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josé barroeta

 

José Barroeta en tres poemas

Eugenio Montejo

 

I.

A principios de los años sesenta, el poeta ecuatoriano César Dávila Andrade me ponderaba cierta tarde un poema recién publicado por José Barroeta en uno de los suplementos literarios caraqueños de aquel tiempo. Se trataba de “Todos han muerto”, el poema que luego daría título al primer libro de Barroeta. Perspicaz y generoso, Dávila Andrade supo advertir los dones verbales del joven poeta y recalcaba el valor promisorio de aquellos versos. Al releer ahora el poema bajo la evocación del comentario, pienso que en sus palabras se concreta  una especie de carta de presentación bastante precisa de la poesía de Barroeta. Una carta que se vale ante todo de su tono para ganarse el recuerdo del lector, pues se trata de una voz que habla con cordial naturalidad, sin condescender con la garrulería que cierto exteriorismo poético mal asimilado había puesto en boga entonces con sus previsibles resultados. Leamos el inicio:

Todos han muerto.

La última vez que visité el pueblo

Eglé me consolaba

y estaba segura, como yo,

de que habían muerto todos.

El poema tiene por motivo una visita a la aldea nativa del poeta, uno de esos viajes que suponen un mítico regreso a la fuente primigenia. Tales viajes pueden cumplirse al poco tiempo de habernos ausentado o al cabo de una vida; poco importa la fecha en que ocurran pues están regidos por unas horas más bien intemporales. ¿Qué busca la memoria que regresa? ¿Abrevar de nuevo en el manantial del origen, o bien trazar un saldo de cuanto ha retenido el espíritu? Los portugueses han creado una de las más hermosas palabras para definir la añoranza que nos ata a los lugares de nuestra querencia. Pocos términos alcanzan, en efecto, la hondura definitoria de la palabra saudade. Así mismo, suelen definir coloquialmente el ansiado retorno de cada hombre a su Ítaca como el deseo de “matar saudades”, de apagar de algún modo las llamas de la nostalgia y saldar cuentas con el sentimiento del apego.

Si nos atenemos al poema que comentamos, esta vez la expectativa del regreso sólo consigue constatar que muchas de las presencias más entrañables se han ido para siempre, de modo que la geografía sentimental, la única que cuenta en definitiva, con las mudanzas del tiempo se va restringiendo a la memoria.

Al comienzo me pareció duro entender

que mi abuela no trae canastos de higo

y se aburre debajo del mármol.

El fino dominio del sentimiento guía también su prosodia. Las palabras  nacen de un acento natural, sin que el oficio y la técnica se impongan de modo ostensible. En el centro de esta lírica remembranza se encuentra la figura de Eglé, especie de Mnemosine cuya presencia parece que intentara en vano unir lo fugaz con lo permanente. Es ella, en todo caso, la destinataria de las líneas que cierran el poema:

No sé si Eglé siguió la tradición de morir

o aún espera.

El poema reúne en su brevedad varios de los elementos que se volverán definitorios de la poesía de Barroeta: la presencia de la muerte, la mención de la familia, en cuyo ámbito se sitúan muchos otros momentos de su poesía, así como la recreación constante de su comarca como centro de sus visiones. Un poeta lárico, para decirlo con el térmico inventado por Jorge Teillier,  al referirse a los creadores devotos de la tierra y de sus lares.

Creo ahora que lo que Dávila Andrade había percibido en su lectura del poema era la presencia en éste de algunos versos dados, de esos infrecuentes versos  que parecen imponérsele  a un  poeta de modo autónomo y con pleno adueñamiento de su voz. Recordemos que al hablar de su propia poesía, la rusa Marina Tsvietáieva afirmaba que de cien versos suyos, a lo sumo diez podrían considerarse en verdad versos dados, mientras que los otros son “los que ceden como una fortaleza”, lo que se logran gracias al trabajo y la perseverancia. Los primeros, en cambio, cuando realmente aparecen en la página, guían al conjunto de la composición y en cierta forma la ordenan, pues son éstos los que aportan las respuestas antes de que las preguntas lleguen a formularse. Marina Tsvietáieva va aún más lejos en otro comentario sobre el tema,  al afirmar que “uno de los indicios de la falsa poesía es la ausencia de versos dados”.

 

II.

El segundo poema  de esta corta trinidad a que deseo referirme es “Amapola”, un breve texto lírico escrito como el solo de una cantata, cuyas palabras obedecen, más que al sentido de su propio significado, al que les comunica la música que las enhebra. 

Cuando me encuentre con el sucio otoño y el paño primaveral.

Cuando estés tú desnuda sobre los cráneos que amaron

y los fervientes estemos muertos,

y las hojas sean mías sobre esa colina. Oh, amapola.

La escritura del poema muestra una clara afinidad con los procedimientos del surrealismo, y en especial con las derivaciones específicas que el citado movimiento llegó a tener en Hispanoamérica. No es éste el espacio para comentar la fervorosa proyección que los postulados de André Bretón y los suyos conquistaron en nuestro continente, una proyección sólo comparable en intensidad y alcance con la obtenida varias décadas antes por el Modernismo. La ferviente creación de grupos y revistas en las principales capitales del idioma ponía de manifiesto una significativa relación con las proposiciones del movimiento, como si en su identificación de vida y poesía. y en las libertades que propiciaba, se reconociera algo similar al romanticismo que entre nosotros no alcanzó la proyección cumplida en otros idiomas. Distinta, como se sabe, fue la situación de los países de lengua alemana e inglesa, y por supuesto bastante diferente  la recepción del surrealismo en sus ámbitos literarios. Por su parte, entre una y otra ironía, Borges solía recomendar como más fértil el movimiento expresionista. Pero volvamos al poema.

Tal vez los lectores más predispuestos a intimar con estos versos  sean los que de niño llegaron a  ver, a fines de los años cuarenta, el filme en que la hermosa actriz Diana Durban canta la famosa canción Amapola. En verdad, no hace falta el filme para apreciar el poema ni es probable que su autor lo tuviese en mientes al escribir sus versos. Si lo traigo a colación es por la primacía musical que recorre su escritura. En una poesía tan inclinada a la memoria y bien sabemos por el famoso libro de Paul Celan, que la amapola es una flor asociada a la memoria poética, no encontramos en estos versos la evocación de ningún recuerdo, al menos de modo manifiesto, aunque las sugestiones escritas en futuro parezcan acercarse al recuerdo por la vía de las predicciones.

Al mencionar el surrealismo, reparamos en el culto de la imagen dislocada, cuya eficacia arraiga con frecuencia en lo sorprendente e imprevisible, un rasgo notorio en otros libros de Barroeta. Hay que añadir, sin embargo, que el poeta no se abona a la práctica estereotipada de las fórmulas poéticas del movimiento, las mismas que terminaron por instaurar una retórica tan manida como la que en principio se deseó superar; tampoco elige para sí la oscuridad deliberada de intención críptica. Su tentativa propende más bien a apoyarse en el ritmo, sin otra medida versal definida que la que la frase lírica le demande en el momento:

Cuando mi alma atraviese la Estigia

y mi memoria teja ruidos en el vacío.

Cuando tú y yo amapola

conozcamos a Vivaldi y a Enrique Ibsen

y yo duerma sobre ti y tú sobre mí. Oh amapola,

               oh dulce y bella flor mía.

La  invocación de la muerte, en este caso plenamente confundida con la imagen del amor, obra como un espejo llamado a recuperar los seres y cosas para siempre perdidos, un espejo cuya luz enigmática construye el tiempo del poema, ese futuro que parece ya haber ocurrido. “La poesía   escribió Blas Coll en un apunte no es verdad ni mentira, sino lo que diga su ritmo”. En el texto lírico que comentamos todo resulta dibujado como el aria de una cantata que durante cierto instante sostiene su verdad expresiva apoyada en la melodía. Más allá de que retengamos sus palabras, lo que la página nos llama a recalcar es el acoplamiento entre la voz y la música del poema, puesto que la una da origen a la otra y ambas resultan indiscernibles a la luz del significado.

 

III.

El tercer poema que traigo ahora a colación es “Una rusa”, una página lírica en que el don imaginativo, la verdad del recuerdo y el ritmo empleado son los garantes de un desafío poético distinto. El nombre de la rusa, el mismo que se reitera con cierto efecto deliberado, es Tania Voroshilov. En el poema se menciona a Lenin, a su partido, y a la ciudad del Neva, la misma que entonces llevaba el nombre “del gran jefe”. Y si en los actuales días, luego del derrumbe del leninismo y de su cruel mitología, el poema puede ser leído sin recriminaciones es porque está lejos de ser un mero propósito de arte cartelario, una de esas composiciones prohijadas por el llamado arte comprometido.

Tania Voroshilov

es la rusa de quien hablo soñando.

La religión partidista custodiada por los fieles comisarios, resulta aquí sustituida por la más imperecedera religión del amor y del deseo. Gracias a la autenticidad de su tono, el poeta consigue sortear los escollos políticos del tema, y se adentra en el sueño, en esa zona onírica que Góngora acertadamente llama “su teatro de representaciones”, cuyos dominios han sido desde siempre más cercanos a la poesía:

Todo el cuerpo de Tania Voroshilov lo he conseguido

soñando.

Al apagar la luz de mi cuarto ya la tengo

cerca de mí, en Leningrado. Y en las aceras de la ciudad

que lleva el nombre del gran jefe,

Tania Voroshilov baila desnuda. Me entrega su iluminado sexo

en forma de alcohol.

No es posible, al proponerse hoy su relectura, dejar de pensar en cuanto después nos ha sido revelado sobre la ciudad de Joseph Brodsky, la ciudad elegida por  Ana Ajmátova, la del  terrible cerco durante la guerra. Sin embargo, el poema no ha sido escrito en defensa de un credo militante ni se vale de la máscara del ascetismo revolucionario, tan caro a los totalitarismos. De haberle correspondido alguna revisión, tal vez no hubiese superado la censura de los escribas del partido. La última parte, donde se encuentra el nudo sentimental del poema, contiene también una imagen desacralizada de Lenin, más propia de nuestro tiempo que de los años en que el poema fue escrito.

Tania Voroshilov es como el nombre de mis lecturas

de los quince años. Allá en la mesa de aldea que humedece la lluvia,

la foto del camarada Lenin se confundió entre libros

y yo esquié sobre su helada y calva cabeza,

siempre tomado de la mano de Tania Voroshilov.

La aldea a lo lejos, en cuyas lluviosas memorias se repasan las lecturas de la adolescencia, los álbumes y las tempranas ilusiones partidistas, junto a la fotografía de Lenin con “su helada y calva cabeza” quizá fijada en algún muro. Y más allá, por entre las serranías de los caminos, la soñada nieve de San Petersburgo, donde vive Tania, la Elena de sexo iluminado en forma de alcohol, que aparece en el sueño. No hay aquí, pues, ninguna intención de compromiso partidista, como tampoco de mofa deliberada, por más que la imagen de la pareja de esquiadores se valga del humor surrealista y haga sentir su atrevimiento.

 

IV.

Estos tres poemas pertenecen al primer libro de José Barroeta, el joven alto y delgado, de afectividad contagiosa, que llegó un día de su aldea de montaña y participó en una lectura junto a Pablo Neruda a los 17 años; el muchacho de ojos verdes y cierto desafío en la mirada que hacía recordar la fotografía del joven Arthur Rimbaud al salir de Charleville. Las tres composiciones están impregnadas, qué duda cabe, del aire de aquella época, el comienzo de los años sesenta, un tiempo de ebriedad espiritual y sorprendentes cambios de costumbres que nos escoltaron los años de la juventud. Al comentar su relectura he resaltado el apoyo rítmico de la frase lírica, el principio musical que intuitivamente ha conducido la escritura de estos poemas. Y me doy cuenta ahora de que, en cierta forma, esta presentación ternaria a su modo procura reproducir las partes de un concierto, con su andante grave al inicio, el adagio de la amapola y el vivaz allegro que cierra la página con sus rápidos compases a la rusa entre la nieve de San Petersburgo.

 

[Abril de 2006]

 

TODOS HAN MUERTO

 

Todos han muerto.

La última vez que visité el pueblo

Eglé me consolaba

y estaba segura, como yo,

de que habían muerto todos.

 

Me acostumbré a la idea de saberlos callados

bajo la tierra.

Al comienzo me pareció duro entender

que mi abuela no trae canastos de higo

y se aburre debajo del mármol.

En el invierno

me tocaba visitar con los demás muchachos

el bosque ruinoso,

sacar pequeños peces del río

y tomar, escuchando, un buen trago.

No recuerdo con exactitud

cuándo empezaron a morir.

Asistía a las ceremonias y me gustaba

colocar flores en la tierra recién removida.

 

Todos han muerto.

La última vez que visité el pueblo

Eglé me esperaba.

Dijo que tenía ojeras de abandonado

y le sonreí con la beatitud de quien asiste

a un pueblo donde la muerte va llevándose todo.

 

Hace ya mucho que no voy al poblado.

No sé si Eglé siguió la tradición de morir

o aún espera.

José Barroeta nació en Pampanito, Estado Trujillo, Venezuela, en 1942. Poeta, ensayista, profesor de literatura de la Universidad de Los Andes (Mérida, Venezuela), se graduó de abogado y años más tarde de Doctor en Literatura Iberoamericana en la Universidad de París. Participó en los movimientos de renovación poética venezolana durante los años sesenta. Residió en Madrid, Barcelona y París. Entre sus libros se cuentan Todos han muerto (1971), Cartas a la extraña (1972), Arte de anochecer (1975), Fuerza del día (1985), Culpas de juglar (1996). Su obra poética completa ha sido publicada en España por la Editorial Candaya de Barcelona. Falleció en Mérida a mediados del presente año.

 

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