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Vida pública de la poesía
Juan José Delgado
La
colección poética
Más que el mar
se presentó, junto
a los tres primeros libros adelantados, en el Ateneo de
La Laguna, el día 2 de diciembre de 2002. El acto era un
pretexto para informar y difundir públicamente el ambicioso proyecto
en que se embarcara Ediciones de Baile
del Sol. El coordinador de los
doce volúmenes antológicos
que la conforman manifiesta en ese momento cuál fue la
idea generatriz y cuáles los criterios que determinaron la
selección de los doce autores.
El título genérico,
Más que el mar;
proviene de uno de los
libros del autor tinerfeño, Luis Feria. Desde ese pórtico expresivo
se entrevé un homenaje al escritor tinerfeño,
quien ha venido contando con el reconocimiento de los poetas jóvenes.
Por otra parte, se toma el mar como palabra-cartel de la colección,
considerando uno de los pocos motivos que, según manifestara
Valbuena Prat, define esencialmente a la poesía de Canarias.
Aparte de estas consideraciones,
Más que el mar
pretende aproximar a los lectores los nombres de doce poetas cuyas
correspondientes obras se hallan comprendidas en el marco temporal
de los últimos veinticinco años. Cada autor ha puesto título a su
propia antología. En cada libro se anotó como subtítulo el año en
que comienza la creación poética, así como el año en que, por el
momento, quedó clausurada. En general, los inicios y términos se
fijan, mayoritariamente, en torno a 1980 y 2002, respectivamente.
Quedan incluidos en ese marco temporal poetas que publican su obra
en las décadas del 80 y del 90. La colección asume una situación que
podría enunciarse en estos términos: Los poetas que aquí comparecen,
cuando hicieron públicos sus primeros libros, encontraron el
silencio por respuesta. Muchas de aquellas primerizas ediciones
quedaron relegadas, limitadas su distribución y desatendidas por la
crítica y por el público lector.
Todo lo dicho no entra en contradicción con una realidad:
muchos de aquellos libros se hallan actualmente
descatalogados. La editorial se impone el objetivo de
publicar a una docena de autores que han continuado y mantenido,
contra viento y marea, un vivo quehacer poético. En este sentido,
como toda labor antológica, la
colección
Más que el
mar
pretende actuar y responder contra
aquellas carencias en que se encontraron los que empezaban a dejarse
ver por el sendero de la poesía.
El estado carencial que sufre la literatura es uno de los signos que
se detecta en Canarias a partir de la segunda mitad de la década del
70. Con este conjunto de obras se quiere librar del olvido a unos
poetas para reponerlos en el tiempo de la historia literaria.
En el prólogo de uno de los libros que conforman esta colección me
permití esbozar la posibilidad de que aún se mantuviesen en uso,
siquiera por inercia, ciertas fórmulas típicas de las generaciones
poéticas. Para el caso de Canarias, tracé de manera resumida los
diversos movimientos que determinaron la historia literaria del
pasado siglo XX. El Modernismo y la Vanguardia ocuparon la franja
que va desde el comienzo del siglo hasta las mismas vísperas de la
Guerra Civil.
La crítica literaria, a partir de la posguerra, estableció un
ordenamiento histórico con el fin de contemplar la diversidad de
tendencias poéticas que se iban sucediendo durante la segunda mitad
del siglo. Distinguió varios segmentos temporales que, de manera
convencional, quedaron identificados con cada una de las décadas.
Por influencia de una crítica creyente en las bondades de los
estudios generacionales quedó fijado el nombre de la década a la
generación correspondiente.
Una ha destacado sobremanera: la del grupo intergeneracional del
Boom de la narrativa canaria, en la década del 70. Esta última
referencia supuso un auténtico fenómeno socioliterario. El
reconocimiento de los autores alcanzó un nivel excepcional. Se pudo
traspasar los estrechos límites entre los que se encajonaba la
literatura producida en las islas. Fue natural que las posteriores
décadas tuvieran a la del 70 como un modelo prestigioso y muy
adecuado para imitarlo. No era habitual el foco de atención que se
dirigió hacia la producción novelística que se estaba realizando en
Canarias. En poco menos de un lustro nació, se desarrolló y se vivió
con tanta intensidad el vínculo entre narradores y
público lector, que aquel breve
tramo fue definido como una auténtica explosión, como un
resonante boom de la narrativa canaria que se impuso en las islas y
se difundió en la Península. Alcanzó categoría de referencia en
algún que otro manual de literatura en donde quedó figurando ese
fenómeno narrativo insular como una de las características que se
entremezclaba como un rasgo, entre otros, definidor del fenómeno
novelístico al principio de los setenta. Un marco que resultó
definido por el experimentalismo, la consolidación e influencia de
la narrativa hispanoamericana y la emergencia de las literaturas
periféricas; a saber: la andaluza y la canaria, calificadas
respectivamente con sendas patentes: “narraluces” y “narraguanches”.
El novelista ocupó un lugar en el territorio sociocultural de
Canarias; se situaba como autor; es decir, como un factor más en el
sistema de relaciones diversas. Autor y lectores llegaban a un punto
de encuentro y de acuerdo. La obra literaria alcanzaba un
significado que trascendía el mero texto artístico. Porque, en
efecto, hubo una aceptación de las publicaciones literarias
ofrecidas, al establecerse una relación ideológica entre los
narradores y su público. Se acepta aquí el término ideología como un
continente de valores y de representaciones que van configurando una
visión de la realidad que concierne a los individuos de una
comunidad. Es un ámbito y, a la vez, un vehículo que puede permitir
y facilitar la identificación de un grupo humano.
Para conseguir que lo ideológico alcanzara lo artístico-literario
tuvo que darse una serie de condiciones dentro de ese espacio
cultural. Tales condiciones se generaron, y, una vez creadas, se
pudieron proyectar y hacer pública una serie de obras literarias.
Para ello, la denominada Nueva Narrativa Canaria contó con autores
de muy diferentes generaciones. El arco es amplio: quedan incluidos
en el fenómeno los novelistas nacidos en 1920 hasta los más jóvenes,
cuya fecha de nacimiento es la de 1949. Fue por tanto una
manifestación literaria de carácter intergeneracional. Tenía
obligatoriamente que serlo. La publicación novelística de Canarias
tiene muy poca presencia en la inmediata posguerra... El éxito
editorial requiere autores diversos y títulos de obras suficientes
como para ir adquiriendo el fenómeno narrativo una carta singular de
identidad.
Todavía, en esa década del 70, no se percibe el proceso de
mercantilización de la literatura y la consiguiente industria
editorial que florecería con posterioridad en la Península. Y,
paradójicamente, esa carencia será uno de los factores que va a
permitir cierta capacidad de maniobra en el reducido y parco espacio
editorial de Canarias. Confluyen, además y oportunamente, otros
vectores. Aunque no fuera deliberado el propósito, lo cierto es que
se contó con una naciente conciencia nacionalista, con una voluntad
de aproximarse, cognoscitiva y afectivamente, al territorio
inmediato. Este novedoso interés por los temas canarios alcanzó de
lleno a la literatura, a la geografía, a la historia.
La literatura mostró su fortaleza cuando se vio arropada por un
público expectante, por el nacimiento de sobrias editoriales
privadas e institucionales. La atención del público permitía el
curso de obras literarias, muy bien acogidas en las librerías y
promocionadas mediante reseñas de libros o comentarios sobre autores
en las páginas literarias de los diversos periódicos y revistas.
Instituciones públicas como la universidad no fueron, en esta
ocasión, ajenas al fenómeno literario y social. Instituciones de
carácter privado imprimen una fuerza suplementaria con la creación
de certámenes literarios, lo que supuso crear unos sólidos
fundamentos y avances en el reconocimiento de obras y autores.
Hubo una potenciación de lo literario porque hubo un público que lo
demandaba. Lo literario supuso un factor ideológico aglutinante. El
libro canario –si se permite forzar la exageración– llegó a
convertirse en una especie de fetiche. Esta fetichización no quedó
reservado exclusivamente al género narrativo, se expandió también al
territorio poético; e incluso abarcó otros sectores de carácter
extraliterario, tal como sucedió con los “libros de cocina”. Pero en
el año 1976 la potente manifestación literaria entra en declive y
amengua el interés del público lector insular.
¿Qué ha sucedido? ¿Cuáles fueron las razones o factores que
determinaron un cambio de rumbo en las preferencias lectoras? ¿Es
que faltaron novelas?, ¿decayó acaso su nivel literario hasta el
punto de quedar relegadas en las afueras del circuito comercial?
Hay un hecho evidente: se interrumpe aquel interés favorable por la
novela de Canarias. Y el motivo no se encuentra en la obra literaria
que en ese momento se publica. Aquellos autores, y otros nuevos que
se incorporan continúan con análogo y acompasado ritmo productivo,
mantienen idéntico propósito: aproximarse a los potenciales lectores.
Autor y lectores continúan siendo parte del mismo sistema; sin
embargo, otros factores integrados en el sistema se han modificado.
La obra literaria pertenece a un sistema que no puede funcionar al
margen de las expectativas e intereses que suscita en la sociedad. Y
la sociedad, a finales de la década del 70, está cambiando su
concepto de cultura. La obra literaria está en camino de verse como
un valor de mercado y de convertirse en libro-mercancía. A partir de
1980 propende a verse como objeto de consumo. Y con ello se ha ido
evidenciando el proceso de disgregación que irá borrando aquel
vínculo que llegó a unir, simpáticamente, a un grupo significativo
de autores con su comunidad.
Canarias perdió cancha en su propio territorio. Para que se produzca
este vacío es necesario una concentración de poder hacia donde
confluyen varios estamentos. Las grandes editoriales son fuerzas
decisorias. Su dedo alcanza a las distribuidoras, a las librerías y
a los medios de comunicación como propagadores publicitarios de su
prestigiosa mercancía.
En el año 1973, la revista
La Estafeta Literaria
reunió a cuatro personalidades para tratar la cuestión de la
distribución del libro, sus problemas y consecuencias. Un
representante del sector, en aquel tiempo vinculado al Ministerio de
Información y Turismo y ex-presidente del Instituto Nacional del
Libro Español, expresó que sería deseable una concentración
editorial. Veía demasiadas empresas editoriales y un excesivo número
de títulos, todo lo cual generaba una realidad lo suficientemente
caótica como para volver locos a los lectores, a distribuidores y a
libreros. Un director editorial manifiesta allí una postura opuesta:
una concentración conllevaría a que las dos o tres empresas
editoriales reinantes decidieran la edición de las obras. Esta nueva
situación repercutiría negativamente en la propia iniciativa del
autor, quien podría quedar subordinado a las pautas dictadas por el
sello editorial. Los representantes de distribuidores y libreros
opinaron que la distribución, en todo caso, suponía un problema de
índole económica. Pedían el mismo trato de favor que las
administraciones públicas le concedían a la industria editorial; las
facilidades dadas a los editores habían hecho posible el “boom”
editorial español. En lo relativo a la concentración de las
distribuidoras o de las librerías manifestaron que “esos grandes
monstruos no funcionan”.
Apuntemos algunos datos de encuestas: en 1978 el 33% de los
españoles confesaban un nivel de lectura igual a cero: nada leían.
En 1981 se gastaba en bingos nueve veces más que en libros. En 1985
aumenta hasta el 45% el número de los que no se han llevado ni un
solo libro a las manos. Sin embargo, el sector del libro crece de
manera inexplicable. Los títulos se multiplican y se multiplica la
tirada. Se comienza a abrir el abanico de temas, se busca la
diversidad con el objetivo de encontrar, por todos los medios, a los
lectores. Se produce la concentración editorial; comienza a
dibujarse en el horizonte la
sombra del oligopolio del libro. Ya en 1984,
las grandes marcas editoriales (el
3'5%) controlan el 50% de
las ediciones. Estos grandes sellos editoriales inducen
y conducen al lector hacia un
tipo de libro (y de lectura). En el año 1975 se publican en
España 17.720 libros; entre éstos quedan incluidos 4.129 de carácter
literario. En 1980 el número total es de 27.629, perteneciendo al
sector de la literatura 5.798. Una década después son 42.207 frente
a 7.194, respectivamente.
Diversificación de temas para atraer al lector, disminución
en el número de tirada para compensar los costes totales. En
cualquier caso, las editoriales actúan con estrictos criterio
mercantiles. La creación de certámenes literarios por parte de
cimeras editoriales persigue un objetivo: acrecentar el número de
consumidores de literatura. La frase de un potente editor así lo
muestra: “De lo que se trata es no de buscar valores, puesto que
éstos surgen por sí solos, sino de conseguir nuevos lectores”.
Valgan estas muestras como pruebas de la transformación que, en los
años 80, afectó al mundo editorial hasta el punto de promover la
mercantilización de la literatura. El libro no se concibe como valor
cultural, sino como valor de consumo.
La emergencia de la nueva literatura canaria en la primera parte de
la década del 70 fue posible porque en ese momento no existía una
gran industria editorial española que determinara las orientaciones
literarias. Cuando, en Canarias, se incorporan a principio de los
años 80 nuevos autores al espacio de la creación literaria, aquel
estado de cosas ha sido totalmente borrado. Se ha pasado de la gran
resonancia de las generaciones del boom a la generación del
silencio. Y no precisamente porque los autores emergentes no dieran
señales de actividad, de propuestas y de proyectos.
Premios, revistas, suplementos culturales se prolongan, o nacen
otros nuevos, en la década de los años 80. Pero no se mantuvo el
interés del público lector hacia los nuevos autores que inauguraban
su década. No resulta extraño que a la denominada “generación del
ochenta” se le conociera igualmente por “generación del silencio”.
Hasta tal punto quedó el término; quedó marcando la gran diferencia
de aquel sonado boom respecto a los nuevos narradores, que quedaron
silenciados en el momento de entregar sus libros. Se ha dicho que no
hubo voluntad de realizar un agrupamiento, pues los criterios de
cada cual iban por libre y se aceptaba la idea de una obra que
singularizara al autor. Pero si se mira hacia atrás, en los del 70
se percibe también análoga diversidad.
No queda en balde el quehacer poético en Canarias
durante el siglo XX. Sus
manifestaciones líricas se orientan y se suman a las
renovaciones más significativas que determinan el trazado poético
hasta 1936: la singular presencia del modernista poeta del mar,
Tomás Morales; o la reacción que, desde tal movimiento, condujera a
Alonso Quesada por los cauces de la “ironía sentimental”. La
emergencia de la vanguardia no fue tan súbitamente explosiva, pero
arraiga y se expresa en la tercera década del siglo para acrisolarse
espléndidamente en la revista
Gaceta de
Arte.
Una publicación que vio cumplido su objetivo en tanto se mantuvo
receptiva a las corrientes estéticas contemporáneas europeas, las
cuales activaron a los poetas del grupo en dirección a un
surrealismo que, en el periodo de la República, prolongó el ya casi
clausurado surrealismo peninsular.
Tras la Guerra Civil Española se muestra con todo su rigor las
notables ausencias de algunos creadores y la dura presencia de un
régimen que se adueña de la mínima actividad literaria, imponiendo
una rígida censura y llevando sin pausa al empobrecimiento cultural.
La edición ha pasado a mejor vida. La novela se apaga; no así la
poesía que, aunque mantiene en precario la edición de poemarios, se
resiste a dejar en números rojos el negro panorama. Por la vía de
las revistas, de las antologías y, posteriormente, de las páginas
literarias de los periódicos, el género poético toma cartas en el
asunto y se coloca en el primer plano de las manifestaciones
literaria. Desde el mismo año de 1940 comienzan a aparecer una buena
cantidad de revistas (1), las cuales se asientan en las dos islas
capitalinas. En Las Palmas de Gran Canaria la familia Millares
divulga en los años 1940
y
1941 las publicaciones manuscritas
Viento y Marea,
antecesora de la revista
Millares.
La carencia absoluta de una industria editorial no impedirá la
manifestación de publicaciones poéticas. Los propios poetas
emprenden el camino de abrir un cauce que permita llegar al lector.
Se fraguan empresas de carácter personal o de un grupo muy definido.
Se genera un clima racheado de publicaciones poéticas, a caballo
entre la revista y la selección antológica de autor(es). Esta
especie de hibridación puede evidenciarse en el largo catálogo que
pasea por el marco poético de la posguerra. Así:
Colección para treinta bibliófilos
(1945),
Cuadernos de poesía y crítica
(1946), la
Antología Cercada
(1947), Los
Dioscuros
(1949), y cerrando la década y abriendo la siguiente,
Planas de Poesía,
una colección de cuadernos poéticos (1949-1951), que renacerá en una
segunda época, ya en la década del setenta. Vinculada a ella le
sucede
Colección para treinta bibliófilos.
En resumen, un itinerario poético capaz de luchar contra las
adversidades. Como se expondría en la
Antología Cercada,
los poetas deben abrir el cerco impuesto por las circunstancias
históricas y por la represión del régimen político que se había
duramente establecido. Las décadas posteriores mantienen el ritmo en
el quehacer poético. La revista
Alisio,
con el subtítulo clarificador de
Hojas de poesía,
nace en 1952 con el propósito de mantener en vigor la
publicación de poemas en unas
hojas que consigan crear relaciones con otras latitudes
poéticas.
En la isla de Tenerife, un tipo de revista análoga a la Alisio
grancanaria, se había editado
en 1945. Bajo el rótulo de su nombre,
Mensaje, y
a manera de subtítulo, se apuntaba la palabra
Poesía.
Sus
páginas acogen muestras intergeneracionales de poetas de la
preguerra y de la joven poesía que intentaba surgir en la posguerra
y emprenden una relación con la lírica peninsular. Pero es revista
de corta distancia pues se liquida el proyecto al año siguiente.
Domingo Pérez Minik, en las páginas introductorias a su
Antología de la poesía canaria,
expone en 1952 que desde el año 1946 “no ha surgido ninguna nueva
revista de poesía”. Percibió el crítico una dispersión, un vacío en
donde no encontraban solar para su escritura ni los poetas maduros
que venían de la vanguardia, como tampoco los poetas noveles. Un año
después se edita la revista
Gánigo (Poesía y Arte),
la cual reanuda la línea ofrecida por
Mensaje
y desarrolla una actividad que alcanza hasta 1969.
El panorama poético de la década del 70 no está al
margen de lo que,
“editorialmente”, supone el boom de la narrativa, el cual
surge en los primeros años del decenio, se desarrolla intensamente
para declinar al poco tiempo, que por ponerle fecha podría ser la de
1976, año en que se percibe la
declinación del fenómeno. Hubo un crítico que se caracterizó
por ser un atento espectador, estudioso, además de procurar
comunicarle al lector de las islas los referentes más significativos
del momento que, en su opinión, estaban conformando la literatura de
Canarias. Nos referimos a Jorge Rodríguez Padrón quien, durante la
década que tratamos, contemplaba los niveles que la narrativa y la
poesía alcanzaban dentro del común marco literario insular.
Manifiesta que no se dio una convivencia sin más de poetas y
novelistas. El rebumbio narrativo que de manera súbita
se hizo imperio sobre los demás géneros, supuso para algunos
“puristas” -como los califica Rodríguez Padrón2-
“el
enfrentamiento entre la genuina actividad literaria insular
(para ellos, sólo la poesía) y los advenedizos nuevos ricos del
pastiche novelesco”.
Fablas
(Las Palmas de Gran Canaria, 1969-1979), con el subtítulo de
Revista de poesía y crítica
hasta 1976, atravesó la década
prodigiosa
del 70 y mostró en sus últimos años un interés especial hacia el
panorama literario de Canarias. Otras revistas tomarán de seguido el
relevo. Y se situó con firmeza la tinerfeña
Liminar
(1979-1986); desierto de revistas el paisaje en Canarias y
consciente de la necesidad de crear una que llenara el vacío,
Liminar,
desde los primeros momentos muestra su vocación crítica y se orienta
hacia el arte contemporáneo, con mirada atenta a la literatura
hispanoamericana y a la de las islas. En el año 1983, y hasta 1992,
Sintaxis
se suma al espacio de las publicaciones periódicas. Percibe al
comienzo de la década la conveniencia de un medio de difusión que
expresara, desde la tradición y la modernidad cultural de Canarias,
“un universalismo radical, crítico y vigilante”.
Una nueva generación de escritores comienza a emerger en la década
del 80. Relativamente próxima queda la experiencia del fenómeno
editorial, narrativo y poético, que se había fraguado en Canarias.
Colecciones poéticas como “Paloma Atlántica”, de Taller ediciones JB,
quieren jalonar, en 1977, con los veinticinco cuadernillos que la
conforman, un panorama de la poesía representativa de ese momento.
Como ocurriera con los narradores del “boom”, los poetas elegidos
conforman un grupo intergeneracional en el que predominan autores
que inician su obra a partir de los primeros años de la posguerra,
junto a otros que se dan a conocer en los años de la transición
hacia la democracia. Las excepciones son señales de una voluntad de
vinculación a una tradición poética, en ese momento, relativamente
desapercibida: Bartolomé Cairasco de Figueroa, Nicolás Estévanez, o
el mucho más próximo en ese tiempo, Pedro García Cabrera.
Ya se percibe un cambio de paisaje dentro del marco editorial en la
década del 80. El libro editado en Canarias no suscita aquella
insólita atención. Acaso por ello se van apagando algunas
editoriales, en tanto otras nacen para alumbrar a los “clásicos” de
la literatura de Canarias. Interinsular y Edirca se orientan hacia
ese puerto; un puerto tan necesario como seguro. La Viceconsejería
de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias cierra la década con
la creación de la Biblioteca Básica Canaria, una serie de cincuenta
y tres títulos, comprendidos entre las primeras manifestaciones
literarias y los escritores ya consolidados en la década de 1970. El
conjunto de todo ello supuso una interesante selección de autores
rescatados. Sin embargo, fue mínima o nula su aportación o apuesta
por los nuevos escritores, quienes aguardaban su turno, una vez que
había pasado la resonante explosión del
70.
La carencia obliga. A partir de 1980 los propios autores deben
resolver la cuestión. Y surgen empeños diversos, tales como el
homenaje de
Joven Poesía Canaria
a Pedro García Cabrera (19 de septiembre de 1980). El grupo
organizador reafirma en el libro-homenaje (3) su significación
generacional, a la vez que niega la validez de la denominación
Joven Poesía Canaria,
poco adecuada en razón al
objetivo que se pretendía con aquel acto, “social y literario,
desvinculado de cualquier tipo de reconocimiento que no fuese otro
que el puramente humano y por lo
tanto poético hacia una personalidad [Pedro García Cabrera]”.
Allí se concertó, con el ánimo de los “primeros
contactos y el dispar discurso de los puntos de vista”, una
cierta estrategia generacional. Probablemente el homenaje a Pedro
García Cabrera supuso un camino de iniciativas varias, dentro de las
cuales podría contemplarse la creación de la
Colección LC / Materiales de
Cultura Canaria
(1981), que en su segundo número le dedicó un monográfico al
poeta gomero. Puesto que se había descartado la etiqueta de
joven poesía, al poco
tiempo se hablaba ya de una posible Generación del 80 (4).
Los suplementos culturales dan prueba de tal catalogación.
“Borrador”, página literaria de
El Diario de Avisos,
dedica en 1989 sucesivas entregas de la titulada “Poesía Canaria de
los ochenta”. El coordinador va perfilando, desde sus comienzos
hasta las “ultimas hornadas” poéticas, los elementos y factores que
definan el panorama lírico de la década. Despliega por la página una
muestra de los diversos poetas. Importaba poco el acierto crítico
del término. En aquel momento se buscaba un refugio terminológico
para tanto autor disgregado. Y se pasó a montar las estrategias
convencionales: creación de editoriales, como Benchomo, que publica
de manera inmediata a algunos de los participantes activos en aquel
homenaje; las publicaciones de el Centro de la Cultura Popular
Canaria; asimismo aparecen las primeras muestras de rústicas
revistas como Cofre y Alacena,
que se prolongarán en
El buey de las estrellas
o Aquel viejo noray.
Muestras, en fin, de una época heroica y con voluntad de hacerse
leer a toda costa. Un año después, en “El Cebadal Cultural”,
suplemento literario de
Canarias 7, su coordinador da título a un tema, “Joven
narrativa canaria”, que será el centro de consideración por parte de
algunos autores que, perteneciendo a ese marco, se disponen a
expresar sus opiniones. La situación narrativa, en los detalles que
aquí importan, pueden transferirse al marco poético. Viene a ser una
reflexión surgida de la visión de un década, la del ochenta, que
parecía caer en la fuerza de gravedad de la precedente. En resumen,
se manifiesta que la joven
narrativa [poesía] se halla en un estado carencial y con
“todos los problemas juntos sin resolver”. Sale a cuento entonces la
precariedad de la edición en el mercado insular, la indigencia de la
distribución del libro y el inexistente “estado de opinión” sobre la
literatura. El hecho literario no merece ahora, en el ochenta, la
atención de instituciones como la Universidad, los medios de
comunicación o los centros educativos.
Sin embargo, se intenta por todos los medios que se mantengan los
factores que intervienen en el marco de la publicación literaria. La
presencia de las revistas es un dato llamativo. Las revistas en
Canarias tienen vida, por general, efímera. En su conjunto responden
a apariciones episódicas que surgen cuando se hace notable el vacío
por causa de la desaparición de revistas muy significativas. La
ausencia de Liminar
produjo el relevo consiguiente. Aparecen las revistas
Menstrua Alba
(1985-1987), patrocinada por el Cabildo de La Palma, o las
tinerfeñas Taramela
(1986-1988), Fetasa
(1988-1992), La
Página (1989). Tales revistas intentan cubrir la
reducción evidente que se aprecia en el número de libros y
publicaciones poéticas. Algunas
de ellas se deciden a abrir un capítulo de publicaciones
poéticas con el propósito de
cubrir las carencias editoriales. Tal es el origen, entre
otras, de la colección Añil de Poesía. Una colección que definirá el
comportamiento de las publicaciones y antologías poéticas que se
manifestarán con posterioridad: su carácter intergeneracional; un
punto de encuentro de una diversidad poetas, pertenecientes a
diferentes generaciones y con muy distintas tendencias poéticas.
Los poetas noveles disponen de las vías consuetudinarias para hacer
de su vocación un libro; esto es, tienen licencia para comparecer a
los distintos certámenes con la esperanza de ganar el premio que le
proporcionará la publicación correspondiente. Caben destacarse los
dirigidos expresamente a los jóvenes que comienzan. Ateniéndose a
esta particular condición, y habiéndose mantenido durante décadas,
merece mencionarse el Premio “Félix Francisco Casanova” (poesía y
cuento), instituido en 1979 y con un recorrido que alcanza hasta la
actualidad. Algunos de los autores que
conforman la colección
Más que el mar han figurado
en las publicaciones editadas anualmente. Otros premios, como
los tinerfeños “Pedro García Cabrera” o “Ciudad de La Laguna”, o los
grancanarios “Tomás Morales” o “Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria”
han venido garantizando la presencia de jóvenes poetas en el
panorama de las ediciones insulares.
Un grave asunto, bastante problemático y que ha sido
objeto de polémica, es el tema de la edición en Canarias. La franja
temporal que nos ocupa, esto es, el periodo comprendido entre 1980 y
2002 se caracteriza editorialmente por la fragilidad y la poca
consistencia de las publicaciones provenientes de editoriales
privadas. Son casos excepcionales aquellas que consiguen la
realización de un proyecto marcadamente poético. Esta colección, por
ejemplo, ha podido alcanzar el puerto debido a que una institución
pública intervino favorablemente en la coedición.
La Viceconsejería de Cultura del Gobierno de Canarias decidió la
creación de la colección Biblioteca Básica de Canarias. Se indicó en
páginas anteriores que el proyecto suponía una serie cerrada de 53
libros concernientes a una lista de autores que compendiaban los
hitos fundamentales de la literatura de Canarias desde los inicios
renacentistas hasta la década de 1970. Una vez servida la colección,
se sirvió de inmediato la polémica. Se convirtió en asunto polémico
que hirvió en distintos calderos,
pues fueron varios los frentes en que se manifestó su rechazo.
En su haber, la Viceconsejería de Cultura contaba con una idea que
resultaba encomiable:
promocionar las obras clásicas, de tal modo que llegaran al
público y figuraran en las bibliotecas (públicas y particulares)
insulares. En contra se manifestaron quienes estimaban que la
función institucional había sobrepasado sus competencias y
repercutido desfavorablemente en las editoriales privadas;
editoriales que, por aquel entonces, habían reducido su catálogo de
publicaciones a unos pocos títulos, correspondientes a
los escritores más señeros de la
historia literaria. No fue ése el único considerando. La
colección Biblioteca Básica
Canaria se había detenido en el último tercio del siglo XX.
En la selección de autores cabían suspicacias. Para algunos, fuera
del territorio de los cuarenta y nueve títulos de autores se
hallaban las tinieblas exteriores, el no ser quién es quién en la
literatura canaria. Excluidos estaban una buena cantidad de poetas,
con obra suficientemente significativa y consolidada. La
Viceconsejería de Cultura procede a complementar aquella actuación
editorial. Por una parte, con
publicaciones poéticas que, aunque no incluidas en la
Biblioteca Básica, van conformando una colección de autores con
renombre.
Por otra parte, se piensa en prolongar la ruta literaria de autores.
Con ese propósito se crea la colección Nuevas Escrituras Canarias.
Su objetivo declarado es el de dar a conocer y promocionar a jóvenes
promesas. Las principales críticas que caen sobre esta colección
“reproducen el perfil de las réplicas a Biblioteca Básica Canaria.
Tienen un inconfundible sabor de acusación de dirigismo cultural, y
se centran, especialmente, en el criterio de selección de autores
(5)”.
Los poetas que inician su quehacer poético encuentran en Nuevas
Escrituras un marco de asentamiento. ¿Es posible la publicación de
libros poéticos de autores jóvenes en medio del anquilosamiento de
las editoriales privadas de Canarias? En las dos últimas décadas
del siglo XX (y se recrudece la
situación en los primeros años del XXI), las grandes marcas
editoriales españolas conducen el
libro literario por la senda de una cultura de mercado. Le
concede a la novela ser el objeto atractivo de público y de
escaparate. Sobre la novela se vuelcan todas las atenciones de la
crítica y de cualquier otro recurso promocional. El libro, entendido
como producto de consumo, deja al poema en situación precaria.
En Canarias se ha ofrecido un cierto orden de continuidad poética
dentro del panorama que tratamos. La
intervención
de las instituciones públicas tienen toda la
culpa de que se
mantenga en un nivel aceptable la cantidad y calidad de las
publicaciones de carácter poético. Hay una literatura, efectivamente,
subvencionada.
Se entiende que esta situación no supone un dirigismo cultural, sino
que resulta ser el único medio posible con el que, desde una
situación periférica, se combate el estado de cosas que definen hoy
el mercado editorial. Un mercado que determina la conveniencia de si
publicar o, mejor no, un libro poético. En el estado liberal
capitalista el libro, como se ha indicado, tiende a convertirse en
producto de consumo y, consecuentemente, plegarse a las leyes de la
oferta y la demanda. Unas leyes que, precisamente, pueden imponerlas
gracias al potente dispositivo empresarial y económico que detentan
las grandes editoriales. Todo queda bajo su mando. Hay un
centralismo editorial en cuanto ese tipo de industria controla la
red del libro de cabo a rabo: decide el género que le conviene,
elige el autor, promociona el libro en los medios de comunicación,
acapara el circuito de la distribución y hasta la mejor plaza en la
mesa de novedades de las librerías. Los críticos que trabajan a
destajo en las revistas “de libros” o en los suplementos literarios
se orientan hacia ese centro que magnetiza de manera inevitable.
¿Es que cabe alguna posibilidad de competencia en
el espacio insular en materia de
edición, tanto de autores canarios como foráneos?
Naturalmente la idea se ha expuesto
como una interrogación retórica. El espacio insular, en este
sentido, es un espacio periférico. Y no sólo
por una razón geográfica (los
políticos demandan en Bruselas el carácter
ultraperiférco
de Canarias, con el fin de
aliviar las severas condiciones que, con respecto a otras
zonas, definen el archipiélago). Si en cuestiones literarias se
dejase actuar libremente el mercado del libro, a medio plazo, las
empresas editoriales habrán levantado en
su solar el modelo de
publicación y el consiguiente autor que les arriende ganancias.
Legítimo es ese derecho y legítima su planificación editorial. Una
planificación que no contempla discontinuidades y carencias territoriales.
Pero lo cierto es que hay una fuente de donde manan las
publicaciones. Es una fuente que, cada vez más, establece una
facturación homogénea por virtud y gracia de una mecánica editorial
en donde prevalece el director comercial sobre el literario. La
periferia es un destinatario de ventas, una mera referencia en el
mapa, siempre un asunto
prorrogable en la elección de autores,
un valor mínimo -como expresara
en una ocasión- que ocupa
un lugar mínimo, prescindible y olvidadizo. También se indicó
en aquellas páginas que si la cultura
consumista está centralizada y
se mueve centrífugamente, la periferia no debiera caer en el
error de levantar unas formas y estructuras equivalentes ni
balbucear sus mensajes y sus
objetivos ni propagarlos por los mismos conductos.
La tarea del escritor es la de producir escritura; pero su deseo,
bruto o prudente, va más allá, pues desea que su obra acceda al
circuito de la comunicación. Y ahí sí que tocamos el padeciente
infortunio de los poetas de las Islas Afortunadas.
En el año 1991 se realiza el denominado “Reunión en Las Palmas. Seis
poetas de la periferia”. El crítico Miguel Casado, en el artículo
(7) que da cobertura y tema al encuentro, manifiesta que la serie de
actos significaba, antes que un congreso, “un encuentro lleno de
sentidos potenciales, de una rara oportunidad para el contacto
directo con zonas muy vivas de la poesía española, para debatir
sobre las preocupaciones que el anquilosamiento de ésta suscita; y
todo ello, desde la independencia que supone no aceptar de antemano
ninguno de los tópicos vigentes.”
En el mismo texto se subraya el término periferia. “Periferia son
estas islas entre tres continentes -escribe-, es también el auxilio,
también ese ente caníbal y angosto de la provincia; pero es
igualmente periférico disentir, lo es el escritor que busca en
solitario su propia tradición y lengua.”
La periferia entendida, por tanto y en cuanto, como una zona
exterior y de exclusión que se opone a un centro en posesión de
poderes económico, administrativo y mediático. La subvención, por
tanto, no debe entenderse como un acto gratuito, una gracia que se
concede de manera arbitraria a un espacio cultural. El apoyo
institucional es una acción necesaria, sostenedora e impulsora de la
cultura de un país cuya supervivencia -la cultural- depende de su
manifestación pública.
Canarias no está dotada de una industria cultural, aunque sí de una
vigorosa producción. Lo primero debe conciliarse con lo segundo.
Pero se interpone con fuerza la naturaleza del variado territorio
insular que nunca se ha reordenado en una auténtica estructuración.
La insularidad invertebrada es un hecho. Y la unidad, un objetivo
nunca logrado. El libro literario de Canarias sufre este estado de
cosas. Porque, en este contexto, referirse a mercado del libro
supone mostrar la realidad de una comercialización imposible. En
este sentido, no es sobre una Comunidad de lo que se trata, sino de
siete islas que han roto entre ellas cualquier puente. Y si se apura
la situación, ni siquiera se cuenta con siete islas, pues dos son
las mayores
y en donde se
concentra el poder cultural; y si
se continúa por la senda del apuramiento, ni dos islas son
siquiera: son dos ciudades capitales, dos zonas estratégicamente
situadas que administran y en donde se resuelve el circuito y el
mayor dinamismo cultural; a saber el área de las ciudades Santa
Cruz-La Laguna y el área de la ciudad de Las Palmas.
Hasta ahí llega la distribución de un libro de poemas. Más allá de
ahí, en las otras islas
menores, en otras ciudades y otros pueblos resulta muy
improbable la presencia de muestras bibliográficas
canarias. La
subvención, y hasta tanto no se reponga el estado natural de las
cosas, queda bajo la responsabilidad y obligación de
las instituciones. Debiera ser un
pasaje deplorable y transitorio, pero lo cierto es que se ha
convertido en un mal crónico, empecinado, e inexplicablemente,
comúnmente aceptado como un hecho
natural.
Con todo y pese a todo ello, en ese espacio se evidencia una
actividad creadora que ha sabido dar expresión a un notable nivel
poético. La causa estriba en que existe una voluntad de hacer
públicas las manifestaciones que vienen definiendo el panorama
poético insular. Las realizaciones poéticas son de diversa índole:
edición de un autor, de revistas y de antologías, convocatorias de
certámenes poéticos, encuentros y congresos en donde se debaten
asuntos que se orientan hacia el complejo marco de lo poético.
El conocimiento de todos los factores referidos permitiría una
aproximación a los condicionantes literarios, cómo operan y van
determinando las infraestructuras que definirán el panorama poético
del presente. Las revistas y antologías poéticas podrían servir como
factores que ejemplifiquen el escenario lírico de Canarias en las
dos últimas décadas (1980-2002).
Cuando algún artículo periodístico toca en la vida de las revistas
literarias, automáticamente se abre un titular que reza, por ejemplo,
“Revistas en vías de extinción” (8). Vida breve y amenaza latente
son los signos que han venido marcando este tipo de publicaciones.
Hay momentos fecundos, y también breves depresiones, como también
levantamientos y reocupación del espacio por parte de nuevas
revistas. En el año referido de 1994 ya se habían cerrado varias de
las mencionadas en páginas anteriores. Por otra parte, unas pocas
entraban en fase de consolidación, y otras iniciaban su
andadura o preparaban su
nacimiento: Paradiso
(Tenerife,
1993-1995), La Fábrica (La Palma, 1994), La Plazuela de
las Letras (Gran Canaria, 1995),
El
Litoral-Elguinaguaria
(Lanzarote, 2ª época, 1995, tras la desaparecida Litoral),
Cuadernos del Ateneo (Tenerife, 1996).
Todas nacen por iniciativa y voluntad de un colectivo que considera
este tipo de publicación un medio efectivo de expresar las
manifestaciones creativas. En ellas se evidencia el interés por las
muestras de escritores ya reconocidos, así como de los nuevos
nombres. Es una referencia adecuada para propiciar el análisis que
lleve al conocimiento del fenómeno poético actual. Las páginas de
una revista suscitan el debate y el encuentro intelectual de
posiciones antagónicas. Mediante sus números sucesivos se pretende
aludir, en parte, a la memoria bibliográfica de la literatura actual.
Las revistas, a la par que las antologías, figuran como
factores susceptibles de proporcionar rasgos definitorios de un
determinado marco poético. La presencia continuada de estas
publicaciones van mostrando una línea de edición desde donde se
puede analizar la evolución o la diversidad de las manifestaciones
poéticas. Hay un rasgo que, para este caso, interesa sobre cualquier
otro punto de atención. Define el propósito y marca las funciones
fundamentales de las revistas (que en su mayoría no atienden
exclusivamente a la poesía) y las antologías poéticas. Ese rasgo es
común a las revistas canarias nacidas
en el último cuarto del siglo XX. Salvo alguna excepción (9),
el rasgo común difundido en el conjunto de este tipo de
publicaciones responde a un propósito: que sea un espacio de
confluencia de la diversidad. Diversidad de tendencias y presencia
intergeneracional.
La década del 90 comenzó con nuevos bríos. Allá por 1988 y 1989
comienza a ofrecer sus primeras entregas poéticas un nutrido grupo
de jóvenes cuya fecha de nacimiento se sitúa en torno a 1970. El
final del siglo se presta a conceder calificativos o expresiones
atractivas con que etiquetar la nueva quinta. Las diversas
antologías prueban a dar con un nombre que represente a la totalidad:
“Grupo poético de 1992 o Poesía del Redescubrimiento”, o “Poetas de
fin de siglo”, o “Poetas del Milenio”, o “Ultima Generación del
Milenio”. En todos asoma el dato o la sombra del nuevo milenio que
ya estaba proyectándose como la incontestable “experiencia
generacional” que identificaría a la nueva hornada. En todo caso,
son fechas que no parecen haber producido una toma de conciencia
suficiente para mover a sus componentes hacia un proyecto común.
El estudio de los poetas que han publicado y consolidado su obra en
una década no responde al método generacional. Ha quedado el
término, pues, como una denominación emblemática, vacía de auténtico
contenido. Sólo posee un vago
carácter identificador. Por otro lado hay que contemplar
agrupamientos ocasionales en donde concurren diferentes talantes y
estilos poéticos. Sirvan de muestra las antologías Poetas sobre
el Volcán, que reúne unas cuantos poemas de cuatro poetas
grancanarios,
o A
fuego lento,
compuesta por cinco poetas
tinerfeños de los 80 que, de acuerdo con lo que Ernesto Suárez
apunta en el prólogo, “bullen, se unen y también se enfrentan a
cinco formas de ver y decir”.
Con esta orientación se publica en 2001 La nueva poesía canaria
(1986-2000), con notas de Antonio García Ysábal, quien
selecciona a poetas menores de treinta y cinco años y con residencia
en las dos provincias.
Si las anteriormente citadas conforman grupos ocasionales pero en
edades próximas, también en la década del 90 y en los comienzos del
siglo XXI, cabe destacar una serie de antologías con carácter
intergeneracional. La revista
La
Página,
n° 25/26 (1996), dedica un apartado a “Ocho años de literatura en
Canarias (1989-1996)”
en el que incluye una antología poética compuesta por autores con un
arco generacional comprendido entre los nacidos en la década del 20
y en la del 70. Se publican también colecciones poéticas de tipo
intergeneracional, conformadas en una serie de cuadernillos en los
que sus respectivos autores van marcando, a golpe de flash, un
variadísimo camino poético: tal es el caso de la colección
Cuadernos del Atlas, de la editorial lanzaroteña Litoral
Elguinaguaria (1997).
Las antologías han sido también un pretexto o vehículo para poner en
conocimiento de otras áreas geográficas y poéticas el quehacer
creativo de la poesía canaria actual. Son proyectos que nacen con
voluntad de romper las fronteras que habitualmente cierran el paso
de las muestras literarias. Con esta intención se publica en el año
2001 Los transeúntes de los ecos. Antología de Poesía
Contemporánea Canaria. Se lleva a efecto mediante el acuerdo
alcanzado por la Asociación Canaria de Escritores y la directora de
la editorial Arte y Literatura, de Cuba.
Con análogo propósito, el de sobrepasar el territorio propio y
alcanzar otros países y lenguas, se establece un proyecto común
entre dos revistas: la francesa Autre Sud y la canaria
Cuadernos del Ateneo. Acuerdan sendos números que den a conocer
en los respectivos países a los poetas seleccionados. Autre Sud
dedica un número monográfico, “Poesía de hoy: de las Islas
Canarias al Mediterráneo”, en el que se incluyen doce poetas
canarios y otros tantos franceses. Por su parte, Cuadernos del
Ateneo,
en el número 12 (2002), incluye
el estudio “Poesía
canaria (1975-2001). Cinco notas”, con el que Ernesto Suárez
introduce a los poetas seleccionados.
En esta década del 90 y en los comienzos del siglo XXI se evidencia
de manera notable el proceso de la anteriormente apuntada
mercantilización literaria (10). Ya es una realidad el hecho de la
expansión de algunas editoriales, la asimilación de unas por otras,
el principio económico que acaba rigiendo en cada uno de los nudos
de la red del libro, la saturación de títulos, una
sobresaturación (50.000 títulos,
aproximadamente, en
el
año 1997; poco más de 9000
corresponderían a libros de
carácter literario) que persigue
un objetivo: copar el espacio principal de las librerías (escaparates,
expositor y mesas de novedades) y promocionarse con reseñas
literarias en los suplementos culturales y revistas.
Puesto que la fuerza dominante es la económica,
si el número de lectores no es
proporcional a la ingente cantidad de títulos, las
editoriales reducen tiradas y eliminan géneros no vendibles. El
texto dramático queda fuera del circuito. Se ha decidido el
destierro del cuento literario.
El libro de poemas se mantiene aún pero en el nivel mínimo:
pocos títulos y contadísima tirada. El libre mercado decide qué,
cómo y quiénes pueden participar en la limitada tarta de las
publicaciones.
En noviembre de 1996 se realiza en el Ateneo de Laguna el “II
congreso de Poesía Canaria”. Un título orientó las diversas
ponencias: “Hacia el próximo siglo”.
Con la intervención de medio centenar de autores y estudiosos
del ámbito poético se constituyó -como se declara en el prólogo de
la publicación correspondiente (11) - “un foro de debate y reflexión
donde que sean apuntadas algunas de las posibles rutas de la
creación poética de este final de siglo”.
Veinte años atrás, en 1976, se había celebrado el I
Congreso de Poesía Canaria. Allí
quedó resaltado el signo,
sujeto siempre a polémica, de la canariedad. La existencia o
no de una literatura canaria. En los 80 se va perdiendo tal
referencia como asunto capital. También se observa que, a medida que
avanza la década, se va creando un espacio de relativa confrontación.
Acaso el término sea demasiado
riguroso. Probablemente no hubo
intención ni voluntad de entrar
en polémica los autores del 80 con los de la década
precedente. Pero, en todo caso,
sí quedó interrumpido el curso poético. “La joven
poesía” no encontró en los
autores del setenta un reflejo válido. Miró y saltó hacia
poetas como Pedro García Cabrera o, más tardíamente, a la obra de
Luis Feria.
La última década constituye por sí misma todo un
símbolo; crea un horizonte de
expectativas especialmente simbólico. Porque son los años que
cerrarán el siglo y abrirán las puertas del XXI. No extraña
que incluso se ensayen análisis prospectivos de la literatura que se
manifestará en el próximo tercer milenio. El suplemento “Gaceta
Cultural y de las Artes”, del periódico
Gaceta de Canarias,
titula su número 1 (31 de diciembre de
1989) “A un día de los 90”.
Varios artículos se orientan hacia los últimos años de
creación artística en Canarias. Y otros ofrecen propuestas para la
década venidera. Es el caso de Víctor Rodríguez Gago quien expone en
un texto “Cuatro propuestas para la próxima década”,
o que orienta otro artículo con el subtítulo de “Crítica
grácil y posibilismo dan la pauta sociocultural de los 90”. No está
satisfecho este escritor de lo que le ha
deparado la década del 80: “un
tiempo de catatonismo -dice-, de virtualidad desmedida”.
Las décadas se han venido mostrando como campeonatos
de carreras de diez años de longitud, con raya
de salida que invita a la
esperanza, y un punto de llegada que ha de remontarse
fatigado pero expectante ante el recodo que viene y que supone un
punto final a la vez que el principio de un nuevo recorrido.
En el ámbito literario de esa veintena de años se ha podido expresar
la confianza que los autores del 80 depositaron en las empresas que
surgieran desde una cobertura generacional. Pero si se hallaban
conformes con el término (generación del 80), no se mantuvieron
absolutamente fieles a los criterios que un grupo así demanda. Los
proyectos que se concretaban en revistas, suplementos literarios o
antologías podían, efectivamente, nacer en un grupo de pocos
componentes, pero se caracterizaban por el aperturismo hacia otros
autores que, o bien se habían ya situado en marcos poéticos anteriores,
o bien expresaban su pertenencia a una muy distinta tendencia
poética. No se planteó combatir a favor
de una línea estética que
lograra el predominio sobre otras. Tanto la permeabilidad
entre generaciones, como la diversidad de concepciones poéticas
determinaron la debilidad paulatina y la anulación definitiva del
concepto de generación que quedó borrado en la década del 90. Cuando
desde la atalaya de hoy se mira hacia atrás, se percibe una
“generación silenciosa”. Pero no hubo tal silencio. Las iniciativas
que se forjaron fueron incontables, como destacadísima su voluntad
integradora y su confianza en hacerse oír. Supuso, en definitiva,
una generación compañera, abierta y puente con los nuevos poetas que
ya estaban tocando en la puerta del 90.
Una vez consultadas las antologías y leídos los poemas de los nuevos
poetas, puede llegarse a una especie de conclusión: hay poetas que
navegan por itinerarios serenos mientras otros emprenden muy
distinta ruta, en donde la sonrisa o la ironía pudieran estar
encubriendo un radical escepticismo. Habrá poemas de lenguaje
templado, meditativos, poniendo énfasis en su arquitectura como
proceso adecuado para alcanzar el conocimiento de una totalidad que
necesita de los fundamentos poéticos. Hay poemas situados en otro
ángulo, allí donde se quebrantan sintaxis y normas. Se apreciarán
las luces y sombras de los mundos interiores como, también, las
maneras con que la realidad cotidiana puede ser tomada y expresada
por la poesía.
Congresos, revistas, antologías han cruzado el último tramos del
siglo XX. De sus manifestaciones se desprenden algunos puntos que,
habiendo cobrado máxima importancia hace ya un cuarto de siglo, hoy
es un asunto que rechaza la mesa de debate. En el Primer Congreso de
Poesía Canaria se puso empeño y se constató el interés por la
insularidad y por el hecho diferencial de su literatura. Veinte años
después, en el II Congreso, el signo de la canariedad en poesía ya
no es un tema inevitable.
Si la insularidad dispone de formas de expresarse, el modo de
expresión no se apuntala sobre el fundamento, o no, de una identidad
canaria. No se parte, pues, de una voluntad predeterminada que
levante el poema con los tópicos signos asignados, o por asignar, a
la poesía insular. Los poetas de Canarias se ven viviendo en un
territorio peculiar y periférico que los cerca, pero entienden que,
en el ámbito de lo poético, la universalidad sabe cómo imponer su
marca.
NOTAS
1. Cfr. “Panorama de las revistas de arte en Canarias”, de Salvador
F. Martín Montenegro, en Cuadernos del Ateneo, nº 1, 1996, artículo
del que se han tomado referencias.
2.- Vid. el artículo “Itinerario por tres décadas. 1960-1990” de
Jorge Rodríguez Padrón, en la revista
Zurgai,
n ° especial: “50 años de poesía canaria”, junio / 1992.
3. Editorial Rey, Santa Cruz de La Palma, 1981
4.- Cfr. en la revista
Fetasa,
n° 2 (1989), los artículos de Víctor Rodríguez
Gago: “Narrativa de los ochenta: la generación del silencio, la
modernidad
ha perdido los papeles”; y el de Ernesto Delgado Baudet.
“Aproximación a nuevos autores de la poesía canaria. Crónica para
una última generación”.
5.-Alfonso González Jerez,
La
Gaceta de Cananas,
6 de julio
de 1990.
6.- Vid. mi
artículo “Divagaciones
sobre la periferia”,
en Un
panorama crítico. Nuevas
Escrituras Canarias,
Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de
Canarias, 1992.
7.-”Seis poetas de las periferias”, publicado en el suplemento
cultural “La Fábrica Atlántica”, de
Canarias
7 (8 de marzo de
1991) y en la revista
Fetasa, n
° 6
(1991).
8.- Cfr. artículo, así titulado, de Flora Marimón, publicado en
LaProvincia
(13
de abril de 1994).
9.- Es el caso de la revista Paradiso.
Se publica su primer número en 1993. En la antología
Paradiso.
Siete poetas
(1994), el prologuista Andrés Sánchez Rabayna, aludiendo a aquella
publicación, manifiesta: “Un grupo de jóvenes había decidido crear
un espacio propio de expresión”. Asimismo, los autores que componen
la antología se atienen a una “precisa concepción del hecho
poético”.
10.- El libro Entre el ocio y
el negocio: Industria editorial y literatura en la España de los 90
(ed. José Manuel López de Aliada y otros, Madrid,
Editorial Verbum, 2001), explora las leves del mercado literario
y su repercusión en el proceso total en que se ve involucrado
el libro: selección de autores, distribución, crítica, librerías,
etc.
11.- Fue recogida la mayoría de los trabajos presentados en el
libro del mismo título,
II Congreso de Poesía Canaria. Hacia el próximo siglo,
edic. de Ernesto Suárez
y
otros, Santa Cruz de Tenerife, Servicio
de Publicaciones de CajaCanarias, 1997. |