|
Carlos Germán Belli en la hora
entremilénica
Eugenio Montejo
Desde
sus inicios la poesía de Carlos Germán Belli supo hacer suyos,
entre sus rasgos propiamente característicos, una manera y un
tono nacidos de la combinación de ciertos modos líricos
antiguos, especialmente de los siglos XVI y XVII, junto con las
formas del habla contemporánea, incluyendo en esta última las
variantes coloquiales del habla peruana. No poca extrañeza ha
acompañado a su escritura poética, sobre todo por mostrarse
capaz de asumir los motivos de un hombre de nuestros días
mediante una opción verbal que se sirve de modelos del pasado.
El procedimiento, en su caso, se ha valido de un verso a menudo
ceñido por la elipsis y la tensión barroca, en el cual se
aprecian así mismo algunos giros expresivos arcaicos o en franco
desuso. Se trata de una propuesta que, al momento de darse a
conocer, se situaba en las antípodas de cierta escritura poética
abierta -para nombrar una sola de las tendencias entonces en
boga-, la cual, bajo el señuelo de un supuesto coloquialismo, se
complacía en incorporar los elementos del habla diaria, casi con
prescindencia de estructura versal, medida y ritmo. El trazo de
Belli, peculiar e inconfundible, ha puesto en juego una sintaxis
que reelabora las formas y las entonaciones antiguas, no tanto
como un divertimento paródico, sino como una legítima propuesta
expresiva, de las más reconocidas en la poesía hispanoamericana
de la segunda mitad del siglo XX.
Tal reelaboración por parte del poeta ha supuesto en todo
instante una acendrada criba, mediante la cual el modelo del
viejo verso, sin perder su tensa factura, es puesto en diálogo
con las formas poéticas de nuestro tiempo. Es verdad que tal
reincorporación se cumple en grados y modos diferentes, según la
distancia que asuma la voz con respecto a la estructura lírica
clásica, pero siempre resulta visible su personal impronta. De
este modo, al distanciarse en parte del habla directa de su
época, se ha apoyado en los modos literariamente fijados por la
escuela barroca y sus predecesores, a sabiendas de que éstos ya
en su tiempo presuponían la existencia de dos lenguajes
distintos, y que la distancia comúnmente asumida entonces entre
el habla popular y la escritura culta resultaba mayor que en
nuestros días.
Tales distingos formales de su poesía han dado expresión, sobre
todo en sus primeros libros, a una voz de claro acento
confesional, entre cuyos motivos se reiteran la pobreza
material, los agobios propios del amanuense asalariado, la
solidaria asistencia para con el hermano inválido, la ardua
sobrevivencia común a las grandes urbes latinoamericanas y, en
fin, el vital desamparo. En sus creaciones más recientes, sin
que el reclamo social haya desaparecido del todo, se insinúan
las referencias eróticas, así como las manifestaciones
espirituales. De igual forma se ha señalado, entre los temas
peculiares de su obra, la alusión al automatismo y a la
robotización, rasgos crecientemente manifiestos en la vida del
hombre contemporáneo. “Belli es un poeta de la pérdida -ha
escrito Guillermo Sucre-, de la injusticia en el mundo, del
desamparo. Pero ni lo sagrado, ni la religiosidad en la penuria
o en el sufrimiento, ni la visión utópica son sus temas. Para él
la historia es el progresivo automatismo del hombre”.
La reelaboración de cualquier tendencia literaria del pasado
-resulta obvio aclararlo-, por sí sola no proporciona garantía
de ningún hallazgo válido. Los logros que nuestro autor se
acredita, notables desde sus primeros libros, dependen por tanto
de sus dones poéticos, más que de cualquier fórmula
preconcebida. La intensidad que recorre su poesía habla
suficientemente del grado de interiorización que en Belli ha
alcanzado esa forma a la vez antigua y moderna. Lo singular en
su caso será el acertado manejo de los viejos modelos puestos en
contacto con los modos expresivos contemporáneos, cuya
combinación produce un efecto de innegable eficacia:
Nuestro amor no está en nuestros respectivos
y castos genitales, nuestro amor
tampoco en nuestra boca, ni en las manos:
todo nuestro amor guárdase con pálpito
bajo la sangre pura de los ojos.
Mi amor, tu amor, esperan que la muerte
se robe los huesos, el diente y la uña,
esperan que en el valle solamente
tus ojos y mis ojos queden juntos,
mirándose ya fuera de sus órbitas,
más bien como dos astros, como uno.
[Poemas, 1958.]
En otros momentos de su obra el poeta se detiene en la
recreación de formas líricas más extensas, como la sextina, bajo
la pauta de la repetida combinación de versos propia de su
estructura, en la que no falta el empleo, como en otras
composiciones suyas, de la segunda persona de plural o bien de
vocablos y giros arcaicos.
Hemos aludido antes al carácter paródico que se ha atribuido a
la escritura poética de Belli, pero se trata en este caso de un
concepto que no es posible aproximar a su poesía sin una
revisión previa. Y es que la parodia supone, en la mayoría de
los casos, una deformación burlesca de textos preexistentes, una
tentativa realizada casi siempre en favor de alguna comicidad
propuesta. No ha sido éste el caso de Belli, pues nada más lejos
de su propósito que la burla deliberada. No es una intención de
mofa o sarcasmo la que lo lleva a acercarse a determinados modos
líricos que provienen de Petrarca, Góngora, Herrera, Medrano o
el Conde de Villamediana, para nombrar sólo a algunos
reconocidos poetas de su preferencia. En esta página optamos por
hablar más apropiadamente de reelaboración, un término que
resulta más cercano a la índole de su trabajo. El mismo poeta,
en una entrevista reciente, ha aludido a su tentativa valiéndose
del término refundición, vocablo éste no muy distante del que
hemos empleado. En todo caso, hay que decir que el poeta
revitaliza los modos antiguos al insertar su voz no directamente
en ellos, sino en el rejuvenecimiento que supone su empleo, una
vez que éstos son incorporados a la escritura poética de nuestro
tiempo. Dibuja así una predilección, no un recurso de fácil
manejo. Y tal empeño se conecta con una escritura que, en su
caso, va de la necesidad a la palabra, es decir, va de dentro
hacia fuera, y no a la inversa, según la imposición de algún
pasajero capricho.
Las recuperaciones de modelos antiguos hechos por Belli se
encuentran, sin duda, más cerca de algunos propósitos afines
cumplidos en el campo de la pintura contemporánea. Pensamos en
las recreaciones de ciertas obras de Velázquez realizadas por
Francis Bacon, como la serie pintada a partir del retrato del
Papa Inocencio X, en la cual la grave imponencia de la figura es
recreada a partir de los códigos de la pintura baconiana. Lo
específico de Belli, sin embargo, consiste en haber concebido
toda su obra mediante el empleo de tales procedimientos,
“complicando en los subterfugios de su barroquismo –según ha
afirmado Julio Ortega- la desnudez del yo confesional”.
Dentro de su sistema formal coexisten también visibles líneas de
humor negro que se añaden a los demás rasgos de su poesía. Ya no
se trata, en este caso, de la asimilación de formas que
provienen de siglos remotos, sino de corrientes más cercanas,
como el dadaísmo o el surrealismo. Todos estos rasgos en
conjunto contribuyen a definir su obra poética y caracterizan su
particular estilo. Unos y otros llevan a subrayar que Belli,
desde sus comienzos, ha escrito siempre a la manera de Belli, no
a la manera de un determinado autor renacentista, barroco o
dadaísta, aunque para la construcción de su singular sistema
haya abrevado, como se complace en reconocerlo, en varios
autores del pasado.
Las recreaciones asumidas con manifestación notoria por la
literatura y las artes plásticas a lo largo del siglo XX, ponen
de resalte una cierta tendencia que en otra ocasión denominamos
deltaica. Se trata de una inclinación que a su modo expresa la
sensibilidad de esta era entremilénica, en la cual el
significativo cruce de uno a otro milenio parece avivar en la
imaginación artística la propensión a trazar saldos y balances
de las diez centurias que concluyen. La obra de Belli muestra a
lo largo de su desarrollo evidentes atributos de esta época
entremilénica. En efecto, al término del milenio, la acumulación
de imágenes y motivos de los siglos precedentes parece
represarse y fomentar un fértil y largo diálogo, como si tales
imágenes se hubiesen amontonado en el delta de un inmenso río,
antes de su desembocadura en el desconcertante océano de un
nuevo milenio. No resulta extraño, por tanto, que en estos
tiempos, más que en otros, el inventario de los logros de la
imaginación propicie el intercambio de formas entre siglos
distintos, un intercambio que, como es evidente en buena parte
del arte contemporáneo, a menudo plantea la reelaboración de
creaciones icónicas de las pasadas centurias. Llevado acaso por
esa inclinación de nuestro tiempo, el pintor Francis Bacon pudo
reinventar sugestivas imágenes a partir de un modelo creado por
Velázquez en 1650, del mismo modo que el poeta Carlos Germán
Belli recrea a su vez una sextina de Fernando de Herrera, nacido
sólo treinta años después que su coterráneo, el eminente pintor
sevillano. La tendencia a la reelaboración de las artes del
pasado puede comprobarse, es verdad, en distintas épocas, pero
en muy pocas alcanza, como en el presente cruce de milenios, y
los logros poéticos de Belli vienen a subrayarlo, la intensidad
que le hemos conocido.
[Febrero, 2006] |