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José Ángel Leyva de visita en el infierno
Selena
Rodríguez Jaime
Son pocos los
que bajan al infierno
y suben con sus yos a cuestas
sin niebla en la frente sudorosa
sin gasas en las llagas (...)
Son pocos los que abren la escotilla
Descienden a dormir entre sus muertos
Regresan con la mano en el Latido
José Ángel Leyva [El
espinazo del diablo]
Descender
al infierno, es un viaje íntimo, profundo, terrible y solitario
que pocos seres están dispuestos a emprender. Un viaje interior
y subversivo del que pocos regresan ilesos, victoriosos.
Cuenta la leyenda
que Orfeo, al morir su amada Eurídice, descendió a los infiernos
y modulando su lira, conmovió a las presencias del averno
obteniendo de ellas que Eurídice volviera a la vida, con la
condición de que no la mirara hasta haber salido de los límites
infernales. Orfeo, impaciente, olvidó la condición y Eurídice
volvió definitivamente a los infiernos.
Traspasar el
Aqueronte, internarse en la región más terrible de nosotros
mismos, en busca del ser amado, o de la infancia perdida o para
dormir entre nuestros muertos, no es una tarea para pusilánimes.
Es una aventura profundamente dolorosa donde se enfrentan el
Amor y la Muerte, en un acontecer perpetuo. Es una lucha por
salir de un vientre terrible que nos asfixia, es la lucha por
nacer.
La poesía de José
Ángel Leyva es un atormentado testimonio de esta lucha, es un
bajar a los infiernos. El itinerario del Poeta inicia en los
límites del Dolor y la Desesperanza, en la cima del espinazo del
diablo, ahí comienza el descenso hacia la región desolada por la
nostalgia, el rencor y el sufrimiento:
un lugar tan
lleno de vacío
donde la voz no
es voz sino eco
el puro
cascarón del ruido
la marca de un
pie que no me calza
He deseado
regresar y ya no existe
la región donde
dejé de ser
el territorio
por mí deshabitado
("La región
ausente").
Este escenario de
la región ausente es el lugar donde el Poeta, al igual que el
alacrán, lucha, mata para seguir viviendo.
El escorpión es un
personaje, una presencia solitaria que combate contra el
firmamento, busca la salida de los laberintos, busca la puerta
imposible de la muerte, para cambiar de piel, la piel de la
infancia y sin dejar de ser, renacer.
En la región
ausente, este ámbito desértico, lugar del deseo animal, el poeta
intenta un diálogo con los muertos, para hablarles de las cosas
que el olvido ha cubierto, sólo para descubrir, como en "Ser y
no ser Revueltas" que
es imposible la
lucha porque
no existe el
lugar de donde somos
la puerta
ansiosa del delirio
eres la misma
tierra imposible que buscamos.
El ambiente de
Duranguraños es desértico; el regreso imposible al pasado y el
único habitante posible y necesario es el poeta.
En la segunda
sección del libro, titulada Los Versos del Guerrero, Leyva
expone con crudeza las características esenciales de nuestra
estadía en el infierno, y su intento desesperado por salir
triunfal del vientre oscuro que nos contiene. El tema
fundamental es la guerra, y en ella la relación del guerrero con
el otro, el enemigo. En los poemas "Guerra Florida", "Acerca del
Pérsico", "Carne de cañón" y "Redoble", el poeta inicia con una
catarsis sobre la condición íntima y dolorosa del guerrero.
La relación
guerrero-enemigo es una relación empática, simbólica; el uno
sólo tiene sentido en función del otro y ambos son la contracara
de una realidad inclemente. Guerrero-enemigo se hermanan en el
dolor, en el miedo de morir y matar, en la sin razón de la
guerra:
Somos acaso la
herida de ese cielo
y mi dolor el
tuyo el nuestro
el miedo junto
es nada
ante la sed
eterna
la vaciedad que
nos reclama
La embriaguez de
la sangre, los gritos de asfixia y el sabor de la muerte enervan
los sentidos del guerrero y nublan sus sentimientos de soledad,
de miedo, de vacío. El vencedor de las batallas aún no sabe que:
"La vida es una guerra perdida entre batallas triunfales." La
guerra devora a sus soldados, sacia su sed interminable con la
sangre valiente de sus hijos. El alba todavía no ha llegado. No
hay futuro aún, no hay huella por delante de nuestros pies, nos
dice el poeta:
No ha nacido
nadie todavía
no hemos podido
salir
del asombro de
la vida
(...) estamos
solos en el vientre.
La voz del poeta
en "Los escombros del alba" nos revela con una claridad
sorprendente nuestra condición en esta guerra:
No existe nada
aún no es
tiempo de nacer
cuando la madre
de todas las batallas
amamanta los
espectros de todos los desfiles.
El poeta ha
descendido al infierno, se ha precipitado desde la cima del
Espinazo del Diablo hacia la Región Ausente. En ella se ha
encontrado solo, atormentado, y ha entablado una cruenta lucha
contra el otro, el enemigo, por una suerte de razón de seguir
matando para poder vivir.
Su lucha contra el
otro, el enemigo, su propio /alter ego/, lo hunde en un fango
maloliente y sangriento, carente de sentido.
Para salir del
infierno, para nacer, a un más allá más verde, hay una condición
indispensable: el perdón; el poema "Devuélveme la herida"
manifiesta con una simpleza extraordinaria el sentido de esta
condición:
Devuélveme la
herida
en la lengua
en la saliva
y cúrame el
dolor
que te he
causado.
Escapar del campo
de batalla, abandonar la desconfianza, el rencor, el odio hacia
el otro, que es el odio a uno mismo, es escapar de un final sin
gloria y sin honor para ambos. Emprender la retirada sin
combate, es emprender el camino hacia el amanecer, hacia un
horizonte abierto.
En Los Nombres del
Deseo, José Ángel Leyva nos invita a navegar por los cauces del
Placer y el Erotismo. El amante nada y naufraga a veces por
recodos de humedad, de fluidos hormonales, instintivos y
animales, el flujo de microbios que intercambian mundos, como en
el poema "El todo nada":
En un deslizar
constante de agua sobre agua
se convierte mi
fuerza en tus caderas
tan corporal
nada mi ego
que nada en mí
piensa ni existe
yo soy la
sombra de timón obsesionada
que se deshace
en ti por fuera y dentro.
La poesía de José
Ángel Leyva manifiesta en El espinazo del diablo, es una
invitación a la aventura fascinante de bajar al infierno
interior y ascender victoriosos a la claridad. Invitación que
pocos debiéramos rechazar. |