|
La fabunela de José Ángel Leyva
Carlos López
La poética de La noche del jabalí se sustenta en la
realidad más profunda, más real, por lo que cualquier
connotación alejada del contexto que narra
-la Costa Grande de Guerrero, más en
concreto La Soledad- teñida de tintes de realismo mágico o
realismo maravilloso limita el arte de la novela. Permítaseme
una digresión: Cuando Franz Roth publicó su ensayo El
realismo mágico en 1924 en la Revista de Occidente de
España, que era el análisis de la pintura de Rousseau, quizá
nunca imaginó que el concepto iba a trascender tanto y que se
aplicara más en literatura que en artes plásticas, su campo
natural de análisis, su origen y, más aún, que se enfocara a la
literatura latinoamericana. De ahí que, hasta nuestros días, a
cierto tipo de narrativa se le ubique dentro del realismo
mágico. Contrario a esta idea, Alejo Carpentier desarrolló en el
prólogo de El reino de este mundo la concepción de lo
real maravilloso, en donde antepone el desbordamiento de la
realidad a la fantasía, a la imaginación alterada.
La anterior digresión tiene que ver con la novela de José Ángel
Leyva y con mucha de la literatura latinoamericana. Para
disfrutarla sin ataduras conceptuales se debe tener una mirada
fresca, renovada, vigorosa y, hasta cierto punto, esperanzada
del mundo. La poesía (la poiesis, construcción), la
arquitectura de La noche del jabalí, armada con la
técnica del bricollage, tan cercana en América Latina a
Roberto Arlt, es una polifonía en donde lo único que importa es
contar, estar en vigilia, como la historia de la humanidad que
cuenta para subsistir, que vela contando. Las fábulas que marcan
la no linealidad del relato de Leyva le marcan un ritmo sabroso
al libro. Las historias que brotan, chispeantes, de sus páginas
tienen que ver con la refundación del mundo, el mundo del
narrador, el mundo de La Soledad, el de sus personajes y el que
el lector imagina y crea cuanto más se adentra en el universo de
la novela.
En ésta hay una interrogante abierta entre el tiempo, el
espacio, la otredad. El sarcasmo, la ironía, la invención de una
nueva fauna, de palabras tensan los relatos, en donde nadie se
queda callado. La división entre realidad y sueño no se percibe,
como tampoco se nota la marginación y la soledad. El grupo de
protagonistas es heterogéneo y sus aventuras, migraciones,
problemas, querencias, anhelos parecen responder a una sola
condición humana.
La sabiduría desplegada en las cosas nimias, como en la mimesis
“las piedras tienen memoria, una gran memoria”; los oxímoron
(“diablos que arden en frío”), los pleonasmos (“perros que
llevan vida de perro”), los dichos (“perro que da en comer
mierda, después aunque sea la huele”), imágenes que repiquetean
versos poéticos en todo el conjunto (“la nieve no cesaba de caer
y el bosque era una boca cerrada de tinieblas, los sonidos
metálicos del tren le parecieron a Kijano una triste melodía”),
entrecruces temporales reales y diegéticos, la novela por
momentos es una orgía de metáforas, una fiesta continuada de la
muerte, la simple pregunta qué somos, la belleza del “nada es
para siempre”, la pasión a la vida, al oficio se perciben en la
primera novela de este autor, que sabe que para ser novelista
primero hay que ser poeta, pero no al revés.
José Ángel Leyva narra un mundo que no se había escrito hasta la
fecha, enriqueciéndolo. Al contar la vida de La Soledad de
Maciel, su origen, el autor crea cuadros en los que la oralidad
se percibe en toda su sabiduría. Leonel Maciel, protagonista
fabulador de la exuberancia de la tierra, le pone color y sabor
a las historias que se cuentan en este libro, en donde lo lúdico
y lo onírico se entrecruzan en una realidad desbordada que
atrapa la imaginación lúcida de sus personajes.
La noche del jabalí
es una novela que uno no quiere dejar de leer ni cuando termina
la última página. La filosofía de vida, la poética que se
despliega en ella, junto a la visión escrutadora, crítica del
contexto histórico donde se desarrolla son algunos elementos que
la hacen inolvidable. También, el arte que aparece en la
totalidad del relato, que se impone con mesura sobre el delirio
de los acontecimientos, sobre los aspectos técnicos que exige el
arte de narrar. La manera como el poeta Leyva alterna los
episodios marca el ritmo, los tiempos; tensa las palabras. La
capacidad de asombro se recupera con la lectura de esta novela,
una nueva forma de nombrar, de atisbar matices cromáticos, de
conocer, de hurgar en cualquier espacio las posibilidades del
ser humano y su paso efímero en la fábula de la vida. |