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José Angel Leyva en El
Espinazo del Diablo
Luis Barjau
De muchos modos, el poeta que suelta su canto rememora el
itinerario místico de Odiseo. Deja su isla natal, su debate en
guerra por largos años, y, al fin busca a su mujer: su
reencuentro con Eros. Esta rutina celebra la tradición
occidental.
En El Espinazo del Diablo [Juan Pablos Editor, México,
1998], José Angel Leyva cumple también con ese rito; aún en la
coincidencia de la organización misma de su obra, de este libro
que hoy comentamos. Pues se pueden observar los tres momentos
dichos: "Duranguraños", que es la primera sección, habla de los
orígenes, del suelo que sostiene nuestra aparición en el mundo:
la isla, en fin; habla de la madre, del abuelo, del hermano, del
padre; de nuestra calle, del cine metafísico al que acudimos
desde la primera infancia, acompañados de la abuela. El poeta
deja la sala de ese cine, aún aturdido. Sin embargo alcanza a
ironizar la salida del mismo: la puerta de los sueños. Y el
joven artista empieza a endurecer.
La segunda sección del libro, "Los versos del guerrero", habla
de las batallas. Pero habla de la guerra florida mexicana, con
un encuentro fulgurante, con un jai ku intermedio, cuando nos
dice: El colibrí no existe:/ es un presentimiento. El colibrí,
que es la deidad guerrera local: Huitzilopochtli. Así el lector,
ese poeta múltiple, pero también efímero, puede leer
intertextualmente: La guerra no existe:/ es un presentimiento
En esta sección ha referencias griegas: a Gorgona y Polifemo el
cíclope, entre otras. Lo que va nutriendo nuestra tesis inicial
de que a su modo todo poeta es homérico.
En la tercera sección, "Los nombres del deseo", el poeta empieza
a recorrer el camino de regreso que lo lleva a Penélope.
Por vía erótica, el poeta asume el esplendor del mundo y mira
con melancolía el imposible que persigue el numen, esto es, la
casa resonante del tono mayor del placer, instalada
definitivamente. En el poema de esta sección "Una jauría te
busca", nos ofrece francamente un fresco bucólico perteneciente
a la tradición dionisiaca. Aquí es posible observar al sileno,
esta vez transfigurado en un lebrel (lo que es más barroco),
tras la ninfa académica. La atmósfera está cargada con todos los
intentos rituales de la antropofagia y el sacrificio.
Este rigor autoimpuesto del constructor de su libro, que va a
dar a los arquetipos de Occidente, tiene su origen en el horror
del caos, impera ese atardecer áureo y sereno donde el artista
encuentra su compensación. Todo esto es verdad, a pesar de que
la voz más íntima y desprevenida del poeta se pregunte con
cierta piedad por su propio destino, cuando dice:
¿Por qué las cosas fuera de mí/ están en la distancia?7Lo que me
nace se desprende/ se convierte en voz/ en otro sueño.
Una respuesta clásica a este enigma estaría en la intención de
establecer la inexistencia franca del yo: el yo no existe. Así
las cosas estarían fuera de mí y en la distancia, porque es
imposible la proximidad total del ser en sí mismo. La respuesta
es también el propio libro, este libro. Y el hecho de cantarlo y
discutirlo. Es decir, el libro como materialización de las
viscisitudes poéticas.
Pero el arquetipo occidental del poeta, al que se funde Leyva,
resulta esculpido en una piedra volcánica arrojada de las
entrañas antiguas de la mitología indígena. Y de los arrebatos
regionales del paisaje local.
De El Espinazo del Diablo fluyen pues, cánticos paganos,
de un tenor telúrico; adobados, como toda fórmula esotérica de
los gentiles, con sus propias alimañas. Y junto con el esfuerzo
demiúrgico de vencer el caos, disponiendo del orden desde la
melancolía del origen; desde el teatro de la guerra, y desde las
nubes laxas del erotismo, podemos encontrar la artesanía del
uomo fabbro, por ejemplo cuando el autor hace un diseño perfecto
del alacrán, que ha encarnado hábilmente en la figura de su
alter ego plástico, su Patroclo investido con sus propias armas
en el campo de batalla, o su William Wilson sorpresivo a lo
largo de su recorrido.
Es de celebrarse la persistencia de la poesía. Acaso sea cierto
que el destino de este continente sea la poesía como ha dicho
recientemente el chileno Gonzalo Rojas. Y un modo de entendernos
esté en la observación de la obra de sus poetas. Leyva nos da la
figura arquetípica del portador de dichos mensajes. Homérico
entonces, pero con un cincel que talla piedras antiguas de
México.
Esta es la ventaja de nuestro cantor y no su bizarría, como
querían establecer otras perversas opiniones ante casos
semejantes. Ventaja por la cual es posible volver a ver el
mundo. Y viéndolo, como una jauría que te busca, tener el
privilegio de escoger.
Leyva es un buen herrero de la palabra. El forjador de su vasto
universo duro, contrito, sagaz e introvertido, como la
introversión de los desiertos. También es franco y curtido en la
sobriedad peripatética del corazón de México. Me atrevo a
adivinar en él una larga carrera en el campo que ya transita,
una vez que aparte un poco el peso de sus preocupaciones
estructurales y juegue más con la sola pasión de las palabras.
Con la sola retórica que fue el lujo destinado a los poetas, y
herencia merecida.
Por último hay que añadir de El Espinazo del Diablo, que
no es libro de fácil acceso, sin que esto suene a una referencia
exclusivista. Además, aceptemos que ningún libro de poesía lo
es. Aquí nos toca a nosotros, lo comentadores, a actuar de
Virgilios, pues uno entra en él tambaleando, sin poder tomar
desde un principio el ritmo que allí impera, tardos en el baile
y renuentes como muchas veces suele ser el lector. Pero mucho
vale penetrar por sus recovecos, entrar en sus viñetas locales,
en las mitologías ensartadas con arte, en la dura dimensión de
su erotismo. Leo un poema y caigo en cuenta que no es posible
dar una imagen completa del poeta, que recién conozco; pero
leamos en modo que se vea el trasfondo de significados, de
atmósferas e imágenes que hay en un fragmento del siguiente
poema:
MAMAÍTA
No sé por qué tu olor de libros y de lápiz
tiene su nido en la inodora red de caracteres
Abre un vuelo golondrino en la aridez virtual
y
la transforma en murciélagos y sombras
en eterna sed del hombre por su sangre
Es el vampiro con fauces de cristal
que siente la edad mientras respira
debajo de la piel del personaje
La garganta del cine es un espejo
sólo es visible la imagen del vampiro
En la mordida siente ardor de sí en el cuello
nostalgia de mirar sin ser mirado
Oigo el suspenso enloquecido del carrete
un aleteo de membranas rotas
la multitud con su rechifla oscura
Vuelvo a encontrar tus pasos y tu asiento
en salas en ruinas sin audiencia
sólo tu risa de palomas queda |