Gerardo Deniz vs. Max Mordon (y
la poética de la historia)
Rogelio Villarreal
Hay quien ejerce cuarenta y tantos años prosa o verso / sin
emplear ni una vez el verbo sublevarse.
Gerardo
Deniz [Paños menores]
Mea culpa
Hace
varios años, desde las páginas de La Pus moderna, una
revista marginal que dirigí de 1989 a 1996, le reproché al poeta
y editor Fernando Fernández lo que me parecía una excesiva
atención a otro poeta completamente desconocido para mí: Gerardo
Deniz. Viceversa, la revista comandada por Fernández, le
prodigaba generosos espacios al autor de Picos pardos,
publicado por la Editorial Vuelta en 1987. También desconocía
ese poemario de inusitado título y el puñado de libros editados
por otras tantas casas importantes. No fue sino hasta 1998
cuando el también poeta José María Espinasa me dio a corregir
las pruebas tipográficas de Anticuerpos para sus
Ediciones Sin Nombre. En los breves textos de ese pequeño y
evocador libro descubrí a un autor inteligente, ingenioso y
dotado de un finísimo humor que amenizaba página tras página.
Poco después supe que Deniz había sido antes Juan Almela y que
había nacido en Barcelona en 1934. Quiso la suerte que
eventualmente me topara con varios de sus poemas y ensayos y con
una entrevista que le hizo Eduardo Hurtado para La Jornada
Semanal en 1997, de la cual copio el párrafo introductorio
porque viene ahora como anillo al dedo:
La poesía de Gerardo Deniz es tan intrincada y fascinante como
la Tabla Periódica de los Elementos. Experto en química y en
música, conocedor de lenguas que incluyen el ruso, el alemán y
el turco, suscriptor de complejas revistas de filología,
degustador de los más cotidianos placeres (de las “frases hechas”
a los cigarros Faros), Deniz es el poeta excepcional de
Enroque, Adrede y Picos pardos.
Años más tarde, cuando La Pus ya era historia (contracultural),
le agradecí a Fernando Fernández con un brindis (tequila y
cerveza) por el descubrimiento de este original poeta de
arraigado espíritu científico. Ahora me doy cuenta de que si
hasta hace poco era un mal lector de poesía era por culpa de
poetas engolados y cursis, sobre todo jóvenes, que, inflamados,
ardorosamente acogen en su seno el llamado estro a la
hora de sentarse a escribir.
La poesía
Hace veinticinco años trabajé en la Editorial Grijalbo, cuando
la dirigía mi amigo Rogelio Carvajal. [1] Ahí conocí a
Alejandro Rozado, quien a la postre se convertiría en poeta, y
también en crítico de cine, ensayista y terapeuta. Había
desertado recientemente de las filas del Partido Comunista, lo
mismo que yo, y nos unía una especie de desánimo existencial,
pero crítico. Poco después él huyó a Guadalajara, donde comenzó
otra vida, y yo más tarde me dedicaría a editar La Regla
Rota, una revista de arte, cultura y humor que vio solamente
cuatro números de 1984 a 1987. Todo ese tiempo lo perdí de
vista.
Pero hace unos meses descubrí en las páginas de una
extraordinaria revista tapatía, Tedium Vitae, un par de
artículos firmados por Alejandro Rozado (“La melancolía de
Mauricio Garcés” [no. 2] y “Octavio Paz: la invasión nocturna”
[no. 3]), pero no estaba seguro de que se tratara del mismo que
yo conocía. Sí, me aseguró otro buen amigo, René González,
responsable del cuidado editorial de esa revista y el primero
que me habló en los años ochenta del oxímoron, una invaluable
figura retórica que él hacía llegar a extremos delirantes. [2]
Luego de un cuarto de siglo Alejandro y yo nos reencontramos en
la Ciudad de México y advertimos que aún habitamos el exilio de
los descreídos, pero aún con el espíritu intacto. Sin embargo,
lejos de la desesperanza y de la parálisis, coincidimos en que
vivimos ahora la decadencia de Occidente y que, para afrontarla,
no hay sino encontrar la mejor manera de perecer, como lo afirma
en su lúcido ensayo “La noche de la civilización” y en cuya
parte inicial apunta: “La
única filosofía que es pertinente en los tiempos que corren es
la poética de la historia”.
Y escribe más adelante, después de discurrir sobre el
agotamiento de la civilización occidental y su debacle
irremediable:
La noche de la civilización será larga, durará todavía algunos
siglos. Lo que nazca ulteriormente —si es que nace— dependerá de
circunstancias ajenas a nosotros e impredecibles. Sólo la praxis
poética puede amacizar la subjetividad histórica del individuo.
Porque la poesía verdaderamente significativa es incorruptible.
Lo supieron desde siempre los románticos, los malditos y los
surrealistas. Decaídas las grandes religiones y aplastados los
voluntaristas proyectos de transformación socialista, la poesía
es la única dimensión sagrada que le queda al ser humano, pero
no para salvarse —insistimos, no hay escapatoria—, sino para dar
sentido histórico a la vida contemporánea.
Sin embargo, continúa Alejandro Rozado,
Apostarse en el mundo poético no significa dedicarse a
versificar la vida. Estar en esa dimensión es el resultado de un
largo proceso después del cual se van fusionando las tareas del
filósofo, el científico, el luchador social, el historiador, el
sociólogo, el poeta e incluso el profeta. Proferir la gran
caída, hacer uso de la palabra magnética para nombrar el extremo
a que está llegando la época, implica vivir en el centro de
nuestra extrema existencia sensible, representa una manera
condensada de responder al falso optimismo del progreso, al
utopismo revolucionario que se reedite y se encuentre en boga, a
la ingenuidad trágica del ecologismo o a la predecible violencia
del cafre pendejo; significa asumir el desencanto del mundo sin
azotarse como víctima; aceptar la jodidez de la vida que nos
toca, sin las flaquezas del fanático o del supersticioso de
pacotilla que no puede soportar con virilidad los tiempos que
corren. Desde la terraza del mundo poético se forja un ser
macizo, templado por las viejas luchas radicales —sus logros y
fracasos—, y ese ser no puede más que ser pesimista. Pero el
pesimismo es la única actitud humanista posible hoy en día; es
un pesimismo activista [...] incansablemente crítico y
apasionado. [...] Los poetas serán de lo más peligroso y
perturbador para el orden establecido, y serán deliberadamente
ignorados o, en su defecto cooptados, y hasta perseguidos,
precisamente porque sus voces serán escuchadas y respetadas a
fondo. Porque revelarán una realidad ineludiblemente agónica que
nos compete a todos encarar con entereza. [Replicante no.
3]
Este ensayo esclarecedor despejó varias dudas que venía
arrastrando desde mi adolescencia y mi fallida y decepcionante
militancia comunista. Por ejemplo, ¿por qué admiraba a Octavio
Paz y al mismo tiempo lo detestaba? A su muerte, en 1997,
escribí para la sección cultural de El Financiero un
breve texto que llevaba por título “La muerte de Paz”, del que
transcribo lo que sigue:
Octavio Paz fue una figura tan prominente como controvertida en
el paisaje de la cultura mexicana. Certero crítico temprano del
socialismo real —a la par que Istrati, Gide, Trosky...—, en los
últimos años de su vida su acercamiento al poder fue reprochable,
así como su protagonismo, su intolerancia y sus tajantes
sentencias políticas y filosóficas: el Encuentro de Vuelta por
la Libertad fue el Olimpo donde el Júpiter tonante de las letras
mexicanas daba y quitaba la palabra a los dioses del pensamiento
occidental. Irritado por no haber sido invitado “a tiempo” al
Coloquio de Invierno [...] exige a Carlos Salinas la destitución
de Víctor Flores Olea, entonces pusilánime representante de la
cultura oficial. Al final de sus días ya no era el mismo Paz que
condenó en su tiempo al funesto Díaz Ordaz, sino el intelectual
que condescendía con los peores presidentes que ha padecido este
país. [...]
Si bien la mayor parte de su obra ensayística es indispensable
para entender la historia contemporánea de México y del mundo,
no se trata de un cuerpo teórico sólido e incuestionable, como
quieren sus fanáticos y aduladores, sino, por el contrario, uno
que requiere de la profunda revisión y crítica por parte de
lectores y analistas [...]. El laberinto de la soledad,
por ejemplo, es un texto totalizador que olvida los diferentes
países superpuestos en un solo territorio y las distintas clases
de mexicanos que los habitan.
En el ocaso de su vida, más un semidiós que un escritor vivo,
Paz dio su espaldarazo a los grandes fraudes electorales,
dejando ver su animadversión por la desbalagada izquierda
democrática, por el movimiento zapatista y, lo que es peor, su
escasa sensibilidad ante un conflicto de tal magnitud. [...]
¿Por qué un poeta actuaba a veces como un político?
Unos años antes yo había publicado en uno de los últimos números
de La Jornada Semanal dirigida por Roger Bartra un largo
alegato contra respetables escritores mexicanos, habitantes
todos ellos de la República de las Letras, a quienes les
señalaba errores, gazapos, sinsentidos y otras tonterías en los
libros que me había tocado en suerte corregir y editar a lo
largo de varios años de labor editorial, y he aquí la razón,
supongo, por la cual ahora escribo sobre Gerardo Deniz, poeta,
ensayista y antiguo corrector de pruebas tipográficas y quien ha
contado mucho mejor que yo los avatares de este malpagado pero
ilustrativo y entrañable oficio editorial, ahora plagado de
improvisados... En aquel texto enardecido y casi ignorado,
“Tribulaciones y reflexiones de un lector por obligación”,
llegué a contar lo siguiente:
Cuando fui estudiante nunca imaginé que alguna vez me
encontraría revisando nuevas ediciones de textos consagrados e
intocables pero a veces, por qué no decirlo, también olvidables.
Y el peso de la cultura hizo su aparición: ¿cómo cambiarle un
par de frases ceremoniosas al Laberinto de la soledad?
Imposible —aunque la pregunta quedaría mejor planteada con un
¿para qué? ¿Cómo insinuarle a la infalible maestra que la saga
de García Márquez posterior a Cien años de soledad no es
más que su secuela reiterada y alargada abusivamente? No
obstante, en textos más recientes me he permitido retocar aquí y
allá (bueno, eso es precisamente lo que hacemos los correctores)
oraciones y hasta párrafos enteros: el opaco Espejo enterrado
de Carlos Fuentes estaba plagado de anglicismos y frases mal
construidas.
[1995;
reproducido en El dilema de Bukowski, Ed. Sin Nombre,
2004]
En efecto, confieso que retoqué una frase de El laberinto de
la soledad, una en la que el Poeta escribía a la francesa
“jugar un papel” en vez de “cumplir” o “desempeñar”. Pero Paz
sí sabía escribir. En cambio, a muchos otros autores los
correctores de las numerosas casas editoriales por las que he
pasado les rehacíamos párrafos enteros para que pudieran leerse
sin problema. Simplemente los poníamos en español correcto.
El ataque de los maxmordones
En una deliciosa serie de artículos publicados en Biblioteca
de México (“Mester de maxmordonía”, I a XI, 1991 a 1993)
Deniz escribe acerca de las desdichadas glorias de los
maxmordones que conoció a su paso por varias editoriales.
Maxmordón es un término en desuso que significa “Hombre de poca
estima, tardo, pasmado y sin discurso” y también “Hombre taimado
y solapado”. La palabra, rescatada por Deniz, le fue aplicada
inmediatamente a uno de sus colegas, “un sabihondo típico de
editorial”, uno de ésos que se solazan exhibiendo sus
conocimientos del diccionario y explicando a la menor
provocación la grafía o el uso correcto de tal o cual frase o
palabra y por qué debe escribirse Estados Unidos y Argentina y
no los Estados Unidos ni la Argentina o viceversa.
Ratas de escritorio que no tienen otra cosa que hacer en su
tiempo libre más que esperar a que den las ocho de la mañana
para empezar a fastidiar al resto de la oficina con su sapiencia
superficial. Yo mismo, confieso, fui víctima en varias ocasiones
de sendos ataques de maxmordonía. Con petulancia adolescente
llegué a corregir a quienes pronunciaban o escribían “mal” algún
vocablo o ignoraban el significado de otro. Sin embargo, el
trato frecuente con otras personas del medio editorial, mucho
más experimentadas que yo y también más equilibradas, me hizo
entender al cabo que esa actitud sólo presagiaba mi ruina y mi
desprestigio. Mi padre, un viejo sabio, me enseñó los principios
de la corrección y de la edición y me encaminó en el oficio, en
el que sigo y por el que he conocido a otras eminencias a
quienes he tenido el placer de publicar o de colaborar con
ellos.
Uno de los mayores maxmordones que he conocido fue un apocado
corrector del departamento editorial de una institución pública
que dice defender los derechos humanos, en la que lo que menos
importa es, desde luego, la publicación de libros y revistas y
en donde privan, en cambio, el lucimiento y la simulación (si
no, que me expliquen por qué un funcionario de medio pelo debe
ganar 80 mil pesos mensuales en un país miserable). Siempre de
traje gris y bañado en una loción vulgar y penetrante, el
hombrecillo de unos treinta años se las daba de genio infalible
en cuestiones de marcado tipográfico, corrección, redacción y
cuidado editorial. Por lo menos eso me presumió cuando me
apersoné en mi primer día como director de ese departamento.
Bien, me dije, aquí tendré un buen colaborador. Las decepciones
no tardaron en aparecer al ver su personal estilo de marcar, más
una red incomprensible de rayones rojos y azules que signos de
marcado tipográfico, como si quisiera destacar la imbecilidad o
la ineptitud del autor del texto destazado (o, por lo menos, la
del capturista). Los primeros enojos y diferencias asomaron
cuando le sugerí que era mejor ensayar un marcado limpio y
apegarse a los criterios sugeridos por don Manuel Ramos en su
Manual de corrección de pruebas tipográficas (UTEHA) o por
lo menos a los de Roberto Zavala en El libro y sus orillas
(UNAM, 1995). Sus gestos y sus ademanes indicaban que desdeñaba
mis recomendaciones y que su estilo era mejor, ya que, me decía,
incluso el anterior director de ese organismo lo había
felicitado por su extraordinaria labor como editor de la gaceta
interna. El perfumado maxmordoncito es de los que Deniz describe
con agudeza en su profusa serie: de los que evitan divisiones de
palabras que empiecen en pene- o ano- y terminen en -culo o -teta
y que tratan a toda costa de impedir la cercanía de dos o más
adverbios en mente y eliminan con saña callejones, viudas, colas
y otras excrecencias tipográficas que la tecnología digital no
ha podido exterminar todavía. No está de más contarles que ahí
empezó una larga sarta de desencuentros no solamente con el
pequeño maxmordón, sino con otros burócratas que también merecen
ese apelativo. Los maxmordones, mi estimado Gerardo Deniz,
ocupan puestos y lugares en todos los ámbitos de la vida y de
alguna manera se las arreglan para confabularse en contra de los
que ejercen su derecho a vivir con la menor burocracia posible y
con una concepción poética de la vida y de la historia, como
quiere mi amigo Alejandro Rozado: en la burocracia proliferan
los maxmordones.
El “Mester de maxmordonía” es una de las lecturas más
provechosas que he hecho en los últimos meses. Ignoro si esta
serie se ha publicado en un libro o si se publicará en el futuro
cercano, pero me gustaría que así fuera. Acaso Deniz lea estas
líneas y vea que descubrí algunas erratas perdidas (no muchas:
Tolhuasen en vez de Tolhausen, por ejemplo) entre las once
partes de su saga suculenta. Juro que traté de evitar al máximo
caer en el pecado atroz de la maxmordonía, pero me sigue
incomodando en frases como “pues no sólo disminuyen con ello
dichas correcciones...” la palabreja dichas (o dicho,
o dichos). ¿Por qué no escribir simple y sencillamente esas
correcciones? Nadie dice dichos cuando habla, creo...
Esta y otras sutilezas de la redacción las aprendí de Laura
Lecuona, que no es poeta, o no lo sé, o debería, pero sí una de
las editoras más preparadas que he conocido. Es coordinadora
editorial de Paidós, por cierto.
He dado unos cuantos rodeos y hablado aquí de poesía, de poetas,
de amigos, de corrección de estilo y de pruebas tipográficas, de
la noche de la civilización, del aliento poético que nos
permitirá sobrellevar la decadencia de Occidente para concluir
que, finalmente, todo esto me lleva de la mano al acercamiento a
la poesía —de la que me alejé tanto tiempo— y a la poética de la
historia —en la que siempre he creído, así haya sido
intuitivamente. En cuanto a los maxmordones (maxmordón casi rima
con oxímoron, y los dos son vocablos imponentes), el pertinente
hallazgo de Gerardo Deniz, poeta de rasgos geniales y lenguaje
preciso, ojalá el término llegara a popularizarse (y desde aquí
trato de contribuir un poco a la causa): hay muchos maxmordones
aún por señalar. Ellos son nuestros oponentes. No podrán
comprender jamás el espíritu de la poesía, son como los grises
habitantes de un mundo permeado por los sintagmas prefabricados
por la hegemonía imperial a que se refiere el también poeta
Heriberto Yépez en “Defragmentación. Adiós al posmodernismo (y a
los Estados Unidos)”. [3]
Notas
1. Quien también fue poeta en su inquieta juventud: “Ah profetas
estúpidos / guardianes / y alimento del gusano / donde reptan /
imprevisibles mariposas” [El cuello de la botella,
Ediciones de la revista Punto de Partida, UNAM, ¿1976?].
2.
“En la figura que se llama oxímoron se aplica a una palabra un
epíteto que parece contradecirla; así los gnósticos hablaron de
una luz oscura; los alquimistas, de un sol negro”, escribe
Borges en “El Zahir”, y en El Aleph describe la “graciosa
torpeza” de Beatriz. Esta figura que, como se ve, permite
ocultar un agudo sarcasmo bajo un absurdo aparente, proviene de
las palabras griegas oxys: agudo, y moros:
estúpido. René González decía algunos como “Era fea pero
estúpida”, “Era cursi pero pobre” y otros de ese tenor.
3. “El nacimiento de la sintagmática se observa, inclusive, en
el plano del idioma. Los idiomas —sobre todo el inglés— tienden
ahora a fijarse en un reducido número de asociaciones
automáticas. El habla entre dos estadounidenses comunes se
reduce casi siempre a ser un intercambio de clichés, aprendidos
en el cine y la televisión, donde han sido fijados cuáles son
los estímulos, las respuestas, las interacciones pertinentes en
la comunicación interpersonal. Los idiomas podrían convertirse
en un catálogo de frases hechas y temas a las que dos personas
acudirían, como un banco de datos (incluso convertido en órgano
o implante en el cuerpo). La variedad desaparece en el plano
sincrónico, aunque en cada época muy probablemente se sucedan
unas series sintagmáticas por otras, para así simular variedad,
aunque a final de cuentas las series más bien tenderán a
fijarse, porque las series sintagmáticas del pasado volverán al
presente, a ser parte del juego, a modo de sintagmas retro” [Replicante
no. 3]. |