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Diálogo con Elizabeth Schön: entrando
desde la mar hacia el lazo uniendo presencias que levar sus
anclas hacia lo infinito
Milagro Haack
¿Y qué es el poema sino poner el tiempo como una permanencia?
Ida Gramcko
Me
encuentro, entre espacios, después de tantas búsquedas, para
agrietar la inquietud del olvido que me cuesta tanto abrazar. Un
artista que no está en presencia visible, cómo pude pasar al
océano sellando su puerta, sabiendo, del que deja un legado tan
preclaro en las encontradas vertientes de la literatura, que se
debe dar a conocer con honor de herencia hispanoamericana. Este
peligro, se va tornando habitual, estampando a otros, como una
víspera de titubeos al no valor; quizás, porque los creadores
contemporáneos se discurren entre la cortesía viniendo de
afuera, la historia modelada en importante lienzos desde algún
inicio, y no de la legitima cadena regenerativa que da el signo
del caracol, que construye, milenios, escuchas anteriores,
dejando, al mismo tiempo, el giro en el grano de arena para que
el hilo de plata permanezca. Obviar, todo lo ya palpado, sentido
por conciencia milenaria, es caer en un vacío, la pérdida de
memoria es, la pérdida de la vasija contenedora, primogenitura
reflexiva de la fuente y la vertiente del legado, cuando un
creador, da su palabra con arraigado, así, mismo, como buscador
de diálogos, siento que en la literatura venezolana se va
barriendo memorias; entonces, busco a la semilla, la cercana y
hermana, para revelar, despejos ineludibles de ocultar: plegado
cimiento de Elizabeth Schön.
Me abre su puerta, el verdor el aroma entran en luz. Un espacio,
lleno de memoriales dichas, mi primera mirada fue hacia una
servilleta enmarcada, tratando de subsistir “Delante de Ida
Gramcko me quito todos los sombreros”. Sin esperas, veo esos
luminosos ojos, abriendo el telón del cielo, tratando de no
dejar caer la lluvia, mirando el vuelo del pájaro rozando la
mecedora donde nuestra artista Ida, en presencia llegaba y
descansaba, después de horas dedicadas a la escritura, visión
latente en mi memoria, cuando esa misma mirada, encuentra a la
niña, mujer y gran artista, sintiendo la vivencia percibiendo lo
auditivo el movimiento del péndulo, entrando desde la mar hacia
el lazo uniendo presencias que levar sus anclas hacia lo
infinito.
Ida Gramcko.
La niña.
Cuando yo me fui para Puerto Cabello, la casa donde yo vivía,
tenía un balcón largo, que hoy en día es la casa donde esta el
Museo de Arte. Un museo de allí, que esta bordeando la Plaza
Bolívar.
Yo siempre me asomaba todas las tardes, y como a las cuatro,
pasaban siempre, a un señor muy alto y una chiquilla de pelo muy
rubio, como muy tímida y otra que siempre le colocaban un lazo
en sus cabellos. Yo la veía y decía –
hay ya se despego de la tierra, ya va ha volar
- porque ella, con sus manos atrás siempre, como si alguien la
estuviese llamando desde lejos. Ese ser que la llamaba desde
lejos, me daba la impresión, de que entonces, ella quería volar.
No sabía quiénes eran, porque estaba recién llegada a Puerto
Cabello. Pero ambas me dieron una gran curiosidad y mi hermana y
yo comenzamos a indagar, para saber quienes eran ellas.
Resulta, que ellas vivían al frente de nosotras, y queríamos
conocernos, tanto ellas como nosotras. Pero Elsa e Ida eran muy
tímidas, porque siempre estaban acompañadas de su papá, que
nunca las dejaba salir solas a ninguna parte.
Un día, en un domingo por la mañana en la misa, mi hermana, da
la casualidad que quedó al lado de Elsa.
Elsa que deseaba conocernos, y lo mismo sucedía con mi hermana,
entonces comenzaron a charlar, y lo que las unió fue una tarjeta
de primera comunión. Elsa le regaló su tarjeta de su primera
comunión y lo mismo hizo mi hermana. Bueno, mi hermana llegó,
pero alborotadísima a la casa, y me dijo:
Mira lo que me a ocurrido, hablé con
la niña catira y me regaló su tarjeta.
Yo leí y decía, Elsa Gramcko, entonces yo le dije:
que maravilla, ya somos amigas y la comencé a saludar cuando
paseaba.
Así nos fuimos conociendo.
Ida, era una niñita, que tendría como ocho o nueve años,
éramos todas muy muchachas. Yo no te puedo precisar la edad,
porque lo importante es el recuerdo y no la edad, la vivencia
que tu tienes de la persona, porque la edad es como una tela mas
nada.
Nos hicimos amigas y desde ese día nos frecuentábamos, todos los
días nos hablábamos. Ida, permanecía más oculta, ella persistía
dentro de un cuarto, que tenía una bibliotequita llena de
libros, escribiendo.
Ella era expansiva y muy tierna, sumamente tierna. Yo la fui
conociendo, ella se hizo más amiga de mi hermana Olga por la
edad, jugaban con muñecas, lo normal era una niña.
Yo sentía algo muy especial que ella tenía, que no teníamos
nosotros. A mí, siempre he tenido mucha curiosidad, de ver el
fondo de las personas. Cuando yo me acerco a un río, miro un
vaso de agua, o sirven una copa de vino, siempre me atrae ver el
fondo de las cosas.
Comencé a ver a Ida y, (éramos todo un grupo no había distancia)
ella era la que me enseñaba sus poemas que los tenía muy bien
guardados. Como un secreto, porque los padres la tenían
demasiado encerradas, los padres les daba miedo de que Ida y
Elsa se perdieran.
Ellas no podían salir solas a pasear por la plaza Flores porque
sus padres no las dejaban. Cuando
nosotros llegamos, es cuando Elsa comienza a ir a la plaza
Flores.
Ellas nunca iban a la playa estando en Puerto Cabello, nunca, yo
creo que Ida nunca se ha bañado en el mar. Si acaso se bañó dos
veces y en el río creo que jamás, ya que las tenían encerradas.
La vida en Puerto Cabello, qué era, escuchar el pito de los
barcos, sentir de lejos el rumor del mar, sentir así que de
repente venía como un aletazo de velamen de una goleta que se
desgarraba.
Eso era lo que se sentía en Puerto Cabello, lo demás era sol,
eran casas que por el calor las hacían como pequeñas. No había
colegio, el colegio que estaba era el de las hermanas francesas,
es decir, era un pueblo que estaba dentro de una soñolencia de
calor.
Una enajenación, por ejemplo, como la de Elsa, ella jugaba con
un barril, con unas ciudades que ella construía, allí, con el
barril. Ida, en su cuarto escribiendo.
Ida cuando tenía apenas tres años, ella le gritaba a su mamá,
- mamá, corre,
ven, trae un lápiz y un papel, es que tengo una cosa aquí en el
cerebro que tengo
que dictarte, que no puedo
– entonces ella le dictaba el poema a su mamá para que se lo
escribiera. Y así Ida desde los tres años le fue dictando sus
poemas, porque para ese entonces no sabía escribir.
Ida, aprendió a leer sola, mirando los letreros en la calle,
nadie le enseñó, ella aprendió sola. Por tanto, un ser dotado,
en esa forma desde niña, en un ambiente tan impreciso, que no le
brindaba a ella lo que su alma le pedía y le exigía, ella se fue
introvertiendo, y haciéndose soltar. Yo iba escuchar sus poemas,
los campanarios de las iglesias, además, su padre tocaba muy
bien el piano, y su madre era de una gran sensibilidad.
Pero eso no abastece a un poeta, y de la calidad de Ida, de la
imaginación y del genio, eso no podía abastecerla. Ella, por
ejemplo, vivía mucho el arreglo que le hacía su madre a la casa,
ella lo vivía porque era como un tocar, un rozar, las cosas que
la rodeaban sin agresividad.
Estoy segura de que el medio de Ida, era sumamente frío,
agredió, en el sentido que no le contestaba, no le ayudaba.
Alfredo, su tío, que luego fue mi esposo, un hombre muy
inteligente y artista, desde que la vio se dio cuenta del genio
de ella, la ayudaba, la distraía, la disfrazaba, le hacía
piñatas de todo.
Ida tenía un problema, ella de repente se paraba en su mecedor,
(lo hacía desde sus cuatros años) un mecedor donde almacenaba
sus poemas –
morocotas, morocotas, morocotas y morocotas
-, como tres minutos en eso. Alfredo, se preocupaba y le decía a
su madre, -
dale un poquito de agua del carmen para que se calme-,
ya que le extrañaba que una niña tan pequeña estuviese pidiendo
morocotas.
Ella, pedía morocotas, porque la morocota es una moneda que
brilla, ella buscaba aquel brillo, claro, son cosas muy
personales, que están en lo más hondo de una persona, pero que a
través de su imaginación se daban en una moneda.
La morocota sólo era un medio real, para poderse conectar con
las demás existencias. Ella lo que trataba de buscar en la
figura, o la imagen del objeto, era el valor, de ese brillo que
quería, (no monetario) mediante la asociación con una divinidad
que la alimentara a ella.
¿Qué alimenta a Ida? Nada, lo que yo te decía, el sonido, los
barcos, la brisa, el sol, la noche, su madre cuando arreglaba la
casa, es decir, era un mundo muy pequeño, para la potencialidad
que tenía interiormente. Sí Ida, hubiese vivido o nacido en otro
país, o si hubiese nacido por esta época, a los cuatro años todo
el mundo se hubiesen dado cuenta que, era una superdotada y que
tenía que asistir a un instituto de superdotados.
Ser de un temple increíble de una potencia existencial vital
feroz, porque era feroz, no era así, mediano, no, era
arrollador, era que arrasaba. La fuerza de Ida, podía arrasar
con un bosque, por ejemplo, para mí. Hay que ver la fuerza que
tenía Ida, la obra que dejó, y eso ha sido valorado, tampoco.
Bueno regresemos otra vez a las morocotas. Pienso también que
las morocotas, tenían otro sentido, es decir, ser algo donde
estuviera la permanencia. La morocota es algo que permanece y
una de las fuerzas que indujeron a Ida, a decir, fue la
necesidad de lo permanente, tanto en ella.
Yo no creo que ella rechazaba totalmente la cotidianidad. Pero
si sabía que lo cotidiano, pasaba, era fugaz. Entonces ella, una
mujer de gran energía, le molestaba, que aquello soportara la
fugacidad, porque para ella lo esencial era lo permanente, lo
que estaba más allá del tiempo. Y fíjate esto que dice: “a
sido el buen amor, y amor es esto, dulce llanto sin fin y el
alma que se alarga como un cesto,
presintiendo el jardín”.
Eso lo escribió esa niña cuando tenía diez años, y como podrán
palpar, que a esa edad escriba eso, es una cosa excepcional,
porque no puede ser, un niño a los diez años, puede tener su
sentido poético, pero decir cosas, menos profunda, más suave,
flexible.
Ella no, escucha este otro, que la marca a ella definitivamente:
“Estaba inerte, estéril, en las sombras como escondida miel, y
mi vida era apenas una alfombra, que besaba tus pies”.
Ida tenía, como condición suya eso, cuando ella quería una
gente, ella se trasformaba en una alfombra, ya te imaginas, lo
que es alfombra, a los pies permanente y el otro descansando
sobre la misma. Lo sostiene sobre la alfombra. La alfombra tiene
un sentido oriental, es un sentido oriental, de una gran
sensualidad, de una gran mansedumbre, la alfombra besa los pies,
es decir, en el oriente las mujeres se inclinan, los dueños son
los otros, son entregas amorosas.
Ida era de una mujer de una potencia amorosa, era tan grande,
grande, que se transformaba en posesiva. Esa, quizá posesión
viene de una ausencia, de que nunca encontró o encontró algo,
creo que encontró la balanza que le pudiera equilibrar en su
ansiedad amorosa, estando ligado a lo permanente, ella debió
nacer cuando Sócrates, que para los griegos lo permanente fue
una cosa de una importancia total.
El sentido de la permanencia:
Ida Gramcko, venció todo, hasta la locura.
Ida Gramcko, venció, todo hasta la locura, Ida nunca cayó, y lo
importante es ella, si estamos refiriéndonos a Ida, hablo desde
mi más profundo contacto con ella. Porque la conocí muy niña,
entre Ida y yo materialmente me enseñaba sus poemas, vivía sus
poemas y acataba sus poemas. Nunca le pedía que otra cosa que
hiciera, ni que cambiara su manera de ser. Yo acataba lo que
ella me daba como poeta.
Ella era depresiva, pero había algo dentro de ella, existía un
movimiento interior, tan potente, que esas caídas, siempre se
convirtieron en una cualidad, siempre, se convirtió en salida,
es decir, en afirmar lo permanente. Eso es lo difícil, puesto
que se toma la caída como un lujo, como un show, como una cosa
que se hace mimético todo el mundo. Ida, nunca sé mimético.
Entonces, ella tubo el arrojo, la libertad, dentro de sus
estados más neuróticos, aún esquizofrénicos que yo los viví con
ella. Dándole una posibilidad a eso, transformarlo, transformar
su enfermedad en una salida, en una apertura hacia más allá de
lo inmediato.
Eso es uno de los valores fundamentales de Ida, claro, eso la
hizo mantenerse, o permanecer un poco como aislada, porque, para
algunos poetas lo cotidiano es lo esencial, eso es lo primario,
lo más importante. Pero en Ida esa cotidianidad, existía más por
la palabra, que por el contacto, todo lo inmediato, lo fugaz,
estaba en su palabra.
Un don de ella, de tomar este cenicero y transformarlo, en la
boca de un volcán, por decirte algo. Ella era de una capacidad,
de una potencia tan grande, que era imposible de detenerla.
Muchas veces, recuerdo, una navidad vino aquí, estaba
escribiendo la Vara Mágica. Llegó pálida, se sentía muy
mal, (eso lo digo en la revista Imagen) tenía nauseas, me
dijo que había pasado la noche muy mal. Le pregunte, si había
dormido, si había comido y me dijo que no. Le propuse que
descansara, me contesto que no, - yo no
puedo,
esta noche tengo que escribir otro poema de la Vara Mágica
-
Ella, disfrutaba mucho de la navidad, le encantaba la navidad,
adornaba su árbol y compartía con cantos, era muy feliz. Ida era
un ser muy distinto a lo común, porque yo me hubiese ido a
dormir, ya que no resisto, soy mucho más débil. Ida tenía una
fortaleza, una resistencia increíble, pero esa fortaleza era la
transformación, del ser solitario, del ser débil, del ser frágil
que moraba en su alma. Y eso se lo daba por su hiperactivo, era
un hiperactivo en ella de lo trascendental, desde sus primeros
poemas está.
Ella no era una persona habitual, tratarla como un ser común,
era desfallecer, porque te equivocabas de entrada. Así, continuo
escribiendo. Sí, Mariano Picón Salas la compara, con Sor Juana
Inés de la Cruz, no la compara, por aprecio a Ida, la compara
porque se da cuenta con que poeta él estaba tratando. Además,
todo el grupo que rodea a Mariano, tenían de la opinión de Ida,
que ella era un Calderón de la Barca.
Si Ida, hubiese nacido en otro país, Ida fuera una de las
primeras poetas que han existido en el mundo. Para un francés,
hoy en día, creado, imbuido con toda la influencia que se deriva
del existencialismo, sobre Francia, ustedes creen que les
sucedería fácil comprender la poética de Ida, creo que les sería
totalmente imposible. Porque son dos polos opuestos, sin
embargo, a Ida le era muy fácil comprenderlos a ellos y saber
dónde estaban, ubicarlos, lo que ellos no podían hacer con Ida,
incluso muchos poetas latinoamericanos.
Y esto no lo digo, porque la quiero, su poesía lo da, lo
sustenta. Qué poeta hoy en día puede sentir el absoluto sino
como un vacío, ella no lo llegó a sentir así, ella lo sintió
como algo de una humanidad inhumana, que transcendía lo humano,
que estaba más allá de todo concepto.
Ida Gramcko: hacedora del lenguaje, lo absoluto sobre el rechazo
en su época.
Ida fue muy atacada, sobre todo por los poetas jóvenes,
rechazada, sin ninguna comprensión, porque yo tenga un lenguaje
distinto, eso no distancia nada. Para mí, lo importante esta en
la palabra que dice, para mí lo esencial.
Vuelvo a Prometeo, es el fuego del cual venimos, a través de
actos, porque mirar a través del fuego es la imagen sencilla de
lo absoluto, ese fuego arrollador, esa interioridad que uno no
sabe dónde comienza y donde termina, porque para eso no hay
precisión, sino idioma, Esa es la vida. Además, la lengua
actual, es una moda. Ida, lo descubrió y de allí, que ella,
nunca intentó imitar, hacerse como participé de problemas que su
alma había superado.
Cuando se percibe su unificación, su compenetración entre ella y
la palabra expresando su autenticidad. Esos grandes poetas, como
Gabriela Mistral, abarcó lo que abarcó Ida en su poesía y en lo
demás. Hizo periodismo, teatro, y tal vez nunca en nuestro país
se repita un hecho, de sentir lo trascendental, toda presencia,
toda ausencia se convertía lo absoluto.
Yo creo que la poesía de Ida, va hacer por años muy silencia,
casualmente dependemos en absoluto de las presencias inmediatas,
lo ausente no lo indagamos más, lo ausente, es ausente y nada
mas. En Ida Gramcko, lo ausente se transformó por pasión misma
de ella, en lo trascendental, lo que sí la apoyaba.
La muerte: continuidad de lo permanente.
Sobre la muerte en todo poeta, es algo, es como guiílla, lo que
va delante del barco. No obstante, a veces, allí esta lo bello y
lo profundo de Ida. Para ella, la muerte no es un fin, es una
trasformación, una posibilidad, de seguir existiendo, la materia
sobre todo, de continuar permaneciendo, puesto que era la
capacidad de ella misma de la permanencia y en su poética hay
algo muy bello que ella dice: “la
palabra funda al mundo”.
Es el hombre que le da un fundamento de permanencia a las cosas.
Yo digo que los poetas escriben un solo libro. Ida, escribió
treinta y tantos libros, pero escribió uno solo libro, que es su
alma. De todo lo que padeció, del todo lamento que ella se vio
sometida, Por tanto, hay que leerse toda la obra, Salmos,
Poemas, donde se encuentra El cementerio Judío, El salto Ángel.
En el fondo Ida era una mujer totalmente materna, puesto que ese
don de querer transformar la vida, o del existir, ese anhelo de
la permanencia, yo creo es materno. “Y
acaso morir sea, continuar acrecentadamente esa paciencia,
inmovilizando el visaje y la vista en un sosiego hierático, para
que existir sin habitar, se lleva a efecto. Existir, no vivir,
porque se han unido las dos cosas, no ha costado tanto no ser
vida, asumir la crudeza interior, la desnudez crecida que
dominan almas, porqué crece, se nace con dinamia secreta.
Ineludiblemente se remueve una arcana gardenia, cuando
gozosamente se agiliza una mano”.
Allí esta Ida, allí esta totalmente discernido el pensamiento de
Ida Gramcko.
Ella, como la poesía, nace para existir, la vida lo cual
volvemos a lo permanente. Ida está aunque no en presencia
física, una mujer del temple de ella, de su inteligencia, tenía
que darse traspiés.
Sobre lo cotidiano en Ida Gramcko.
Da la impresión, por el contacto que yo tuve con ella, como si
Ida rechazara lo cotidiano, pero no creo que ella lo rechazara,
ella lo que quería que esa cotidianidad fuera capaz de acercarse
o ser absoluto, era un amor hacia aquello para que pudiese
alcanzar lo verdadero, es un gesto más que te afirma su
capacidad femenina. Por ejemplo, la muerte en ella era
necesaria, por la condición del tránsito de transformación, era
un paso que se tenía que dar, donde se renovaba la existencia, y
la vida.
Ida era un ser indomable, y desde pequeña, ella lo sabía, lo
tenía por dentro y a la vez, era un ser con grandes
incertidumbres, dudas. Pero eso fue lo bello, ella pudo conocer,
poder captar todas esas dudas, incertidumbres, llevándolas al
plano de la posesión de lo cotidiano. Poseer lo cotidiano, para
darle a lo cotidiano lo trascendente. Fue su actitud, frente a
lo cotidianamente de la vida, llevando su trasfondo a lo
eminente en su ámbito poético.
Ella era la alfombra, su pasión hacia la poesía, y hasta el
último momento de su vida escribía. Entonces, agradezco tanto
por permitirme decir esto, y a ustedes por insistir sobre ella,
porque Ida es un valor que se pierde de vista como poeta. Y a
mí, me duele, que no se le acerquen a conocer como es ella,
porque entre Ida, como persona y poeta no hay diferencia, no
existe diferencia alguna.
Mensaje: mediación hacia la reflexión.
Los poetas actuales no pueden borrar a Ida, ni eliminarla, lo
que queda, es casualmente, lo que se atreve a revelarse contra
básico, como un desafío. Un reto, no por un anhelo de lucha o de
combate, un desafío por la profunda verdad de saber que lo
permanente esta más allá de los básicos, del sentido inmediato
de toda inmediatez y de toda cotidianidad, eso en el caso de
Ida.
Ida no te podía hablar de lo cotidiano que fuera irreverente a
lo permanente. No se podía someter a eso, porque lo había
transcendido. Ella, nos los afirma con esto, del poema Caracol,
el mismo yo, más caracol, termina así: “La
forma circular es la infinita”
Tú singularidad alcanza lo infinito, entonces ella esta uniendo
los dos polos, lo singular, lo múltiple, con lo infinito. Eso
hay que respetarlo, pese a que tu no participes de esa idea,
tienes que respetarlo.
El poeta tiene que ver eso detalles. Yo creo que la acción de un
poeta debe ser, de indagación, de penetración, regeneración, ser
como un rastrillo, estar escarbando la tierra, porque algún día
va a encontrar la flor. Ida la encontró.
Ella era la alfombra, su pasión hacia la poesía, y hasta el
último momento de su vida escribió.
Agradezco tanto por permitirme decir esto, a ustedes por
insistir sobre ella, a ti Milagro, porque Ida es un valor que se
pierde de vista como poeta. Y a mí, me duele, que no se le
acerquen a conocer como es ella, porque entre Ida, como persona
y poeta no hay diferencia, no existe diferencia alguna. |