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Banda Hispânica (collage, Floriano Martins)

Carlos Germán Belli

Collage, Floriano Martins

 

Carlos Germán Belli: "la poesía es un rio interminable"

Jorge Ariel Madrazo

Oh Hada Cibernética, ya líbranos / con tu eléctrico seso y casto antídoto, / de los oficios hórridos y humanos, / que son como tizones infernales / encendidos de tiempo inmemorial..."

Corrían el tumultuoso 1961 cuando quien esto escribe leyó - con sorpresa, pronto ganada por la admiración - los versos de Oh Hada Cibernética, libro emblemático de un poeta por entonces casi secreto, el peruano Carlos Germán Belli.

Reminiscencias gongorinas, formas estróficas y giros lingüísticos que remitían a lo barroco, junto a términos de arcaico sabor hispanizante cruzados sin embargo - de modo más o menos subterráneo - por el imaginario y los signos de nuestra época; esto es: una serie de atributos nada usuales unidos, además, a un humor negro y a una ironía deudores de la forja dadaísta - surrealista: todo ello proponía una experiencia poética casi revolucionaria, altamente atractiva para un joven poeta de Buenos Aires presuroso por tomar distancia de la poesía realista - coloquial (o su contrario: un intimismo muchas veces carente de sangre), que parecía ocupar el centro de la escena.

Más tarde, seguiríamos devorando la obra de quien ya era considerado un "raro" en la poesía de América. Devorar es la palabra, como que uno de los poemarios fundantes de la poesía de Belli se titula, precisamente, En alabanza del bolo alimenticio.

Belli es peruano como el que más pero, transhumante irredimible, viajó desde muy joven - y continuó haciéndolo - por Europa, los Estados Unidos y Latinoamérica. Sus padres eran farmacéuticos ("yo nací en los altos de una botica, así que en cierta manera creo entroncarme con los alquimistas medievales"); después, los azares políticos llevaron al padre a Holanda como cónsul en Amsterdam. Y allí se fueron. Sin embargo, el gajo de la rama peruana hay que rastrearlo en un italiano del Piemonte, llegado al Perú en el siglo 19 y que fundaría una planta vitivinícola en Ica, ciudad a unos 300 kilómetros al sur de la capital: "una región mágica" (en ella zigzaguean los celebérrimos dibujos en el suelo de Nazca) y de gran riqueza arqueológica, según evoca el poeta. Que, por cierto, disfrutó allí una niñez inolvidable.

El diálogo con Carlos Germán Belli, poeta peruano - universal que ama a Rubén Darío y a los autores del Siglo de Oro, a Horacio y a Petrarca, pero también a los grandes latinoamericanos, se enhebró en enero último en Concepción, Chile, al margen del Encuentro «Ciencia, Arte y Espiritualidad» convocado por la Universidad local.

- En «El sexo en el texto», uno de los artículos que junto con una sección de poemas conforman tu libro El buen mudar, de 1987, reivindicas a Darío como quien transformó el verbo "en cosa carnal". Más: afirmas que hoy "Darío continúa copulando con su enigmática musa de carne y hueso..." También tu poesía puede ser vista como un cuerpo vivo, que bajo una apariencia muy acotada revive a la lengua dotándola de un Eros, una nueva corporeidad.

- Yo parto de una idea: la poesía como la boda de la pluma y la letra, que es el título de uno de mis libros. He ido tomando cada vez mayor conciencia acerca de la propia palabra, del uso de la palabra. Unido a ello está el adiestramiento estilístico, la exploración permanente de los "ismos". Y eso se dio a partir de mis propias inseguridades - que aún no he perdido - frente al idioma que me ha tocado en suerte.

- Es todo un gesto de humildad, reconocer tales inseguridades.

- Pero así fue. Ellas me llevaron a la poesía como a una suerte de terapéutica idiomática, ante todo a través de lecturas sistemáticas de los poetas del Siglo de Oro. Y por medio de esa terapéutica tan «sui generis», terminé de modo imperceptible en este entrenamiento estilístico y en la conciencia física de la palabra.

- Enrique Lihn, que tanto admiraba tu obra, hizo notar alguna vez que pareces tomar la lengua de la metrópolis imperial pero apropiándotela y dándola vuelta en un giro muy tuyo, muy americano. Inclusive, con un humor que hasta puede insinuar rasgos paródicos...

- Comparto lo que dices. Hablas del humor, que yo asimilé de la vanguardia; en particular de los surrealistas y de dadá. Luego de lo cual, sin la menor idea programática y de modo inconsciente, he fusionado la modernidad de la vanguardia - que fue tan rico alimento de mi etapa juvenil -, con la tradición literaria antigua. Todo sobre una base muy visceral, no desde un programa o de querer escribir de cierta manera, ni por el afán de ser original. O que, meramente, me gusten el manierismo o el neo - barroco. No, es algo que me viene muy de adentro. Al fin de cuentas, mi actitud ha sido siempre la de un experimentador naif...

- Pero, ¿cómo surgió tu admiración por los clásicos españoles?

- Bueno, en mi juventud leí mucho no sólo a Góngora sino inclusive a poetas de segunda fila de los siglos 16 ó 17, como el poeta sevillano Francisco de Medrano. Que era un manierista neo - horaciano, con una obra no muy amplia: apenas algo más de cincuenta composiciones. Yo copiaba esas composiciones casi a diario, con gran fervor, en la Biblioteca Nacional. Todo eso me llevó, ante todo, a escribir en endecasílabos o heptasílabos. Y, convergiendo con ello, aunque desde otro polo, practiqué el ejercicio de la escritura automática así como la jitanjáfora: todo ese lenguaje similar al de Oliverio Girondo en En la masmédula. Pero primordialmente, y desde la adolescencia, estuvieron siempre el modernismo y Ruben Darío, a quien también mi padre - que además era pintor de los domingos - leía con apasionamiento. Siempre llevaba consigo Azul o Prosas Profanas.

- ¿Esa obsesión tuya por homenajear a los grandes poetas clásicos, no podría equipararse a la de los jóvenes pintores que copian a Murillo o a Goya en El Prado?

- Sí, es claro, me sentía igual a ellos. Yo iba a la Biblioteca y copiaba a los poetas que figuraban en la colección Rivadaneyra. Los estudiaba y transcribía con paciencia infinita.

- Quién sabe cuántos poetas jóvenes transcribirán hoy tus poemas, con idéntica pasión.

- ¡No lo sé, ojalá! Es que toda esta maravilla de la poesía es una cadena, un río interminable.

- ¿Cómo viviste las experiencias surrealista y dadaísta?

- Participé en Lima en los años '50, en mi época de estudiante, de un grupo con ideas afines. Pero mi aproximación a la vanguardia se dio sobre todo a través de libros: la pequeña biblioteca - que aún conservo - de autores vinculados al surrealismo y al dadaísmo.

- ¿Y Trilce, César Vallejo en su faceta más experimental?

- Esa actitud de experimentación debe de haber influído en mí: a Vallejo lo leí en el colegio pero, para ser totalmente sincero, no me inspiró tanto fervor como el que, más tarde, sentí por André Breton. Andando el tiempo, me enamoré asimismo de las estructuras de las Canciones de Petrarca: ellas son para mí verdaderos "trampolines estilísticos" en los que vuelco mis propias experiencias.

- Hoy es muy frecuente que la poesía se interrogue a si misma, pero tú fuiste un adelantado en esta autoconciencia poética.

- En tal sentido también me enriqueció mucho la poesía del argentino Ricardo Molinari, que se apegaba a las formas más puras con un enorme dominio de los distintos ritmos y métricas. Fue uno de mis puntos de partida: Hay en mí un sentimiento de gratitud hacia él. Y curiosamente, de Molinari salté a sus antípodas, Enrique Molina y Oliverio Girondo.Todo eso funcionaba en mí conforme a la ley del deseo. ¡Debemos aprender a saborear todos los platos!

- En una referencia a Malcolm de Chazal, poco recordado poeta de la Isla Mauricio, recuperabas de él (como lo haces en otro aspecto con Darío) "la voluptuosidad, profundamente ligada a un sentimiento religioso original." ¿Podrías ampliar esta noción sobre la unidad carne - espíritu que también implica a lo erótico?

- Sí, yo creo que el sexo es una vía a la divinidad; nos lo han señalado algunos autores hindúes, en particular el tantrismo. Eros como una fusión con Dios. Hay un hecho erótico en el propio acto de escribir: es un acoplamiento, la fusión entre sonido y sentido. Y hay en ello un alumbramiento, un parto doloroso.

(Se le comenta a Belli cómo este espíritu de fusión palpita en un poema ya clásico, «Del lecho botánico al lecho humano», donde se ve cumplido el amor al parecer imposible de la rosa y del olmo. Ambos, "el uno en las antípodas del otro", comienzan a mudar su naturaleza: la rosa sus filamentos, y el olmo su madera envejecida, hasta que: "a la par velozmente en un instante / lejos dejan el reino original, / y no serán ya dos marchitas plantas, / pues por amor los pétalos y ramas / principian a ser brazos que se ciñen / por encima de mares y montañas, / y por primera vez / no son rosa ni olmo separados, / que al acercarse finalmente acá / se palpan, huelen y oyen / en el humano lecho conyugal, / y con pasmo se ven y saborean / en cuerpo y alma tal varón y dama."). Enseguida, agrega:

- El año 2000 comencé a escribir baladas, como esas medievales que descubrí leyendo a Paul Claudel ; y esto me llevó a las baladas de Francois Villon. Las escribí acatando todas las reglas del género. También he compuesto alejandrinos así como algunas canciones en el estilo de las petrarquescas, más una que otra villanela. Estas últimas, en dieciseis versos endecasílabos: una estructura cerrada en la que se repite un estribillo. Todo lo he reunido en un libro titulado En las hospitalarias estrofas, una selección del cual apareció en la revista «Mapocho» de la Biblioteca Nacional de Chile.

(El diálogo brinca desde Villon, a quien Belli califica de "poeta moderno, una especie de precursor del expresionismo", hasta los grabados del expresionista alemán George Grosz que él volvió a admirar en Venecia, pasando por una mención a su poema largo «Salve, Espez», alusivo a la encarnación romana de la Esperanza.)

- Por fin, Belli, la pregunta inevitable: ¿De qué raro yacimiento surgieron tu Alabanza del Bolo Alimenticio y tu Hada Cibernética?

- El Bolo Alimenticio representa para mí algo vital, en absoluto ligado al Tanatos. Creo que esto parte de mi época de joven hipocondríaco cuando creía sufrir una úlcera: era "el enfermo imaginario"; y de mis deseos juveniles de tener una salud de hierro. De allí, quizás, esos sentimientos sobre el interior del cuerpo, la senestesia.. Todo ello desembocará en el Bolo Alimenticio. Y en cuanto al Hada Cibernética, fue como una suerte de personificación benéfica encarnada en la tecnología, en la revolución moderna. El punto de origen es el mismo: se remonta a cuando yo trabajaba en dos o tres lugares - uno de ellos, la agencia ANSA - y me sentía angustiado por la falta de tiempo para leer o escribir: fue entonces cuando descubrí esa palabrita, "cibernética", y la soñé como una posible salida al agobio laboral, una superación. Todavía hoy la computadora me facilita mucho la escritura, sobre todo en la etapa del pase en limpio y correcciones. Eso sí: mis artículos periodísticos los escribo primero en la máquina tradicional. Para mis versos sigo todas las vías, inclusive el de la famosa servilleta. ¡Todos los caminos conducen a Roma!

Publicado en Trilce # 6 - Concepcion, Chile - Revista de Poesia y Arte editada por el poeta Omar Lara. (N. A.)

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