo (lo discursivo nada tiene que ver aquí) sino un espacio inédito (e inaudito) donde el impulso inicial (motor de la escritura) impresiona (arrastra hacia las imágenes) y conmueve (produze otro movimiento solidario) para que surjan imágenes nuevas y, sobre todo, se generen inesperadas asociaciones que, en su aparente heterogeneidad, despliegan la mas pura transparencia sobre la intrincada oscuridad de lo absoluto. Porque se contemplan entre sí, recíprocamente se iluminan y fundan un tácito diálogo entre sus diversas figuras. Poesía que adopta el método de la prosa, porque se ha invertido el proceso de la escritura, al haberse invertido también la posición desde la cual el poeta accede al conocimiento del mundo. "Motivos" como formas del dinamismo esencial de toda escritura, de su ritmo fundacional, en el espacio trascendido. Partimos, pues, de esta idea de movimiento primero, de agitación inicial e iniciática ("porque no me produzco como filósofo, sino siempre como poeta. Mi divagación crea un clima ávido de descubrimiento"). Ello hace de la obra toda de José María Eguren un solo cuerpo en crecimiento sucesivo y creador. Vibración rítmica de la música y de las sensaciones que, contenida en la palabra (habitándola), genera - primero - las visiones que establecen ese "momento privilegiado en que el hombre se siente colmado por el éxtasis de participar en una armonía cósmica". Tiempo de la exaltación y de la credulidad del visionario. Y esa misma vibración alimenta, a partir de entonces, los movimientos sucesivos hacia ese otro lado que se vislumbrara tras aquel instantáneo fulgor. Mutación y fundación constantes, la escritura de Eguren se resiste a la ley inexorable de la disolución impuesta por las limitaciones de la existencia y del lenguaje. Busca lo absoluto consciente en un nuevo principio reproductor y re-presentativo de la idea como objeto; ello es, un principio engendrador ya no de visiones, sino de formas, de inmágenes. Principio que arraiga - fatalmente - en la sensualidad, en el reconocimiento físico de esa forma recién creada. Habitante de una región literaria en donde el entusiasmo por el orden simbólico, por una realidad donde los cuerpos han cedido su lugar a sus correspondencias conceptuales y emotivas, se verá suplantado por el milagro que supone la cosa en sí misma (en su cotidiana grisura, incluso) como revelación de lo secreto (lo sagrado), Eguren arrostra - con todas sus consecuencias - la aventura de aceptar lo intempestivo o espúreo en el artificio de la creación literaria. Pero no se contenta con la tierna e irónica mirada sobre el diario acontecer que sus contemporáneos pusieron en circulación; tampoco se solaza en la exaltacion de lo pequeño. La reaccion coloquialista, crítica e irónica que se produce en la poesía hispanoamericana hacia 1915 , le sirve a Eguren para avanzar un poco más en esa "avidez de descubrimiento" que lo posee: no despliega lo prosaico dentro del poema; quiere ver el poema desde la prosa, y con ésta desarrollar corporalmente su secreto. En consecuencia, el dinamismo inagotable de su escritura no se limita a ser vibración íntima, concentrada en la palabra: lo que era indetenninación o indefinición ("La música es idioma que el hombre posee marginalmente, sin comprenderlo en su totalidad (...) La Naturaleza la ofrece elemental y fragmentaria, a veces integral. (...) El sonido es una forma como lo es el color". Línea. Forma. Creacionismo): otro cuerpo, otro misterio: "el primer axioma". Principio del espacio de la verdad. No tiempo. Extensión cósmica ilimitada, antes que forzosa delimitación de la existencia. San Juan de la Cruz - lo vimos - se halla próximo a este ejercicio poético, a causa de la voluntad espejeante de su prosa; pero el deseo de conocimiento trascendido en la perfección física del universo, que con los "motivos" Eguren manifiesta, lo acerca sin discusión a la mirada - ya no mística y contemplativa sino inquieta y deseosa de sabiduría - que mantuvo a Fray Luis de León en permanente desvelo y en pugna inacabada entre los dos extremos del absoluto: "aquella celestial eterna esfera"; "el bajo y torpe suelo". Anhelo de conocimiento absoluto, para paliar la desventura de quien vive "de noche rodeado / en sueño y en olvido sepultado". Pero ese conocimiento oculto no habita en la nitidez del mundo exterior, ni siquiera en la vibración poética de una palabra visionaria; se aleja y se pierde entre las innumerables luces que adornan el cielo; en otra noche que invita a la aventura. Conocimiento, por tanto, como esfuerzo intelectual; pero no desde el dolor y hacia la muerte, sino desde el orden y hacia la belleza de las formas que sustenta la vida y la mantienen alerta. La prosa de los "motivos" no quiere hallar definiciones ni construir razonamientos. Eguren prefiere ir más allá de la luz y de la verdad aparentes del mundo y de las cosas. Nada que tenga que ver con tales limitaciones. Ya ha dado el salto a una región de la que no se puede volver incólume. Arriesga más en su escritura y por ello, aun desbordándola, no renuncia a la estirpe poética que la origina: desea establecer - nada más y nada menos - que la evidencia de lo numinoso, esa "órbita de lo sagrado", esa "respiración ritual", que es fundamento del ritmo, principio de la verdad total que habita en el territorio abierto tras el límite conseguido con la revelación poética. Frente a la escueta verticalidad de los poemas egurenianos, frente a su dinámica respiración (frente a su "gracia"), la abundancia divagatoria y la expansión analítica de los "motivos" describen una órbita, trazan imaginariamente un espacio y disponen en el centro del mismo la otra cara del instante poético, que - de pronto - se verá multiplicada en fragmentos, al romperse la contemplación narcisista que la mantenía conforme a su origen visionario. Las imágenes surgidas a partir de esta operación disgregadora serán los nuevos principios de esa línea de pensamiento, que con sus próximos dialogan. Principios de lo que sólo puede darse un poco más allá del final. Indagación intelectual que, por lo tanto, no se sustenta en lo cotidiano existencial (aunque a veces lo parezca), que desdeña la lógica y el orden imperantes en el pensamiento racional (por más que el discurso engrane y se desarrolle sin fisuras ni sobresaltos); indagación intelectual que, al sumergirse en lo oscuro y lo secreto, propone otro artificio literario, una construcción muy precisa de la escritura, que ha de justificarse en ese nuevo movimiento desplegado por la voluntad indagadora del poeta, donde razón existencial, razón estética y poesía son una y la misma cosa. "Toda ventana es abierta al infinito, una separación, una virtualidad: ojos para ver, espíritu para volar. Es el marco de la naturaleza objetivada: el marco del aire y de la luz. Toda ventana es simbólica parte del corazón y de la mente" (Las ventanas de la tarde). Abrir, mirar, ver: el sujeto hacia el objeto total. Exploración que sólo en el nuevo espacio libre del tiempo (eternidad) se cumple. ¿Por qué en el aire? ¿Hacia qué destino? "El árbol es el pensamiento del paisaje, la lontananza es el espíritu. Un soplo panorámico, domina al hombre; cae sobre su quietismo, o atrae a nuevos senderos (...) El hombre es un ave migratoria (...) También es una ascensión mística el paisaje de la noche estrellada, de las constelaciones" (Línea. Forma. Creacionismo). Si movimiento y espacio, si pulsión hacia fuera, esta escritura - que en el hondón de lo místico se ha generado - es también ascensión. Poesía del aire y de la perpetua mutación. Este José María Eguren, flaco hasta la escualidez, es antes humo que piedra, como lo era - en su solidez ósea - aquel César Vallejo: poeta de la tierra, de la raíz mineral de aquel húmero que se calzaba cada mañana para echar a andar. Elevación y dilución, en busca de espacio, que sitúan a Eguren en !a órbita huidobriana (palabras como "paracaídas que se abren en pleno vuelo. Antes de tocar tierra, estallan y se disuelven en explosiones coloridas" - dijo Octavio Paz). Estallido y color de la palabra, también en Eguren. Aunque no por caída sino por elevación: "vuelo diáfano", árbol de llamas en que se multiplica aquel leve temblor de la candela infantil que antes lo guiara por sus escenografías nocturnas. "Las generaciones aviadoras dilatarán la estética. El hombre ambiciona tocar el cielo con sus alas y trasponer el vértice sombrio. Un viaje en sueño por los futuros años sería muy hermoso". (Metafísica de Ia belleza). Siempre hacia el futuro; hacia el deseo. Vagar por un mundo de quimeras, caminar (o correr) hacia el límite, y aun más allá, para ver: "dilatación de la estética", migración ascendente que traspasa el "vértice sombrio" ("con ojos de diamante / mirar desde las ciegas alturas", rezan los versos de su poema "Peregrín, cazador de figuras" (vid. La canción de las figuras). Pero itinerario del sueño ("la voluntad más libre"): desprendido del lastre de la mente, guiado por las luminarias de la noche ("El celaje de la noche es sombra viva que trata de desasirse de su contenido de luz (...) De ahí que la noche esté poblada de luces vivientes y lámparas oscuras. El celaje de la tarde es rezo y remembranza; el de la noche es un sueño". La emoción del celaje), arribar hasta la raya de la aurora, "esa línea que separa dando, creando al par abismo y continuidad (...) Es un sueño, es decir, un lugar donde los simples sentires, y su natural fantasear, aparecen a punto de ser abolidos por un imperativo (...) La aparición de la Aurora unifica los sentires transformándolos en sentido", por decirlo con palabras de Maria Zambrano. Espacio de luz entre dos tiempo de sombra, la aurora resulta ser así esa franja dual donde ambigüedad e intercambio actúan como motores indiscutibles del conocimiento definitivo. La prosa manifiesta entonces su primera razón de ser: movimiento expansivo que no rehúye el azar de los encuentros (vecindad evidente con el surrealismo), que asume - en su orden estricto - la libre alteración lógica del discurso como su fluido principal. La poética del lenguaje, que en la contemplación contenida se extasía y queda a las puertas del conocimiento, es - en la prosa de los "motivos" - poética de la acción, como desde el momento mismo de la inauguración futurista (¡cuántas concomitancias radicales con la poética egureniana!: en 1909, precisamente, como recuerda GonzáIez Vigil, Eguren afirmaba que al poeta "de ninguna manera le está concedido volver el rostro; porque lo vencerán los vencidos"), se observa en la escritura de la vanguardia europea: espacio de revelación para esa síntesis de la maravilla: una imagen donde vibración poética y agitación vital se encuentran y entregan mutuamente ("Los ingleses saben inventar sus inventos: un yate, un golf, un lebrel (...) Un ritmo nuevo para sus almas rítmicas: inventaron el tennis. Este juego gentil que parece una alegoría por su forma, no es una lenta harmonía ni un compás de espera. Es como un ala o un batir de alas (...) Su indumentaria es una claridad móvil que se recorta con limpidez. Ágil blancura, ágil azul. Es la elegancia de la mañana con su alegre euritmia. Su discreción no es monótona; porque las almas vuelan y los cuerpos se libran a la luz. Los ojos brillan celestes y los cabellos absorben el brillo matinal dorado. Es el reír de las siluetas, la danza de los talles gentiles". Las terrazas). En la vanguardia europea y - de modo muy especial - en la reverberación y diálogo de los primeros vanguardistas atlánticos de este lado de la literatura iberoamericana. Desde el postmodernista grancanario Alonso Quesada (1886-1925), abriendo las vislumbres de su poesía a las reveladoras imágenes de su prosa última, allá por los primeros veintes ("Hoy, el paisaje es el hongo inglés. El hongo triste. Sin duda que se ha hallado solo, en medio de las cachorras o los livianitos y se empina sobre la redonda cabeza británica (...) Es como un negro que llegara a Europa: tiene el asombro de un negro y todo el mundo lo mira sobre la testa anglicana, con esa curiosidad del paleto civilizado. Y el hongo se azora y se le van enrollando poco a poco las alas, hasta que se queda en la coronilla del inglés. Entonces la gente se ríe y el hongo empieza a tartamudear y rueda sobre los bancos, presa de un síncope"), hasta la "embriaguez rapsódica, una fuga incontenible" que dictara a Juan Ramón Jiménez (1881-1958) ese poema "en una sola estrofa de verso mayor", Espacio, hacia 1941 ("Los dioses no tuvieron más sustancia que la que tengo yo". Yo tengo, como ellos, la sustancia de todo lo vivido y de todo lo por vivir. No soy presente sólo, sino fuga raudal de cabo a fin. Y lo que veo, a un lado y otro, en esta fuga (rosas, restos de alas, sombra y luz) es sólo mío, recuerdo y ansia míos, presentimiento, olvido"), en esa aurora que, en la orilla americana de su lengua, hizo resplandecer la imagen en la transparencia de la palabra. Pasando por el profeso surrealista que es, ya en 1932, el tinerfeño Agustín Espinosa (1897-1939), aligerando la escritura hasta el hueso preciso de la forma ("Hay sobre tierra y mar - monotonía y matiz, diligencia y ocio - un sol manso y joven, que pasta entre breves nubes grumosas y pasea su plural lengua por los telares, húmedos aún, del fresco paisaje"). Sin olvidar - desde luego - la figura central del portugués Fernando Pessoa (1888-1935), roturando en su discurso confesional - desde 1912 - la honda herida de sus visiones ("Entonces, en la playa, rumorosa sólo de las olas propia, o del viento que pasaba alto, como un gran avión inexistente, me entregaba a una nueva especie de sueños: cosas informes y suaves, maravillas de impresión profunda, sin imágenes, sin emociones, limpias como el cielo y las aguas, y sonando, como las volutas al desenredarse del mar que se alza del fondo de una gran verdad"). Revelación que se mantiene activa porque se constituye en organismo cuya respiración y cuyas funciones no queda nunca en suspenso. Antes bien; hacen que este nuevo cuerpo (forma textual; imagen desplegada) crezca gracias a un diálogo, tácito y permanente, entre el sentimiento, que por ser sintético junta y construye, que como arquetipo de la vida se recibe de forma inconsciente, y la inteligencia que, al ser analítica, separa y destruye, exige una voluntad selectiva que tiende a la belleza, por más que no logre conquistarla nunca del todo. Lo fundamental es, por tanto, el trayecto que sigue esa revelación, la huella verbal que deja en la escritura. El camino que ésta recorre parte de la sugerencia promovida por un contacto sensual (sorpresa, perplejidad), pero deriva pronto hacia nuevos extremos (no teme perderse), a causa de la fantasía dinámica que aquel primer hallazgo desencadena. El mundo poético de Eguren - advierte Roberto Paoli - está "poblado de fantasmas que se mueven en él como en un hades nebuloso y mudo (...) país ignorado donde imaginamos latentes las bellezas idas y el amor de antaño". Lo prodigioso es que la palabra no se congela en la melancolía; los "motivos" crecen en el fervor (hervor) de una sintaxis distendida, ramas (y tramas) para dar forma a ese otro espacio vivo y cambiante del discurso inaugural ("la fantasía es un principio sensorial, no existiría sin los sentidos (...) El misticismo es esencialmente contemplativo (...) la fantasía es dinámica; penetra el misterio, y al detenerse pierde los atributos emotivos, el élan de su vida; parece que actúa en la muerte y tras la muerte". La lámpara de la mente). La inocencia primera vuelve a manifestarse, por tanto, en la abolición de las formas; pero la maravilla deseada se descubre detrás, como otra forma desvelada (sin velo; sin sueño), despojada de limitaciones y temores; en un espacio donde el ritmo de la vida puede fluir sujeto al puro latido de la palabra, donde discurre también "la fantasía [visión] inseparable del fantasma [sujeto] y de la imagen [nuevo reflejo creado]". Prosa como reunión y conciliación de aquella inquieta voluntad indagadora, por una parte, y de la serenidad, hija de la madurez concedida por la experiencia poética, por otra. Y tal dualidad permite ver más (y en mayor profundidad) por las sendas del misterio que ella misma abre y disgrega en su peculiar divagación. Captación visual y conocimiento que - mediatizado por este contacto primario - aparece como nuevo hallazgo, única forma posible de la escritura literaria. Eguren, pintor también febril, se empeñó en dar consistencia corporal a sus "recuerdos y [a] algunos motivos que había soñado pintar antaño". Captó paisajes en el lienzo de sus "acuarelas imaginadas", o los encerró en el misterio oscuro de su cámara mínima de fabricación casera. Paisajes como diorama o como espejo mágico, que colocado ante el mundo, consigue el prodigio de hacer que ese mundo vibre y se encienda, no en su apariencia sino en su transparencia. Prosa como reflexión: lienzo en donde la fonna y el color de las cosas se hace nuevo cuerpo, en la inversión líquida del cristal; prosa como diorama del pensamiento, donde la normalidad del discurrir del mundo se altera por la voluntad inquiridora del individuo que en él trascurre: "La noche no es la negrura ni la sombra; hay luz en la sombra para el insecto luminoso. La noche es la luz negra, es otra luz. No hay nada tan puro como el nacimiento del día (...) El celaje elemental es entelequia luminosa, es un constante despertar, un amanecer de media noche; es pasional porque la pasión surge de la sombra y va a la luz que es la alegría. La luz de la tarde es somnolienta y triste, mas la tristeza es gestadora de alegría, amor del arte" (La emoción del celaje). Paisaje o figura. Y sus dobles en un espejismo de nubes polícromas. Pero también presagios (e indicios y anuncios) de imágenes por venir; de un texto que - celaje también en sus plurales hallazgos - no rehúye la progresiva (y milagrosa) duplicación que en él se materializa. Porque es espacio exterior que en la naturaleza arraiga y en su realidad objetiva existe; pero es tambien - al unísono - espacio interior que en pensamiento se dilata y por sus vericuetos persigue ("cazador de figuras") su causa íntima esencial. El conocimiento ansioso que mueve a este peregrino no se satisface con aquellas resplandecientes insinuaciones, por sugestivas que resultaran; una vez cruzada la linde última, el deseo ya es de encuentro y entrega totales. Texto, pues, que en múltiples reverberaciones se realiza; que como indicio cierto (escritura cuerpo, formas que se miran y se hablan, imágenes que se transparentan y se aman: las palabras "se rne imaginan como las mariposas que van llevando sin quererlo el polen mágico") se revela, desprendido ya de toda resonancia: "símbolo de la infinidad". Anuncio de "la comprensión máxima próxima a la belleza que es la verdad". En todo este itinerario, el cazador se ha mantenido muy alerta. Su deber. Lo sabe muy bien aquel joven que, a grandes zancadas, recorría los campos, en las haciendas de Pro y Chuquitanta, con su magnífica escopeta. Abatido por error el palomo grande, de pecho metálico y alas negras con líneas blancas, limpísimas (ave extraordinaria, nunca vista antes por aquellos parajes), dejó para siempre aquel noble ejercicio. Sus ojos se abrieron (y su ambición) a cuanto existe antes del sueño y de la muerte; nada de eso le había sido dado hasta cruzar la frontera inquietante, límite de la subjetividad y negación de todo espacio: tiempo como vencimiento. José María Eguren (portento de aquellos dos disparos) en el territorio de lo sustancial pre-subjetivo, "espacio abierto" que Rilke reconoció "libre de la muerte". Así descubre Eguren - tras el tiempo del relámpago - el generoso espacio (infinitud o eternidad) de un sueño que es vigilia: "El sueño carece de tiempo y de espacio; admite una sucesión que puede ser inmediata como una respuesta. Sus planos distanciales son borrosos o nulos; ni la nube ni el aire se oponen a nuestro vuelo diáfano. En el cerrado dilema del Universo y el átomo, el sueño es la voluntad más libre" (Metafísica de la belleza). Y encuentra también la facultad escondida que la madurez desvela. Poder para ver la totalidad "del objeto emotivo o la belleza", no en el "endurecimiento del análisis": "la idea extensiva emocional se transparenta y afina" con los años. "Basta una ojeada imprecisa para que sintamos el objeto bello con singular viveza. Lo gozamos en un tiempo con todos los recuerdos" (Ideas extensivas). No ha de transcurrir el tiempo ya; la luz del conocimiento se difunde por el espacio, en un flujo uniforme y total. La palabra que no sólo se resiste a la duración, sino que acepta los rigores de la explosión instantánea de la poesía, al construir la belleza como verdad, en su forma precisa, es impulso que engendra esa superficie verbal y en ella derrama una sorprendente construcción imaginativa que en principio se resume. "Principio liminar - de dispersión - que cuestiona toda sujeción y subsistencia, toda subjetividad, toda sustancia. La acción del sujeto queda, pues, en el espacio, definitivamente anulada, anonadada". A riesgo de anonadarse, desea Eguren (como el ambicioso Fausto - maduro también - en su pasión) alcanzar los extremos de la sabiduría y de la vida totales. No los recuerdos que son causa final; la memoria que en esos abismos, previos al origen, se agazapa. Ajena a toda melancolía paralizadora (con cierta displicencia irónica, muy sutil), la prosa de los "motivos" insiste (aun sabiendo que nunca se conocerá otra cosa que la menesterosa condición del lenguaje) en el alumbramiento de las formas y en la posesión del espacio donde éstas últimas habrán de habitar como tales. Sobre el discurso prosístico, contemplándose en él, circula - sin contradecirlo ni abolirlo, pues usa de sus instrumentos - un discurso sustancialmente poético: signifìcado presente y activo en cada momento de la expresión allí generada. No es ya la inmediatez que Eguren adjudicaba a la canción, como forma primera de la poesía; se trata ahora de la mediación de una imagen hecha palabra (y viceversa) y, a partir de ella, de un movimiento textual sucesivo y en cadena ("andar de cuerda", dicen que era el de Eguren), poseído por el ritmo analógico y asociativo (inesperado también) que rige la naturaleza y que esta escritura quiere reproducir. Continuìdad de las imágenes halladas en otras nuevas, por las primeras inducidas; metamorfosis o digresiones o paralelismos que iluminan el camino hasta el hallazgo deseado ("Un dinamismo tenue, una pluma de gracia, la delicadeza es una tonalidad de amanecer, melodía de los valores iniciales, la insinuación de la sonrisa, la tocata de un beso, en la hamaca riente y en la cuna dormida"). El movimiento, entonces, parece detenerse en una pausa satisfecha. Sin embargo, en vez de una complacida satistacción por tal descubrimiento, el escritor se empeña en continuar un poco más allá, se sumerge en una mayor complejidad emotiva e intelectual, haciendo que el texto se ramifique en una cadena de nuevas asociaciones y de atribuciones sugeridoras (más intensas y más ricas desde el punto de vista significativo, cuanto mayor sea la participación inquiridora del poeta) para culminar - como en la desembocadura los ríos - en el expansivo vigor de un nuevo cuerpo - mar - alimentado por el flujo constante de la escritura ("La delicadeza como flor campestre de pétalos brisales, es transparente y surge del primitivo candor. La hallamos en la visión antigua, la pintura angélica, los ojos zarcos despiertos con galanal ternura, el beso callado de la flor danzarina, la palabra suave que enamora y alienta". Expresiones líricas) y realizado como su doble evidente. Avanzando por los sucesivos alumbramientos de esas frases cort.as, subrayados en las pausas de puntuación tan marcada (mostración y apertura: estructura espacial), estas unidades (figuras verbales; imágenes de sentido) completan el fluir uniforme, no sujeto a conexión lógica previa, sino fundador él de sus propias (e inéditas) relaciones, de dependencia o de diálogo, visuales o significantes. Espacio dispuesto frente al discurso temporal; y que lo anula, al duplicarlo. En la tierra de nadie que separa al uno del otro, la experiencia de un individuo vencedor de la muerte y habitante del sueño. Situación de privilegio la de este poeta cazador dimisionario un día, pero impenitente buscador de tesoros a partir de entonces (nombres de flores, costumbres de animales, canto de pájaros), "anheloso de encontrar algo por sí mismo", en la concuriencia de ambos mundos: espacio del cielo (La emoción del celaje) y espacio del mar (Pedrería del mar). Espejos donde el mundo se duplica y donde la visión trasciende en imagen. Dos espacios que son también - como la prosa - textos cuya agitación íntima, cuya mutación constante y sugeridora, no impide la perfecta unidad física que los mantiene imperturbables en su eternidad; signos del espacio esencial "libre de la muerte" ("Es la belleza del mar nocturno, tan misterioso en sus fuerzas elementales como la sombra, el pensamiento y la vida"). Espacios-textos que [d]escriben (es decir, [re]producen) las trayectorias hacia las cuales se orientan la dinámica del conocimiento y la dinámica del sentimiento generadoras de la prosa egureniana: hacia arriba (luz que en el aire estalla y lo transparenta como prodigio), hacia dentro ("corazón de la Naturaleza que late siempre (...) los brillos de las olas, las fosforescencias y santelmos, las rocas fantasmales, forjan los signos del idioma oscuro del Caos y de los principios"). Equilibrio (prosa: poesía) que centra al individuo con su ser y con su existir; entre su ser y su existir. Porque "qué sería del hombre si tuviera el mar arriba en vez del cielo, su inquietud llegaría a ser mortal". |