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La poesia de Elkin Restrepo
Jorge Cadavid
Convertir la ceniza en fulgor
En poesía hay tres maneras de dar en el blanco. La primera, no
la más fácil, consiste simplemente en dar en el blanco. La
segunda, no más ni menos difícil, pero siempre inquietante,
convierte en blanco aquello donde da. Y la tercera, igualmente
asombrosa, virtualiza el blanco, pone una flecha invisible en un
arco incorpóreo – pocos advierten que la saeta ya reposa en el
blanco. Idéntica magia hermana los tres procedimientos, pues, en
definitiva, el blanco siempre pasa a serlo por el carácter de
certidumbre adquirido como consecuencia del impacto, no por su
previa condición de punto de mira.
En la poesía de Elkin Restrepo predomina como intención el
tercero de los propósitos, si es que resulta lícito hablar de
propósitos cuando se confía al “azar controlado” la
responsabilidad del acierto. Pero una vez logrado éste, sólo una
halo de evanescencia difuminador del estilo, ciertas desvaídas
alógicas, pueden insinuarnos cuál fue el primitivo impulso: si
la afinación de la puntería o la confianza en la gracia. Porque
el blanco, en cualquiera de ambos casos, ya no puede dejar de
serlo.
Ahora bien, igual que existen ficciones científicas, existen
también ficciones espirituales. Hay ficciones espirituales de
tercera y de primera clase. Las de tercera clase están muy
cercanas a la religión y al dogma. Las de primera clase están
muy próximas a la poesía. La escritura, en Elkin Restrepo, es un
ejemplo de este último tipo de ficción espiritual noventa y
nueve por ciento de ficción y noventa y nueve por ciento de
verdad, escondida aquí y allá, dicha sin decir, sesgadamente, en
un logos silenciado. Aquí se hace evidente su intención de no
apuntar a blanco alguno, aunque acabe por acertar en él a fuerza
de ignorarlo: la dádiva.
¿Qué más se le puede pedir a una poesía que ha llegado hasta el
núcleo de su propia aventura, jugándose el todo por el todo al
hacerlo? ¿Acaso el hecho de alcanzar el blanco, eso que podemos
llamar su esencia, hace que la savia última de su conquista
expresiva y existencial se cierre en la elementalidad, en la
intemperie de la vida? ¿No ha apostado esta poesía, desde sus
orígenes, por dar forma al vacío, por hacer cuerpo en la
palabra, por aspirar el decantamiento de una mística diaria, que
tiene como centro la paradoja perfecta de lo inmóvil que se
mueve y de lo fijo que se evade?
“La mejor obra es la que mantiene su secreto durante más largo
tiempo. Durante mucho tiempo ni siquiera se pone en cuestión que
tenga su secreto”, afirma Paul Valery. Secreto ha de tener la
poesía de Elkin Restrepo a pesar de su poderío conceptual, a
pesar de su inclinación, más allá de sus propósitos, hacia lo
filosófico. Secreto ha de tener para que, en medio del paraíso y
el infierno, el poeta permanezca “absorto escuchando el cercano
canto de las sirenas”.
La reserva delicada y el don de la alusión son rasgos de esta
escritura elemental y estricta, que no logra disimular la
perfección. El método que nos propone el poeta consiste en
“despojarse de lo alcanzado”, de esta forma nos conduce
verdaderamente a lo real. Es como si las palabras disiparan el
habitual estrépito para conducirnos a la sustancia del mundo.
Elkin Restrepo nombra y dice lo esencial con una voz límpida,
desnuda de artificios.
Camino
Nada vida, te pido.
El largo camino que creía
me llevaba a algún lado,
sólo hasta a mí me ha traído.
He tejido, pues,
con los muchos rumbos
mi propio mapa,
y no existe hilo,
por más que lo tienda amorosa mujer
que de él me pueda sacar.
Conozco ahora el simple vivir,
del derroche y regocijo con que las cosas
se rodean de milagro
y llaman a la gratitud.
Y digo que soy nadie.
Son ya más de veinte años de un ejercicio poético que no ha
dejado de avanzar sin apartarse nunca de sus primeros – y
esenciales – focos dinamizadores; de modo que, frente a su
continuidad y su fidelidad a un mismo mundo, la poesía de Elkin
Restrepo se nos ofrece como una especie de viaje detenido,
aventura de progresiones estáticas, itinerario contemplativo.
Esta clase de poesía opera por extrañamiento, reduce la
sustancia de lo aparente a la delgadez de una imagen, iluminada
por lo que se oculta detrás. Detrás de las palabras, las
apariencias comienzan a cobrar forma. Si pensamos las
apariencias como una frontera, podríamos decir que el poeta
busca un lenguaje que atraviese esa frontera: imágenes que
lleguen desde atrás de lo visible.
Las cosas que cambian, te cambian.
Las cosas que te cambian, no son las mismas.
Tampoco eres el mismo respecto a las cosas que
cambian.
Valiéndose de una y mil transformaciones,
acuñando una y mil verdades, la vida arma
su fuga hacia una mañana sin forma.
Esta es la herida de la que no curamos.
Este es el sueño del cual nunca más volvemos.
Esta particular forma de hacer poesía se empeña en mirar de
nuevo las cosas. La creación de la imagen comienza interrogando
las apariencias y dejando marcas, a manera de faros. Cuando la
intensidad de la mirada alcanza un determinado grado, se
descubre una energía igualmente intensa que se aproxima, desde
al apariencia. El encuentro de estas dos energías – la del
observador y la de lo observado hace que el lenguaje explote. El
poeta iluminado, entonces, piensa en ese faro, piensa
intermitentemente en ese faro.
La obra poética de Elkin Restrepo traza una paciente y minuciosa
figura de un “verbo móvil”, generador de sentidos, sentidos que
a su vez, en una compleja circularidad hermenéutica, la definen
al brindarle un fundamento. Esta escritura se ha visto sometida
al imperativo de ensayar, con cada libro -véanse Retrato de
artistas (1983), Fábulas (1991), El falso inquilino (2000)- vías
de acceso a lo múltiple lo heterogéneo, a través de diferentes
estrategias discursivas. Sin embargo, es también cierto que esta
diversidad de escrituras reúne una fundamental unidad: la unidad
de lo múltiple.
No es una tarea nada fácil
ésta de tomarse día a día y darse forma
y ordenar un sentido a todo
y parecer natural y también convincente
y alzarse levantar el vuelo hacia otra región más alta
como si fuera poco como si fuera nada
cargar con quien aquí muy dentro
y con las mismas fuerzas las mismas palabras
argumenta contradice echa a pique
una a una verdades sueños
que uno levanta día a día luchando
aferrándose hasta sangrar
a fin de cumplir con algo en la vida
a fin de alcanzar
lo que nunca en verdad se te ha pedido.
La clave aquí está en la simetría de las energías y, por tanto,
en la simetría de la mirada. Meister Eckardt hablaba de esa
reciprocidad cuando escribió: “El ojo con el que veo a Dios es
el mismo ojo con el que Dios me ve”. Es la imagen poética como
revelación. Es la tentativa de inmersión en lo absoluto o viaje
hacia el interior divino encontrado por los místicos a través de
dos vías de ascesis: la meditación o la poesía (ojos de la
imaginación). Cuando un escritor piensa, su espíritu viaja
lejos. El poeta persa Hallàj lo expresó de la siguiente manera:
“Yo, que he visto a mi Señor con el ojo del corazón, le digo:
¿quién eres tú? Y Él me responde: ¡Tú!”, lo cual confirma otra
sentencia suya: “El ojo con el que tú me ves, es el ojo con el
que yo te veo”.
Elkin Restrepo sólo quiere en su poética desnudar al lenguaje,
devolver las palabras a las palabras, verlas en lo que éstas
tienen de sólido. De allí la recurrencia de la mirada, del
gesto, del cuerpo. De allí el “contrapunto de maneras y tonos
diversos” del que nos habla José Manuel Arango.
Partícula
Alzo la mirada al cielo
y tanta belleza y misterio me agobian;
tantos mundos girando
en la penumbra de Dios
me hacen sentir
cuán insignificante y pequeño soy.
(...)
Soy, en la divina urdimbre
que une y sueña todo,
en el extasiado enjambre de astros
y cosas que nacen y mueren
(así no lo entienda,
insignificante como soy),
beneficiario de tanta belleza.
Lo que trae el día
reúne la poesía de Elkin Restrepo desde 1983 hasta 1998. la
selección estricta de José Manuel Arango, incluye: Retrato de
artistas (1983); Absorto escuchando el cercano canto de
sirenas (1985); La dádiva (1991) y Lo que trae el
día (1998). Detrás de cada uno de estos libros, un solo
propósito: “Heme aquí, de nuevo, en la pesada tarea de /
transformar la escoria en visión, / el vacío y el abandono en
sueño, / toda ceniza en fulgor”. Esta es la “palabra sin reino”
que busca expresar con tonos y sentimientos diversos el misterio
natural de la vida, la “memoria del mundo”.
De visiones y fulgores está construida esta poesía: “La nobleza,
la generosidad transparente y la alta soledad de su poesía son
esencias que dignifican el nítido esplendor de su mundo, y la
emoción con la que ha logrado hacerlo llegar hasta nosotros. Una
brillante constelación parece ser la procedencia de sus poemas,
que él nos ofrece con todos los secretos que le han sido
confiados”. Santiago Mutis ya había entrevisto, en 1982, ese
“nítido esplendor de su mundo” .
En esta última antología descubrimos de nuevo esa coherencia
secreta: “perfecta matemática, serena abstracción”. El poeta es
el morador que tiene el rostro labrado del lenguaje. Su esfuerzo
es por superar la escisión poesía-vida, lo visto y lo imaginado,
la superficie y la hondura. La vigilia del constructor y el celo
del obrero aparecen opacados por esta labranza pasional y
luminosa: “No reclames de ti más allá de lo que puedas dar...
Cualquier día es un comienzo, cualquier hora la convenida... Sin
espanto pero con la gracia pasajera / de quien nunca sabe para
dónde va”. ¿Cuál es el fin supremo del viajero? El fin supremo
del viajero, nos dice el poeta, es no saber a dónde va.
La poesía de Elkin Restrepo va mucho más allá del texto escrito,
su asunto es sólo la perplejidad, el singular misterio de cada
instante. Sus versos nacen de una condensación de soplos. Esta
particular forma de escritura ejercita la mente para contemplar
a Dios en todas partes.
Como si a tus ojos
quitaran la venda
que impedía ver la suficiencia de todo,
el divino enjambre de lo corriente,
el don que se te ha dado en suerte.
¿Qué es lo que trae el día? “Un hombre generoso como el río,
afectuoso como el sol, hospitalario como la Tierra”, diría un
místico sufi. El día trae en su mano el manuscrito de la
existencia completa. Un instante del día nos puede traer la
eternidad. Ángelus Silesius lo sentenció claramente. “Cualquiera
que habite la eternidad por más de un día, tendrá la edad de
Dios”.
Una defensa de la contemplación
En esos instantes en que no sucede sino el fenómeno
extraordinario de la normalidad, en esos engarces de sabiduría
cotidiana, allí transcurre la revelación para Elkin Restrepo, en
una normalidad aguda: “La poesía me ha enseñado que es en la
trivialidad y en el suceso banal, ¿y cuál suceso no lo es?, y no
en los mundos ideales, remotos, donde paradójicamente reside el
misterio de las cosas”. El asombro no estriba tan sólo en sentir
lo que hemos experimentado toda la vida como si fuera la primera
vez, pues vivirlo una sola vez es como no haberlo vivido nunca,
también es necesario vivir la repetición, lúcida y pausadamente,
como un milagro, como un resplandor.
Elkin Restrepo, en su último poemario La visita que no pasó del
jardín, tiene la lucidez del perplejo que ve el misterio en las
mismas cosas de ayer y de siempre. Sus ojos no dejan que la
iluminación se disuelva: crea un hueco permanente en la
realidad, en la que ninguna respuesta, ningún objeto agota su
lumbre: “Sólo quería estar / conmigo mismo./ Recogerme / en mi
propia luz”, es la respuesta alucinada del poeta. Lo
extraordinario consiste en ver la penumbra acostumbrada, lo
cotidiano. La mañana deja de ser una insinuación y se vuelve una
realidad. Los ojos vuelven a ver todo. ¿Y qué es todo? Lo que
vemos todos los días. Eso es lo extraordinario. Lo maravilloso
es que las cosas sean lo que son y no otra cosa. La poesía no
está en lo “nuevo desconocido” sino en una dimensión nueva de lo
conocido, en una dimensión desconocida de lo evidente.
Dos tesis estructuran este proyecto poético: la primera es que
existe una cadencia en el habla común, en la frase coloquial que
permite matices y sentidos insólitos: “Como lo demuestra la
tradición, es allí, en la frase familiar, en el lugar corriente,
donde acontece la revelación”. La segunda intuición es que en la
vida cotidiana tenemos todas las vidas posibles, todas las
tierras prometidas y que “pensar en «el otro mundo» con su
gloria y sus ventajas, como el único verdadero, desdice de todas
las maravillas encerradas en éste”. En el minuto del despertar
–para el poeta- están presentes todos los minutos de los
despertares y, simultáneamente, ese minuto es único: sólo lo
vive aquél que en ese minuto despierta y ve en él un nuevo
mundo, aquél que en esa intuición cotidiana se ilumina.
Una fábula
despertar y saber
que estamos vivos
La visita al jardín que nos ofrece Elkin Restrepo propone los
dos extremos del asombro: uno es el súbito, el rapto, pariente
del susto y de la sorpresa; el otro es el estático, el pausado,
el lento. El asombro del que nace la poesía de Elkin es el
quietista, el de la boca abierta y no el del corazón agitado. Su
asombro necesita ser rumiado, para no caer en el pasmo.
Ningún anhelo mejor
que la vida misma.
Ningún sueño más apropiado
que la misma realidad.
Ningún suceso mayor
a un día
en el cual no sucede nada.
(....)
El poeta judío-alemán Yehuda Amijai califica al poeta moderno
como un “profeta pobre”. Según él, sus salidas a comprar pan,
sus preocupaciones laborales, sus conflictos familiares son sus
visiones y revelaciones. El asunto del místico es, pues, la
perplejidad cotidiana, sus profecías están en la oficina, en la
cocina, en el supermercado: “Las usuales cosas de siempre. /
Nadie daría un peso por ellas”:
Y sin embargo
son ellas,
las usuales cosas,
el beso, el fregadero,
el jardín,
(....)
las que
en su destello,
en su paciente desventura,
elevan al cielo
el coro
que hace volver la cabeza
a los mismos ángeles.
Elkin Restrepo nos enseña la escritura como una disponibilidad
más que como un trabajo: “De su claridad y sencillez, de su
compleja hondura, depende que Dios también la oiga”. Su poesía
invita a recuperar una relación más cordial con el lenguaje.
Devuelve la frescura y naturalidad a la palabra a través del
versículo, quizá, la forma literaria más primitiva y tribal, la
más religiosa y civil, la menos pura, entre el verso y la prosa.
Hay una mística en el andar, en el respirar e incluso en el
callarse. Elkin Restrepo lo sabe. Entre el silencio, la palabra
y la contemplación se sitúa paradójicamente el poeta. Sabe que
el silencio no es Dios, ni la palabra es Dios. Sabe que Dios
está oculto entre ambas. Su tarea es contemplar la unidad de lo
simple. Elkin nos propone una defensa de la contemplación. Una
salida fuera de sí mismo, en éxtasis. El proceso es de
naturaleza extática: “Sabía sin mucha razón / que alguien venía
/ Ignoraba quién, pero alguien venía”.
El perplejo –el poeta- intuye que alguien vendrá, y que nadie
vendrá. La nada será la última aparición de lo sagrado. El poeta
entiende que hundirse en la nada es hundirse en el fondo secreto
de lo divino. La gran nada es Dios. La nada pura es el poema.
Abandonarse a la nada es la salida del infierno de la
temporalidad.
Sin embargo,
alguien en la oscuridad
estuvo en vela
mientras
tú dormías
(....)
De actuar,
no habrías tenido salvación.
¡Nadie hubiera podido con fuerza tal!
La poesía, para Elkin Restrepo, es la nada dicha, enunciada o
postulada. Su indecibilidad misma está sugerida, pronunciada o
dicha en el espacio vacío, en el blanco de la página, en ese
silencio total esculpido en el vacío de la hoja o del día:
Blanco sobre blanco.
Un blanco angélico,
venido de no se sabe dónde,
que anunciaba el límite de lo demás.
Lo vi abrazarse
a un almendro cercano
y devorar sus hojas
hasta dejarlo sin forma.
En este proyecto poético el objeto y el mensaje son borrados –al
modo zen- o enteramente transformados en una ilimitada
superficie de sugestiones que van y vienen y acaban por
movilizar la imaginación del lector. Las metáforas y las
aproximaciones sugestivas se encienden, una después de otra, por
un momento permanecen visibles en el aire y luego desaparecen de
nuevo en la noche de lo indistinto sin dejar tras de sí ni la
más mínima huella. No hay que abolir la realidad –parece
explicarnos el poeta-, todo lo contrario, hay que preservar las
alegrías simples, las cosas que parecen insignificantes pero que
son esenciales en la vida.
No es necesario pasar del jardín para vislumbrar que allí mismo
gravita lo sagrado, que una flor ya contiene el oscuro enigma. A
la pregunta ¿Qué es la iluminación?, el poeta responde con otra
pregunta: ¿La iluminación es la unión con uno mismo? ¿La unión
con el otro? ¿La unión con el interior de todo? |