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El éxtasis poético. Una
entrevista con Marco Antonio Montes de Oca
Andrea Fuentes Silva
Poeta,
pintor y escultor, Marco Antonio Montes de Oca ha sido becario
de El Colegio de México, de la Fundación Guggenheim, del Consejo
Británico, del FONCA, así como Creador Emérito del SNCA. Recibió
el Premio Mazatlán de Literatura en 1966, el Premio Xavier
Villaurrutia por Delante de la luz cantan los pájaros en
1970, el Premio Zacatecas 1984 y el Premio Nacional de
Lingüística y Literatura en 1985. Andrea Fuentes Silva ha sido
colaboradora del Departamento de Publicaciones de El Colegio de
México, de Alfaguara y del Fondo de Cultura Económica. Es autora
de dos colecciones de poemas, actualmente en prensa. Con esta
publicación anunciamos que muy pronto aparecerá, en el Fondo de
Cultura Económica, la obra completa de Montes de Oca.
En una de las tantas calles llamadas Filosofía y letras está la
casa de Marco Antonio Montes de Oca. Ahí lo encuentro, rodeado
de sus obras: palabras, pinturas y esculturas que cubren las
paredes y pueblan el suelo, dándole un aspecto fantástico e
ilusorio a la atmósfera. En un lado de la sala está la
Silla del visitante –una
escultura del poeta así titulada–, aguardando a su próximo
huésped. Y en el centro está Montes de Oca, débil ahora por las
enfermedades pero lúcido –en el amplio sentido de la palabra.
Este es un fragmento de la entre-vista, vislumbre de su quehacer
y recorrido poético: Montes de Oca no precisa de preguntas para
responder. Esta conversación es un asomarse a la ventana de la
obra del autor de
Delante de la luz cantan los pájaros y Pedir el fuego,
una mirada breve que transcribe la palabra del hombre que dice:
“Soy todo lo que miro”.
La primera vez que hablamos, nuestra plática tomó su propia
rienda por razones inútilmente explicables. Esa rienda fue una
serie de breves reflexiones sobre la discontinuidad de la
historia, es decir, el proceso de olvido al que se condenan hoy
día los hechos de la humanidad y, por lo tanto, la fragmentada e
incompleta visión que de ellos se tiene en esta época en la que
tanto se habla de “nuestro milenio”. Ruina de la infame
Babilonia, su primer libro publicado, especie de profecía de
aquel momento, los años cincuenta, fue, según usted mismo
declaró, una visión de la condición humana vivida después de la
segunda guerra mundial. ¿Cómo se ha transformado su propia
historia, su propia trayectoria literaria, y qué diferencias
encuentra entre aquellas ruinas y estos restos?
–Es
increíble el exceso de imaginación que tienen las personas, o la
falta de imaginación que tienen. Mi vida es un día, que es una
fracción de la mañana o de la tarde o de la noche, que es una
fracción de un minuto, una fracción de segundo, que pudiera ser
el éxtasis o la búsqueda tradicional y romántica de la hermosura
inasible. Todo lo demás, todos los episodios, todos los hechos
los recuerdo con cierta distancia, con cierta amnesia
voluntaria; como que todo ha sido un inmenso estorbo para no
estar en mi ser mismo, en mi búsqueda misma. He pedido limosna
toda mi vida, y la gente ha dicho que tengo muchas becas y que
soy muy holgazán pero, en realidad, a nuestros antepasados les
cortaban la cabeza si dejaban de hacer su pretensión obsesiva
mística única: yo he seguido esa ley, esa carrera, esa forma de
ser, ese cartabón, que además sí es un cartabón. Se ha dicho
mucho que la vida del poeta no ofrece nada más que dislates y
metidas de pata y fanfarronadas, y claro que dentro de ésta hay
unas vidas encogidas, pequeñas, sin biografía, y hay otras con
gran exaltación biográfica, o por lo menos que creen ello, que
están haciendo un recorrido único, en la vida de la civilización
occidental, o en la nuestra propia. Y yo creo que no, yo creo
que mi vida es esa fracción de segundo que quiero que sea una
fuente de la plegaria, porque creo en cierta forma del éxtasis.
Soy por ascendencia un romántico más que un surrealista, pese a
que tenazmente se me ha englobado en el surrealismo; creo que
históricamente sí cabe que se haga esa relación, porque yo hice,
en 1953, una escritura automática, mientras que Paz en 1951 hizo
una escritura automática pero en la masa del surrealismo, junto
a Breton, junto al ambiente intelectual europeo. Lo mío fue
simplemente una disponibilidad de sacar fuera lo onírico, el
sueño, lo automático. Pero ese automatismo también es curioso,
porque en ese momento nosotros hacíamos la escuela del
poeticismo (junto a Eduardo Lizalde y Enrique González Rojo);
teníamos postulados que implicaban la claridad de los trazos,
las imágenes ordenadas, es decir, una serie de corsés y
limitaciones que nos ponían en guardia contra el automatismo
puro. Es decir, el automatismo que no siguió Breton, porque él
no se suicidó, Crevel sí se suicidó; Breton tiene gramática,
tiene un gran manejo del lenguaje. El poeta, aunque a propósito
disparatado, es un hombre que ha llegado a la trascendencia
idiomática en el léxico de otra lengua por su escrupuloso
seguimiento de una práctica objetiva del lenguaje.
Ahora, entre las apuestas modernas que hay sobre la lingüística,
hay una filosofía de la ciencia muy cautelosa y muy específica
para tratar de explicar el lenguaje, para saber qué es. Están
Wittgenstein o Rudolph Carnap, que son los filósofos del
lenguaje. Pero igual, están tan encontradas las escuelas y las
variantes son tan ceñidamente enemigas, que más valdría que las
personas fueran metafísicas, que se refugiaran en la poesía como
una facultad, como cosas que a uno se le ocurre que sean así. De
otro modo se carece del material probatorio para que la realidad
resulte reforzada o comprobada por la misma experiencia real. En
cambio, el lenguaje poético da libertad, da subjetividad, y
dentro de esto hay que poner en orden el idioma, hay que saber
que cuando una imagen se termina, debe ser clara. Lo que pasa es
que a mí el aluvión de imágenes, el diluvio imaginativo me ha
hecho incidir bastante en la cuestión de que la realidad externa
es una fotografía de ella misma. Una persona que cuenta su vida,
cuenta su vida y ya, pero su realidad, lo que le pase, a lo
mejor no importa mucho. Si es una vida aventurera como la de
Breton, es muy vistosa; si es una vida como la de Fernando
Pessoa será una vida filosófica sobre el yo. Pero no es eso lo
que yo quiero de la poesía. Yo lo que hago de la poesía es la
naturaleza: la naturaleza que desapareció, que es un tema para
políticos, que es un dato de lo depredador que es el hombre –un
hecho que va acabar con el mundo. Por cualquier lado que lo
tome, hay signos de agotamiento terráqueo, de debilidad y de
amnesia ambiental; que el verde ya no es verde, los viajes ya no
son los viajes. La tradición… también las costumbres, todo se ha
debilitado y ya está propiamente en manos de la utopía. De
manera que mi vida no es vida. He recorrido mucho; yo era
parrandero, tenía mujeres, bastantes, me divertía yo en los
cabarets, hacía la vida de los demás. Mucho antes, claro, en esa
época. Sin embargo, nunca se me ocurrió retratar la realidad,
nunca se me ocurrió: “voy a decir lo que me pasó en este viaje”
o ser un naturalista disfrazado. Desde ahí nació siempre, desde
el principio de mi utopía, la idea de que yo estuviera de un
lado de la imaginación a donde no se puede llegar más que por la
imaginación. Más que por el salto hacia afuera de la
subjetividad, de la vía mental, del alma, en un momento tenso, o
intenso, que puede no corresponder a un hecho; se puede hablar
bastante de un hecho, pero sustancialmente es sólo el mero
reflejo de lo que le pasa a uno.
Mis poemas tienen la pretensión de ser extensos, de ser un solo
poema. Por ejemplo, hay poemas que tienen apenas unos cuantos
datos para desarrollar el tema; sí, está desarrollando el tema,
pero a la manera de un río que se va por donde puede y dice lo
que se le ocurre. Pero si estoy hablando de un día de Navidad,
por ejemplo, no estoy diciendo: “prendimos los foquitos a las
ocho” o utilizando el naturalismo moderno, ni la poesía social.
Creo que es un apartado de la realidad, otra realidad, algo que
se refiere, que parte de la imaginación y que ese mismo dato o
hecho de la imaginación sostiene el esfuerzo poético. Y esto,
prolongado a través de los años, forma un solo libro. He tratado
de demostrar a los críticos que esto es una secuencia, y aquello
no es más que lo que dice toda la gente sobre mí. Pero estas
imágenes son como cápsulas de esplendor, como milagros de
iglesia, de esos de plata y oro, que van llevando un recorrido
hacia un futuro, hacia una distancia, hacia una lejanía; que no
se ha tratado más que de reforzar o de hacer la historia de mis
consagraciones.
Entre las rarezas en que incurro está la de que, de pronto, se
me ocurre hacer poemas al estilo de alguien. Pero no son
pastiches, no son copias de los poemas. Yo digo: “Este poema te
lo dedico, podrías firmarlo tú, está hecho con tus elementos,
con tus órdenes.” Lo que quiero es robar imágenes, almacenar mis
tesoros de lágrimas con fuego adentro. Lo que quiero son mis
metáforas, mis imágenes, mi infinita persecución y búsqueda de
una verdad que afortunadamente ignoro y de la cual sólo conozco
lo necesario para seguir buscándola. Entonces puedo escribir
como Pablo Neruda. Y no me importa. Cualquier gente me dice:
estás copiando a Pablo Neruda, su lenguaje. Ahora estoy
escribiendo un libro, vea usted que es muy grande (me muestra
un cuaderno forma italiana casi repleto).
–¿Es material nuevo, además del libro que va a publicar el Fondo
de Cultura?
–Sí,
aparte del que me va a publicar el Fondo, que se llama
Delante de la luz cantan los pájaros. Por cierto, nadie se
da cuenta de que es un título de Hölderlin, quien dice esa frase
en un poema dedicado “A las parcas”. Ese verso le da título a
toda mi obra ¡y nadie lo reconoce como de Hölderlin! Nadie ha
sacado una consecuencia de este parentesco, donde yo soy un
poeta que retoma a un poeta de otra lengua.
–De hecho, en
Pedir el fuego, la recopilación de sus poemas de 1953 a 1993
editada por Joaquín Mortiz, aparece esa cita de Hölderlin y un
fragmento del poema.
–Sí,
eso se conserva ahora en Delante de la luz cantan los pájaros,
el libro del Fondo. Yo había propuesto varios títulos;
finalmente preferimos ése porque era más englobador, más
conocido, porque de alguna manera daba más idea de mi poesía.
Señala el amor a la hermosura hermosa, que es una frase de
Octavio Paz sobre mi poesía, esa hermosura hermosa que habla de
la luz, que habla del día...
–Frase de Paz en la que a su vez parafraseaba a Ramón López
Velarde con su amor amoroso y sus parejas pares, para de ahí
decir que su poesía, la de Montes de Oca, es de una hermosura
hermosa, que no permite adjetivos.
¿Fue
Hölderlin una influencia en su formación literaria?
–Sí,
en una época sí. Pero ahora hablo de por qué busco una poesía
cálida, fecunda, solar, entusiasta, más que una poesía triste.
Aparentemente el rumbo del poeta es hablar siempre de lo
trágico. Siempre encontrará un auditorio si habla de lo trágico,
pero nunca encontrará el mismo auditorio si habla de un río, de
las florecitas. Se necesita una inmensa vitalidad espiritual
para sacudir el árbol de la hermosura y que caigan racimos de
burbujas y de centellas y de cosas asombrosas en las manos de
uno mismo. Así que le estaba yo platicando del hecho de que voy
a hacer un poema como Pablo Neruda. Pero le repito, refuto que
sea un pastiche. Es un reto a Neruda. A su poesía. Seguramente
lo pierdo, porque este señor tiene talento y yo soy un pobre
indígena mexicano. No tengo con qué competir, ni es mi deseo
competir, pero sí quiero hablarle de tú a tú, estar frente a él
y salir con mi cargamento, con mi costal de imágenes y
metáforas, con mi “canasta de metáforas”. Rara vez aparece la
vocación trágica definida en mi poesía, aunque hay cosas muy
dolorosas: los poemas a mi madre, poemas de mucha pulsión
destructora. Neruda es bivalente: tiene problemas de profundo
dolor, pero también tiene poemas de amor.
–En su trayectoria, a través de las distintas ediciones de su
obra, usted ha realizado repetidas, no diría “correcciones”,
sino cambios o transformaciones en sus poemas.
–¡Cómo
no! Le he dado la vuelta a los poemas cien veces, sobre todo a
los primeros; ahora ya corrijo menos, pero quería ser un poeta
extenso, un poeta intenso, y sobre todo quería ser un poeta
antológico, es decir, que me fijara bien en la construcción de
los poemas para no acabar siendo verdaderamente surrealista. Una
cosa es que sacara el pozo automático, verbal, la expresión
súbita, y otra cosa es que fuera mi método y mi única intención.
Lo que quería era hacerme entender por medio de poemas; por ello
no podía renunciar a la claridad y entonces nunca podía acabar
de ser un surrealista.
–Quizá a eso se refería Octavio Paz cuando decía que su poesía
era una “arquitectura de cemento –lo que llaman el fondo o la
forma– recubierta por una vegetación salvaje”.
–Al
principio Paz me hacía muchas críticas negativas. Las últimas
veces rara vez me critica. Está viendo el trabajo de mis dos o
tres primeros libros.
–¿Qué autores lo han marcado definitivamente?
–Bueno,
no sé, me gusta mucho Rilke. Me gustó mucho Rimbaud, me gustó
mucho Whitman, e igualmente los sudamericanos. Hay dos o tres
que me encantan, porque ellos tuvieron la influencia europea
contemporánea más a la mano que nosotros. Sin embargo, nuestra
poesía tiene mucha novedad, mucha fuerza.
–En su autobiografía, publicada ya hace algunos años, al
comienzo de su andanza literaria, menciona que, a diferencia de
los de su generación, que gustaban de Juan Ramón Jiménez y de
Paul Valéry, usted prefería leer a Bécquer.
–No, ni a Bécquer ni a Juan Ramón Jiménez. Aunque Juan Ramón
Jiménez me gusta mucho, es un notable poeta. Pero también es el
padre de la cursilería, del erotismo tenue. Ya de entrada el
poeta habla de sí mismo todo el día. No, yo leía, en primer
término y por razón de las metáforas, a Góngora, y luego por
razones de la mística a San Juan de la Cruz. Entiendo que ellos
conmovieron notablemente a la generación del ’27, por ejemplo.
–Se ha hablado asimismo de la relación del “creacionismo” de
Huidobro con su obra.
–Sí, evidentemente leí Altazor con entusiasmo; primero, porque
era un entusiasta, y segundo, porque tenía mucha imaginación y
llegaba con un poder y con una frescura a arrancar al canto de
la belleza.
–De los poetas de su generación (Tomás Segovia, Eduardo Lizalde,
Rubén Bonifaz Nuño), ¿cómo se diferencia o qué lazos tiene?
Usted siempre fue marcado como un poeta muy original y nuevo…
–En realidad no sabría qué decirle. Tuve la idea lo más fuerte
posible de apartarme del poema comedido y respetuoso, y del tono
menor, que decía Henríquez Ureña. Imagínese entonces que yo leo
a Neruda, y entonces ya no quiero ir a clases, mejor estudio
completa la carrera de Filosofía y Letras, de la cual me
faltaron algunos créditos. Pero eso me hacía bien, porque si
tenía una preocupación filosófica, no la desarrollaba en el
poema, sino que la sacaba en clase. Pero no me recibí porque de
plano preferí vivir al margen de carreras, de puestos, del
academicismo, de la erudición.
–A lo largo de su trayectoria poética, de su amplia producción,
ha utilizado muchas formas sintácticas: el poema visual, el
poema en prosa, el poema en verso. ¿Ello responde a la misma
búsqueda de esa naturaleza interior?
–Pues no, la verdad, en Inglaterra podía hacer versos de tres
líneas porque era una vida escasa, como muy reducida; entonces
los versos se hicieron muy pequeños, parecían haikús.
–Es decir, lo influye el contexto.
–Sí. Hay otras épocas más entusiastas. Los sentimientos han sido
como un impulso para la metáfora, aunque luego la metáfora se
encargue de llevar el tema del poema, o lo vele, como la lluvia
vela lo que está detrás de ella. Si es una lluvia de colores, o
una lluvia de resplandores o una quema de fuegos artificiales,
pues impide ver muy poco de lo que es el cielo real. Cuando los
poemas son pequeños la estimulación es muy concreta, o necesito
una visión intelectual. Cuando la vida sentimental aumenta, pues
aumenta la capacidad de escribir.
–Adolfo Castañón dice de usted que “se fija la consigna de
buscar menos sintaxis y más significados”. ¿Hay una búsqueda de
significado o el significado se transforma a través de la
conciencia poética y del poema mismo y se vuelve un sentido?
–Es una significación que busca la transmutación, que camina
volviéndose otra cosa.
–“Se agrieta el labio, nace la palabra”, reza un verso suyo.
¿Qué hay de esa “palabra mágica”, como usted la ha llamado, a
través de la cual el hombre se da cuenta de una nueva realidad a
través de la palabra poética?
–He hecho muchos poemas sobre la poesía, sobre la palabra. Soy
un devoto de la oración, de la frase, de las muchas formas que
he tratado de dar a una expresión.
–¿Podría establecer un paralelo entre su vida y la poesía?
–Pues sí, porque a veces la única vida que tengo es la poesía.
Lo que puedo decir como vida mía es muy poco en sí, no puedo
hablar de eso. Quizá tenga un poco de vergüenza de no tener
mucha vida, pero creo que es una elección que se anticipa a todo
lo demás. No voy a cambiar por nada el deber de escribir, la
fascinación por la escritura… o condenación, o salvación, o
reencuentro, o pérdida. Es como si usted tratara de hacer un
juguete de su corazón y al cambiarlo de forma tuviera que
soportar el dolor de que se transforme. Y además, yo no
destierro el lenguaje principal: digo la palabra sueño, la
palabra corazón, la palabra rosa cuantas veces es necesario
decirlas; no las voy a matar, no las voy a extinguir del
lenguaje. Más aún, tengo todo el diccionario para nutrirme de
palabras, y no temo repetir ciertas cosas que diga, como el
topo, por su afán de sobrevivir, como el colibrí, por la
representación de pureza que tiene. Y sobre todo en el siglo
XVII… Y la luz, la luz que menciono tenazmente.
–¿Qué han representado para usted el simbolismo, Mallarmé, la
escritura de Paul Verlaine, Paul Valéry?
–Creo
que en la carrera por buscar cosas se encuentra todo. Y para mí,
como le decía, el topo es un símbolo de fuerza, de tenacidad,
como el salmón puede ser un símbolo de la fe o de la enjundia
por alcanzar la altura porque tiene que escalar cascadas. No ir
como todos los peces hacia abajo, sino hacia arriba. Es una
tenacidad de remar contra la corriente para poner sus huevos.
Creo que es un proceso. No me refería académicamente al
simbolismo porque soy bastante ignorante, sino como una acción
natural del símbolo, de la lingüística, del proceso de
crecimiento y expansión del lenguaje.
–Se ha dicho con mucha frecuencia que la característica más
definitoria de su poesía es la imaginación. ¿Es su gran
capacidad imaginativa propositiva o es resultado de su
experiencia poética?
–A mí se me revela la realidad por los ojos, o por lo que está
detrás de los ojos –lo que está debajo de los párpados–, o
porque prolonga el sueño, o porque lo sustituye, o porque lo
revive, o porque lo recompone, o porque lo vuelve pesadilla. O
porque lo vuelve real y lo hace plegaria. Todo este revuelo de
loco, este poder de la mirada, que camina toda la conciencia
poética, es lo que me hizo ser pintor, y es lo que me hizo ser
escultor, y lo que me hizo ser amante. Porque yo siempre me
volví un ser de carne y hueso a través de la mirada.
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