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josé ángel leyva

 

José Ángel Leyva. La escritura, autonomía para pensar
[
entrevista]

Carlos Costa

 

Luego de terminar el curso de medicina, José Ángel Leyva Alvarado, nacido en Durango, siguió rumbo a la capital de México para especializarse en psiquiatría. Intentó al principio conciliar su trabajo en un hospital psiquiátrico con sus actividades en el periodismo de divulgación científica y cultural. La medicina fue dejada de lado. Leyva hizo maestría en letras iberoamericanas, mientras dirigía revistas como Información Científica y Tecnológica (ICyT), Nuestro Ambiente, Mundo. Hoy, con un currículo en que al lado de premios se relaciona una docena de libros publicados (entre ellos Botellas de Sed, Catulo en el Destierro, Entresueños, El Espinazo del Diablo, todos de poesía, además del reciente La Noche del Jabalí, de 2003, su primera novela), Leyva dirige el sector de Vinculación Cultural de la Secretaría de Cultura de la Ciudad de México y es codirector de la revista de poesía Alforja. En esta entrevista, él discurre sobre la importancia de la lectura y de la escritura: “Más que en la lectura, el hilo de la navaja se encuentra en la escritura. Esta pone a temblar a cualquier gobierno de esencia autoritaria porque significa la autonomía para pensar.” [CC]

CC ¿Cómo empezó su caminata literaria, qué cursos hizo, cuál su formación académica?

JAL Di los primeros pasos, luego de finalizar la carrera de Medicina Humana, hacia la psiquiatría, pero al no poder imaginar mi futuro en esa perspectiva abandoné la profesión después de haber trabajado durante un año en el hospital psiquiátrico “Bernardino Alvarez”, de la Ciudad de México. Siempre me atrajo la atmósfera bohemia de los artistas y escritores, pero siempre consciente de no confundir la bohemia con la creación. Mantenía un pie en la Medicina y otro en el activismo político y cultural, también en la escritura. Ya en la Ciudad de México, trabajé en el periodismo de la divulgación de la ciencia y la tecnología y en el oficio editorial; me inscribí en la Facultad de Filosofía y Letras de la UNAM para cursar la maestría en Letras Iberoamericanas. Allí permanecí seis breves años.

CC ¿Qué lecciones tuvo usted de la escuela de la vida? ¿Qué significa haber nacido en Durango y concretamente en México en el año 1958? Tuvo una infancia de cuna de oro?

JAL No. Mi origen es de una clase media que avanza con apuros económicos, de una familia de maestros de primaria y secundaria, cuyas lecturas son elementales y de alcances inmediatos. Durante la primera infancia viví con mis padres en El Espinazo del Diablo, un sitio ubicado en los lomos de la Sierra Madre Occidental. Allí conocí la libertad, el vagabundeo, la imponencia de la cordillera. Luego pasé a la ciudad de Durango con mi abuela paterna donde el rigor y la ternura eran la pasta diaria que alimentaba mi educación y definía los límites, pero no establecía fronteras ni alambres de púas. A los veinte años viajé a la ex URSS, Alemania, Suiza, España y Portugal, primero por motivos ideológicos, luego por razones amorosas y después por el gusto del viaje. Más tarde pasé a la Ciudad de México y conocí un monstruo amable, un territorio inabarcable y misterioso que me brinda aún la intimidad para la pluma y el escenario para la acción.

CC En su trayectoria, ¿qué puntos considera importantes, como “fundadores” de lo que es usted hoy?

JAL En primer lugar ese ambiente magisterial en el que me fui desarrollando y esa carga de superego que me dieron por herencia en casa. Un nacionalismo patriotero al que he sido renuente y la certeza de que el hogar, la patria, está donde se encuentran los olores, los aromas, la calidez de los sueños, las manos que acarician o se aferran a las de uno para expresar solidaridad y confianza. La geografía contrastante del desierto y la cordillera, la Zona del Silencio o la Sierra Madre Occidental, y la proximidad del mar, siempre lejano. Luego las lecturas que mi padre sembró en mi infancia a base de recitaciones y obligadas apariciones en público para declamarlas porque era el hijo del director de la escuela rural donde pasé la mayor parte de mis primeros años escolares. Ramón López Velarde con su “Suave Patria” y Sor Juana Inés de la Cruz con su “Hombres necios que acusáis”, infalibles Amado Nervo, Rubén Darío y José Martí. Además de un reiterativo Declamador de América, Manuel Bernal, que mi madre solía poner a la menor provocación en el tocadiscos.

CC A usted la literatura llegó con el biberón, entonces...

JAL Mi abuela paterna tuvo una presencia definitiva cuando viví con ella. Cinéfila incurable y soñadora hermética, católica coherente, mas no obstinada y flexible ante el pecado de los otros. Pedro, mi hermano mayor, quien en la adolescencia me acercó a los escritores rusos, Dostoievski, Tolstoi, Gorky, Chéjov, y a esas lecturas púberes que nos aproximan a la noción de la soledad, el hastío, la desesperación y la búsqueda localizadas en Herman Hesse. Hablo de mis experiencias casi fetales en ese terreno. Pero en el arranque de esa conciencia literaria e intelectual está la literatura marxista, que abandoné muy a tiempo en mi segunda década de vida, como la militancia política al concluir el Partido Comunista Mexicano y comprender que no se puede ser libre asumiendo una obediencia irracional, falsamente heroica y en condición de siervos. Resumo para indicar que Cartas a un joven poeta, de Rainer María Rilke, todo Octavio Paz, Efraín Huerta, Neruda, Huidobro, Dylan Thomas, Vallejo, Miguel Hernández, la generación española del 27, dieron cauce a mis inquietudes poéticas en el parteaguas de la adolescencia y la juventud, junto a otras lecturas fundamentales como La Divina Comedia, Psicoanálisis de los cuentos de hadas de Bruno Betelheim, Erick Fromm, Herbert Marcuse, José María Arguedas (en particular Los ríos profundos), García Márquez, José Revueltas, Serrat, Alfredo Zitarroza, Allende, Violeta Parra y Bach. Por cierto, no quedarán fuera las conversaciones y riquísimas reuniones en casa de mi maestro de psiquiatría, el doctor Miguel Vallebueno, de quien conservo algunas frases sentenciosas que me fueron reveladoras en momentos cruciales: “Un hombre que decide ya es otro hombre”, o “quien emigra rompe el cordón umbilical y puede reconciliarse con su origen”.

 

CC Usted empezó a publicar a los 30 años. ¿Tuvo alguna actuación política mientras seguía su aprendizaje? ¿Podría hablar un poco de su militancia?

JAL Atendía a pie juntillas la frase que Salvador Allende dijo en la Universidad de Guadalajara un año antes de su muerte: “Ser joven y no ser revolucionario es una contradicción”. Fui miembro del Partido Comunista Mexicano (PCM) y era tachado de excesivamente liberal. En esa época hacíamos la broma de que el PCM reclutaba miembros con el promocional “Viaje hoy, milite después”, que parafraseaba la publicidad de las agencias de viajes, en una época de bonanza petrolera en el país: “Viaje hoy, pague después”. Entonces me propusieron ir a la URSS, al Komsomol, o sea la escuela de cuadros para jóvenes. Era estudiante de medicina humana y tuve que suspender la carrera para atender al llamado del partido. Mi militancia tenía una antigüedad de tres años. Fue una experiencia de vida inolvidable, el encuentro con muchachos y muchachas de toda América Latina y de Europa. Soñadores e inofensivos hasta ese momento, dogmáticos y amorosos, pero al fin unos culicagados como decían los venezolanos. Era un militante sincero que no dejaba de reconocer el autoritarismo de nuestros líderes. Soy un hombre de ideas que pueden llamarse de izquierda y de sentimientos claros con respecto a la injusticia y la discriminación, antinacionalista y profundamente mexicano, creyente de la libertad y de la razón crítica. Soy un activista de la poesía, pero no milito en la revista Alforja ni en grupo alguno.

CC Su ingreso en el mundo literario fue entonces tardío.

JAL Sí, sobretodo si se compara con la temprana adicción de los jóvenes actuales a ser publicados a como dé lugar. Yo tenía otras ocupaciones y prioridades existenciales, primero definir el rumbo que me pertenecía o el que yo buscaba. Segundo leer, leer mucho y ejercitar la escritura hasta que me sintiese más o menos digno de ver mi nombre en el mundo de “Los muchos libros” que refiere Gabriel Zaid. Recuerdo a otro hombre esencial en esta definición del ser escritor, Miguel Rubio Candela. Quien había sido compañero de escuela de Octavio Paz y amigo de Alfonso Reyes. Tenía él ya casi setenta años. Lo conocí en 1984, en mi primer trabajo fuera de la medicina, la revista IcyT (Información Científica y Tecnológica). Él trabajaba como redactor en otra de divulgación pero menos abierta al público general, Ciencia y Desarrollo. Allí convivíamos mucho los equipos de ambas publicaciones y se daba una bella interacción literaria. Había escritores ya formados y reconocidos. Miguel me invitó a frecuentarlo por las tardes en un café donde solía asistir también Juan Rulfo, El Ágora, ya inexistente. Yo comenzaba a escribir un poema largo sobre la ciudad y mis lecturas estaban centradas en la figura de Catulo, tratado por Thornton Wilder en los Idus de Marzo y por Rubén Bonifaz Nuño en El amor y la cólera, y en sus traducciones sobre la poesía de este poeta romano. Cuando llevaba unas 40 cuartillas de dicho trabajo se lo mostré a Miguel Rubio y me hizo numerosas críticas y comentarios sobre sus contenidos y su forma. La tercera vez que leyó mi escrito me dijo mientras rompía unas hojas para representar la destrucción de las mías. “Si no tomas en serio la poesía regresa a la medicina”. Delante de él hice lo que él no se atrevió por su enorme nobleza, rompí el manuscrito. Comprendí al fin lo que él trataba de hacerme entender. La poesía no es sólo razón y palabra, es sentimiento, es desnudez, es compromiso, es la expresión más profunda del ser humano en su forma y en su fondo. Allí nació Catulo en el destierro, uno de los poemarios – que es en realidad un poema largo – que más quiero, porque en ese trabajo nací yo, luego de exorcizar el demonio de Catulo y asumir mi parentesco con él. Catulo en el destierro fue terminado en 1989, pero había comenzado a gestarse desde 1985. Luego tardó otros cuatro años en aparecer como libro. Miguel Rubio fue uno de sus presentadores, al año siguiente falleció. Cada quien llega a su destino, tarde o temprano, pero llega.

CC ¿Quienes son, hoy, los buenos escritores mexicanos, los nuevos Octavio Paz o Carlos Fuentes?

JAL ¿Esa es una pregunta para matar a los vivos o para desenterrar a los muertos? Afortunadamente se acabaron los Octavios Paz, los Tlatoanis (figuras monolíticas del poder) que impiden el crecimiento o el lucimiento de otras manifestaciones intelectuales, de otros caminos para transitar por el arte y la literatura, para generar corrientes de pensamiento. No queremos ya Octavios Paz, necesitamos, eso sí, obras de la dimensión de Paz. No deseamos que la nueva literatura descanse en Paz. Hay figuras tutelares, hombres creativos, brillantes, eruditos, como son los casos de José Emilio Pacheco, Carlos Fuentes, Gabriel Zaid, Lorenzo Meyer, Carlos Monsiváis, Raquel Tibol, Rubén Bonifaz Nuño, Marco Antonio Montes de Oca, Juan Bañuelos, Dolores Castro, Hugo Gutiérrez Vega, Francisco Cervantes y poetas ya no tan jóvenes como Francisco Hernández, David Huerta, Marco Antonio Campos, José Vicente Anaya, Elsa Cross, o narradores como Juan Villoro, Jorge Volpi, Enrique Serna, y muchos más en el cine, el teatro, la academia. La relación con el poder cambia afortunadamente y la memoria para citar a los vivos se desentume, sale de la cenagosa mezquindad. Las listas son muy extensas y yo sólo nombré las primeras que me vinieron a la cabeza.

CC Y en Latinoamérica, ¿quienes son los futuros García Márquez o Vargas Llosa, nombres que sorprendieron en los años 60?

JAL Supongo que hay escritores de elevada talla, pero la emergencia de tantas figuras que impresionaron al mundo y marcaron la impronta latinoamericana no se vislumbra con la misma claridad. Pienso que ellos fueron resultado de muchas circunstancias culturales. En primer lugar heredaron el impulso de las vanguardias, su espíritu de búsqueda y de novedad, de experimentación, la necesidad expresiva del continente en medio de dictaduras militares, de guerrillas, de confusiones de identidad, de pertenencia, de anhelos de justicia y de libertad. Un compromiso casi místico con la palabra escrita, un cultivo donde la palabra éxito no se liga necesariamente al de mercado o al de los medios. Sí a la dinámica crítica, a la presencia de comentarios y reseñas en suplementos, revistas, y secciones culturales. Sí con el prestigio de una literatura inteligente, profunda, propositiva, inolvidable, y no necesariamente con el best seller y el pasatiempo. Sí, el boom fue un invento editorial, pero no lo fue la calidad de sus obras. Es muy alentador hallar plumas activas en Brasil como la de Rúbem Fonseca, Ferreira Gullar, Marçal Aquino, Moacyr Sclyar, Arnaldo Antunes, Ivan Junqueira, Régis Bonvicino, Floriano Martins, Lêdo Ivo, por citar algunas. En países como Colombia, me consta, hay una efervescencia literaria y Cuba sigue dando muchos escritores que arrasan con los premios, en Chile, Argentina y Perú hay una tradición creativa que no cesa, porque hay bases muy sólidas para las generaciones actuales y las que vienen.

CC Brasil parece muchas veces un país invisible para la América hispánica. ¿Usted cree que eso se debe a la diferencia de idioma o a un mutuo desconocimiento?

JAL Depende en qué sectores de la sociedad. Hay una imagen turística que se conoce bien en Iberoamérica, sobre todo la de Río de Janeiro. Algo semejante ocurre con países como México, Perú o Colombia, son conocidos en el exterior hispánico sólo por ciertas características, muchas veces negativas o superficiales, pero la hondura de sus culturas se ignora. A México se le conoce popularmente por sus telenovelas, que refieren una realidad ajena al país, o aún por el cine de los años cuarenta y cincuenta. No obstante esas visiones mediáticas van echando raíces y mueven nuestras conductas hacia tales pretensiones. Yo diría que Brasil está muy cerca de nosotros, el idioma no distancia las mutuas empatías y asombros por su música, su literatura, su plástica, su arquitectura, su riqueza popular. Cuba está más cercana que muchos estados de la República Mexicana entre sí, pero a veces nos resulta muy lejana por motivos políticos, no los de la población, sino la de sus gobiernos. Un cubano del socialismo suele adaptarse con mayor facilidad en Estados Unidos que en México y quizás a un brasileño le resulte más sencillo encontrar en México un hogar.

CC ¿Y en el área académica?

 JAL Yo diría que en los ámbitos universitarios e intelectuales Brasil es un referente de primera fila. El cine, la música y algunas telenovelas han sido buenos embajadores en ese sentido, pero la literatura y el pensamiento también han cumplido su papel de vinculación. Son comunes los nombres de Jorge Amado, Chico Buarque, Clarice Lispector, Joâo Guimaraes Rosa, Vinicius de Moraes, Mario de Andrade, Euclides da Cunha, Paulo Fraire, Nélida Piñón, Luis Carlos Prestes, Haroldo de Campos, Joâo Cabral de Melo Neto. Hay una gran admiración por la arquitectura y la plástica abstracta de Brasil. Pero es cierto, poco sabemos de un país que los brasileños definen como casi “un continente”. La pregunta sería al contrario ¿Cuánto saben los brasileños de este subcontinente hispanoamericano, donde aparentemente se habla un mismo idioma? En México se habla más de una media centena de lenguas indígenas. Aún más, ¿cuánto ignoramos brasileños y mexicanos de nuestros respectivos países? Por lo que alcancé a descubrir de manera muy epidérmica de Brasil es que son muchos Brasiles; en México, sin esas dimensiones continentales, hay varios Méxicos.

CC Usted escribió un bello ensayo, “Leer para qué”. Al leerlo me puse a pensar en el déficit de lectura que hay en Latinoamérica, en nuestros países que todavía no han formado su público lector. Vivimos con el serio problema de los “analfabetos funcionales”. ¿Cómo piensa usted su actuación como intelectual y como gestor cultural dentro de ese marco? 

JAL Es una pregunta muy provocadora en un momento en el que el mundo se vuelca a otro tipo de lectura, al aprendizaje de otros alfabetos, de otros lenguajes. Los niveles de comprensión de la escritura son más complejos que la información masticada que ofrecen los medios masivos. En el proceso político que se vive en México hoy día son los medios electrónicos, especialmente la Televisión y la Radio, un poco Internet, los que deciden el destino ya no solo de una persona sino de una nación. Eso lo saben muy bien los políticos, que a diferencia de sus antecesores ya no se interesan por la opinión de los intelectuales, por los vínculos con éstos. Aún así, el gobierno o los gobiernos mexicanos de diversa índole ideológica, cumplen su papel de Ogro Filantrópico y mantienen los sistemas de becas para investigadores y creadores. Para mí, una clave se halla en las leyes del mercado y su utilización del tiempo. Una persona para completar su salario busca, además de su empleo base, el desempeño de otras ocupaciones u oficios. No hay margen para el ocio y el esparcimiento, para la lectura. Me refiero no sólo a los obreros, sino además a la clase media. Esto inhibe o reduce las posibilidades de encontrarse con libros, revistas, diarios, suplementos, de profundizar en el conocimiento. Es más fácil encender el televisor antes de dormir o de salir al trabajo o a la escuela, o escuchar el radio en el automóvil durante los largos trayectos para llegar a nuestros destinos en estas megaurbes que dedicar cuando menos una hora para hojear los periódicos, u horas para los libros. En breve, la lucha por el tiempo será una reivindicación inaplazable. Me parece que en ese sentido la novela Momo, de Michel Ende nos da una lección a los adultos más que a los niños. Lo peor es que no hay tiempo ni condiciones para la conversación, que para mí es la antesala de la lectura.

CC Es la dictadura del tiempo y de su escasez.

JAL Aquí he marcado dos asuntos fundamentales, la dictadura de los medios y la falta de tiempo, pero habría que agregar un tercero, la resistencia y los prejuicios contra los medios electrónicos de comunicación por parte de los intelectuales y los pedagogos. Para muchos de ellos la lectura de los signos escritos es incompatible con Internet y con la televisión. No se alcanza a comprender que la lectura responde a una vocación democrática, a un acto de libertad, de elección personal, de libre albedrío. La lectura impuesta es contraproducente pues conlleva un gesto de autoritarismo y de negación de la individualidad. Los libros como fenómeno de “masas” lleva 500 años, si atendemos al aporte de Gutenberg, mientras que el cine, la radio y la TV no hacen juntos la mitad de su experiencia. Internet está aún en la cuna. El problema está en confrontar cada medio para eliminar al otro. Yo no experimento tales incompatibilidades, por el contrario, hallo complementariedad en su existencia. ¿Por qué no aprovechar los medios masivos para promover la lectura? Internet es una gran herramienta de comunicación y la computadora un instrumento facilitador de la memoria, de la inteligencia, de la información. Un libro puede ser tan nocivo, o más, que un programa de televisión o un software electrónico, depende de sus contenidos. Insisto en la capacidad de elección y decisión de los individuos. Aprendamos a decidir, a participar en las decisiones. Nadie leerá por decreto si carece de tiempo, pero si posee las condiciones adecuadas y encuentra las circunstancias propicias para abrir un libro y hundirse, si lo atrapa, en sus páginas, en sus letras, lo hará sin remedio. Un lector es para siempre. La calidad de lo que lea será su responsabilidad. Por último diría que los gobiernos bananeros sostienen campañas de lectura con trasfondos demagógicos, no quieren pueblos ciudadanos, sociedades críticas, escriturales. Más que la lectura, el filo del instrumento se advierte en la escritura. Esto pone a temblar a cualquier gobierno de esencia autoritaria porque significa la autonomía para pensar. ¿Fueron las sociedades lectoras las que echaron abajo el muro del socialismo real o fue la paranoia estadounidense?

CC ¿Como está México en este contexto de formación de público lector?

JAL Tenemos un problema grave de analfabetismo real y funcional, sin compararnos con nadie. Soy optimista en ese sentido y reconozco grandes esfuerzos por remontar el atraso, que nace sobre todo de la inequidad. Es paradójico que México figure como la treceava o catorceava economía (y según declaraciones del presidente Vicente Fox –lo cual es para desconfiar-- hasta hace muy poco la novena) en el mundo y posea uno de los índices más altos de pobreza extrema en América Latina. Eso por la abismal distribución de la riqueza. El país, con todo y sus escándalos marcha a partir de la caída del PRI, que gobernó durante más de 70 años. Los movimientos indigenistas que se iniciaron en 1994 abrieron una conciencia política de lo que somos y de lo que debemos ser para construir una nación incluyente, moderna y al mismo tiempo orgullosa de su pasado, de su enorme bagaje cultural. Estoy convencido de que México será muy pronto un país de lectores, pero sobre todo deberá ser de escritores, de gente con capacidad para expresar sus ideas a través del lenguaje escrito.

CC En otro de sus ensayos, usted habla del papel del intelectual, contraponiendo Tabucchi a Eco, con la cuestión de llamar los bomberos. Delante de esos procesos de una globalización que parece apenas atender a los reclamos y necesidades de bien estar de los “dueños del poder”, ¿cual es el papel del intelectual? ¿Llamar los bomberos?

JAL En primera instancia, preguntar, luego volver a preguntar y por último no permitir que las dudas se agoten. Los bomberos vendrán porque los ciudadanos los llamen o porque hay sistemas de detección de incendios que activen las alarmas. El papel del intelectual es incómodo porque quizás no resuelva nada sin traer al mismo tiempo un cuestionamiento, sin poner en crisis la permanencia de las cosas, de las ideas, de los paradigmas.

CC ¿Cómo traduce usted todo eso en su actividad concreta como gestor cultural en la Ciudad de México?

JAL Estoy apenas comenzando, es la primera vez que participo en la Administración Pública y me entusiasma, pero no es necesaria esta posición para ser gestor. Lo he sido siempre desde afuera, con iniciativas personales o colectivas, como es el caso de la revista de poesía Alforja, que actualmente co dirijo con el poeta José Vicente Anaya, y ya arriba a su número 30, luego de sobrevivir trimestralmente desde 1997. Me gusta imaginar proyectos y verlos realizados. Me gusta concebir mundos posibles que sólo tienen lugar en la literatura, en la poesía o en la narrativa. También los pienso con mucha responsabilidad en la realidad real, en mi contexto. Nos falta más sentido comunitario, más solidaridad, más generosidad, más noción del otro para ser tolerantes, abiertos, incluyentes.

CC ¿Que temas no he preguntado y que a usted le gustaría hablar o comentar?

JAL La primera parte me gustaría que la contestara usted y la segunda le diría que estoy agobiado de dudas, de preguntas sobre las capacidades humanas para empujar su ego avasallante hacia un yo colectivo.

 

 

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