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Yolanda Pantin: La sosegada voz de la testigo

Nelson Rivera

No es el país la materia de fondo, ni el punto de partida, ni la médula de su recorrido. Lo que parpadea y alumbra en País, lo que se erige de sus páginas es la voz de la memoria. Su persistencia, su ritual, la experiencia de lo vivido. Su rumor secreto, la singularidad de sus visiones y recuerdos. País es la comparecencia de una testigo. Y honra decir que no de cualquier testigo, sino de una que despliega sus imágenes como una obra abierta: entre lo que se escucha está lo dicho pero también lo no dicho: la presencia de lo olvidado, de lo que no alcanzó a expresarse, de lo que no llegó a tiempo para convertirse en poesía pero que algún día, de eso podemos estar seguros, encontrará su escritura, un lugar en la múltiple irradiación creativa de Yolanda Pantin.

Ejercicio de excavación, búsqueda adentro de sí misma, travesía por la experiencia nunca obvia, lo que la poeta nos ofrenda es una proposición, no una imposición: la sumatoria única e irrepetible de acontecimientos asimilables a esa condición que es ser de un país. En tanto que dispositivo memorístico, País es construcción tamizada por la experiencia vital de la autora. Fundada en el reconocimiento de su frágil naturaleza, puesto que la memoria nunca alcanza una condición definitiva sino que vive en transformación incesante, País son "los fragmentos de la tapicería de lo vivido que el olvido ha tejido" (la iluminada fórmula fue escrita por Walter Benjamin en su lectura de Proust). Leerla a todo lo largo de su periplo, más de un centenar de poemas estructurados en siete secciones, es atender a lo que habla y fija en sus imágenes, y también a lo que permanece oculto: lo que podría ser descubierto, lo que se resiste a ser olvidado, lo que ha dejado una estela antes de cruzar hacia la desmemoria.

País es rememoración porque hay en su transcurrir el brote recurrente de la evocación espontánea que estalla en nobles y hermosas imágenes, y es memoria porque se afana por traer a flote un pasado hundido en la desmemoria, pero que ha dejado unas pistas que la autora reconstruye con celo (lo vivido siempre deja su rastro antes de cruzar el umbral hacia el olvido).

A la manera de la saga clásica, la poeta inicia el libro con una vindicación de sus antepasados, gente que vino de las Antillas a Turmero. Las voces de los cuatro poemas que conforman la primera sección están marcadas con el hierro de la violencia. Justo al final del cuarto poema el meollo queda anunciado: Nunca se cerraron las heridas / Que cada quien dé su testimonio / Yo ofrezco el mío.

Como ocurre en toda la obra poética de Pantin, también País está cruzado por la blanca luz del asombro.

Pero necesario es decir que esa perplejidad está muy distante de ser ingenua.

El acto de maravillarse proviene, al contrario, como reconocimiento de la complejidad. En estas páginas, la historia, las formas del habla, la utilización del paisaje, las referencias cotidianas, los hechos (como el deslave ocurrido en Vargas) que nos han marcado con un dolor que no conocíamos, el modo en que hospeda a otros poetas en sus páginas, revelan una cualidad cada vez más extendida en su obra: no hay materiales profanos al hecho poético.

Todo recuerdo o andadura cabe. Si un hábito es verificable en esta poesía es la incorporación a su causa de la más heterogénea realidad: en País ese catálogo adquiere proporciones todavía más amplias y resonantes.

Lo que País aloja nos concierne. Su indagación sobrepasa los límites de la memoria intimista para erigirse en lo que llamaré una perspectiva recuperada, única y común a un mismo tiempo (de ella y de nosotros). Hitos biográficos, preguntas que dan vueltas en el aire sin encontrar una respuesta, sentencias que irrumpen y nos dejan anonadados ("yo no sabía que había tanto odio bajo estos samanes"), fantasma les personajes que reaparecen entre el polvo como si se negaran a ser olvidados, voces que increpan (quizás este sea uno de los alientos que más me ha conmovido de País: su sosegado modo de testificar e inquirir). Los he llamado ‘ejercicios de excavación’ porque se trata de una escritura que desentierra sus propias fuentes; pero además, porque en la voluntad de la poeta-ciudadana late el propósito de quien resiste: escribir País en los tiempos que corren es contravenir a las fuerzas desmembradoras de la memoria.

He escrito que País es obra abierta (creo que desde Casa o lobo hasta El cielo de París, la poesía de Pantin tiene una voluntad enunciativa, es decir, su ruego secreto consiste en ‘ser escuchada’; es a partir de Poemas del escritor, inteligente indagación del contrapunteo, donde el cuerpo del poema se interroga a sí mismo para dar paso a una cada vez mayor apertura hacia el silencio y la duda, que es el modo de inaugurar un verdadero diálogo).

Diría más: siento que la cifra final de País es su doble condición de libro escrito y obra inconclusa. El país que Yolanda Pantin nos ofrece no está definitivamente contorneado. Llega a nuestras manos para ser leído e interpretado. Quiere ser construido. No es sólo la poeta quien se ha puesto en juego al escribirlo y publicarlo. También al lector corresponde exponerse y dotar de sentido a los poemas. ¿Por qué? Porque el libro de Pantin no propone una específica objetividad, sino un lugar en la intemperie donde pueden concurrir las distintas versiones del país, tantas como lectores encuentren estas notables páginas. Digo: si algo es extraordinario en País es su ausencia de voluntad conclusiva. Su lejanía de cualquier autoritarismo.

Su belleza consiste en esto: la poeta nos dice, éste es el país de mi memoria y de mis impresiones. Pero en todo ello está siempre implícita la pregunta que la poeta extiende a quien la lee: ¿De qué habla su país ciudadano lector, de qué están hechos sus recuerdos? Ligeras herramientas Publicado en 2002, La épica del padre debe ser (forma parte de Poesía reunida 1981-2002, Otero Ediciones) hasta donde mi experiencia lectora lo sugiere, uno de los libros de más fina urdimbre de cuantos se han escrito en la poesía venezolana. ¿A qué me refiero? A la condición variopinta, polifónica e innovadora que tiene la Poesía de Yolanda Pantin.

Aunque su dispositivo escénico a dos voces, La otredad y el vampiro, se remonta a 1994 (fue allí donde seguramente aprendió y exprimió el uso del diálogo como herramienta de la expresión literaria), y que en sus libros sucesivos (La quietud, 1998; El hueso pélvico, 2002; y Poemas huérfanos también de 2002) su exploración de los recursos poéticos avanza de modo notable, es en La épica del padre donde la utilización de un amplio rango de herramientas contribuyó a redimensionar de modo decisivo la cualidad poética, el pausado y vibrante don para nombrar que tiene su poesía (la sección que lleva el nombre de El boccinista, conformada por unos quince poemas, es un deslumbrante ejercicio sobre la diáspora de una conversación, donde Pantin borda con delicado humor cada una de las piezas que lo componen).
Poesía escrita en prosa.

Secuencias narrativas. Juegos de parafraseo. Invocación de grandes autores y también de las voces inmediatas de la propia cotidianidad. Versos brevísimos o extensos. Dispositivos escénicos. Instantáneas.

Sentencias. Polifonías.

Concurrencia de voces, referencias, materiales de varia densidad, despliegue de recursos gramaticales y literarios: creo que es simplemente admirable la investigación de formatos, procedimientos y soluciones que Pantin ha hecho en su obra poética (investigación que se ha desplegado en una obra inusualmente prolífica en nuestro medio, y que está constituida por varios centenares de poemas en doce libros).

Su obsecuente y renovado regreso a Turmero. Un árbol de sentimientos entrelazados donde conviven la confesión del miedo, la intemperie y perplejidad ante el mundo. Una visión que asume lo humano como desencanto o caída.

Una mirada que se rebela contra el vaciamiento del mundo. La casa y la familia convertidas en ámbitos de la conciliación y el refugio: Detrás de todos estos lugares, que son los de su poesía, Yolanda Pantin sonríe, ejerce su derecho al escepticismo. Diría más: a tal punto toma distancia de su proceso creativo, que un recorrido histórico por su obra tendría que ser, inevitablemente, una historia de los límites, las anotaciones y los comentarios que la delicada mujer ha hecho sobre su propio texto poético. O, si se quiere, el relato sobre la extrema conciencia de la escritora hacia su propia escritura, trocada en notable batalla, poema a poema, para evitar el desgaste y la repetición.

Debo finalizar estas notas.

Pero antes de cerrar quiero intentar describir aquí en qué consiste la belleza que encuentro en País y en la copiosa obra de Pantin. Se trata de una cierta quietud que se acomoda en sus versos, que me hace sentir siempre que lo peor ha pasado, o que nuestra tragedia finalmente pasará, aun cuando no puedo dejar de ver por el rabillo del ojo el aleteo de su escepticismo siempre rondando. Está su providencial talento para entregarnos poemas pulcrísimos, sin una palabra que estorbe. Admiro sin condiciones su elegancia para esquivar toda facilidad. Digo que son incomparables sus asociaciones brillantes y leves, frases precisas como rayos. Me conmueve el que Pantin no se proponga abrumarnos. La leo y ello no me impide pensar: la mujer que sonríe no escribe para envolvernos en una retórica. No quiere presas sino lectores desafiados por sus versos. Y, lo más importante, que es eso que no-puedo-decir porque-no-soy-poeta: están esas imágenes suyas que se elevan de sus páginas, sonidos gráciles que se escuchan mientras se la lee, versos que abren sus brazos y nos salvan, palabras que nos advierten que, a pesar de todo, algo se mueve en el horizonte para cada uno de nosotros. 

["Papel Literario”. Suplemente de EL NACIONAL. Caracas, 02/06/2007]

 

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