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josé ángel leyva

 

La Noche del Jabalí, de José Angel Leyva. De la Isla de la Noche a La Soledad de Maciel

Antonio Coronado

 

José Ángel Leyva es, sin duda, un fabulador extraordinario. Su novela La Noche del Jabalí confirma este aserto y lo reafirma como tal. La ficción, lo fantástico, lo sobrenatural, la alegoría, la metáfora, lo real maravilloso y la imaginación creativa inundan este libro. Los sucesos y las anécdotas más inverosímiles se van entrecruzando de una página a otra con hechos de la vida real hasta dar paso al edificio literario que es esta novela. La historia fluye como un río en un clima de lluvias torrenciales. Arrastra troncos, animales, seres humanos en su más pura esencia primitiva, seres imaginarios, demonios, chaneques, usos y costumbres, prejuicios, lo bueno y lo malo, lo intermedio, lo frío y lo caliente, lo absurdo y lo excelso.

En fin, este río caudaloso de palabras arrastra sin distingo y sin piedad, con el anzuelo de los recuerdos, lo  crudo y lo cocido y lo más luminoso y lo más oscuro de la condición humana.

El autor hace gala de una envidiable facilidad para comunicarse con sus lectores a través de sus personajes. El contacto se da de manera natural, sin ruidos, sin interferencias. De pronto uno puede sentir, o creer, que la historia le pertenece y no dudamos en meterle mano al relato y recrear la historia a nuestra imagen y semejanza vivencial. Se vale, y eso habla bien de la sensibilidad del escritor, de sus trucos para atraparnos.

Pero nada de eso es casual, por supuesto. La estrategia narrativa que diseña el autor para estructurar su relato le permite explorar desde diferentes planos, voces y tiempos, proteicas historias de vida de personajes clave para reconstruir la historia y recuperar las claves identitarias que dan sentido a una comunidad que andando el tiempo sería conocida como La Soledad de Maciel, enclavada en algún lugar de la Costa Grande en Guerrero.

Hasta esos lugares llegaron un buen día los protagonistas principales de esta historia. Era su último día de vacaciones e iban con rumbo a la Isla de la Noche. Mientras tanto esperaban la lancha que los llevaría a ese lugar, entre una agresiva nube de jejenes y zancudos, al borde de Los Esteros de La Calavera.

Se trataba de los hermanos pintores Carlos y Leonel Maciel y  sus invitados: el poeta Nino Madrigal, Antonio El Diablo, hermano menor de los Maciel, Fermín (el primo Polín) y Gerard, fotógrafo y escultor francés amigo de Leonel. En la Isla de la Noche se encontrarían después con Palmasola. Era el velador del huerto en el que acamparon.

El contingente iba bien pertrechado de víveres y buenos vinos. Lo que faltara de alimentos, Polín lo haría llegar con su buena puntería de cazador.  Teniendo como marco un esplendoroso paisaje tropical y una enorme nube de jejenes y mosquitos, y entre copa y copa y “langostinos en frutas y al ajillo, más el pescado a las brasas” empezaron a tramarse los relatos que dan cuerpo y estructuran lo que hoy conocemos como La Noche del Jabalí.

A partir de su estrategia narrativa, el autor aborda con acierto el problema de cómo aproximarnos al universo de lo ordinario. Hace literatura a partir de la cultura ordinaria, de eso que llamamos vida cotidiana. Comunidad, vida cotidiana, saber cotidiano, tradición oral son entidades claves para aproximarnos a ese mundo y construir los conceptos y las formas más adecuadas para elucidar las prácticas de lo singular. Michel de Certeau, entre otros, ha esbozado este camino y nos ha situado de frente a las prácticas del “héroe oscuro”: el hombre ordinario, para que iniciemos con él el diálogo sobre “la otra cultura”, la de los condenados de la tierra, como dijera alguna vez Franz Fanon.

José Ángel Leyva conoce muy bien la dimensión de este postulado y aguza muy bien su oído, como lo hiciera Rulfo, para escuchar y dar voz a los sin voz. En ese sentido, su personaje Gerard, el que parece que sobra en la novela, no está allí de relleno, sino como una metáfora viviente de los más altos valores que mantienen de pie y en pie de lucha a los marginados de la tierra.

José Ángel Leyva sabe muy bien que en las sociedades ágrafas la circulación del conocimiento fluye a través de la oralidad y que sin oralidad no hay ni comunidad ni comunicación posible.

De ahí que, como autor/moderador, ceda la palabra a los depositarios de la memoria histórica para que enarbolen su verdad o su mentira dentro de un clima de absoluta libertad de expresión y de imaginación.

La técnica es aparentemente sencilla: provocar a los circunstantes para que cuenten una historia que gire en torno de la estirpe de los Maciel, su entorno y su circunstancia. Se trata de echar mano de los recuerdos. Y parece ser que la clave de nuestra existencia civilizada no está en el acto creativo como sugieren y aún afirman algunos, sino en el recuerdo y la memoria. Recordar es volver a vivir el momento primordial, una manera de integrarse al Cosmos. Leonel Maciel, uno de los personajes de la novela, cuando Nino Madrigal de alguna manera cuestiona el origen de La Soledad de Maciel, lo ataja y le dice: “la historia es una población de mentiras, y mira que te lo dice un pintor de historias... los artistas y los historiadores hacemos lo mismo, inventamos, sólo que unos con más gracia que otros. Escucha bien mi querido poeta –continuó Leonel-, La Soledad de Maciel no es un nombre, es un hecho; no es un lugar, es la noción del origen; es el encuentro.”

 

En realidad los hermanos Maciel, Carlos y Leonel, iban allí cada vez que podían, no tanto de vacaciones, sino en busca del origen, de sus raíces, de las pautas culturales en que se habían formado y que ahora inundaban sus cuadros de ese salvaje colorido y esa energía que sólo el trópico, la imaginación y la buena memoria pueden dar.

En verdad no puedo dejar de pensar que esta novela no es otra cosa que un retrato hablado del proceloso mar de historias que se ven en los cuadros de Leonel y Carlos Maciel.

La Soledad de Maciel, Macondo y Comala bailan y se dan la mano en tanto que pueblos latinoamericanos ubícuos, poblados de mitos y leyendas, con personajes  que trasmigran con pasmosa naturalidad del mundo de los vivos al de los muertos y viceversa, habitando siempre en los límites de la imaginación. En Comala, Pedro Páramo, que con todo y su omnímodo poder, al final se derrumba como un montón de piedras; en Macondo, Aureliano Buendía y su progenie habitando un mundo tan asombrosamente real que parece mentira; y en La Soledad de Maciel vemos que existen personajes tan extraordinarios y creativos como Doña Chica, quien impulsada por la miseria y por la necesidad de dar de comer a sus dos hijos, se le ocurre irse de pesca usando como sedal uno de sus senos que se alargaba y se alargaba en busca de peces y como anzuelo uno de sus pezones que tenía forma de gancho ¡y pescaba!

Y qué decir de Fermín Maciel, alias Polín, que andando de aventura por el D.F. se puso una borrachera de pronóstico reservado ni nada más ni nada menos que con El Señor de los Cielos; es decir, con Dios Todopoderoso, en una cantina que se llamaba El Flechador del Cielo y en donde servían unos tragos de nombre Apache con Flecha, que no era otra cosa que mezcal con cerveza. Y aparte, negarse a pagar el consumo que El Señor Todopoderoso, tan condescendientemente había accedido a compartir con él.

La Noche del Jabalí rebosa imaginación, fino sentido del humor y una ironía capaz de hacer perder el porte a las buenas conciencias. José Ángel ejerce una venganza literaria contra la injusticia, contra los mecanismos de la corrupción, y aunque sabe que desde la literatura no soluciona el problema, se divierte y nos divierte como último recurso contra la impotencia. Esta obra es un alegato contra la irracionalidad de nuestro tiempo; contra la vocación destructiva de los seres humanos; y es, también, un canto a la vida y al goce estético y mundano.

 

BREVE SEMBLANZA DEL AUTOR

José Ángel Leyva ha ido ganando un merecido sitio en el vasto territorio de las letras mexicanas merced a su talento y a su indeclinable determinación para sacar adelante lo que se propone. La UAS le ha publicado dos libros. Uno en 1988, Botellas de sed, que fue su primer libro de poesía; después, en 1996, Lectura del Mundo Nuevo, Ensayos y conversaciones sobre el futuro de la ciencia y el hombre, a nuestro juicio, uno de los mejores libros que ha publicado la UAS sobre esta temática, y que debiera servir como libro de texto o de consulta en varias de nuestras escuelas.

Antes la UNAM, en la colección El Ala del Tigre, le había publicado Catulo en el Destierro (1993); después, Entresueños (CONACULTA, 1996), otro libro de poesía; por último, El Espinazo del Diablo, (Juan Pablos Editor e IMAC, 1998).

José Ángel se mueve con naturalidad en el ámbito de la divulgación científica y en la difusión y promoción de la cultura. Es periodista, ensayista y editor. Ha dirigido las revistas Información Científica y Tecnológica, Nuestro Ambiente, Mundo, Culturas y Gente y la revista Memoria. Actualmente es codirector de una de las revistas más importantes de poesía en México y América Latina: Alforja. Ha escrito por lo menos tres libros más de ensayo sobre temas científicos y culturales y coordinado la escritura de por lo menos otros dos.

De manera sucinta este es el autor de La Noche del Jabalí, que ahora se nos revela como novelista y que el día de hoy tenemos el gran privilegio de tenerlo aquí entre nosotros y compartir con él su libro más reciente, que no el último.

 

 

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