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Vida pública de la poesía

Juan José Delgado

La colección poética Más que el mar se presentó, junto a los tres primeros libros adelantados, en el Ateneo de La Laguna, el día 2 de diciembre de 2002. El acto era un pretexto para informar y difundir públicamente el ambicioso proyecto en que se embarcara Ediciones de Baile del Sol. El coordinador de los doce volúmenes antológicos que la conforman manifiesta en ese momento cuál fue la idea generatriz y cuáles los criterios que determinaron la selección de los doce autores.

El título genérico, Más que el mar; proviene de uno de los libros del autor tinerfeño, Luis Feria. Desde ese pórtico expresivo se entrevé un homenaje al escritor tinerfeño, quien ha venido contando con el reconocimiento de los poetas jóvenes. Por otra parte, se toma el mar como palabra-cartel de la colección, considerando uno de los pocos motivos que, según manifestara Valbuena Prat, define esencialmente a la poesía de Canarias.

Aparte de estas consideraciones, Más que el mar pretende aproximar a los lectores los nombres de doce poetas cuyas correspondientes obras se hallan comprendidas en el marco temporal de los últimos veinticinco años. Cada autor ha puesto título a su propia antología. En cada libro se anotó como subtítulo el año en que comienza la creación poética, así como el año en que, por el momento, quedó clausurada. En general, los inicios y términos se fijan, mayoritariamente, en torno a 1980 y 2002, respectivamente. Quedan incluidos en ese marco temporal poetas que publican su obra en las décadas del 80 y del 90. La colección asume una situación que podría enunciarse en estos términos: Los poetas que aquí comparecen, cuando hicieron públicos sus primeros libros, encontraron el silencio por respuesta. Muchas de aquellas primerizas ediciones quedaron relegadas, limitadas su distribución y desatendidas por la crítica y por el público lector. Todo lo dicho no entra en contradicción con una realidad: muchos de aquellos libros se hallan actualmente descatalogados. La editorial se impone el objetivo de publicar a una docena de autores que han continuado y mantenido, contra viento y marea, un vivo quehacer poético. En este sentido, como toda labor antológica, la colección Más que el mar pretende actuar y responder contra aquellas carencias en que se encontraron los que empezaban a dejarse ver por el sendero de la poesía.

El estado carencial que sufre la literatura es uno de los signos que se detecta en Canarias a partir de la segunda mitad de la década del 70. Con este conjunto de obras se quiere librar del olvido a unos poetas para reponerlos en el tiempo de la historia literaria.

En el prólogo de uno de los libros que conforman esta colección me permití esbozar la posibilidad de que aún se mantuviesen en uso, siquiera por inercia, ciertas fórmulas típicas de las generaciones poéticas. Para el caso de Canarias, tracé de manera resumida los diversos movimientos que determinaron la historia literaria del pasado siglo XX. El Modernismo y la Vanguardia ocuparon la franja que va desde el comienzo del siglo hasta las mismas vísperas de la Guerra Civil.

La crítica literaria, a partir de la posguerra, estableció un ordenamiento histórico con el fin de contemplar la diversidad de tendencias poéticas que se iban sucediendo durante la segunda mitad del siglo. Distinguió varios segmentos temporales que, de manera convencional, quedaron identificados con cada una de las décadas. Por influencia de una crítica creyente en las bondades de los estudios generacionales quedó fijado el nombre de la década a la generación correspondiente.

Una ha destacado sobremanera: la del grupo interge­neracional del Boom de la narrativa canaria, en la década del 70. Esta última referencia supuso un auténtico fenómeno socioliterario. El reconocimiento de los autores alcanzó un nivel excepcional. Se pudo traspasar los estrechos límites entre los que se encajonaba la literatura producida en las islas. Fue natural que las posteriores décadas tuvieran a la del 70 como un modelo prestigioso y muy adecuado para imitarlo. No era habitual el foco de atención que se dirigió hacia la producción novelística que se estaba realizando en Canarias. En poco menos de un lustro nació, se desarrolló y se vivió con tanta intensidad el vínculo entre narradores y público lector, que aquel breve tramo fue definido como una auténtica explosión, como un resonante boom de la narrativa canaria que se impuso en las islas y se difundió en la Península. Alcanzó categoría de referencia en algún que otro manual de literatura en donde quedó figurando ese fenómeno narrativo insular como una de las características que se entremezclaba como un rasgo, entre otros, definidor del fenómeno novelístico al principio de los setenta. Un marco que resultó definido por el experimentalismo, la consolidación e influencia de la narrativa hispanoamericana y la emergencia de las literaturas periféricas; a saber: la andaluza y la canaria, calificadas respectivamente con sendas patentes: “narraluces” y “narraguanches”.

   El novelista ocupó un lugar en el territorio sociocultural de Canarias; se situaba como autor; es decir, como un factor más en el sistema de relaciones diversas. Autor y lectores llegaban a un punto de encuentro y de acuerdo. La obra literaria alcanzaba un significado que trascendía el mero texto artístico. Porque, en efecto, hubo una aceptación de las publicaciones literarias ofrecidas, al establecerse una relación ideológica entre los narradores y su público. Se acepta aquí el término ideología como un continente de valores y de representaciones que van configurando una visión de la realidad que concierne a los individuos de una comunidad. Es un ámbito y, a la vez, un vehículo que puede permitir y facilitar la identificación de un grupo humano.

Para conseguir que lo ideológico alcanzara lo artístico-literario tuvo que darse una serie de condiciones dentro de ese espacio cultural. Tales condiciones se generaron, y, una vez creadas, se pudieron proyectar y hacer pública una serie de obras literarias. Para ello, la denominada Nueva Narrativa Canaria contó con autores de muy diferentes generaciones. El arco es amplio: quedan incluidos en el fenómeno los novelistas naci­dos en 1920 hasta los más jóvenes, cuya fecha de nacimiento es la de 1949. Fue por tanto una manifestación literaria de carácter intergeneracional. Tenía obligatoriamente que serlo. La publicación novelística de Canarias tiene muy poca presencia en la inmediata posguerra... El éxito editorial requiere autores diversos y títulos de obras suficientes como para ir adquiriendo el fenómeno narrativo una carta singular de identidad.

Todavía, en esa década del 70, no se percibe el proceso de mercantilización de la literatura y la consiguiente industria editorial que florecería con posterioridad en la Península. Y, paradójicamente, esa carencia será uno de los factores que va a permitir cierta capacidad de maniobra en el reducido y parco espacio editorial de Canarias. Confluyen, además y oportunamente, otros vectores. Aunque no fuera deliberado el propósito, lo cierto es que se contó con una naciente conciencia nacionalista, con una voluntad de aproximarse, cognoscitiva y afectivamente, al territorio inmediato. Este novedoso interés por los temas canarios alcanzó de lleno a la literatura, a la geografía, a la historia.

La literatura mostró su fortaleza cuando se vio arropada por un público expectante, por el nacimiento de sobrias editoriales privadas e institucionales. La aten­ción del público permitía el curso de obras literarias, muy bien acogidas en las librerías y promocionadas mediante reseñas de libros o comentarios sobre autores en las páginas literarias de los diversos periódicos y revistas. Instituciones públicas como la universidad no fueron, en esta ocasión, ajenas al fenómeno literario y social. Instituciones de carácter privado imprimen una fuerza suplementaria con la creación de certámenes literarios, lo que supuso crear unos sólidos fundamentos y avances en el reconocimiento de obras y autores.

Hubo una potenciación de lo literario porque hubo un público que lo demandaba. Lo literario supuso un factor ideológico aglutinante. El libro canario –si se permite forzar la exageración– llegó a convertirse en una especie de fetiche. Esta fetichización no quedó reservado exclusivamente al género narrativo, se expandió también al territorio poético; e incluso abarcó otros sectores de carácter extraliterario, tal como sucedió con los “libros de cocina”. Pero en el año 1976 la potente manifestación literaria entra en declive y amengua el interés del público lector insular.

¿Qué ha sucedido? ¿Cuáles fueron las razones o factores que determinaron un cambio de rumbo en las pre­ferencias lectoras? ¿Es que faltaron novelas?, ¿decayó acaso su nivel literario hasta el punto de quedar relegadas en las afueras del circuito comercial?

Hay un hecho evidente: se interrumpe aquel interés favorable por la novela de Canarias. Y el motivo no se encuentra en la obra literaria que en ese momento se publica. Aquellos autores, y otros nuevos que se incorporan continúan con análogo y acompasado ritmo productivo, mantienen idéntico propósito: aproximarse a los potenciales lectores. Autor y lectores continúan siendo parte del mismo sistema; sin embargo, otros factores integrados en el sistema se han modificado.

La obra literaria pertenece a un sistema que no puede funcionar al margen de las expectativas e intereses que suscita en la sociedad. Y la sociedad, a finales de la década del 70, está cambiando su concepto de cultura. La obra literaria está en camino de verse como un valor de mercado y de convertirse en libro-mercancía. A partir de 1980 propende a verse como objeto de consumo. Y con ello se ha ido evidenciando el proceso de disgregación que irá borrando aquel vínculo que llegó a unir, simpáticamente, a un grupo significativo de autores con su comunidad.

Canarias perdió cancha en su propio territorio. Para que se produzca este vacío es necesario una concentración de poder hacia donde confluyen varios estamentos. Las grandes editoriales son fuerzas decisorias. Su dedo alcanza a las distribuidoras, a las librerías y a los medios de comunicación como propagadores publicitarios de su prestigiosa mercancía.

En el año 1973, la revista La Estafeta Literaria reunió a cuatro personalidades para tratar la cuestión de la distribución del libro, sus problemas y consecuencias. Un representante del sector, en aquel tiempo vinculado al Ministerio de Información y Turismo y ex-presidente del Instituto Nacional del Libro Español, expresó que sería deseable una concentración editorial. Veía demasiadas empresas editoriales y un excesivo número de títulos, todo lo cual generaba una realidad lo suficientemente caótica como para volver locos a los lectores, a distribuidores y a libreros. Un director editorial manifiesta allí una postura opuesta: una concentración conllevaría a que las dos o tres empresas editoriales reinantes decidieran la edición de las obras. Esta nueva situación repercutiría negativamente en la propia iniciativa del autor, quien podría quedar subordinado a las pautas dictadas por el sello editorial. Los representantes de distribuidores y libreros opinaron que la distribución, en todo caso, suponía un problema de índole económica. Pedían el mismo trato de favor que las administraciones públicas le concedían a la industria editorial; las facilidades dadas a los editores habían hecho posible el “boom” editorial español. En lo relativo a la concentración de las distribuidoras o de las librerías manifestaron que “esos grandes monstruos no funcionan”.

Apuntemos algunos datos de encuestas: en 1978 el 33% de los españoles confesaban un nivel de lectura igual a cero: nada leían. En 1981 se gastaba en bingos nueve veces más que en libros. En 1985 aumenta hasta el 45% el número de los que no se han llevado ni un solo libro a las manos. Sin embargo, el sector del libro crece de manera inexplicable. Los títulos se multiplican y se multiplica la tirada. Se comienza a abrir el abanico de temas, se busca la diversidad con el objetivo de encontrar, por todos los medios, a los lectores. Se produ­ce la concentración editorial; comienza a dibujarse en el horizonte la sombra del oligopolio del libro. Ya en 1984, las grandes marcas editoriales (el 3'5%) controlan el 50% de las ediciones. Estos grandes sellos editoriales inducen y conducen al lector hacia un tipo de libro (y de lectura). En el año 1975 se publican en España 17.720 libros; entre éstos quedan incluidos 4.129 de carácter literario. En 1980 el número total es de 27.629, perteneciendo al sector de la literatura 5.798. Una década después son 42.207 frente a 7.194, respectivamente.

Diversificación de temas para atraer al lector, disminución en el número de tirada para compensar los costes totales. En cualquier caso, las editoriales actúan con es­trictos criterio mercantiles. La creación de certámenes literarios por parte de cimeras editoriales persigue un objetivo: acrecentar el número de consumidores de literatura. La frase de un potente editor así lo muestra: “De lo que se trata es no de buscar valores, puesto que éstos surgen por sí solos, sino de conseguir nuevos lectores”.

Valgan estas muestras como pruebas de la transformación que, en los años 80, afectó al mundo editorial hasta el punto de promover la mercantilización de la literatura. El libro no se concibe como valor cultural, sino como valor de consumo.

La emergencia de la nueva literatura canaria en la primera parte de la década del 70 fue posible porque en ese momento no existía una gran industria editorial española que determinara las orientaciones literarias. Cuando, en Canarias, se incorporan a principio de los años 80 nuevos autores al espacio de la creación literaria, aquel estado de cosas ha sido totalmente borrado. Se ha pasado de la gran resonancia de las generaciones del boom a la generación del silencio. Y no precisamente porque los autores emergentes no dieran señales de actividad, de propuestas y de proyectos.

Premios, revistas, suplementos culturales se prolongan, o nacen otros nuevos, en la década de los años 80. Pero no se mantuvo el interés del público lector hacia los nuevos autores que inauguraban su década. No resulta extraño que a la denominada “generación del ochenta” se le conociera igualmente por “generación del silencio”. Hasta tal punto quedó el término; quedó marcando la gran diferencia de aquel sonado boom respecto a los nuevos narradores, que quedaron silenciados en el momento de entregar sus libros. Se ha dicho que no hubo voluntad de realizar un agrupamiento, pues los criterios de cada cual iban por libre y se aceptaba la idea de una obra que singularizara al autor. Pero si se mira hacia atrás, en los del 70 se percibe también aná­loga diversidad.

No queda en balde el quehacer poético en Canarias durante el siglo XX. Sus manifestaciones líricas se orientan y se suman a las renovaciones más significativas que determinan el trazado poético hasta 1936: la singular presencia del modernista poeta del mar, Tomás Morales; o la reacción que, desde tal movimiento, condujera a Alonso Quesada por los cauces de la “ironía sentimental”. La emergencia de la vanguardia no fue tan súbitamente explosiva, pero arraiga y se expresa en la tercera década del siglo para acrisolarse espléndidamente en la revista Gaceta de Arte. Una publicación que vio cumplido su objetivo en tanto se mantuvo receptiva a las corrientes estéticas contemporáneas europeas, las cuales activaron a los poetas del grupo en dirección a un surrealismo que, en el periodo de la República, prolongó el ya casi clausurado surrealismo peninsular.

Tras la Guerra Civil Española se muestra con todo su rigor las notables ausencias de algunos creadores y la dura presencia de un régimen que se adueña de la mínima actividad literaria, imponiendo una rígida censura y llevando sin pausa al empobrecimiento cultural. La edición ha pasado a mejor vida. La novela se apaga; no así la poesía que, aunque mantiene en precario la edición de poemarios, se resiste a dejar en números rojos el negro panorama. Por la vía de las revistas, de las antologías y, posteriormente, de las páginas literarias de los periódicos, el género poético toma cartas en el asunto y se coloca en el primer plano de las manifesta­ciones literaria. Desde el mismo año de 1940 comienzan a aparecer una buena cantidad de revistas (1), las cuales se asientan en las dos islas capitalinas. En Las Palmas de Gran Canaria la familia Millares divulga en los años 1940 y 1941 las publicaciones manuscritas Viento y Marea, antecesora de la revista Millares. La carencia absoluta de una industria editorial no impedirá la manifestación de publicaciones poéticas. Los propios poetas emprenden el camino de abrir un cauce que permita llegar al lector. Se fraguan empresas de carácter personal o de un grupo muy definido. Se genera un clima racheado de publicaciones poéticas, a caballo entre la revista y la selección antológica de autor(es). Esta especie de hibridación puede evidenciarse en el largo catálogo que pasea por el marco poético de la posguerra. Así: Colección para treinta bibliófilos (1945), Cuadernos de poesía y crítica (1946), la Antología Cercada (1947), Los Dioscuros (1949), y cerrando la década y abriendo la siguiente, Planas de Poesía, una colección de cuadernos poéticos (1949-1951), que renacerá en una segunda época, ya en la década del setenta. Vinculada a ella le sucede Colección para treinta bibliófilos. En resumen, un itinerario poético capaz de luchar contra las adversidades. Como se expondría en la Antología Cercada, los poetas deben abrir el cerco impuesto por las circunstancias históricas y por la represión del régimen político que se había duramente establecido. Las décadas posteriores mantienen el ritmo en el quehacer poético. La revista Alisio, con el subtítulo clarificador de Hojas de poesía, nace en 1952 con el propósito de mantener en vigor la publicación de poemas en unas hojas que consigan crear relaciones con otras latitudes poéticas.

En la isla de Tenerife, un tipo de revista análoga a la Alisio grancanaria, se había editado en 1945. Bajo el rótulo de su nombre, Mensaje, y a manera de subtítulo, se apuntaba la palabra Poesía. Sus páginas acogen mues­tras intergeneracionales de poetas de la preguerra y de la joven poesía que intentaba surgir en la posguerra y emprenden una relación con la lírica peninsular. Pero es revista de corta distancia pues se liquida el proyecto al año siguiente. Domingo Pérez Minik, en las páginas introductorias a su Antología de la poesía canaria, expone en 1952 que desde el año 1946 “no ha surgido ninguna nueva revista de poesía”. Percibió el crítico una dispersión, un vacío en donde no encontraban solar para su escritura ni los poetas maduros que venían de la vanguardia, como tampoco los poetas noveles. Un año después se edita la revista Gánigo (Poesía y Arte), la cual reanuda la línea ofrecida por Mensaje y desarrolla una actividad que alcanza hasta 1969.

El panorama poético de la década del 70 no está al margen de lo que, “editorialmente”, supone el boom de la narrativa, el cual surge en los primeros años del decenio, se desarrolla intensamente para declinar al poco tiempo, que por ponerle fecha podría ser la de 1976, año en que se percibe la declinación del fenómeno. Hubo un crítico que se caracterizó por ser un atento espectador, estudioso, además de procurar comunicarle al lector de las islas los referentes más significativos del momento que, en su opinión, estaban conformando la literatura de Canarias. Nos referimos a Jorge Rodríguez Padrón quien, durante la década que tratamos, contemplaba los niveles que la narrativa y la poesía alcanzaban dentro del común marco literario insular. Manifiesta que no se dio una convivencia sin más de poetas y novelistas. El rebumbio narrativo que de manera súbi­ta se hizo imperio sobre los demás géneros, supuso para algunos “puristas” -como los califica Rodríguez Pa­drón2- el enfrentamiento entre la genuina actividad literaria insular (para ellos, sólo la poesía) y los advene­dizos nuevos ricos del pastiche novelesco”.

Fablas (Las Palmas de Gran Canaria, 1969-1979), con el subtítulo de Revista de poesía y crítica hasta 1976, atravesó la década prodigiosa del 70 y mostró en sus últimos años un interés especial hacia el panorama literario de Canarias. Otras revistas tomarán de seguido el relevo. Y se situó con firmeza la tinerfeña Liminar (1979-1986); desierto de revistas el paisaje en Canarias y consciente de la necesidad de crear una que llenara el vacío, Liminar, desde los primeros momentos muestra su vocación crítica y se orienta hacia el arte contemporáneo, con mirada atenta a la literatura hispanoamericana y a la de las islas. En el año 1983, y hasta 1992, Sintaxis se suma al espacio de las publicaciones periódicas. Percibe al comienzo de la década la conveniencia de un medio de difusión que expresara, desde la tradición y la modernidad cultural de Canarias, “un universalismo radical, crítico y vigilante”.

Una nueva generación de escritores comienza a emerger en la década del 80. Relativamente próxima queda la experiencia del fenómeno editorial, narrativo y poético, que se había fraguado en Canarias. Colecciones poéticas como “Paloma Atlántica”, de Taller ediciones JB, quieren jalonar, en 1977, con los veinticinco cuadernillos que la conforman, un panorama de la poesía representativa de ese momento. Como ocurriera con los narradores del “boom”, los poetas elegidos conforman un grupo intergeneracional en el que predominan autores que inician su obra a partir de los primeros años de la posguerra, junto a otros que se dan a conocer en los años de la transición hacia la democracia. Las excepciones son señales de una voluntad de vinculación a una tradición poética, en ese momento, relativamente desapercibida: Bartolomé Cairasco de Figueroa, Nico­lás Estévanez, o el mucho más próximo en ese tiempo, Pedro García Cabrera.

Ya se percibe un cambio de paisaje dentro del marco editorial en la década del 80. El libro editado en Canarias no suscita aquella insólita atención. Acaso por ello se van apagando algunas editoriales, en tanto otras nacen para alumbrar a los “clásicos” de la literatura de Canarias. Interinsular y Edirca se orientan hacia ese puerto; un puerto tan necesario como seguro. La Vice­consejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Ca­narias cierra la década con la creación de la Biblioteca Básica Canaria, una serie de cincuenta y tres títulos, comprendidos entre las primeras manifestaciones literarias y los escritores ya consolidados en la década de 1970. El conjunto de todo ello supuso una interesante selección de autores rescatados. Sin embargo, fue mínima o nula su aportación o apuesta por los nuevos escri­tores, quienes aguardaban su turno, una vez que había pasado la resonante explosión del 70.

La carencia obliga. A partir de 1980 los propios autores deben resolver la cuestión. Y surgen empeños diversos, tales como el homenaje de Joven Poesía Canaria a Pedro García Cabrera (19 de septiembre de 1980). El grupo organizador reafirma en el libro-homenaje (3) su sig­nificación generacional, a la vez que niega la validez de la denominación Joven Poesía Canaria, poco adecuada en razón al objetivo que se pretendía con aquel acto, “social y literario, desvinculado de cualquier tipo de reconoci­miento que no fuese otro que el puramente humano y por lo tanto poético hacia una personalidad [Pedro García Cabrera]”. Allí se concertó, con el ánimo de los “primeros contactos y el dispar discurso de los puntos de vista”, una cierta estrategia generacional. Probablemente el homenaje a Pedro García Cabrera supuso un camino de iniciativas varias, dentro de las cuales podría contemplarse la creación de la Colección LC / Materiales de Cultu­ra Canaria (1981), que en su segundo número le dedicó un monográfico al poeta gomero. Puesto que se había descartado la etiqueta de joven poesía, al poco tiempo se hablaba ya de una posible Generación del 80 (4).

Los suplementos culturales dan prueba de tal cata­logación. “Borrador”, página literaria de El Diario de Avisos, dedica en 1989 sucesivas entregas de la titulada “Poesía Canaria de los ochenta”. El coordinador va perfilando, desde sus comienzos hasta las “ultimas hornadas” poéticas, los elementos y factores que definan el panorama lírico de la década. Despliega por la página una muestra de los diversos poetas. Importaba poco el acierto crítico del término. En aquel momento se buscaba un refugio terminológico para tanto autor disgregado. Y se pasó a montar las estrategias convencionales: creación de editoriales, como Benchomo, que publica de manera inmediata a algunos de los participantes activos en aquel homenaje; las publicaciones de el Centro de la Cultura Popular Canaria; asimismo aparecen las primeras muestras de rústicas revistas como Cofre y Alacena, que se prolongarán en El buey de las estre­llas o Aquel viejo noray. Muestras, en fin, de una época heroica y con voluntad de hacerse leer a toda costa. Un año después, en “El Cebadal Cultural”, suplemento literario de Canarias 7, su coordinador da título a un tema, “Joven narrativa canaria”, que será el centro de consideración por parte de algunos autores que, pertenecien­do a ese marco, se disponen a expresar sus opiniones. La situación narrativa, en los detalles que aquí importan, pueden transferirse al marco poético. Viene a ser una reflexión surgida de la visión de un década, la del ochenta, que parecía caer en la fuerza de gravedad de la precedente. En resumen, se manifiesta que la joven narrativa [poesía] se halla en un estado carencial y con “todos los problemas juntos sin resolver”. Sale a cuento entonces la precariedad de la edición en el mercado insular, la indigencia de la distribución del libro y el inexistente “estado de opinión” sobre la literatura. El hecho literario no merece ahora, en el ochenta, la atención de instituciones como la Universidad, los medios de comunicación o los centros educativos.

Sin embargo, se intenta por todos los medios que se mantengan los factores que intervienen en el marco de la publicación literaria. La presencia de las revistas es un dato llamativo. Las revistas en Canarias tienen vida, por general, efímera. En su conjunto responden a apariciones episódicas que surgen cuando se hace notable el vacío por causa de la desaparición de revistas muy significativas. La ausencia de Liminar produjo el relevo consiguiente. Aparecen las revistas Menstrua Alba (1985-1987), patrocinada por el Cabildo de La Palma, o las tinerfeñas Taramela (1986-1988), Fetasa (1988-1992), La Página (1989). Tales revistas intentan cubrir la reducción evidente que se aprecia en el número de libros y publicaciones poéticas. Algunas de ellas se deciden a abrir un capítulo de publicaciones poéticas con el propósito de cubrir las carencias editoriales. Tal es el origen, entre otras, de la colección Añil de Poesía. Una colección que definirá el comportamiento de las publicaciones y antologías poéticas que se manifestarán con posterioridad: su carácter intergeneracional; un punto de encuentro de una diversidad poetas, pertenecientes a diferentes generaciones y con muy distintas tendencias poéticas.

Los poetas noveles disponen de las vías consuetudi­narias para hacer de su vocación un libro; esto es, tienen licencia para comparecer a los distintos certámenes con la esperanza de ganar el premio que le proporcionará la publicación correspondiente. Caben destacarse los dirigidos expresamente a los jóvenes que comienzan. Ateniéndose a esta particular condición, y habiéndose mantenido durante décadas, merece mencionarse el Premio “Félix Francisco Casanova” (poesía y cuento), instituido en 1979 y con un recorrido que alcanza hasta la actualidad. Algunos de los autores que conforman la colección Más que el mar han figurado en las publicaciones editadas anualmente. Otros premios, como los tinerfeños “Pedro García Cabrera” o “Ciudad de La Laguna”, o los grancanarios “Tomás Morales” o “Ciudad de Las Palmas de Gran Canaria” han venido garantizando la presencia de jóvenes poetas en el panorama de las ediciones insulares.

Un grave asunto, bastante problemático y que ha sido objeto de polémica, es el tema de la edición en Canarias. La franja temporal que nos ocupa, esto es, el periodo comprendido entre 1980 y 2002 se caracteriza editorialmente por la fragilidad y la poca consistencia de las publicaciones provenientes de editoriales privadas. Son casos excepcionales aquellas que consiguen la realización de un proyecto marcadamente poético. Esta colección, por ejemplo, ha podido alcanzar el puerto debido a que una institución pública intervino favorablemente en la coedición.

La Viceconsejería de Cultura del Gobierno de Canarias decidió la creación de la colección Biblioteca Básica de Canarias. Se indicó en páginas anteriores que el proyecto suponía una serie cerrada de 53 libros concernientes a una lista de autores que compendiaban los hitos fundamentales de la literatura de Canarias desde los inicios renacentistas hasta la década de 1970. Una vez servida la colección, se sirvió de inmediato la polé­mica. Se convirtió en asunto polémico que hirvió en distintos calderos, pues fueron varios los frentes en que se manifestó su rechazo. En su haber, la Viceconsejería de Cultura contaba con una idea que resultaba encomiable: promocionar las obras clásicas, de tal modo que llegaran al público y figuraran en las bibliotecas (públicas y particulares) insulares. En contra se manifestaron quienes estimaban que la función institucional había sobrepasado sus competencias y repercutido desfavorablemente en las editoriales privadas; editoriales que, por aquel entonces, habían reducido su catálogo de publicaciones a unos pocos títulos, correspondientes a los escritores más señeros de la historia literaria. No fue ése el único considerando. La colección Biblioteca Básica Canaria se había detenido en el último tercio del siglo XX. En la selección de autores cabían suspicacias. Para algunos, fuera del territorio de los cuarenta y nueve títulos de autores se hallaban las tinieblas exteriores, el no ser quién es quién en la literatura canaria. Excluidos estaban una buena cantidad de poetas, con obra suficientemente significativa y consolidada. La Viceconsejería de Cultura procede a complementar aquella actuación editorial. Por una parte, con publicaciones poéticas que, aunque no incluidas en la Biblioteca Básica, van conformando una colección de autores con renombre.

Por otra parte, se piensa en prolongar la ruta literaria de autores. Con ese propósito se crea la colección Nuevas Escrituras Canarias. Su objetivo declarado es el de dar a conocer y promocionar a jóvenes promesas. Las principales críticas que caen sobre esta colección “reproducen el perfil de las réplicas a Biblioteca Básica Canaria. Tienen un inconfundible sabor de acusación de dirigismo cultural, y se centran, especialmente, en el criterio de selección de autores (5)”.

Los poetas que inician su quehacer poético encuentran en Nuevas Escrituras un marco de asentamiento. ¿Es posible la publicación de libros poéticos de autores jóvenes en medio del anquilosamiento de las editoria­les privadas de Canarias? En las dos últimas décadas del siglo XX (y se recrudece la situación en los primeros años del XXI), las grandes marcas editoriales españolas conducen el libro literario por la senda de una cultura de mercado. Le concede a la novela ser el objeto atractivo de público y de escaparate. Sobre la novela se vuelcan todas las atenciones de la crítica y de cualquier otro recurso promocional. El libro, entendido como producto de consumo, deja al poema en situación precaria.

En Canarias se ha ofrecido un cierto orden de continuidad poética dentro del panorama que tratamos. La intervención de las instituciones públicas tienen toda la culpa de que se mantenga en un nivel aceptable la cantidad y calidad de las publicaciones de carácter poético. Hay una literatura, efectivamente, subvencionada. Se entiende que esta situación no supone un dirigismo cultural, sino que resulta ser el único medio posible con el que, desde una situación periférica, se combate el estado de cosas que definen hoy el mercado editorial. Un mercado que determina la conveniencia de si publicar o, mejor no, un libro poético. En el estado liberal capitalista el libro, como se ha indicado, tiende a convertirse en producto de consumo y, consecuentemente, plegarse a las leyes de la oferta y la demanda. Unas leyes que, precisamente, pueden imponerlas gracias al potente dispositivo empresarial y económico que detentan las grandes editoriales. Todo queda bajo su mando. Hay un centralismo editorial en cuanto ese tipo de industria controla la red del libro de cabo a rabo: decide el género que le conviene, elige el autor, promociona el libro en los medios de comunicación, acapara el circuito de la distribución y hasta la mejor plaza en la mesa de novedades de las librerías. Los críticos que trabajan a destajo en las revistas “de libros” o en los suplementos literarios se orientan hacia ese centro que magnetiza de manera inevitable.

¿Es que cabe alguna posibilidad de competencia en el espacio insular en materia de edición, tanto de autores canarios como foráneos? Naturalmente la idea se ha expuesto como una interrogación retórica. El espacio insular, en este sentido, es un espacio periférico. Y no sólo por una razón geográfica (los políticos demandan en Bruselas el carácter ultraperiférco de Canarias, con el fin de aliviar las severas condiciones que, con respecto a otras zonas, definen el archipiélago). Si en cuestiones literarias se dejase actuar libremente el mercado del libro, a medio plazo, las empresas editoriales habrán levantado en su solar el modelo de publicación y el consiguiente autor que les arriende ganancias. Legítimo es ese derecho y legítima su planificación editorial. Una planificación que no contempla discontinuidades y carencias territoriales. Pero lo cierto es que hay una fuente de donde manan las publicaciones. Es una fuente que, cada vez más, establece una facturación homogénea por virtud y gracia de una mecánica editorial en donde prevalece el director comercial sobre el literario. La periferia es un destinatario de ventas, una mera referencia en el mapa, siempre un asunto prorrogable en la elección de autores, un valor mínimo -como expresara en una ocasión- que ocupa un lugar mínimo, prescindible y olvidadizo. También se indicó en aquellas páginas que si la cultura consumista está centralizada y se mueve centrífugamente, la periferia no debiera caer en el error de levantar unas formas y estructuras equivalentes ni balbucear sus mensajes y sus objetivos ni propagarlos por los mismos conductos.

La tarea del escritor es la de producir escritura; pero su deseo, bruto o prudente, va más allá, pues desea que su obra acceda al circuito de la comunicación. Y ahí sí que tocamos el padeciente infortunio de los poetas de las Islas Afortunadas.

En el año 1991 se realiza el denominado “Reunión en Las Palmas. Seis poetas de la periferia”. El crítico Miguel Casado, en el artículo (7) que da cobertura y tema al encuentro, manifiesta que la serie de actos significaba, antes que un congreso, “un encuentro lleno de sentidos potenciales, de una rara oportunidad para el contacto directo con zonas muy vivas de la poesía españo­la, para debatir sobre las preocupaciones que el anqui­losamiento de ésta suscita; y todo ello, desde la independencia que supone no aceptar de antemano ninguno de los tópicos vigentes.”

En el mismo texto se subraya el término periferia. “Periferia son estas islas entre tres continentes -escribe-, es también el auxilio, también ese ente caníbal y angosto de la provincia; pero es igualmente periférico disentir, lo es el escritor que busca en solitario su pro­pia tradición y lengua.”

La periferia entendida, por tanto y en cuanto, como una zona exterior y de exclusión que se opone a un centro en posesión de poderes económico, administrativo y mediático. La subvención, por tanto, no debe entenderse como un acto gratuito, una gracia que se concede de manera arbitraria a un espacio cultural. El apoyo institucional es una acción necesaria, sostenedora e impulsora de la cultura de un país cuya supervivencia -la cultural- depende de su manifestación pública.

Canarias no está dotada de una industria cultural, aunque sí de una vigorosa producción. Lo primero debe conciliarse con lo segundo. Pero se interpone con fuerza la naturaleza del variado territorio insular que nunca se ha reordenado en una auténtica estructuración. La insularidad invertebrada es un hecho. Y la unidad, un objetivo nunca logrado. El libro literario de Canarias sufre este estado de cosas. Porque, en este contexto, referirse a mercado del libro supone mostrar la realidad de una comercialización imposible. En este sentido, no es sobre una Comunidad de lo que se trata, sino de siete islas que han roto entre ellas cualquier puente. Y si se apura la situación, ni siquiera se cuenta con siete islas, pues dos son las mayores y en donde se concentra el poder cultural; y si se continúa por la senda del apuramiento, ni dos islas son siquiera: son dos ciudades capitales, dos zonas estratégicamente situadas que administran y en donde se resuelve el circuito y el mayor dinamismo cultural; a saber el área de las ciudades Santa Cruz-La Laguna y el área de la ciudad de Las Palmas.

Hasta ahí llega la distribución de un libro de poe­mas. Más allá de ahí, en las otras islas menores, en otras ciudades y otros pueblos resulta muy improbable la presencia de muestras bibliográficas canarias. La subvención, y hasta tanto no se reponga el estado natural de las cosas, queda bajo la responsabilidad y obligación de las instituciones. Debiera ser un pasaje deplorable y transitorio, pero lo cierto es que se ha convertido en un mal crónico, empecinado, e inexplicablemente, comúnmente aceptado como un hecho natural.                                

Con todo y pese a todo ello, en ese espacio se evidencia una actividad creadora que ha sabido dar expresión a un notable nivel poético. La causa estriba en que existe una voluntad de hacer públicas las manifestaciones que vienen definiendo el panorama poético insular. Las realizaciones poéticas son de diversa índole: edición de un autor, de revistas y de antologías, convocatorias de certámenes poéticos, encuentros y congresos en donde se debaten asuntos que se orientan hacia el complejo marco de lo poético.

El conocimiento de todos los factores referidos permitiría una aproximación a los condicionantes literarios, cómo operan y van determinando las infraestructuras que definirán el panorama poético del presente. Las revistas y antologías poéticas podrían servir como factores que ejemplifiquen el escenario lírico de Canarias en las dos últimas décadas (1980-2002).

Cuando algún artículo periodístico toca en la vida de las revistas literarias, automáticamente se abre un titular que reza, por ejemplo, “Revistas en vías de extinción” (8). Vida breve y amenaza latente son los signos que han venido marcando este tipo de publicaciones. Hay momentos fecundos, y también breves depresiones, como también levantamientos y reocupación del espacio por parte de nuevas revistas. En el año referido de 1994 ya se habían cerrado varias de las mencionadas en páginas anteriores. Por otra parte, unas pocas entraban en fase de consolidación, y otras iniciaban su andadura o preparaban su nacimiento: Paradiso (Tenerife, 1993-1995), La Fábrica (La Palma, 1994), La Plazuela de las Letras (Gran Canaria, 1995), El Litoral-Elguinaguaria (Lanzarote, 2ª época, 1995, tras la desaparecida Litoral), Cuadernos del Ateneo (Tenerife, 1996).

Todas nacen por iniciativa y voluntad de un colectivo que considera este tipo de publicación un medio efectivo de expresar las manifestaciones creativas. En ellas se evidencia el interés por las muestras de escritores ya reconocidos, así como de los nuevos nombres. Es una referencia adecuada para propiciar el análisis que lleve al conocimiento del fenómeno poético actual. Las páginas de una revista suscitan el debate y el encuentro intelectual de posiciones antagónicas. Mediante sus números sucesivos se pretende aludir, en parte, a la memoria bibliográfica de la literatura actual.

Las revistas, a la par que las antologías, figuran como factores susceptibles de proporcionar rasgos definitorios de un determinado marco poético. La presencia conti­nuada de estas publicaciones van mostrando una línea de edición desde donde se puede analizar la evolución o la diversidad de las manifestaciones poéticas. Hay un rasgo que, para este caso, interesa sobre cualquier otro punto de atención. Define el propósito y marca las funciones fundamentales de las revistas (que en su mayoría no atienden exclusivamente a la poesía) y las antologías poéticas. Ese rasgo es común a las revistas canarias nacidas en el último cuarto del siglo XX. Salvo alguna excepción (9), el rasgo común difundido en el conjunto de este tipo de publicaciones responde a un propósito: que sea un espacio de confluencia de la diversidad. Diversidad de tendencias y presencia intergeneracional.

La década del 90 comenzó con nuevos bríos. Allá por 1988 y 1989 comienza a ofrecer sus primeras entregas poéticas un nutrido grupo de jóvenes cuya fecha de nacimiento se sitúa en torno a 1970. El final del siglo se presta a conceder calificativos o expresiones atractivas con que etiquetar la nueva quinta. Las diversas antologías prueban a dar con un nombre que represente a la totalidad: “Grupo poético de 1992 o Poesía del Redescubrimiento”, o “Poetas de fin de siglo”, o “Poetas del Milenio”, o “Ultima Generación del Milenio”. En todos asoma el dato o la sombra del nuevo milenio que ya estaba proyectándose como la incontestable “experiencia generacional” que identificaría a la nueva hornada. En todo caso, son fechas que no parecen haber producido una toma de conciencia suficiente para mover a sus componentes hacia un proyecto común.

El estudio de los poetas que han publicado y conso­lidado su obra en una década no responde al método generacional. Ha quedado el término, pues, como una denominación emblemática, vacía de auténtico contenido. Sólo posee un vago carácter identificador. Por otro lado hay que contemplar agrupamientos ocasionales en donde concurren diferentes talantes y estilos poéticos. Sirvan de muestra las antologías Poetas sobre el Volcán, que reúne unas cuantos poemas de cuatro poetas grancanarios, o A fuego lento, compuesta por cinco poetas tinerfeños de los 80 que, de acuerdo con lo que Ernesto Suárez apunta en el prólogo, “bullen, se unen y también se enfrentan a cinco formas de ver y decir. Con esta orientación se publica en 2001 La nueva poesía canaria (1986-2000), con notas de Antonio García Ysábal, quien selecciona a poetas menores de treinta y cinco años y con residencia en las dos provincias.

Si las anteriormente citadas conforman grupos ocasionales pero en edades próximas, también en la década del 90 y en los comienzos del siglo XXI, cabe destacar una serie de antologías con carácter intergeneracional. La revista La Página, n° 25/26 (1996), dedica un apartado a “Ocho años de literatura en Canarias (1989-1996)” en el que incluye una antología poética compuesta por autores con un arco generacional comprendido entre los nacidos en la década del 20 y en la del 70. Se publican también colecciones poéticas de tipo intergeneracional, conformadas en una serie de cuadernillos en los que sus respectivos autores van marcando, a golpe de flash, un variadísimo camino poético: tal es el caso de la colección Cuadernos del Atlas, de la editorial lanzaroteña Litoral Elguinaguaria (1997).

Las antologías han sido también un pretexto o vehículo para poner en conocimiento de otras áreas geográficas y poéticas el quehacer creativo de la poesía canaria actual. Son proyectos que nacen con voluntad de romper las fronteras que habitualmente cierran el paso de las muestras literarias. Con esta intención se publica en el año 2001 Los transeúntes de los ecos. Antología de Poesía Contemporánea Canaria. Se lleva a efecto mediante el acuerdo alcanzado por la Asociación Canaria de Escritores y la directora de la editorial Arte y Literatura, de Cuba.

Con análogo propósito, el de sobrepasar el territorio propio y alcanzar otros países y lenguas, se establece un proyecto común entre dos revistas: la francesa Autre Sud y la canaria Cuadernos del Ateneo. Acuerdan sendos números que den a conocer en los respectivos países a los poetas seleccionados. Autre Sud dedica un número monográfico, “Poesía de hoy: de las Islas Canarias al Mediterráneo”, en el que se incluyen doce poetas canarios y otros tantos franceses. Por su parte, Cuadernos del Ateneo, en el número 12 (2002), incluye el estudio Poesía canaria (1975-2001). Cinco notas”, con el que Ernesto Suárez introduce a los poetas seleccionados.

En esta década del 90 y en los comienzos del siglo XXI se evidencia de manera notable el proceso de la anteriormente apuntada mercantilización literaria (10). Ya es una realidad el hecho de la expansión de algunas editoriales, la asimilación de unas por otras, el principio económico que acaba rigiendo en cada uno de los nudos de la red del libro, la saturación de títulos, una sobresaturación (50.000 títulos, aproximadamente, en el año 1997; poco más de 9000 corresponderían a libros de carácter literario) que persigue un objetivo: copar el espacio principal de las librerías (escaparates, expositor y mesas de novedades) y promocionarse con reseñas literarias en los suplementos culturales y revistas.

Puesto que la fuerza dominante es la económica, si el número de lectores no es proporcional a la ingente cantidad de títulos, las editoriales reducen tiradas y eliminan géneros no vendibles. El texto dramático queda fuera del circuito. Se ha decidido el destierro del cuento literario. El libro de poemas se mantiene aún pero en el nivel mínimo: pocos títulos y contadísima tirada. El libre mercado decide qué, cómo y quiénes pueden participar en la limitada tarta de las publicaciones.

En noviembre de 1996 se realiza en el Ateneo de Laguna el “II congreso de Poesía Canaria”. Un título orientó las diversas ponencias: “Hacia el próximo siglo”. Con la intervención de medio centenar de autores y estudiosos del ámbito poético se constituyó -como se declara en el prólogo de la publicación correspondiente (11) - “un foro de debate y reflexión donde que sean apuntadas algunas de las posibles rutas de la creación poética de este final de siglo”.

Veinte años atrás, en 1976, se había celebrado el I Congreso de Poesía Canaria. Allí quedó resaltado el signo, sujeto siempre a polémica, de la canariedad. La existencia o no de una literatura canaria. En los 80 se va perdiendo tal referencia como asunto capital. También se observa que, a medida que avanza la década, se va creando un espacio de relativa confrontación. Acaso el término sea demasiado riguroso. Probablemente no hubo intención ni voluntad de entrar en polémica los autores del 80 con los de la década precedente. Pero, en todo caso, sí quedó interrumpido el curso poético. “La joven poesía” no encontró en los autores del setenta un reflejo válido. Miró y saltó hacia poetas como Pedro García Cabrera o, más tardíamente, a la obra de Luis Feria.

La última década constituye por sí misma todo un símbolo; crea un horizonte de expectativas especialmente simbólico. Porque son los años que cerrarán el siglo y abrirán las puertas del XXI. No extraña que incluso se ensayen análisis prospectivos de la literatura que se manifestará en el próximo tercer milenio. El suplemen­to “Gaceta Cultural y de las Artes”, del periódico Gaceta de Canarias, titula su número 1 (31 de diciembre de 1989) “A un día de los 90”. Varios artículos se orientan hacia los últimos años de creación artística en Canarias. Y otros ofrecen propuestas para la década venidera. Es el caso de Víctor Rodríguez Gago quien expone en un texto “Cuatro propuestas para la próxima década”, o que orienta otro artículo con el subtítulo de “Crítica grácil y posibilismo dan la pauta sociocultural de los 90”. No está satisfecho este escritor de lo que le ha deparado la década del 80: “un tiempo de catatonismo -dice-, de virtualidad desmedida”.

Las décadas se han venido mostrando como campeonatos de carreras de diez años de longitud, con raya de salida que invita a la esperanza, y un punto de llegada que ha de remontarse fatigado pero expectante ante el recodo que viene y que supone un punto final a la vez que el principio de un nuevo recorrido.

En el ámbito literario de esa veintena de años se ha podido expresar la confianza que los autores del 80 depositaron en las empresas que surgieran desde una cobertura generacional. Pero si se hallaban conformes con el término (generación del 80), no se mantuvieron absolutamente fieles a los criterios que un grupo así demanda. Los proyectos que se concretaban en revistas, suplementos literarios o antologías podían, efectivamente, nacer en un grupo de pocos componentes, pero se caracterizaban por el aperturismo hacia otros autores que, o bien se habían ya situado en marcos poéticos anteriores, o bien expresaban su pertenencia a una muy distinta tendencia poética. No se planteó combatir a favor de una línea estética que lograra el predominio sobre otras. Tanto la permeabilidad entre generaciones, como la diversidad de concepciones poéticas determinaron la debilidad paulatina y la anulación definitiva del concepto de generación que quedó borrado en la década del 90. Cuando desde la atalaya de hoy se mira hacia atrás, se percibe una “generación silenciosa”. Pero no hubo tal silencio. Las iniciativas que se forjaron fueron incontables, como destacadísima su voluntad integradora y su confianza en hacerse oír. Supuso, en definitiva, una generación compañera, abierta y puente con los nuevos poetas que ya estaban tocando en la puerta del 90.

Una vez consultadas las antologías y leídos los poemas de los nuevos poetas, puede llegarse a una especie de conclusión: hay poetas que navegan por itinerarios serenos mientras otros emprenden muy distinta ruta, en donde la sonrisa o la ironía pudieran estar encubriendo un radical escepticismo. Habrá poemas de lenguaje templado, meditativos, poniendo énfasis en su arquitectura como proceso adecuado para alcanzar el conocimiento de una totalidad que necesita de los fundamentos poéticos. Hay poemas situados en otro ángulo, allí donde se quebrantan sintaxis y normas. Se apreciarán las luces y sombras de los mundos interiores como, también, las maneras con que la realidad cotidiana puede ser tomada y expresada por la poesía.

Congresos, revistas, antologías han cruzado el último tramos del siglo XX. De sus manifestaciones se desprenden algunos puntos que, habiendo cobrado máxima importancia hace ya un cuarto de siglo, hoy es un asunto que rechaza la mesa de debate. En el Primer Congreso de Poesía Canaria se puso empeño y se cons­tató el interés por la insularidad y por el hecho diferencial de su literatura. Veinte años después, en el II Con­greso, el signo de la canariedad en poesía ya no es un tema inevitable.

Si la insularidad dispone de formas de expresarse, el modo de expresión no se apuntala sobre el fundamento, o no, de una identidad canaria. No se parte, pues, de una voluntad predeterminada que levante el poema con los tópicos signos asignados, o por asignar, a la poesía insular. Los poetas de Canarias se ven viviendo en un territorio peculiar y periférico que los cerca, pero entienden que, en el ámbito de lo poético, la universalidad sabe cómo imponer su marca.

 

NOTAS

1. Cfr. “Panorama de las revistas de arte en Canarias”, de Salvador F. Martín Montenegro, en Cuadernos del Ateneo, nº 1, 1996, artículo del que se han tomado referencias.

2.- Vid. el artículo “Itinerario por tres décadas. 1960-1990” de Jorge Rodríguez Padrón, en la revista Zurgai, n ° especial: “50 años de poesía canaria”, junio / 1992.

3. Editorial Rey, Santa Cruz de La Palma, 1981

4.- Cfr. en la revista Fetasa, n° 2 (1989), los artículos de Víctor Rodríguez Gago: “Narrativa de los ochenta: la generación del silencio, la modernidad ha perdido los papeles”; y el de Ernesto Delgado Baudet. “Aproximación a nuevos autores de la poesía canaria. Crónica para una última generación”.

5.-Alfonso González Jerez, La Gaceta de Cananas, 6 de julio de 1990.

6.- Vid. mi artículo “Divagaciones sobre la periferia”, en Un panorama crítico. Nuevas Escrituras Canarias, Viceconsejería de Cultura y Deportes del Gobierno de Canarias, 1992.

7.-”Seis poetas de las periferias”, publicado en el suplemento cultural “La Fábrica Atlántica”, de Canarias 7 (8 de marzo de 1991) y en la revista Fetasa, n ° 6 (1991).

8.- Cfr. artículo, así titulado, de Flora Marimón, publicado en LaProvincia (13 de abril de 1994).

9.- Es el caso de la revista Paradiso. Se publica su primer número en 1993. En la antología Paradiso. Siete poetas (1994), el prologuista Andrés Sánchez Rabayna, aludiendo a aquella publicación, manifiesta: “Un grupo de jóvenes había decidido crear un espacio propio de expresión”. Asimismo, los autores que componen la antología se atienen a una “precisa concepción del hecho poético”.

10.- El libro Entre el ocio y el negocio: Industria editorial y literatu­ra en la España de los 90 (ed. José Manuel López de Aliada y otros, Madrid, Editorial Verbum, 2001), explora las leves del mercado literario y su repercusión en el proceso total en que se ve involucrado el libro: selección de autores, distribución, crítica, librerías, etc.

11.- Fue recogida la mayoría de los trabajos presentados en el libro del mismo título, II Congreso de Poesía Canaria. Hacia el próximo siglo, edic. de Ernesto Suárez y otros, Santa Cruz de Tenerife, Servicio de Publicaciones de CajaCanarias, 1997.

[Texto incluido no livro Poesía canaria 1980-2002. Cuatro propuestas críticas. Ediciones Baile del Sol. Santa Cruz de Tenerife, 2003.]

poemas

 

SOLILOQUIO DEL TERRORISTA

 

Hace tiempo que no va delante de mí la risa.

Si alguna vez la oigo, inmediata se me pone de espaldas.

¿El cielo? El cielo cae al suelo como a una tumba.

¿La tierra? Estoy en ella. La ocupo.

Hundo mi raíz en cada hoyo que excavo.

 

Todo es lícito.

Por mi secreta mano, que escupe en la hora indefensa de la mañana, se crea el agujero y la sangre que abandona  las venas, que ya es camino en las venas del suelo, que ya duerme en la acera,  más allá de ese cuerpo:  ahora piedra en la piedra y sin tiempo para cerrarse los párpados.

 

Destapo una botella y celebro la gesta bailándome un tango con un lirio negro en la solapa. No crean que me tapo con montañas, rojas vergüenzas, ni que prolongo en mi frente el disparo que una vez rompió como cuerda de guitarra.

 

Soy el guardián de la guadaña y puedo llenar de cruces los almanaques. Por mi dedo no bastan hoy los cementerios.

 

Soy fibra dura y, cuando desenfundo, el luto se ejecuta con entrega certificada. Después regreso a encerrar la serpiente.

 

Ésos son mis atributos.

Soy Impar. El Impar. Todo un número único y amadrigado.

Dejé de ser hombre en la memoria inmensa de los hombres.

 

¿Cómo es que siempre me veo por detrás o más allá de vosotros?

Acaso porque, como el tiempo, no descanso. Probablemente, porque tengo la sospecha de que nunca entraré en el agua que me lleve a sus mares.

 

En el mío las olas parecen que esperan para mostrarme su rechazo. En realidad, en mi última playa, negros son los oleajes que vienen infernales a por mí.

    

 

ELEGÍA DESDE EL HUECO

 

No dedicaré al hueco palabra liviana ni profunda pues me digo que nada se pierde en lo ya perdido

         [por qué entonces me digo esta oración ofrezco a la ceniza]

 

queda por llevar las flores de frío de las neveras invernarias de los árticos     

         [por qué entonces me digo estas llamas de lámparas prendidas a la tu memoria]

 

queda por llevar las flores de fuego de los altos hornos de los trópicos

         [por qué entonces me digo la escarcha esta de intemperie que sobre el nombre de la tu piedra llega]

 

y llega este día uno de noviembre con flores de vidrio mortecino de la mi ventana en el hueco.

 

 

[QUÉ GANA TU TRISTEZA MIRÁNDOME ASÍ DE TRISTE]

 

Qué gana tu tristeza mirándome así de triste.

 

Vuelve a pisar la hierba, vuelve luminosa

a esta página que te aguarda.

 

Rebrillarás como la tierra con el sol de los inviernos.

 

Abrirán tus ojos su descarga de azul en el blanco

que desde ahora  te está viviendo.

 

Si tú no miras se apagará esta lámpara,

y el cielo y el mundo,

         juntos y apagados,

serán  dos ciegos que, como plumas perdidas,

se arrastrarán tropezando en el camino.

 

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soares feitosa

coordenação editorial da banda hispânica

floriano martins

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A outra face do editor Soares Feitosa, o tributarista