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Lucha contra la metafísica y
subversión mística en la poesía de Jaime Sabines
Ricardo Cuéllar Valencia
La
poesía de Jaime Sabines desde el comienzo –Horal- toca,
asido al cuerpo pensante, el tiempo y la nada que lo habita.
Conciencia clara de ese “Lento, amargo animal, que soy, que he
sido, /amargo desde el nudo del polvo y agua y viento/ que en la
primera generación del hombre pedía a Dios”. No se trata de la
conciencia de la primera e ingenua imagen romántica de la
existencia humana. El amargo animal sabiniano se mira a si mismo
más allá de su condición de ser, de la primera generación del
hombre. La voz amarga trepa a la garganta, asfixia, mata y
también resucita. Materias amargas que se cuajan en la palabra,
“voz amarga”, que viene de lo prenatal y presustancial, que
transita a lo largo de la existencia, al mismo tiempo que funda
la vida e inaugura la muerte; además, se nos aparece a cada
instante como una revelación inconfundible.
Desde este primer momento pese a que el poeta acude a elementos,
figuras e imágenes bíblicas no se regodea o agota en ellas. Todo
lo contrario. Desde ellas salta e inaugura otra manera de
entender la condición humana. No es que el hombre de repente se
encuentre solo. Más allá de la mirada teológica de entender la
soledad o el abandono como un castigo, el poeta comprende,
rebasando la historia y su propia intuición, que la nada es el
lugar desde donde venimos como materia. Esto nos conduce a
considerar que no es amarga la palabra por maldición o expulsión
del idílico paraíso inventado por los cristianos. No se trata
del pecado o la culpa. Que la soledad es parte esencial de la
existencia humana. Y como la entendió el alto romanticismo
alemán, por ejemplo, en el poema Himno a la noche de
Novalis, nos encontramos con la relación noche-creación, como
una relación reveladora. Sabines humaniza, corporiza esta imagen
romántica. En palabras de nuestro poeta, es el escritor quien
descubre “que en las noches de exacta soledad” esos minerales
amargos que habitan la condición humana suben de las entrañas de
la vida a la garganta y ejercen sus poderes: Quita el aliento,
nos deja muertos y, para empezar de nuevo, “resucita”.
No es una marca, es una condición. No es un asunto teológico,
más sí y sobre todo algo que tiene que ver con la vida, es
decir, desde el nudo del polvo. Esta metáfora la interpretamos
como el comienzo, no origen, de la materia, comienzo de la
materia que la Biología y la Física han demostrado
científicamente. Nudo del polvo, comienzo del comienzo de la
materia viva que implica agua y viento como elementos propios de
la materia en movimiento, anota el poeta. Al surgir la primera
generación del hombre, no la pareja mítica de Adán y Eva, la
conciencia mítica y mágica de esa primera generación ha
entablado con un ser que ella misma ha nombrado (Dios) más que
un diálogo preguntas, preguntas que esa conciencia no puede
responder por ser imaginarias.
Otra precisión decisiva. El poeta declara: “amargo desde
adentro, desde lo que no soy… Lento desde hace siglos, remoto
–nada hay detrás- lejano, lejos, desconocido”. Evidentemente en
el poema las imágenes y metáforas contienen una visión, una
filosofía. Poesía y filosofía se conjugan como bien los supieron
los antiguos presocráticos y muy especialmente al alto
romanticismo alemán. Sobre todo la filosofía desde Nieztsche,
Heidegger, Sartre, entre otros, ha puesto el pensamiento en el
orden de los intereses de la vida y por lo tanto la especulación
metafísica quedo en un nivel secundario para la reflexión y la
poesía modernas.
La formación literaria de Jaime Sabines está en estrecha
relación con las preocupaciones, búsquedas y hallazgos que la
filosofía y la poesía ha logrado en el siglo XX.
No hay nada atrás. Aquí el poeta es decididamente preciso. No
hay nada atrás que explique la condición de este amargo animal
“desde dentro”, incluso “desde lo que no soy”. Esa primera
generación humana viene desde hace siglos, remota, lejana,
desconocida. Ninguna de estas imágenes-ideas aluden a un origen
mítico o religioso. Están más cercanas al pensamiento filosófico
y a las indagaciones de la historia, la antropología, la
biología y la lingüística que desde el siglo XIX dejaron las
preguntas metafísicas para formular otras apoyadas en
investigaciones que siguen desarrollándose hoy en día a partir
de las teorías de Lewis Morgan, Charles Darwin, Ferdinand de
Saussure y Carlos Marx, principalmente.
Lento desde hace siglos, “…remoto, lejano, lejos, desconocido”.
Poco ha cambiado el amargo animal, aunque sabemos que es antiguo
y, también, sorprendentemente lejano a nosotros mismos; esta
lejos de ser entendido, más clara y estrictamente dicho, el
amargo animal sigue siendo desconocido por el mismo pese al
desarrollo y la diversificación de las llamadas ciencias
humanas. Asunto propio de la condición humana. La poesía de
Jaime Sabines es una esplendida aproximación.
Estos versos del tercer poema del primer libro de Horal,
de Jaime Sabines son los que indican su preciso y decisivo punto
de partida. No hay rastro posible para la especulación.
Entendemos que cifra en una inusitada síntesis la historia
humana.
El cierre es perfecto: “Lento, amargo animal/ que soy, que he
sido”. Yo y los otros. No el yo romántico, clamoroso, afligido,
simplemente torturado ante la azarosa vida humana. Esa condición
insegura, indecisa ya fue cantada por muchos desde la antigüedad
y sobre todo en el siglo XIX.
Nuestro poeta asume otro punto de vista. Y va a ser precisamente
desde esta otra mirada como irá construyendo la visión
poética. Lo que vendrá poéticamente será un siempre
renovado debate con la metafísica, y no un regodeo festivo con
ella. Especialmente en este espacio poético Jaime Sabines hace
gala de un exquisito humor negro, poco frecuentado, sin olvidar
sus maestros de los Siglos de Oro español, sobre todo su amado
don Francisco de Quevedo y Villegas.
En un movimiento estrictamente secreto, el poeta va dejando
versos que conducen a lo que hemos llamamos la invención del
cuerpo. En el cuarto poema leemos: “Este que soy a veces,
/sangre distinta/misterio ajeno adentro de mi vida”. En el poema
ya se deletrea el debate con Dios: “Hombre. No se. Sombra de
Dios,/sombra, su sombra todavía /ciega, sin ojos, ciega,/-no
busca a nadie, /espera/ camina”. Ese que detecta a veces, ese
otro es el que percibe desde la Sangre distinta, el
misterio. Es el olfato poético el hilo conductor. El poeta
percibe que desde la más secreta condición algo le habla de lo
diferente y con exacta precisión llama ese algo Sangre
distinta. Es la cultivada sensibilidad y la lucidez poética
la que esta tocando ese “misterio ajeno dentro de mi vida” y
entiende que es necesario esperar y dar paso, entonces, al
transcurrir de la vida misma.
La primera revelación poética, que nos ofrece Sabines sucede
cuando escribe, “Yo no lo se de cierto…” aquí la duda no es
tormento, es encanto revelador. A diferencia del vano
romanticismo nuestro poeta indica que algún día un hombre y una
mujer se quieren y desde ese preciso momento, poco a poco, se
van quedando solos; se entregan, se penetran y como en
efecto sucede inexorablemente -es un ritual erótico- “se van
matando el uno al otro”. Sabemos que la posesión es un doble
viaje, es decir, llegar, ir al otro para morir uno mismo y nacer
de nuevo. En la palabra poética de Sabines la revelación es
perfecta: la desnudes que es total, descubre, enseña sus
diversos lenguajes no cifrados en las palabras; por ello los
amantes para Sabines se ven desnudos y lo saben todo. El juego
de la duda es fértil: Yo no lo se de cierto. Lo supongo.
Y se va el poeta en busca de la vida, del amor y del hombre.
Hablemos, brevemente, del clásico poema Los amorosos.
Lo primero que conocen los amorosos –los auténticos- es el
lenguaje del silencio; no se trata del amor declarativo o del
ojo volteado en busca de la rendición del otro. Cuando el deseo
une y transfigura los cuerpos nace el otro lenguaje, el del amor
real. He ahí la sabiduría Sabiniana: el amor es el silencio
más fino/ el más tembloroso/ el más insoportable. El
silencio que descubren los amorosos está tejido de sutiles
ademanes, gestos, miradas, roses, movimientos lentos o fuertes
con un inocultable temblor de todos los sentidos antes y después
de penetrarse. Esa intensidad de rosa pura o de galgo total, se
vuelve vitalmente insoportable, precisamente por su absoluta
delicadeza o rapaz ferocidad. En otras palabras esos juegos
extremos someten el cuerpo al estado de misticidad reveladora o
lo conducen soberanamente a la boca ardiente del delirio carnal.
Estados extremos de exquisita plenitud, inevitables para quienes
descubren o inventan el amor en esa eternidad fugaz pocas veces
repetible. Por eso los amorosos buscan, son los que
abandonan, sólo buscan. He aquí una clave: ir siempre a
buscar. Se trata de una de las maneras de ser del deseo. Desear
en su siempre viva búsqueda, fatigosa y siempre insatisfecha de
los amorosos.
Una de las más terribles paradojas del amor es que en un momento
dado te adviertes andando como loco porque estas sólo, sólo,
sólo. Y de nuevo te entregas, te das a cada rato para
encontrarte un día, muchos días, llorando porque no salvas al
amor. El amor es una búsqueda. Ellos, ellas, esperan, no esperan
nada, pero esperan. Lo doloroso es saber que nunca han de
encontrar. Pero en su terquedad inquebrantable se lanzan una y
otra vez. Por ello el poeta es contundente: El amor es la
prórroga perpetua, el amor siempre es el paso siguiente, el
otro, el otro. A los amorosos los habita la insaciabilidad.
De regreso se encuentran con la soledad. Pero allí están,
persisten. Los atrapa todo tipo de pesadillas, insomnios,
delirios y espantos.
Un elemento del poema es clave y decisivo: Los amorosos son
locos, sólo locos / sin Dios y sin diablo. El amor pleno o
total indefectiblemente conduce a la locura. ¿Por qué sin Dios y
sin diablo? Primero es bueno saber que la locura es
decodificación, trasgresión y por lo tanto borra barreras, las
tacha o elimina. Por ello ya ha escrito el poeta: quise
decirte: hermana. / Para incestar contigo / rosas y lagrimas.
Y también ha descubierto: mujer, ternura de odio, antigua
madre. Haber entendido esos juegos perversos y referirlos
poéticamente implica poner en cuestión el orden moral, por lo
menos el occidental. Así vista la locura como acción y deseo
trasgresor deja fuera de lugar en el hallazgo amoroso la
presencia del bien y del mal, las figuras de Dios y el diablo. O
mejor dicho en palabras del poeta-filosofo Federico Nieztsche:
Se trata de vivir, de conocer, de amar más allá del bien y
del mal. Dura y cara tarea para los que pretenden reinventar
el amor, propuesta ya hecha por Rimbaud. Sabines desde joven lo
sabe y lo asume con una terca e infatigable lucha.
Desde la comprensión cabal de las batallas por adelantar, desde
el cuerpo insurrecto, se une Sabines al poeta y filosofo
presocrático Heráclito, para iniciar el segundo poemario, La
señal; trae el siguiente epígrafe: Penoso es luchar con
el corazón. Cada uno de nuestros deseos se compra al precio de
nuestras almas. Si cambiamos alma –como propuso William
Blake- hablaríamos de nuestros sentidos. Este el sentido
Sabiniano.
El poeta sabe que el corazón del hombre está sólo, que sueña y
no descansa. Y más duro aún: No tiene casa sobre el mundo.
Y ante el soliloquio de unos y otros predicadores con sincera
malicia nos invita ha: entreteneos aquí con la esperanza.
La esperanza no vendrá, sólo existe en el aquí, ahora. Entonces
vive, vive, vive, nos invita e incita el poeta
¡Oh! ¿Cuánto cuesta ir a la noche, al alba, hablar con el dolor,
la ilusión, el mito, mirarse convaleciente, triste. Ir y volver.
Volver e ir por los círculos concéntricos de la existencia
humana. Más llega el día en que el poeta redescubre su realidad
terrenal, corporal: No hay más. Sólo mujer para
alegrarnos, / solo ojos de mujer para reconfortarnos, sólo
cuerpos desnudos, territorios en que no se cansa el hombre.
Estamos en el sexo, belleza pura, / corazón sólo y limpio”.
La belleza pura lo crean los cuerpos, sólo los cuerpos. En este
territorio no debe, no es posible dejar que entren los fantasmas
del miedo impuestos por la moral. Principio decisivo para
iniciar la construcción del otro cuerpo En la plenitud de la
desnudez de los amorosos surge, desde sus carbones ardientes, la
belleza más pura que nos pertenece. Este planteamiento tiene
raíces profundamente nietzscheanas. En la palabra poética de
Sabines adquieren un acento particular, propio que hoy
identificamos.
Así pues que desde el primer libro Sabines se deslinda de la
metafísica en torno a la vida del amargo animal que nos posee.
Sabe que es desde una sangre distinta desde donde parte la
siempre inacabada lucha por construir el otro cuerpo. En la
segunda parte de La señal da comienzo a un
cuestionamiento de la metafísica que trataremos en otra
ocasión. El amor será la piedra de toque de sus más encendidas
luchas y hallazgos. La construcción del otro cuerpo exige,
necesariamente, debatir, descifrar hasta lo imposible el amor,
la soledad y la muerte.
Partimos de la idea de Colerige que detrás de todo poeta hay un
filósofo, más allá de los kantianos que todo lo reducen a las
consideraciones de la razón pura. Allá ellos. hora, es el cuerpo
el que piensa, el que ve, el que requiere cambiar, inventarse de
nuevo como lo percibió con extrema claridad Antonin Artaud. En
el caso de la poesía de Sabines no es un debate desde la
enfermedad y la locura. Este poeta mexicano llega a los extremos
por la vía del placer en su doble condición: posesión-ausencia.
Fecunda es su visión de lo sensitivo, amoroso y erótico. En un
movimiento absolutamente subjetivo salta a la otra orilla: la
mística. De la hirviente vida pagana pasa a la adoración
sagrada.. Se trata de un rejuego del cuerpo del cuerpo que
advierte sus dos maneras de ser en la vida humana: los fuegos
luminosos de los sentidos y las finas luces de la contemplación.
Para el poeta que escribe en la más íntima soledad, apenas una
delgada línea separa la memoria del cuerpo que cobra su
presencia o anuncia se ausencia. Es tan intensa la emoción del
recuerdo de un cuerpo amado en su plena desnudez como el
recuerdo de una virgen dulcemente amada como la Tía Chofi,
ligada a los afectos familiares, a la vida, no a otra cosa más
allá de lo humano, contemplación de lo humano recordado,
recuperado.
Huidobro, aún bajo la influencia de la tradición occidental
greco-latina, escribió: “El poeta es un pequeño Dios”. Sabines
de da la vuelta: “Pequeño Dios el hombre”. Para sabines el que
habla no es Dios si no el hombre.
Si la mística define los grados progresivos de la ascensión del
hombre hacia Dios, ilustra con metáforas el estado del éxtasis,
produce discursos edificantes. En el caso de los grados de
ascensión se trata del pensamiento, la meditación y la
contemplación Sabines sabe obtener imágenes del mundo exterior y
ver las huellas de Dios en la vida humana y se recoge en si
mismo para producir la imagen de Dios y le habla a Dios. En la
entrevista que realizamos con el poeta afirmó: “Yo nunca he
tenido la idea de un Dios antropomorfo, pienso que Dios es una
palabra que nos sirve para decir nuestra propia ignorancia del
hombre.
Sabines sabe con Kierkegaard que el misticismo –ese estado
poético de primer orden- es una elección de si mismo en el más
soberano aislamiento. También sabe que el estado de alta
misticidad es propicio para revelar algo sobre el misterio de la
vida. Pero, a diferencia de Bergson, el poeta Sabines no
pretende perfeccionar nada de la especie humana, si no dar
constancia de lo que no ha sido y es el ser humano. Esa risa que
es dolor es patente de vida, huella humana, manera de ser
nuestra.
Cuando la soledad habita al poeta Sabines y en su intimidad le
conduce a la presencia-ausencia de la amada, entra en ciertos
momentos, en el estado de misticidad; el aparente discurso
evocativo es sostenido por el velo completamente transparente de
dulzura, de ternura. Si releemos el poema –de los varios de
corte místico- es posible percibir que el poeta está poseído no
por la nostalgia que emana del relato poético sino más bien el
texto delata un estado ajeno a toda razón o pasión pagana. Ella,
la amada o deseada sobrevuela como imagen que en cierto sentido
es contemplada como ser que merece todos los tributos del
adorador.
El lector sabe que ella ya ha sido, poseída o va serlo. Ese
enlace entre la contemplación que la inventa y el deseo latente
que, secretamente, detectamos es una de las claves de la mística
en algunos poemas de Jaime Sabines.
La imagen que propicia la contemplación contiene, misteriosa y
realmente, la imagen de la realidad material. De ahí que sea
posible entender ese doble juego que Sabines logra en el espacio
de la mística.
La contemplación por otro lado, no lo conduce a la divinización
como es el caso de la tradición mística de nuestra lengua; la
contemplación, en cambio, para Sabines es recreación amorosa, la
cual implica el deseo realizado o por realizarse. Es en este
punto donde podemos señalar lo que llamaré humanización de la
mística en manos del poeta Jaime Sabines.
Por ello es posible indicar que Sabines invierte la mística. No
se queda en la contemplación divinisante de la amada dado que el
es posible conducirla a la territorialidad del deseo.
El estado de éxtasis en Sabines no se aloja en un nirvana donde
ayuno y aislamiento son necesarios, indispensables, según la
tradición. Para este poeta es el estado de éxtasis una manera de
volver a la amada por medio de la revelación febril, en el
sentido de la pura belleza que crea el deseo realizado o por
realizarse. En ese momento que separa y une lo sucedido y lo por
suceder Sabines es habitado por el éxtasis. A veces esta más
cerca del uno que del otro, o del otro que de aquel. El fino
hilo que une y separa cada suceso es el deseo que es al mismo
tiempo, memoria real o memoria de lo porvenir. La memoria
implica lo acaecido como lo que vendrá. El papel de la memoria
es inventar. La memoria del deseo es tan profunda que hace
posible este o aquel movimiento. En tal sentido la posesión se
da en tanto es revelación febril, en la medida que el habitad de
la gracia crea su ronda para que viva la pura belleza como
sublimación deseante. No olvidemos que el deseo crea la
realidad.
Por otro lado el poema La tía Chofi es otra cara de la
mística poética de Jaime Sabines. La tía Chofi fue un ser
inmaculado. Solo trabajó para los desvalidos y su vida fue la de
una santa impoluta. Sabines no la sube a un altar, o la eleva a
algún lugar del cielo para idolatrarla y magnificar sus
virtudes. Todo lo contrario, le canta a su castidad sin dejar
que ninguna idea religiosa aflore, que permita glorificar su
condición y beatitud perenne. Más que un nicho sagrado el poeta
construye una instancia real, rural en Berriozabal, donde ella
moro y murió en medio de sus oficios diarios, sufrimientos y
afugias vitales.
Es desde y en su territorialidad humana que reconocemos a la tía
Chofi. Sabemos por el poema de sus dolores y trabajos, de su
amor y abnegación por los otros. Toda su presencia es
materialmente palpable en el poema y es exactamente a partir de
este relato poético de su vida que nos es posible, al mismo
tiempo, desde una lectura cuidadosa, observar que el poeta ha
sido habitado, en algún momento, al enterarse de su muerte por
un estado místico que le dicta el poema. Aquí no hay éxtasis. Lo
que sobreviene al poeta es una visión mística que le
permite, en estado de gracia, mirar, reconocer, un ser humano
poseedor de un mundo de afectos, terriblemente reducidos y, sin
embargo, plenamente gozados por ella. Más aún: un ser humano
real que ha vivido negando la vida de los placeres, entregado a
los otros. Pura irrealidad real.
Lo místico del poema a La tía Chofi se cifra en el canto
a la virginidad como una opción humana, posible, dada, en medio
de sus reales realidades vitales. La virginidad, no lo
olvidemos, es un mito que hace parte de un poder falocrático
desde hace siglos instaurado por la religión cristiana. El poeta
no lo recrea. No lo asume. Desde su visión mística le canta al
ser humano que vivió esa opción y nos ofrece por tanto a una tía
Chofi puramente viva, tan cotidianamente real que nos es
familiar y, al mismo tiempo pertenece a otro espacio. Sabemos
que varias tías Chofi existen entre nosotros hispanoamericanos.
Quién les ha cantado mejor que Sabines. El entierro de la tía
Chofi es una celebración poética como pocas conocemos en la
poesía de nuestro tiempo. Aquí es necesario destacar ciertos
ecos y resonancias rilkiano en tanto que la muerte no es
entendida como sufrimiento sino como una metamorfosis (en el
sentido ovidiano) en el juego perpetuo de las materias animales
y vegetales.
Existen otros momentos, aparentemente pasajeros en la poesía de
Sabines, en los que es posible detectar el estado de misticidad
que en otro momento destacaremos.
Pensar e interpretar un poeta es diferente a simplemente leerlo.
Yo lo he gozado hasta la saciedad. Pretender, intelectualmente,
explicar la poesía es imposible. Lo apenas plausible es intentar
ir a las posibles fuentes, tratar de detectar sus búsquedas,
indicar sus propuestas y logros literarios. Esta tarea demanda
una dedicación muy cuidadosa para no caer en los brazos de la
ingenuidad, del gusto o rechazo gratuito. El estudio de la
poesía como el de las ciencias demanda demostración, solo que
por caminos diferentes aunque, ¡que bueno! a veces en ciertos
puntos, se crucen.
Nuestra tesis principal es que en ciertos momentos la escritura
poética Jaime Sabines logra, tal vez sin ser plenamente
consciente, de que realizaba una subversión mística. No importa.
El aporte es decisivo y fundamental. |