EN GRANDES LETRAS DE ORO
Tú que aún tienes sangre y voz cuéntame la
historia que merezco. Escríbemela en grandes letras de oro. Yo regresaba tarde esa noche
y en la calle desierta, iluminada apenas por la luz rosada de las lámparas y los reflejos
de los charcos, estaba una mujer. Nunca he podido recordarla con exactitud. En mi memoria
suele cambiar de rostros y vestidos y sólo su cuello helado permanece. Tampoco sé por
qué lo hice. Supongo que todos vivimos persiguiendo un fulgor y cuando al fin tropezamos
con él sencillamente enloquecemos. Así debió pasar conmigo. Desperté al día siguiente
con la cara cubierta de arañazos y una cadena de oro aferrada a mis manos como si
estuviera cosida.
No me considero un vulgar ladrón. Soy un
buscador de oro. Un minero que ha renunciado a abrir la carne de la tierra y prefiere
cavar sus túneles aquí en la soledad de las calles. Mi tarea no es fácil. Reconozco que
para obtener mi oro produzco dolor. He rasgado orejas, he cercenado dedos para conseguir
un extraño anillo, he quebrado cuellos, he arrancado dientes luminosos. Perdónenme,
víctimas queridas, y consuélense si de algo les sirve porque en todo este tiempo no he
podido endurecerme.
Jamás he vendido el oro que recojo. Guardo
cientos de sortijas, collares, escapularios, pulseras, guardapelos; dijes que son flores,
volutas, labios, ojos, insectos. El oro es mi dolor en el costado que sólo puedo aplacar
cuando lo contemplo. El oro es mi aire y mi danza solitaria y mi áurea edad que cada
noche recupero.
A veces pienso en el destino de mi tesoro. Creo
que al final, cuando tenga el material suficiente, haré una estatua idéntica a mí toda
fulgurante de oro puro y en una barca me alejaré para arrojarla al mar.
No me importa que nadie pueda verla.
Me basta saber que allí en el fondo, amada por
las aguas, durará para siempre.
EL ENCUENTRO NUPCIAL
Hoy es domingo
y suenan las campanas porque ella
otra vez se casará.
La luna ha descendido
vuelan enloquecidas las antorchas
llamando a todos por las calles
y aúllan los lobos
una interminable marcha nupcial.
No caben tantos novios en la plaza:
magos, jóvenes dioses, romeros,
pastores, tullidos, astrosos, jorobados.
Ella ya se acerca y abrazará al elegido.
Su vestido es negro
y mide varias leguas.
A MI SEÑORA DE LOS LOBOS
Nada es más carbón que tu nombre encendido de
carbones.
Nada es más puerta que derribar todas las puertas
hasta que mis pies y manos
se deshagan.
Nada es más largo que abordar un taxi para buscarte
en las calles vacías
o reventar persiguiéndote
miles de caballos.
Nada es más santo
que implorarle al santo
para que te traiga con sus disciplinas.
Nada es más oscuro que amenazar al farero
para que se atreva a iluminarte.
Ni en la noche ni en el día ya te encuentro,
Mi Señora de los Lobos,
ni en la cabecera de la cama
ni en los pies
ovillada de espinas.
Y es muy difícil no saber
si reinas en los sótanos,
en las torres,
en las carnicerías,
en la blancura que abraza silenciosa
a los cuerpos dormidos.
He aprendido a maldecirte,
Mi Señora de los Lobos.
He probado la risa, el olvido, la crueldad:
y si deben pasar así mis años
sólo una cosa voy a pedirte:
ruega para que no desista:
ruega para que sea de nieve
por ti
mi última palabra.