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José Ángel Leyva (coordinador), Versos comunicantes: Voz y testimonio de los poetas iberoamericanos

María Rosa Fiscal

 

Versos comunicantes [Alforja Ediciones, el Instituto Municipal del Arte y la Cultura de Durango y la Universidad Autónoma Metropolitana, México, 2002] reúne entrevistas realizadas a veintinueve poetas entrevistados por dieciocho poetas. Para entender la conformación del volumen, acerquémonos a él por medio de una simple estadística, José Ángel Leyva realizó seis entrevistas, dos de ellas junto con Begoña Pulido Herráez. Claudia Posadas, cinco entrevistas. Mary Carmen Sánchez Ambriz, dos y Floriano Martins, cuatro. En la introducción, Leyva afirma que en este volumen fue preocupación de los entrevistadores “escuchar las voces de poetas mexicanos que rebasan los sesenta años de edad” P. 14) y  señala que hay dos ausencias insoslayables: José Emilio Pacheco y Gabriel Zaid. “Ambos -continúa Leyva- han levantado una barrera infranqueable contra los periodistas y escritores que pretenden sus palabras, sus opiniones, sus puntos de vista,” (P. 14).

Estas ausencias me hicieron recordar lo ocurrido hace muchos años con la antología Laurel, [1] compilada por Octavio Paz, donde también hay dos ausencias que sorprenden a cualquier lector: Pablo Neruda y León Felipe. En este caso, cuando Paz concibió el proyecto, ya la amistad con Neruda estaba fracturada. De este modo, cuando el libro ya, estaba en prensa, aclara Paz en el epílogo, Neruda envió una carta a Bergamín, director de la editorial Séneca,  encargada de la edición. “en la que se negaba a figurar en la Antología”. Posteriormente, Bergamín tuvo una querella con el poeta Juan Larrea, amigo de León Felipe, quién decidió entonces “no figurar en la antología”. [2]

En Versos comunicantes aparecen poetas que pertenecen a distintas generaciones: los mayores son Pablo Antonio Cuadra., de Nicaragua, nacido en 1912 y fallecido en 2002. Le sigue Gonzalo Rojas, de Chile, nacido en 1917. A la década de los años veinte corresponden ocho poetas, a la de los treinta, trece; a la de los cuarenta, tres y, finalmente, a la de los cincuenta, también tres.

En cuanto a los países, México está representado por cuatro voces; Argentina, España Brasil y Colombia, por tres cada uno. Guatemala tiene dos representantes, en tanto que Nicaragua, Perú, Honduras, Uruguay, Venezuela, Panamá y Cuba, están representados por un poeta cada uno. En la nómina, hay cinco mujeres poetas. Por último, la, traducción de las entrevistas de los brasileños fue hecha por el también poeta, Margarito Cuéllar; los poemas en portugués que Preceden a la entrevista son versiones de Saúl Ibargoyen. Por su parte, Ferreira Gullar, otro poeta brasileño, conversó en español con José Ángel Leyva, y el poema “Plátanos podridos” es traducción de Alma Velasco.

La entrevista a José Santiago Naud me sedujo por su título: “Los rostros de nuestra americanidad”. La de Olga Orozco me atrajo por el poema “Olga Orozco”, fuertemente autobiográfico, y me evocó la voz de Rosario Castellanos, en tres poemas: ''Acción de gracias”. “Recordatorio” e “Himno” (reminiscencias que cobraron vigor a medida que leía el texto). Por último, la corta entrevista al guatemalteco Humberto Ak’Abal no por su brevedad es menos significativa.

Floriano Martins plantea a José Santiago Naud, nacido en Río Grande del Sur, Brasil, en 1930, preguntas largas y complejas relacionadas con los autores brasileños anteriores a Naud, con la semiótica, los nexos entre las literatura brasileña y las de otros países iberoamericanos, entre otros tópicos. Estas preguntas ameritan, por supuesto, largas y profundas respuestas casi como pequeños ensayos. Quizás como ideas fundamentales de Naud, conservaríamos dos: por una parte, está convencido de que “Un buen estudio de literatura comparada demostraría maravillosas concordancias en la trayectoria de la poesía mexicana y brasileña” (p. 161) y, por la otra, sea cual fuere la ubicación geográfica de los países del Bravo hacia el sur, “todo ha de converger en el corazón de Brasil. Y no sólo en el corazón, sino también en el cerebro y la entraña”. (D. 163)

Olga Orozco, (Argentina, 1920-1999) responde a Marco Antonio Campos de manera ligera y deleitosa, pero no por ello menos profunda, dejando al descubierto su espíritu. Las preguntas son directas, lo que permite a Orozco explayarse en la respuesta. Fue así como encontré, para mi gran sorpresa, múltiples similitudes con Castellanos. Ambas nacieron en la década de los años veinte: la argentina, en 1920, la mexicana, en 1925. La primera tuvo una larga vida, 79 años. La segunda, murió a los 49 años y, aun así, su bibliografía es abundante. Orozco menciona su poema “La casa”; Castellanos tiene el suyo titulado “La casa vacía”, de tono muy diferente. Ambas escribieron en versículos. “Lamentación de Dido” el poema de mayor aliento de Rosario Castellanos está escrito en esta métrica, sobre una historia clásica. Orozco contesta que prefirió sobre todo el versículo por sus “frecuentaciones de los libros sagrados, y, tal vez, me atrevo a creerlo -dice-, porque nací en La Pampa, donde la llanura se extiende y donde el horizonte lo rodea a uno por todas partes. En La Pampa se está como a la intemperie y uno tiene un vértigo continuo” (p. 42)

Marco Antonio Campos la interroga sobre la muerte y Orozco confiesa que empieza a sentirse aterrada, además de que encuentra difícil sobreponerse a la ausencia de los seres queridos. Castellanos escribe en su Poema “Encargo”:

“Cuando yo muera dadme la muerte que me falta

y no me recordéis.

No repitáis mi nombre hasta que el aire sea

transparente otra vez.” [3]

y en “Amanecer”, exclama:

“Qué se hace a la hora de morir? ¿Se vuelve

la cara a la pared?

¿Se agarra por los hombros al que está cerca y oye?

¿Se echa uno a correr, como el que tiene

las ropas incendiadas, para alcanzar el fin?” [4]

A la pregunta, “¿Se ha sentido usted rodeada mentalmente por los cuchillos de la locura?”, Olga Orozco contesta que fue la poesía la que la. apartó del sendero de Artaud y concluye: “Incluso, cuando estoy angustiada, mis juegos predilectos son con las palabras, aun cuando sea llenar un simple crucigrama” (D. 45). Castellanos también se valió de las palabras para enfrentarse a la locura y, de este modo, en “Pasaporte”, afirma:

“Mujer, pues, de palabra. No, de palabra no.

Pero sí de palabras,

muchas, contradictorias ay, insignificantes,

sonido Duro, vacuo cernido de arabescos,

juego de salón, chisme, espuma, olvido. [5]

En los días de entreguerras, cuando vinieron al mundo, México y Argentina eran países muy diferentes. El nuestro apenas se acercaba a la pacificación tras la cruenta guerra civil. Argentina vivía tiempos mejores. Posiblemente, nunca intercambiaron palabra. Empero, sus preocupaciones, sus lecturas, su amor a la poesía las hermanan en el tiempo y en el espacio Orozco tuvo una vida dichosa: “A lo largo de los años he sido muy feliz, muy amada, he tenido mucho amor alrededor mío y lo he sentido con gran intensidad” (P. 50). Castellanos, en cambio, vivió el amor como un abandono, cual Dido al alejarse Eneas. Gozó del amor, la estimación y la amistad de amigos, colegas y alumnos, pero ello no bastó a su alma.

Grata resulta la entrevista a Humberto Ak'Abal, nacido en Totonicapán. Momostenango, Guatemala, el 31 de octubre de 1952. Ha recibido muchísimos premios nacionales e internacionales y, en 1998, el muy significativo Premio Continental Canto de América de Literatura en Lenguas Indígenas otorgado por la UNESCO, la Secretaría de Educación pública de México, la Asociación de Escritores en Lenguas Indígenas y la Casa de los Escritores en Lenguas Indígenas. Como en el caso de Orozco, las preguntas de Carlos López van al grano y el poeta responde sin reticencia. El guatemalteco confiesa que se inclinó hacia la poesía en la niñez, a través de las “imágenes y metáforas con que su madre enriquecía los relatos de su infancia; por ello, el paisaje que más aparece en su memoria es, como él dice, “Mi niñez y la naturaleza”.

Versos comunicantes nos ofrece la oportunidad de oír a veintinueve voces hablar de su poesía y de la poesía en general, de su visión de mundo y de su vida personal. Conocemos dieciocho maneras de cuestionar, de interrogar, de invitar al entrevistado a quitarse la armadura y a hablar sin recelo. El libro es, asimismo, una especie de vasos comunicantes, tal vez una herradura. hueca en uno de cuyos extremos se vierte un líquido que inmediatamente fluye hacia el otro, buscando el equilibrio. Si la sostenemos verticalmente, ambos extremos estarían llenos hasta el mismo nivel. No otro fin se propusieron José Ángel Leyva, compilador del volumen, y los otros poetas que lo acompañaron en la aventura.

 

NOTAS

*José Ángel Leyva, Versos comunicantes, I. México, Alforja, Arte y Literatura, A.C./ Univ. Autónoma Metropolitana/Instituto Municipal del Arte y la Cultura de Durango, 2002. 408 pp. Todas las citas numeradas entre paréntesis proceden de esta edición.

1. Varios, Laurel, Antología de la poesía moderna en lengua española, pról. de Xavier Villaurrutia, epílogo de Octavio Paz. México, Edit. Trillas, México, 1988, p. 488.

2. Idem.

3. Rosario Castellanos, Poesía no eres tú. Obra poética: 1948-1971, FCE , México, 1975, p. 220.

4. Ibidem, p. 179.

5.  Ibidem, P. 325.

 

 

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